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Latitud 15 de Noviembre de 2015

Un escarabajo con 100 años de historia

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Franz Kafka empezó a escribir su obra más representativa el 17 de noviembre de 1912. En octubre de 1915 fue publicado el texto que habla sobre la más inusual de las transformaciones.

Alfredo Baldovino B.
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Sabemos por la correspondencia entre Franz Kafka y Felice Bauer que La metamorfosis (o La transformación, título que más se aviene a la traducción del alemán Die Verwandlung) fue escrita entre el 17 de noviembre de 1912 y el 5 o 6 de diciembre de ese mismo año, aunque es justo pensar que se trataba de un primer borrador que iría sufriendo sucesivas mejoras hasta el momento final de su publicación. El mismo Kafka, siempre inclinado a ejercer una feroz autocrítica contra su propio trabajo, mostraba una actitud ambivalente ante el resultado definitivo. En la carta que le escribe a Felice Bauer, por ejemplo, en la primera semana de diciembre de 1912, manifiesta sus pocos deseos de seguir trabajando en la historia. Sin embargo, tres meses más tarde no oculta la alegría que le produjo haber hecho una lectura de la misma ante su amigo Max Brod. Más adelante, en su entrada al diario del 20 de octubre del 1913, diría haber encontrado pésimo el relato tras releerlo al final de una de sus acostumbradas caminatas nocturnas.

Hay razones de sobra para pensar que su opinión se debía a un malestar momentáneo, producto de su temperamento cambiante y de su marcada vocación de flagelante (la misma que llevaría a Gregor Samsa a culparse por los males de su familia, aunque hubiera tenido que ocurrir todo lo contrario), y no a su verdadero parecer sobre los méritos de la historia. De otro modo no habría podido explicarse que consintiera en entregarle el manuscrito a Robert Musil para que lo publicara en la revista Neue Rundschau, cuando sus niveles de exigencia tenían un pico tan alto. En respuesta, se le pidió que redujera la historia a menos de la mitad de páginas, en vista de que su extensión superaba el límite requerido por la revista, pero Kafka se negó: o todo o nada.


Robert Musil, escritor austríaco cuya obra más conocida es ‘El hombre sin atributos’.

En consecuencia, recurrió al editor Kurt Wolff (quien le habría publicado el año anterior El fogonero), y La metamorfosis apareció en octubre de 1915 en la revista expresionista Die Weisse Blätter (Las letras blancas), dirigida por René Schickele. En noviembre, la historia vería la luz en un formato independiente en la colección Der Jüngste Tag (El juicio final) por cuyos derechos recibiría Kafka el monto de 350 marcos. Pero la canonización del libro estaba lejos de darse momentáneamente por varias razones. La primera sería los inconvenientes propios de la Primera Guerra Mundial; la segunda, el exterminio de documentos de puño y letra de Kafka por parte de soldados nazis y su empecinamiento en cortarle el paso hacia la posteridad a cualquier obra escrita por un judío.

Pero si la guerra estuvo a punto de impedir nuestro encuentro con Kafka (Max Brod, el heredero de sus manuscritos, salió subrepticiamente de Praga hacia Palestina llevando varias novelas y cuentos suyos sin publicar para evadir la persecución de los nazis, cosa que no pudieron hacer las dos hermanas de Franz), la posguerra le daría a Kafka un lugar en la historia, presentándolo como un profeta, alguien que supo radiografiar con precisión el estado de escepticismo y aislamiento del hombre del siglo XX ante las falsas promesas de la modernidad.

El periplo que trajo La metamorfosis a Latinoamérica empieza en 1925, tres años después de la muerte de Kafka, con su traducción al castellano en la Revista de Occidente, dirigida por Ortega y Gasset. Luego, da un salto transoceánico en la década siguiente para llegar a la Argentina, promovido por Borges, suelta sus anclas en México e iza sus velas posteriormente hacia Cuba y Puerto Rico. Como los marineros, Kafka va dejando un amor en cada puerto, una multitud de lectores hermanados por su identificación con el aislamiento de que es víctima Gregor Samsa, que crece continuamente, aunque no siempre se le lea con la misma seriedad, y que a cien años de su publicación ve surgir intacta la problemática que subyace en las páginas del relato.


