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Latitud 30 de Marzo de 2014

Un viaje con Adolfo Ariza, en el vagón de tercera clase

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Alfredo Baldovino Barrios
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Obrero acucioso

A Muchos ignoraban quién era o cuántos libros había escrito, hasta que en 2009 ganó el Premio de novela corta Juan Rulfo y todos los medios nacionales lo incluyeron en sus notas de cultura. Fue una avalancha publicitaria que pasó tan rápido como había llegado, porque, poco tiempo después, Adolfo había abandonado ya la falsa luz de los reflectores, para resguardarse nuevamente en la soledad de su cuarto de estudio. Nacido el 16 de mayo de 1964 en la desaparecida población de Avianca (Magdalena), Adolfo Ariza, como tantos otros escritores (por decir algo, el ejemplo de Faulkner, que escribía sobre barriles de cerveza después de atender a los últimos borrachos del día), ejerció los oficios más dispares (periodista y conductor de taxis, entre tantos otros) antes de entregarse por completo a la literatura.

Alto, delgado y moreno, rostro anguloso y cabello crespo cortado al rape, su imagen no se corresponde con el estereotipo que la gente suele hacerse de los escritores, y pareciera, más bien, por su indistinta catadura de hombre del común, andar en un eterno viaje hacia la tienda de periódicos de la esquina. Sin embargo, Adolfo es un obrero acucioso que todo el tiempo está involucrado en un proyecto literario distinto (tiene sin publicar una trilogía de nouvelles y un libro de cuentos que terminó el año pasado —Cuentos para cuando todo haya pasado—), y cuando no está frente a su computador portátil pensando en el párrafo siguiente, o leyendo un libro en la sala de su casa, participa de discretas veladas en compañía de un reducido grupo de amigos, o va a echarle un vistazo al pequeño hato de vacas que tiene en un pueblo del Magdalena, gracias a cuya conservación puede mantenerse escribiendo sin que su esposa Inés, como la compañera del coronel en la novela-relato de García Márquez, tenga que preguntarle qué carajos habrán de poner sobre el fogón al día siguiente cuando a él se le dé la bendita gana de levantarse de su poltrona. A finales de 2013, Adolfo sumó un nuevo galardón a su ya extenso palmarés, con el Premio de Novela Corta Ciudad de Barranquilla, otorgado por la Secretaría de Cultura y Turismo de esta ciudad, por su texto H, el poeta, y algunas semanas más tarde, después de leer el libro ganador, acordamos una cita en su casa para seguir hablando al respecto.

‘H, el poeta’    

H es un poeta desdentado, bigotudo y lenguaraz, en cuya búsqueda de modelos —me dirá Adolfo 15 días más tarde— algunos han creído reconocer el bigote de brocha de Hermes Ospino, y un poco de cada cosa en la figura del folclorista monteriano Santana. Es un gorrero profesional, en constante persecución del poema perfecto, notablemente mediocre y con las mismas necesidades afectivas de Óscar Wao, el nerd dominicano que protagoniza la magnífica novela de Junot Díaz. Sin embargo, el verdadero protagonista es el narrador, un escritor que vive a expensas de lo que consigue su mujer acostándose con los marineros del puerto. Narrador homodiegético, diría mi amigo el profesor Armando Martínez, según el modelo transtextual de Gerard Genette.

Hay de todo un poco: rejo para los poetastros que acuden a un reconocido bar de la ciudad, sorpresa por la descontrolada reproducción de los pobres, indignación por el embarazo de las locas en la calle, rabia por la venalidad de los políticos que alcanza dimensiones apoteósicas en la escena de los televisores, y, de fondo, la pugna de los géneros por el poder resuelta en favor de las mujeres, las únicas que cuentan con nombre propio en la novela: “Doy todos mis votos por la autorreafirmación del gran coño”, dirá el narrador en un tramo de la historia.

