EL HERALDO SUSCRÍBETESuscríbete a EL HERALDO
El id es:node/142991
Latitud 07 de Mayo de 2017

Vallenato & política, un universo mágico

El usuario es:

Alfonso López Michelsen, Consuelo Araújo y Rafael Escalona, protagonistas de una historiografía vallenata que trasciende la música. (Primera entrega)

Óscar Montes
Compartir:
¿Qué hubiera sido del vallenato y de la política regional y nacional si el destino con su trazado insondable hubiese llevado por caminos diferentes a Alfonso López Michelsen, Consuelo Araújo Noguera y Rafael Escalona Martínez?
 
La pregunta no solo es pertinente ahora que celebramos con júbilo y profunda emoción los primeros 50 años del Festival de la Leyenda Vallenata, sino que nos permite adentrarnos en los terrenos de la vida y obra de las tres figuras más representativas de nuestro universo en la historia reciente. A ellos habría que sumar los nombres de Gabriel García Márquez, nuestro Nobel de Literatura, y el del siempre recordado Pedro Castro Monsalvo.
 
López, Consuelo y Escalona seguramente hubieran logrado –cada uno por su lado– una destacada figuración nacional. Los tres gozaban de una condición fundamental para alcanzar las metas propuestas: inteligencia. Si algo los caracterizó en todo su ciclo vital fue esa especie de don natural que diferencia a unas personas de otras.
 
López –el Doctor López– fue brillante desde muy niño, como consta por su paso por distintas escuelas y universidades de Inglaterra, Bélgica y Bogotá, donde su impronta no fue otra que la excelencia académica. Consuelo –nuestra querida Cacica– de igual manera mostró desde su infancia no solo el carácter recio que la caracterizó, sino también su desmesurado interés por conocer todo lo que tenía que ver con nuestra cultura y nuestra cosmogonía. Y Escalona –el Maestro Escalona– no había terminado de abandonar el tetero cuando ya les sacaba versos a sus seres queridos y a los malqueridos también, costumbre que por fortuna nunca perdió. Se trata, pues, de mentes privilegiadas y luminosas desde todo punto de vista.
 
De manera que, de no haberse cruzado sus caminos, López hubiese sido un gran político, Consuelo una gran líder cultural y política del Cesar y de la Región Caribe, y Escalona uno de los más grandes compositores de la música vallenata. Pero quiso el destino que sus mundos se encontraran y con ello no solo cambiaron sus vidas, sino la de todos nosotros, pues sin ellos tres juntos, seguramente, todo sería diferente.
 
¿Cómo se produjo el milagro de que se conjugaran López, Consuelo y Escalona? Empecemos por López. Lo primero que hay que decir es que Alfonso López Michelsen era menos cachaco de lo que parecía. Y parecía mucho. No solo por su porte de ‘rolo distinguido’ y sus finos gustos al vestir, sino por su entonado y pausado acento al hablar. López era una rara especie –ya extinguida, por cierto– de un hombre que hablaba como cachaco, caminaba como cachaco, vestía como cachaco, pero era costeño. O si se quiere: era más costeño que cachaco. López era, en su médula, un hombre caribe, que es el término preciso que nos identifica a todos los que poblamos este universo mágico y bello, al que el inmortal Gabo llamó Macondo.
 
Y López era un hombre caribe porque por sus venas corría sangre caribe. La sangre de los Pumarejo. Desde los más emprendedores, que hicieron obras de desarrollo regional, crearon bancos y montaron fábricas, hasta los más parranderos, como ‘Pocholo’ Pumarejo, que cayó ensartado por los cuernos de un toro matrero en una corraleja. De manera que López era caribe no solo porque aquí nacieron sus ancestros, sino, sobre todo, porque aquí murieron varios de ellos. Es bien sabido, como diría Úrsula Iguarán, que uno no es de donde nace, sino de donde muere.
 
Por esa razón el amor de López con el Cesar –o con la Provincia de Valledupar y Padilla, como se conoció por mucho tiempo– fue un amor a primera vista. Aquí López dejó de leer los clásicos de Homero, el ciego, para escuchar de viva voz a nuestro Homero, el gran Leandro Díaz, que narraba, como aquel, sus vivencias, sus amores, sus triunfos y sus derrotas. Aquí encontró López lo que andaba buscando y que no había hallado ni en Chile ni en México, países donde debió refugiarse por razones políticas. Alfonso López Michelsen encontró en estas tierras lo que no pudo hallar en otras: sus raíces.
 