José Ortega y Gasset, director de la ‘Revista de Occidente’, que tradujo al español ‘La metamorfosis’. 


El sueño como reino del inconsciente

El argumento de La metamorfosis es moneda corriente entre los colegiales de hoy día. Gregor Samsa, un viajante de comercio, amanece un día cualquiera convertido en un “monstruoso insecto” sin que el narrador se tome la molestia de explicarnos cómo ni por qué. No ha bebido una pócima mágica, ni tampoco ha fungido como el chivo expiatorio de ningún científico loco. Se acostó la víspera, después de poner el despertador a las cinco de la mañana, con su cuerpo de todos los días, y unas horas más tarde ya había sufrido aquella inexplicable mutación. El mundo onírico, pues, como reino del inconsciente, viene a ser la crisálida en la que adquieren forma todas las insatisfacciones acumuladas de Gregor, pasando el umbral que separa lo normal de lo extraordinario.

De esta manera, el sueño es el paréntesis que divide en un antes y un después la vida de Gregor Samsa. El antes (del que apenas si tenemos conocimiento por algunas someras alusiones del narrador) está entroncado con una visión familiar de la realidad, y también con la inversión de la famosa sentencia de Descartes, en la que la construcción de la experiencia vital no está supeditada a la toma de conciencia del sujeto, sino al revés: somos en la medida en que acomodamos nuestra conducta a lo que los otros exigen de nosotros para legitimar nuestra condición humana.

Samsa, en ese sentido, se debate entre ser él mismo (tener una mujer, liberarse de la coyunda del padre, en fin) y ser para los otros, y al final el dilema se resuelve en contra de sus propios intereses. Sin embargo, su transformación puede verse igualmente como una forma de desquite con la familia por la cosificación de que ha sido objeto. Degradándose, logra también hacerles pasar un mal momento a sus opresores, y su monstruosidad no viene a ser sino un espejo en el que la familia ve reflejada su propia injusticia. Mírenme, pareciera decirles Gregor al salir por primera vez de su alcoba bajo su nueva apariencia, en esto es en lo que me han convertido.

No bastará con mirar hacia otro lado para librarse del malestar ocasionado por la presencia del adefesio o con recluirlo en su habitación. Todos saben que está allí y quedarán condenados hasta el momento de su muerte a cargar con ese peso. El de Gregor no es un sueño de dos o tres niveles como los de la película Inception. Se trata de un acontecimiento real, que, por muy extraño que parezca, no deja de ser verosímil, tanto para la familia como para los lectores. Porque si bien asistimos a la transfiguración anatómica de Gregor, advertimos, igualmente, que su capacidad de razonar permanece incólume, mostrándose coherente con cada una de las situaciones que demandan una toma de posición de su parte.

Primero es el asombro (¿Qué me ha ocurrido?), luego la esperanza (¿…si durmiese un poco más y olvidase todas estas chifladuras?), la negación (Gregor se empeña en decirse que todo está bien y sale de la habitación para excusarse ante el apoderado), y la resignación (impuesta también por las nuevas necesidades de su cuerpo) previa a su deceso.         Kafka pareciera entonces apelar a lo irracional como telón de fondo para mostrar el descrédito en el que ha caído la Diosa Razón, bajo cuyo mandato saltaron tantas cabezas de sus cuellos durante la Revolución Francesa.

Pero también cabría ver esta relación bajo la luz de las interpretaciones de quienes controlan los hilos del poder. Solo así puede entenderse que el creador de las primeras armas químicas, Fritz Haber, haya sido galardonado con el Premio Nobel de Química en 1918, y que se hayan erigido tantas teorías para defender la supremacía de una raza sobre la otra, y que en La lista de Schindler un militar alemán interprete a Bach al piano mientras los soldados de la SS acribillan a los inquilinos del edificio.