Una nouvelle que permite distintos niveles de lectura, con frases cortas y contundentes en los primeros capítulos que luego se extienden un poco más, y un sincretismo entre motivos clásicos (“…sus asiduos visitantes, como el glorioso Aquiles contra Héctor…”) y el lenguaje coloquial (“…se entrompa con el hombre que viene a recogerla”) que se hace patente también en Mañana cuando encuentren mi cadáver, la novela ganadora del Premio Juan Rulfo en 2009.

A propósito de libros

Esta conversación tiene lugar en la casa de Adolfo en el barrio La Victoria. En la parte de afuera hay un frondoso palo de mango, y en la sala, frente a la puerta que da a la calle, un estante con libros. Piso ajedrezado de baldosas color crema y vino tinto, nada de telarañas en los rincones, y sobre las paredes color helado de vainilla, en sendos marcos de vidrios, los reconocimientos de que Adolfo se ha hecho acreedor por su trabajo como escritor.

Todo el que está al tanto del movimiento literario en Barranquilla, supongo en voz alta, querría saber algo sobre H, el poeta, a propósito del galardón obtenido en el concurso citado más arriba. De modo que no estaría mal empezar preguntándole por el origen de la historia.

H, el poeta comenzó como un cuento, replica Adolfo. Su amigo, el profesor Guillermo Tedio, pensaba incluirlo en la revista La casa de Asterión, pero después de recibir los comentarios de José Luis Garcés, Clinton Ramírez y Raymundo Gómez Cásseres, tomó la decisión de no publicarla para seguir ajustando tuercas de acuerdo con esas directrices.

—Para quienes hemos leído sus novelas anteriores –confieso–, es notoria la ruptura existente entre Afuera estaba la noche y las que vinieron después. En Afuera…, por ejemplo, la estructura es compleja, la trama es fácil de identificar y utilizas un narrador en tercera persona. En las demás, en cambio, no hay una trama clara y sí un narrador en primera persona, cínico y lenguaraz, que se vale de un asunto inicial como pretexto para reflexionar sobre distintos temas. ¿A qué obedece este cambio de perspectiva?

—Es indudable que hay una gran diferencia entre Afuera estaba la noche –admite Adolfo–, que fue pensada con un enfoque cinematográfico, y los textos que vinieron después. Además, no es una novela fácil de entender y esta circunstancia alejó a muchos lectores.

Sin embargo, para entender el porqué de esa ruptura, añade, hay que tener en cuenta el contexto. Afuera…, verbigracia, fue escrita en 1998, antes de que se desatara la violencia de los años siguientes. En otras palabras, corresponde a la etapa “antes de”. Luego, con Regresemos antes de que nos maten, amor la violencia lo sorprende “en medio de”. Finalmente, llega el “después de”, a la que pertenecen las últimas nouvelles, que exigen ser contadas desde un yo, con un lenguaje más descuidado y agresivo, pero a la vez más accesible al público. Es entonces cuando su obra se presenta como una reacción de dolor ante todo lo que está viviendo nuestro país, sacrificando la belleza de la estructura a la necesidad de levantar la voz y hacerse escuchar.

A eso, pienso, se debe referir Adolfo cuando el narrador de H dice: “Si no te dejan portar un cuchillo, tienes que esgrimir la palabra”.

Seguidamente llamo su atención sobre otro tema recurrente en sus novelas: el sexo como bastón de mando. En Mañana… la impotencia sexual del narrador agrava su malestar espiritual, del mismo modo en que sentencia la derrota Trujillo en La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. En H… el narrador dice que los poetas desconocen el poder de un falo erecto y de una vagina robusta en la construcción de un poema. La palabra “coño”, además, aparece 25 veces en un texto de 83 páginas. La nueva pregunta que le formulo apunta a ahondar en los matices que la cuestión del sexo tiene en los dos libros.

—En Mañana… –sustenta Adolfo– se sugiere la idea de que el hombre vive con la ilusión de que es él quien detenta el poder, porque la mujer ha convenido en que esto sea visto así. En la Costa, nuestras tías nos ven desnudos y nos dicen: “Carajo, qué cosa tan grande tienes. Se nota que vas a ser feliz en la vida”. Así, la misma mujer va formando en el niño la falsa idea de que allí reside su poder. Pero si la mujer abriera los ojos se daría cuenta de que ella es en realidad la poderosa. Eso es lo que quiere decir el narrador de H cuando dice que el falo es el que se derrumba en el acto sexual, a diferencia de la vagina. Allí se ve un nuevo sistema de poder, ya que el narrador está convencido de que es la mujer la que debe dirigir nuestra sociedad.