De la mano de Tobías Enrique Pumarejo –el célebre Don Toba–, su pariente, recorrió las Sabanas del Diluvio. Por esos lados sembró arroz y fracasó, como muchos otros agricultores. Por estos caminos de Dios, López conoció toda la historia de su estirpe por el lado paterno. Supo de la generosidad extrema de Rosario Pumarejo, quien dejó hospitales y escuelas en toda la región en los tiempos en que su hijo, Alfonso López Pumarejo, ocupó la Presidencia de la República.
 
Todos sabemos del regreso triunfal de Alfonso López Michelsen a su casa el 21 de diciembre de 1967, cuando siendo Canciller de Carlos Lleras Restrepo se posesionó como el primer Gobernador del Departamento del Cesar. López llegó a Valledupar, de la mano de su esposa, Cecilia Caballero de López, la entrañable Niña Ceci, a pagar una deuda afectiva y a prestar sus servicios al nuevo Departamento; no llegó por los servicios prestados, como se acostumbra en estos tiempos con algunos nombramientos diplomáticos.
 
López transformó al Cesar y el Cesar transformó a López. Sin el Cesar, Alfonso López Michelsen no hubiera sido «el Pollo López», el «Presidente que Colombia necesita», como lo bautizó en 1974 el Maestro Escalona, siendo esa ocasión la primera vez que un paseo vallenato se convirtió en un himno de campaña electoral. La gente iba a la plaza con interés para escuchar a López, pero también a bailar López es el Pollo. Al final ya nadie sabía si los asistentes a las plazas iban porque querían bailar López es el Pollo, o porque querían escuchar al Pollo López. ¡Vainas de este Macondo febril que nos tocó poblar por la gracia de Dios!
 
En aquellos tiempos idos, los discursos terminaban en parrandas o las parrandas acababan en discursos en los que nacían futuras campañas presidenciales. Si el palo de mango de la casa de Don Hernando Molina hablara, sabríamos mucho más de la historia nacional que la que hemos aprendido en los textos académicos.
 
La Cacica –con su pluma aguda y con verbo encendido– planteaba a finales de los 60, desde las páginas editoriales de El Espectador, interesantes temas regionales que generaban controversia nacional, siempre secundada, o alcahueteada, por Alfonso López, figura descollante de la política nacional. En Valledupar, la casa de Don Hernando Molina y de su esposa, la Cacica Consuelo, era el sitio predilecto para llevar a cabo las mejores tertulias vallenatas. La lista de contertulios es interminable: Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Miriam Pupo y Rafael Escalona, su compadre, entre otros.
 
En uno de esos encuentros a finales de 1967 nació el Festival de la Leyenda Vallenata, que recientemente nos congregó para celebrarle sus primeros 50 años. El festival surgió en el marco de las fiestas parroquiales que daban cuenta del milagro que ocurrió durante la época de la Conquista, gracias a la generosidad de la Virgen del Rosario –La Guaricha–, quien salvó a los españoles de la muerte por cuenta del envenenamiento de las aguas de la laguna de Sicarare a mano de los indios.
 
El tesón de Consuelo, acompañada del compadre Rafael, la laboriosidad de Miriam Pupo de Lacouture, la disposición de Gabo y de Cepeda, así como el apadrinamiento del gobernador López Michelsen y de su esposa, la Niña Ceci, echaron a andar esta maravillosa fiesta nacional que se llama Festival de la Leyenda Vallenata, que todos los años elige un Rey, digno sucesor de Francisco El Hombre, y que este año eligió a un Rey de Reyes. Gracias a la tenacidad de Consuelo, el sueño de tener un Festival Vallenato se hizo realidad.
 
La Cacica Consuelo encontró en López y en Escalona los socios perfectos para hacer sus sueños realidad. Por cuenta de Consuelo el país empezó a hablar de vallenatología, es decir, del estudio del vallenato. Y de ahí nacieron los vallenatólogos, que son los expertos en esta música nuestra que defendemos y promovemos desde que tenemos uso de razón. La Cacica fue, pues, quien nos metió a todos en este bello universo y en este fascinante embeleco.
 
Esta triada es la gran responsable de que, 50 años después, estemos hoy hablando del Festival Vallenato y de política, que terminó siendo no solo un buen pretexto para encontrarnos en Valledupar todos los años en la última semana de abril, sino una poderosa razón para que el país político nos mire con otros ojos, mientras sus líderes escuchan un romántico paseo, un cadencioso merengue, un rítmico son y una briosa puya.
 
Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA