EL HERALDO SUSCRÍBETESuscríbete a EL HERALDO
El id es:node/155647
Testimonio 18 de Marzo de 2020

“Temo despertar un día y no poder coger las tijeras”

El usuario es:
Foto: Orlando Amador Rosales

Rafael Charris, de 86 años, lleva más de 60 peluqueando. Todavía se encuentra activo y con pulso firme para su próximo cliente.

Loraine Obregón Donado - Instagram:@soyloraineo
Compartir:

Es común creer que cuando las personas llegan a una edad avanzada lo ideal es que guarden reposo en casa. Rafael Charris, de 86 años, va en contravía de esta idea arraigada en el imaginario de la gente. 
Día a día, con la ayuda de una peinilla, unas tijeras y más de 60 años de experiencia, demuestra que sigue perteneciendo a la tasa de ocupación en Colombia. Muestra su mano derecha, abre los dedos y señala que su pulso no es trémulo. Y a pesar de que tiene lentes bifocales, asegura que a través de ellos ve a la perfección, lo que indica que puede seguir haciendo lo que tanto ama: peluquear.

Su memoria está intacta y su habla es clara. Conversa con fluidez y hace un flashback rebuscando en lo más profundo de sus recuerdos. Ahí aparece el nombre de Moisés Segundo Cervantes.

“Él era mi peluquero. Gracias a él me dediqué a la peluquería. Pasa que me gustaba verlo trabajar, así que un día cualquiera se me dio por empezar. Incursioné con un peine y unas tijeras muy viejas en la cabeza de mi primo Edgardo Marañón. Lo motilé durante una  hora y media y lo hice muy bien”.

A partir de ese primer intento se fueron sumando otros primos y tíos que requerían de sus servicios gratuitos. Todo esto lo motivó a adentrarse a este mundo, justamente en el patio de su casa de infancia, ubicada en Sitionuevo (Magdalena). Ejerció sin recibir pago durante un año, luego empezó a cobrar 30 centavos. 

Su experticia se la ha ganado a pulso. Durante su recorrido no recibió instrucciones de nadie, así que en su trabajo se dedicó a poner en práctica lo que sus ojos veían. Esta táctica le funcionó, tanto que sus servicios se expandieron, llegando a atender no solo a hombres, sino también a niños, niñas y mujeres.

“Hoy día puedo decir que son muchos los personajes que han pasado por mis manos. En mi pueblo —por ejemplo— la gente me buscaba, sobre todo las personas socialmente importantes como el ganadero Vicente Caballero, Carlos y Agusto Bornacelli, José María Herrera, y la familia Campo, entre otros (...) hubo un momento en mi vida que salí de Sitionuevo, dejé el oficio y me presenté en el Batallón Juanambú de Florencia (Caquetá) para prestar el servicio en el Ejército. Estando allí no me gustó la disciplina que impartían así que, luego de cumplir con el tiempo establecido, me retiré y me fui para Pivijay (Magdalena), allí me vi obligado a continuar como peluquero”.

La contadora pública y manicurista Ana Charris, hija de Rafael, dice que aquella experiencia le dejó a su padre una gran anécdota. En la formación del primer día, uno de los tenientes se dirigió a él y a sus compañeros para preguntarles quién tenía destreza para peluquear. Él, firme en su decisión de no volver a coger una tijera, optó por guardar silencio. 

“Mi papá me contó que no iba a decir  que él sabía peluquear, pero cuando vio que preguntaron tres veces, dio un paso hacia adelante. A partir de ese momento volvió a hacerlo y se encargó de motilar a muchas personas en el Ejército (...) mi padre ha sido un gran ejemplo para mí, de él he aprendido mucho, sobre todo la constancia y el respeto”.

Hace 56 años Rafael llegó a la capital atlanticense. Lo hizo para buscar la mejoría de su hijo Héctor, que en ese momento presentaba graves problemas de salud. Superado el diagnóstico inició como estilista en la Peluquería de Barranquilla, luego llegó a la Peluquería La Elegancia y más tarde estuvo en la Peluquería Americana y en la Jaramillo.

Rafael Charris con uno de sus clientes fieles en la peluquería donde trabaja de lunes a domingo.

“También fui propietario durante 12 años de la Peluquería Hollywood Star, y de Charris C, 24. La de Charris C la liquidé y ahora la arriendo; el pago que recibo es como una pensioncita para mí y para mi esposa. Hace 10 años  pertenezco al equipo de la peluquería de Sonia Burgos y me encuentro rodeado de mujeres que me quieren y me piden que nunca me vaya”. 

Rafael, que solo cursó segundo año de primaria, también ha tenido que cargar con el estigma que ronda en el ambiente: “si el peluquero es hombre, es gay”. Sin embargo, esto nunca le ha afectado porque siempre ha estado seguro de su sexualidad.

“Yo trabajé con muchos hombres homosexuales y los respetaba (...) hoy día sigo casado con mi esposa Ana Elvira y con ella traje al mundo a mis seis hijos: Héctor y Magalys que son estilistas. Innonys, que es pensionada del Ejército; Rafael, que es ingeniero mecánico; Enrique, que es arquitecto y Ana que es contadora pública y que trabaja conmigo (...) mi esposa es mi todo, cada día me enamoro más de ella”.

El oficio de Rafael fue y sigue siendo su fuente de ingresos. Haber sacado adelante a su familia da fe de ello. 

“Aunque en un momento de mi vida quise alejarme de la profesión, no me arrepiento de haberla escogido porque me ha dado mucho (...) en mis años de experiencia he tenido el gusto de peluquear a los juglares Adolfo Pacheco, Iván Ovalle, Silvio Brito y Abel Antonio Villa; y a los políticos: José y David Name Terán, los Jattin, Mario Varón Olarte y a los Gerlein, entre otros. Mis servicios los brindo en el local y también a domicilio”.

Dentro de su clientela fiel figuran sus hijos y nietos, así como David Name Terán, Mario Olarte y muchos más. Su edad no es problema para lograr cortes modernos, sobre todo porque se dedica a hacer una fusión entre la peluquería antigua y la actual. 

En este punto de su vida se considera un hombre feliz y realizado, que no le hace falta nada. Hace una mirada introspectiva de sus años y asegura que tiene mucha tranquilidad, pese a que a veces le moleste un poco la inseguridad en la ciudad. Vive agradecido con Dios por todo lo que tiene. No sabe cuándo dejará de peluquear, mientras tanto sigue dando la pelea hasta que su mayor temor aparezca: “despertar un día y no poder coger las tijeras”.

«Empecé a peluquear en mi casa, en Sitionuevo. Cogí unas tijeras y una peinilla muy desgastada y le hice un corte a mi primo Edgardo Marañón».

Temas tratados

Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA