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Latitud 08 de Febrero de 2015

Vito Apushana: pastoreando versos en la estepa guajira

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Del protagonismo de la palabra —como un ser vivo— y de cuánto significa para la cultura wayuu la vivencia poética, habla el ganador del Premio Casa de las Américas 2000.

Alfredo Baldovino Barrios
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Rrefiriéndose, principalmente, a las manifestaciones verbales desarrolladas al interior de comunidades étnicas, dijo el poeta colombiano Jorge Zalamea (1905-1969), que en poesía no existe pueblo subdesarrollado. Hay, indiscutiblemente, una superioridad tecnológica de un pueblo sobre otro, pero la capacidad de producir belleza a través de las palabras (lo mismo que cualquier otro tipo de expresiones artísticas) no es privilegio exclusivo de ninguna élite. De hecho, como lo señala Walter Ong en Oralidad y escritura (1987), ha sido en las comunidades carentes de escritura donde la oralidad se ha erigido en el eje alrededor del cual los miembros de las comunidades construyen su ser y su estar.

Pero el largo proceso de colonización cultural emprendido por los distintos grupos de poder en el continente, desde los tiempos de la Conquista, ha devenido en el desplome de invaluables edificios míticos y en la extinción definitiva de sus ricas tradiciones poéticas. En el caso del Caribe colombiano, sin embargo, hay un pueblo que resiste, entre el pastoreo de sus chivos y la aridez del desierto, a los flirteos de la globalización, a través de la oralidad. Los wayuu, en efecto, por su contacto con los mestizos, han desarrollado un sistema de escritura propio que, aunado a la disposición de sus miembros para la poesía, ha dado lugar a una pléyade de escritores entre los que destaca Vito Apushana.

Nacido con el nombre de Miguel Ángel López en la población de Carraipía, cerca de Maicao, Apushana vivió desde los 11 años en Medellín, huyendo de la guerra desatada entre diversos clanes. Pero acudió nuevamente al llamado del desierto, 9 años después, del viento que infla las coloridas mantas de las mujeres y deja en los labios un regusto a sal, cuando la voz del palabrero allanó el camino de regreso. En 1992 Apushana publicó su primer libro, Contrabandeo sueños con arijunas cercanos, y en el 2000 ganó el Premio Casa de las Américas por su poemario Encuentro en los senderos de Abya Yala. Su último libro, En las hondonadas maternas de la piel, data del 2010. En sus versos (donde predomina una voz colectiva que se identifica con la voz del clan) Apushana ofrece al no wayuu (arijuna) un retrato de su pueblo a través de cuadros cotidianos: el balido de los chivos, la profusión y soledad de caminos que parten desde la ranchería, el encierro de la niña que se prepara para entrar en la edad núbil, los tambores que llaman a la chicha maya, los hilos que se trenzan en las manos de las mujeres para metamorfosearse en mochilas y hamacas, la adivinación a través de los sueños, el mundo de lo invisible, en suma, imbricado en el mundo de lo visible.

En esta entrevista para Latitud, Apushana habla sobre su manera de asumir lo poético desde la cosmovisión wayuu, y de los medios de que se vale su comunidad para preservar sus tradiciones.

p  ¿A qué se debe el desconocimiento de la literatura wayuu en el panorama literario nacional?
r  Yo creo, ante todo, que ese desconocimiento obedece a razones de tipo sociológico, pues sabemos que existe una sociedad dominante de origen euroccidental (con un fuerte interés económico detrás de cada uno de sus frentes) controlando lo que debe ser aceptado y lo que no. En ese contexto, la industria editorial, sostenida con unas dinámicas de mercado particulares, considera que la literatura indígena no responde a los intereses del mercado global, pero en la medida en que se hace a un lado esa actitud y se mira hacia la literatura indígena se descubre la sensibilidad de esos pueblos. Así que tal desconocimiento no se debe a una supuesta situación de inferioridad, sino al monopolio ejercido por las esferas de poder económico que limitan la sensibilidad del hombre, su mirada hacia mundos ajenos al suyo.

p  Usted tuvo la oportunidad de salir de La Guajira y de conocer a los once años de edad una metrópolis como Medellín. ¿Cómo fue ese periplo?, ¿qué influencias encontró en el camino que le permitieron construir un universo poético propio?
r  Para contestar esa pregunta tengo que hablarte un poco de cómo fue mi crianza. Yo nací en una zona de contacto, en una frontera en la que lo wayuu y lo mestizo estaban en constante comunicación. Crecí de entrada con las dos lenguas: el wayunaiki y el español. Luego, con el exilio, tuve una distancia con mi cultura y me fui involucrando con las distintas manifestaciones del arte occidental. Primero fue el cine y luego la música. Y cuando yo llegué al estudio de las culturas hindúes, chinas, japonesas y griegas, se me agotaron los asombros. Seguí adelante y descubrí el Popol Vuh, los cantos floridos de los antiguos Nahuas, los poemas de Nezahualcóyotl. Y entonces hubo fibras en mi interior que se removieron con la cercanía de lo ajeno y que, paradójicamente, me llevaron a redescubrir lo propio. Hallé, igualmente, gratas sorpresas en la voz de Hölderlin, en un poeta checo, Vladimir Holan, y ya con Pessoa, con su voz evocadora y nostálgica, se alimentó la nostalgia del horizonte árido que yo experimentaba en las montañas antioqueñas.

