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Paseo 13 de Diciembre de 2019

En diciembre llegan las luces

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Kirvin Larios

Los escenarios para visitar las luces de la temporada navideña han ido cambiando. Crónica de un trayecto a pie, en carro y bicicleta por las luces del Malecón, la Ventana al Mundo y un parque de Barranquilla.

 

Antes de hacer este recorrido, nos advirtieron de los trancones que en esta temporada se presentan en la vía que lleva al Gran Malecón del Río. En bicicleta era posible movilizarse una vez que llegáramos a la prolongación de la calle 72; el problema estaba en llegar a tiempo —rodeados de carros con pasajeros también deseosos de llegar ‘a tiempo’— en la camioneta que nos llevaría a nuestro destino principal.

Decidimos —fotógrafo, conductor y yo— arrancar por uno de los parques que había más cerca: el de los Fundadores, decorado como es habitual con muñecos de personajes de Disney, luces de colores y lámparas de estilo japonés suspendidas de un palo de mango. Allí se paseaban grupos de adultos y niños, cruzados a ambos lados por una hilera de vehículos que subía o bajaba con sus faroles encendidos por la carrera 54.

Algunos parques como los de Bella vista o el del barrio Modelo, no estaban iluminados con el alumbrado navideño, como en años anteriores. La zona que por estos días concentra un mayor número de luces en Barranquilla, cuyas fotos se han difundido ampliamente por internet —tanto para cuestionar su desmesura como para resaltar su impacto visual—, es la del Malecón del Río.

Cuando llegamos (la bici en la zona de carga de la camioneta), varios agentes de tránsito cerraban el paso en la prolongación de la 72 y pedían a los vehículos que continuaran transitando por la vía 40; en la vía de 800 metros que llevaba al Malecón solo dejaban pasar transeúntes y bicicletas.

Nos bajamos y seguimos el camino por cuenta propia. Mientras yo conducía por la ancha carretera o me subía a la ciclorruta del andén, el fotógrafo iba caminando. A medida que nos acercábamos, la densidad de público aumentaba y era necesario ir más lento, pues los visitantes ocupaban el camino de la vereda y el espacio de la ciclorruta.

Vimos pasar, en dirección contraria a nosotros, el ‘bicipaseo’ —motivo del cierre de la vía— con decenas de ciclistas, que arrancó a las 8 de la noche en el Gran Malecón del Río (calle 78), y llegaría hasta la rotonda del monumento Ventana al Mundo para luego regresar, en un trayecto aproximado de 13 kilómetros, a su lugar de partida.

Debido al solsticio de invierno, se sabe que por estos días anochece más temprano en el hemisferio norte, que incluye a Colombia. Eso me informa Google y el cielo decembrino, que evidentemente se oscurece más rápido en fin de año. Por eso algunos colegios dejan salir más temprano a sus estudiantes, los días se sienten (son) más cortos, y las luces, instaladas en algunas casas desde inicios de noviembre, se prenden más rápido.

Precedidos por una ingente cantidad de ángeles Gabriel, ubicados con su trompeta en lo alto de postes con iluminación LED, llegamos hasta el tramo de parque que mira de frente al Río Magdalena, y que se extiende hasta la parte trasera del recinto Puerta de Oro, a pocos pasos de la nueva zona de restaurantes del Caimán del Río. 

En la carretera observamos ciclistas rezagados, policías motorizados, un camión de bomberos y agentes de tránsito. A lo lejos, las luces forman un todo que brilla en diversos colores que parecieran haber surgido con la Navidad; de cerca, son solo instalaciones eléctricas, bombillos diminutos, gruesos alambres trabajados en talleres que no conocemos.

Algunos visitantes dicen que a las seis y media de la tarde —cuando ya es noche cerrada— el Malecón está lleno. Niños, adultos y jóvenes a pie, en patines, bicis, patinetas; acompañados de perros; de la mano de sus padres o madres; sacándose selfies con uno de los tantos árboles o diseños de luces; comiendo en un quiosco o ‘isla’ de comida rápida; y, como fondo de todo, un buque de carga navegando las aguas del Magdalena, recibiendo el resplandor de la iluminación navideña, rodeado arriba y abajo de la oscuridad que a esa hora funde el cielo y el río con el horizonte.

Las instalaciones eléctricas devoran la atención del conjunto; hay tantos árboles y formas (campanas, flores, renos, una bola con el escudo del Junior, más ángeles), todas elaboradas en luces LED, que la vista de uno se pierde, sin saber a dónde quedarse, empujada por las multitudes (de gente y de luz). Pero es muy probable que en el día este espacio no tenga la misma capacidad de convocatoria: los árboles son raquíticos, la sombra la dan los techos de los quioscos de comida, el Caimán del Río o quizá alguno de los proyectores de la Plaza de la Luz, que encontramos apagada.

Más tarde, a la altura de Puerta de Oro, buscamos la vía 40, donde el conductor llega para llevarnos a la rotonda de la Ventana al Mundo. En ese momento vemos a los ciclistas del ‘bicipaseo’, que ya dieron la vuelta y se dirigen al punto de partida, en donde se supone que todo culminará con una muestra de fuegos artificiales.

Si es cierto que la luz eléctrica inventó la noche tal como la conocemos, parece que las luces de diciembre en Barranquilla inventaran la Navidad. “Algunos visitantes llegan y se van al ver que no tienen sitio donde quedarse”, me dice Luis, un empleado de logística de la Ventana al Mundo. Entonces miro el árbol que instalaron para que tuviera la misma altura del monumento, o para que fuera un monumento más atractivo que el otro, más vistoso a la distancia por su luz inquieta. Es decir, algo más llamativo e imponente de lo ordinario, pues estamos en diciembre y hace brisa, y el año se acaba.

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