Uno sabe –o sospecha– que, de una forma u otra, la personalidad de un novelista termina desmembrada (lo mismo que el cadáver de esos guerreros contumaces que los reyes de los imperios antiguos solían enviar descuartizados a los distintos pueblos sublevados para bajarles la moral) en el carácter de los personajes de sus libros. No obstante, a quien tiene la oportunidad de hablar con Adolfo, un hombre sin poses, más bien callado en público, le cuesta relacionarlo con los narradores malaleche de sus textos. Por eso le pregunto cuánto de Mr. Hyde esconde él en esos personajes.

—Si Carl Jung estuviera vivo y leyera mis textos, tendría bastantes razones para preocuparme –declara–. Él veía el inconsciente como esa especie de sótano donde anida la personalidad. Quizá la creación de ese tipo de personaje es el artilugio de que yo me valgo para desdoblar a Mr. Hyde, porque a veces puedo mostrarme insospechadamente cáustico como mis personajes.

Va una anécdota: fue en la clausura del festival anual de literatura de El Túnel, de Montería. Había un grupo de personas mayores de 50 años mezclado con otro más joven. De pronto trajeron una guitarra y los de mayor edad se pusieron a cantar boleros de la vieja guardia. Como buen vallenatólogo que es, Adolfo aprovechó el silencio que se hizo después de una canción para quitarle el seguro a su granada: “¡Carajo, pero aquí lo que sobra es viejo alegre!”. José Luis Garcés le contó después que cuando anunció el regreso de Adolfo a Montería el año siguiente, uno de los señores que estuvo en la reunión puso el grito en el cielo: “¡Hombre, pero para qué van a traer a ese bellaco si no respeta a la ancianidad!”.

—El narrador de Mañana cuando encuentren mi cadáver es un taxista inválido y pobre –señalo–. El de Historia de una sonrisa vende inodoros de segunda. El de H, el poeta vive con una prostituta. ¿De dónde viene este interés por lo marginal?”.

—En 1943 llegó el historiador norteamericano David Bushnell a Colombia y escribió un libro con un título maravilloso: Colombia: una nación a pesar de sí misma –argumenta Adolfo–. Él hizo su conocimiento del país en viajes en trenes y barcos a vapor. La primera vez tardó tres meses y no llegó a la Costa. Entonces se dio cuenta de que los trenes y barcos tenían compartimentos y camarotes de primera y tercera clase, pero no de segunda. Eso sigue simbolizando nuestra historia como sociedad. Yo decidí escribir sobre el vagón de tercera, y de la gente que pretende llenar el vagón de segunda.

—¿Cuánto de positivo tienen los premios y cuánto de negativo?

—Lo positivo todo el mundo lo dice: la plata. Aunque el premio no te va diciendo necesariamente que todo está bien. El premio puede darse porque, efectivamente, hay unos progresos, la famosa superación de las 10.000 o 20.000 horas de trabajo de la que hablan los libros de autoayuda. Pero también hay premios acomodados o nacidos de una visión obtusa de los jurados. En todo caso –añade sonriendo–, espero que ninguno de esos me haya tocado a mí. Yo también he sido jurado en concursos de novela y, como tal, he tratado  de escoger no la novela que más me guste, sino la que me diga algo nuevo como lector o que descorra el velo de Maia de que hablaba Schopenhauer. Si la obra no me dice nada de ese engaño, si no me revela un nuevo misterio, es muy probable que la haga a un lado. Lo verdaderamente incómodo de los premios llega cuando empiezan a hablar por ti ante los demás. Un escritor no es el resultado de un premio, es el resultado de un trabajo, de una lucha constante por superarse a sí mismo. Lo demás es farándula. Nada más.

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