p  ¿Qué lo llevo a declinar la entrada a la universidad?
r  Yo tomé la decisión de no entrar a la universidad por varias razones. En primer lugar, yo tenía unas tías ancianas en La Guajira que quería recuperar. Y además, ese redescubrimiento de lo mío a través de la exploración del arte y de otros edificios míticos conspiró con lo primero para que yo me negara a asumir el destino que mi familia me había designado. Y me dije: No. Mejor me regreso para La Guajira. La vida me tiene deparadas cosas mejores. ¿Que si ha sido fácil estar así? Claro que no. Debo ingeniármelas de muchas maneras para poder sostenerme, pero soy feliz. Tengo independencia y tiempo libre para crear.

p  ¿Cómo interpreta usted el fenómeno de lo poético?
r  Verás, yo he venido entendiendo con el tiempo que lo poético trasciende el mundo de las palabras y se convierte en un motor generador de energía. Lo poético es una dimensión del hombre como cualquier otra. El coraje que uno saca de su interior para seguir adelante en medio de las adversidades es un estro, un hálito misterioso que yo identifico con lo poético.

p  ¿Cómo se vive lo poético en la comunidad wayuu?
r  En el sistema normativo wayuu la palabra ejerce un protagonismo central y allí hay un fuerte contenido poético. Siempre estamos buscando cómo retroalimentar la palabra a través de los sueños, o de la observación de la flora y de la fauna, de donde extraemos conclusiones sobre la vida. Por eso el palabrero en nuestra comunidad es un poeta. Obviamente eso tiene sus matices: hay poetas humorísticos, irónicos, conmovedores. Yo podría decir que soy más melancólico, pero todos cultivamos ese interés por el protagonismo de la palabra, asumimos la palabra como un ser vivo, como un órgano vivo. Por eso no es poca cosa ir entregando la palabra.

p  Cambiando un poco de tema, usted es uno de los miembros de la comunidad que trabaja por el fortalecimiento de las tradiciones wayuu en el ámbito nacional. ¿Podría decirme qué tanto han sido influenciadas las nuevas generaciones por los distractores de la sociedad occidental y qué están haciendo ustedes para preservar sus tradiciones orales?
r  La verdad es que, desde un punto de vista histórico, siempre ha existido la tensión entre lo propio y ajeno en lo que se refiere al intercambio intercultural entre las comunidades indígenas y los mestizos, que originan mayores reubicaciones sociales entre aquellos que se encuentran en desventaja numérica. En el caso de los wayuu esto es mucho más evidente, porque es un territorio abierto, de cara al mar, y eso genera mayores posibilidades de encuentro con el de afuera. Lo cierto es que sí: la tecnología ha llegado a la cultura wayuu, pero los ejes fundamentales de nuestra identidad, el territorio, las rancherías, los sitios sagrados y la estructura social siguen intactos. Para hacerles contrapeso a las ofertas culturales de la sociedad consumista ya se está trabajando en algunas escuelas con lineamientos educativos donde se desarrolla un aprendizaje desde la lengua materna, con las tradiciones propias de nuestra comunidad, para pasar de allí al resto del mundo. En muchos aspectos esto ha sido beneficioso. El estudiante wayuu, a diferencia de sus antepasados, tiene conciencia de pertenecer a un universo cultural distinto a los demás y esa conciencia de su singularidad le da una identidad de su cultura. De hecho, se ha desarrollado un programa virtual llamado Etniidioma con el cual los jóvenes wayuu escriben relatos antiguos de nuestra cultura para compartirlos con compañeros de otros países, pero siempre sin perder la conciencia de su identidad.

p  ¿Cómo ha sido el proceso de transición del lenguaje oral al escrito?
r  Como es de esperarse, la esencia de la oralidad no ha podido trasladarse a lo escrito, aunque ha sido una transición necesaria. Lo que nosotros vemos es que la oralidad enriquece a la escritura y viceversa. Eso lo hemos visto personalmente. Los adolescentes que están entre la secundaria y la universidad son completamente bilingües. En muchos casos asumen las dos lenguas como propias y juegan con las dos, crean una palabra nueva en wayunaiki o al revés. Es una convivencia, una simbiosis que enriquece las dos lenguas, pero no se pierde conciencia del estar ni del ser de la persona. También construyen una identidad complementaria: soy wayuu, pero si hay problemas con La Guajira también es conmigo. Es un caso nuevo y también bastante beneficioso para el ensanchamiento del ser colectivo.

Culturas

Talashi, el Jayeechimaajachi de Wanulumana, ha llegado
Para cantar a los que lo conocen...
su lengua nos festeja nuestra propia historia,
su lengua sostiene nuestra manera de ver la vida.

Yo, en cambio, escribo nuestras voces
para aquellos que no nos conocen,
para visitantes que buscan nuestro respeto...
Contrabandeo sueños con arijunas cercanos.

Talourumana

En Talourumana cuelgan, a mi llegada, un chinchorro de curricán
y me ofrecen agua de maíz amarillo para refrescar las palabras
Allí encuentro a mi joven primo Arietush,
hablando, desde el sueño con los comejenes de la enramada.
Al saludarlo preparamos viaje hacia el cementerio familiar, en Epitsü.
Cuatro chivos rondan, sigilosos, nuestra conversación.
El anciano Saachon humedece a los caballos
y nos despide con dos botellas de Ishiruna.
Los niños nos gritan:

«¡Van hacia las estrellas!»
«¡Van hacia las estrellas!»

Y lanzan sus flechitas al cielo
que caen vencidas al pie de un árbol de olivo.
Desde el camino nos reímos, pues, sólo regresaremos
cuando Iwa (las Pléyades) vuelva a iluminar.

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