El cuarto de Gregor

Pero volvamos a la historia. Hasta el día antes de la desgracia que se abate sobre la familia, el padre, la madre y la hermana han podido vivir sin preocuparse por los acreedores gracias al sacrificio del hijo varón. Gregor no llevaba, lo que se dice, una vida holgada, pero por lo menos podía decidir adonde ir en sus pocos ratos libres, y gozaba de un espacio propio en la casa en el que nadie se atrevía a irrumpir sin antes llamar a la puerta. Ahora todo es distinto. Reconocido aún como algo que les pertenece (se trata, al fin de cuentas, de su hermano y de su hijo) pero que al mismo tiempo hay que negar, la familia confina a Gregor a ese nido de inmundicias en el que termina convertida su habitación. Pienso entonces en el cuarto de Gregor como en ese reducto de nuestro inconsciente en el que terminamos amontonando nuestros más vergonzosos secretos, e imagino a los profesores de historia de las escuelas alemanas actuales diciéndoles a los niños que tengan cuidado de girar el picaporte que lleva al interior del cuarto de Gregor, que miren más bien hacia adelante, que hay cosas de las que es mejor no enterarse. La puerta, bajo esta interpretación, es un elemento clave en la transformación de Gregor como signo de aislamiento, como fin de un período y comienzo de otro, como símbolo del estado caótico en que se encuentra la interioridad del sujeto, desmembrada en un conjunto de partes sin comunicación las unas con las otras, como las pestañas que alguien mantiene abiertas en la pantalla de su computador.

Los espacios de la casa de los Samsa, pues, aparecen, a mi juicio, identificados como lo éticamente posible desde el punto de vista de los límites impuestos al comportamiento de cada quien, pues Gregor no puede transgredir la línea que separa el espacio individual del familiar sin granjearse un castigo por su atrevimiento. El físico (esa ominosa excrecencia que es la manzana en la espalda recibida) es absolutamente soportable, pero el moral no. Así, cuando Gregor sale a defender las últimas hilachas de humanidad que le quedan, abandonando su refugio para demostrarle a su hermana cuánto valora su talento para tocar el violín, recibe el rechazo definitivo de Greg que lo conduce finalmente hacia la muerte.


Antigua portada de ‘Neue Rundschau’, magacín literario alemán, fundado en 1890.


Gregor Samsa en nuestros días

¿De dónde dimana la popularidad que La metamorfosis ha tenido desde entonces? ¿Por qué tiene tanta aceptación tanto en legos como entendidos? La brevedad puede ser la primera razón, sobre todo en esta época en la que los libros voluminosos llevan las de perder frente a la agilidad de las redes sociales y los canales de reproducción de videos. Luego estarían la austeridad de la prosa, despojada de adjetivos superfluos, y el tono íntimo y contrito del narrador, acentuado en las primeras páginas por el cielo grisáceo que se avizora por la ventana de la habitación del personaje. Después, la fácil metáfora que se infiere del aspecto de Samsa. ¿Quién, efectivamente, no se ha sentido alguna vez como un bicho raro? La mujer que llega a la fiesta del club social con un traje pasado de moda, el estudiante de extracción popular que se gana una beca en una universidad de ricos, el niño que nació con un defecto físico, y todo aquel que se enfrenta en solitario al dogma de las multitudes.

Y una lectura más de índole laboral: el hombre imposibilitado de construir su ser y estar en el mundo, reducido a simple cosa, por efecto del capitalismo. En fin, la misma naturaleza polisémica de La metamorfosis ha sido otro factor decisivo para fomentar su estudio.

En La metamorfosis, lo mismo que en El proceso, El castillo, y América, asoma una de las obsesiones de Kafka: el hombre puesto en una situación absurda superado por fuerzas invisibles sin la más pequeña posibilidad de redención. Una especie de tragedia griega en la que el corifeo todo el tiempo le está gritando al protagonista su culpabilidad. En eso vienen a parecerse bastante Meursault y Gregor Samsa: no hay inocencia posible en un mundo dominado por el absurdo. Estamos condenados a ser una construcción de los otros. Los mismos sistemas, amparados por un cuerpo legislativo, tan caprichoso como represor, prefigura nuestros actos incluso desde antes de que hayamos nacido. Nos obligan a portar cédula, a pagar impuestos, a transitar por las calles que los autobuses, deciden por nosotros, y a engordar desvergonzadamente a los buitres del sistema bancario. Como en la metáfora que nos ofrece Kafka en su noveleta, nos han ido sellando las partes de la casa a que tendríamos derecho, recluyéndonos finalmente en un pequeño rincón. Nos queda solamente el recurso
de la rebeldía. 

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