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Latitud 24 de Noviembre de 2012

Un padrino mágico llamado Ernesto

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Al final solo queda el amor, la sinceridad, la sensatez con que asumimos cada día que se nos fue otorgado en nuestro paso por este mundo. Supe de Ernesto McCausland, como muchos cronistas de mi generación, a través de sus escritos y sus crónicas televisivas. Un hombre espigado con apariencia de galán hollywoodense de la época dorada.

Ese muchacho inquieto que en cada entrevista le hablaba a sus invitados, no con la fría distancia del que se ciñe a un cuestionario de preguntas, sino como un allegado del alma, que nos presentaba a Diomedes Díaz, Irene Martínez, Esther Forero o Héctor Lavoe, como si estuvieran sentados en la sala de nuestras casas. A “ese muchacho” como le llamaba mi madre hasta hace muy poco, lo vi por primera vez, en persona, una noche de 2004 en el extinto café-bar Caza D’ Poesía, lugar regentado por ese personaje de sus afectos llamado Aníbal Tobón. El escritor Efraim Medina visitaba Barranquilla promocionando su por entonces reciente novela ‘La sexualidad de la pantera rosa’.

En una mesa del lugar estábamos el escritor cartagenero, algunos fans de este y yo, cuando de pronto hizo su arribo “ese muchacho” de casi dos metros de alto. Venía con Ana Milena Londoño, su compañera, su amor hasta al final de sus días. Ernesto se adueñó del espacio en cuestión de segundos.

Impecablemente vestido de blanco asaltó a preguntas al escritor de ‘Érase una vez el amor’, le indagó sobre su reciente vida en Italia y sus cáusticos textos, entre otros asuntos. Tomando un respiro, Medina aprovechó para hacer la presentación oficial.

–Ernesto, te presento a un talentoso escritor, dijo Medina. Con algo de malicia, McCausland contrapunteó: ¿Escritor de qué tipo, Efraim? De los que escriben –respondió Medina. Si tú lo dices, así debe ser, finalizó Ernesto, y con algo de urgencia me estrechó la mano y pidió disculpas por tener que retirarse. Nos volveríamos a ver en su programa ‘A las 11’, una entrevista con motivo del lanzamiento de mi primer libro de poemas ‘China White’, entrevista donde culminé leyendo un poema escrito en honor al poeta sucreño Héctor Rojas Herazo. Terminada la entrevista, Ernesto solo dijo: Tenemos que volver a hablar.

Pasarían un par de años para ese nuevo encuentro. Ocurrió en su oficina de EL HERALDO, ya como Editor General del periódico. Ernesto tenía en mente la creación de un suplemento que remplazaría al mítico Magazín Dominical, que circuló por más de veinte años. El nombre elegido para el nuevo proyecto sería ‘Latitud’, un suplemento especializado en reportajes, crónicas y entrevistas. Para ello concertaría a lo más granado del género periodístico de la Costa y voces emergentes que harían de ‘Latitud’, en sus propias palabras: un espacio vanguardista a la altura de cualquier publicación nacional.

Y lo consiguió, durante el tiempo de vida que ha tenido ‘Latitud’. De hecho, ya se hizo al prestigioso premio de periodismo Simón Bolívar con la secuencia de crónicas tituladas ‘Por el retorno’, ejercicio periodístico que registró el regreso de desplazados a zonas devastadas por el conflicto armado. ‘Latitud’ ha puesto sobre el tintero, domingo tras domingo, la pluma de experimentados exponentes como Adlai Stevenson, Libardo Barrios, Ramón Illán Bacca, Martha Guarín, Joaquín Mattos Omar, Rafael Bassi Labarrera, el desaparecido David Sánchez Juliao o jóvenes exponentes del género como Eva Durán, Paul Brito, Carlos Polo, Alfredo Baldovino, Raiza Mar Jiménez, Iván Bernal y muchos otros que han hecho de esta revista una de las más leídas de la Región Caribe.

Para los jóvenes escritores y periodistas, Ernesto McCausland fue un tutor, un guía, un compinche de cada idea descabellada a la hora de asumir algunos temas: Raiza Mar pasando una noche en la morgue como cadáver; Carlos Polo haciendo de papá Noel en un luminoso centro comercial, o este servidor documentando una miedosa sesión de espiritismo. Franco, sin pelos en la lengua, decía lo que pensaba y señalaba nuestras fallas sin tapujos, solo con el fin de que los errores cometidos nos sirvieran de fortaleza.

Para la muestra este botón: “John, cuando te leo siento que cuando escribes no hay un escritor sentado con aplomo fraguando un texto, sino alguien desordenado que escribe a la carrera y con algo de ligereza. Es decir, tienes el más sencillo de los problemas, el más fácil de resolver: calmarte, y escribir con rigor. Estás usando muchas comas en lugares donde un punto seguido pide su inclusión a alaridos. Es mejor abusar del punto seguido que de la coma. Todo te lo digo con el ánimo de hacer de ti lo que creo que debes ser: el mejor”. Este fue un mensaje de abril de 2010, donde Ernesto, preocupado, me marcaba un norte dentro del exigente mundo de la crónica periodística. Éramos sus ahijados, los niños rebeldes por los que se atrevió a apostar. “Las historias están ahí, solo salgan y búsquenlas”, solía decir ante cualquier excusa que tuviéramos a la hora de justificar algún retraso o falta de ideas.

Al final solo quedan las ganas de seguir viviendo, así sea en la línea de un verso o en la letra de una vieja canción. El 27 agosto de 2009, el prestigioso fotógrafo Camilo Rozo se dispuso a retratar a McCausland. Sería una fotografía que ambientaría una crónica de Ernesto llamada “Pena y dolor en el vallenato: la tragedia de Alicia adorada”, la que luego sería incluida en el libro ‘Un vallenato 9 senderos’, donde el cronista costeño narraría los hechos que rodearon la escritura del clásico vallenato. Ernesto estaba vestido para esa ocasión con una guayabera blanca y un pantalón de lino negro, Rozo pidió a Ernesto que cantara un vallenato, el que más le gustara.

A McCausland solo le tomó un par de segundos elegir uno. Abrió su boca para empezar a tararear ‘El almirante Padilla’, de Rafael Escalona. Ernesto movía su manos al ritmo de una música imaginaria, como si tuviera a su lado un conjunto de caja, guacharaca y acordeón, bailaba acompasadamente y seguía cantando: “El que tiene es el que pierde eso dice Socarrás, ese dicho no es mi dicho porque yo Escalona no he dicho na”. Por un momento, Ernesto cerró los ojos y llevó sus manos a la altura del corazón. En ese instante Rozo disparó la cámara, allí congeló su latido, su pasión, su esencia. Al final solo queda en pie lo que no se perdió en la batalla, el amor, ese espejismo que florece en mitad del desierto.

Por John Better

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