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Latitud 17 de Abril de 2016

Un ‘best-seller’ también es literatura

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Foto: Shutterstock

Desde alguna élites literarias, los ‘best sellers’ han llegado a ser considerados desechos o contaminantes de la literatura, lo que no es justo con algo que depara un rato feliz y divertido.

Enrique Dávila Martínez*
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Un escritor tiene la obligación de intentar escribir una obra que permanezca en el tiempo, pero eso no tiene qué ver con el consumo masivo de la misma, sino con su calidad estética, aunque lo ideal es que se venda mucho en el transcurso de los años (o de los siglos), como sucede con El Quijote, con Hamlet o con Cien años de soledad. Por supuesto, desde el punto de vista del arte es deplorable que una obra se escriba solo para ser vendida sin que importen sus atributos, tal como sucede con grandísima parte de los best-sellers, a los que, incluso, sin llegar aún a serlo, ciertas editoriales les ponen un sello que los identifica como tales o son promocionados por los medios sin ningún pudor literario, lo que les garantiza la rapidez de su venta y, de paso, enormes tirajes. De hecho, best-seller significa “mejor vendido”, expresión donde el adjetivo “mejor” está puesto por la gran cantidad de ejemplares
que un público ávido adquiere en poco tiempo. 

Con seguridad, aparte de que les guste o no, si varias personas leen un best-seller, todas estarán de acuerdo en qué ocurre en el libro, pero si leen una obra literaria clásica, cada una dará una versión diferente de lo narrado. Esto ocurre porque la obra literaria sugiere, no es fidedigna, ofrece posibilidades de interpretación, lo que es inherente a la intención de lo artístico, en tanto el primero dice lo que es tal cual es y empleando palabras que expresan lo que significan en la realidad. Estaríamos entonces ante la primera distinción entre el best-seller y la obra literaria: la veracidad.

Otra diferencia entre un libro clásico y un best-seller es que este último, luego de su éxito de ventas, se olvida, lo que no ocurre con la obra tradicional. Tengamos presente que, con contadas excepciones, a esta última la leen los propios literatos y ciertos aficionados, y que el best-seller, que también se apoya en la palabra escrita, elemento primordial de la literatura, tiene muchos más lectores, por lo general, individuos con una sensibilidad muy sui géneris, a los que en realidad no les hace falta la lectura, que han adquirido el libro y llegan a leerlo, o al menos a comenzarlo, por pose o porque está de moda, como ha sucedido con Harry Potter y la piedra filosofal o con Cincuenta sombras de Grey. En verdad, a numerosos compradores de best-sellers no les gusta leer porque no pueden gastar el tiempo en eso, ya que ellos son personas que mueven el mundo, es decir, grandes dirigentes políticos, empresarios, deportistas, científicos, militares y hacedores de otro tipo de arte distinto a la literatura. Y tienen todo el derecho a que no les guste leer, el mismo que tengo yo a que no me guste descifrar, o siquiera atisbar, los estados financieros de una entidad bancaria.

Es probable que la mayor ola de consumo de best-sellers se haya acrecentado con la primera novela de la serie juvenil Harry Potter, una de las grandes sagas literarias de la historia, y luego  con El código Da Vinci, novela de misterio que combina el suspenso y el esoterismo, y también es probable que a partir de estas dos obras el gran público haya descubierto que los libros no son aburridos.

Muchos individuos afirman que la literatura clásica no es divertida, tal vez porque desconocen que esta requiere de un esfuerzo mental para lograr un placer estético mayúsculo, esfuerzo para el que ellos no están preparados, como sí lo están para los best-sellers con sus historias corrientes y sus trucos. Entre esos trucos, algunos consisten en narrar un asunto trascendental, que por lo común es un peligro que puede afectar la suerte de una nación, de un grupo social o de un individuo; en presentar a los protagonistas lejos de la perfección, pero sí optimistas y capaces de enfrentar ese peligro, incluso cuando el autor lo acrecienta por requerimientos de un argumento sinuoso y terrible; y en describir padecimientos, intrigas, enredos y conspiraciones que se desarrollan en escenarios geográficos atractivos que tienen algo de exotismo e interés.

Desde algunas élites literarias, los best-sellers han llegado a ser considerados desechos o contaminantes de la literatura, lo que no es justo con algo que depara un rato feliz y divertido. Si bien un best-seller no es Thomas Mann o James Joyce o Franz Kafka, tampoco es un programa de concurso en televisión o uno de chistes ramplones y previsibles, y no implica falta de educación del gusto. Es cierto que la mayoría de ellos se puede predecir, que no son innovadores en cuanto a los asuntos de que tratan ni en cuanto al estilo de su escritura, y que no les interesa el hecho artístico que pueda encerrar el libro, sino vender, atrapar y que se corra la bola para seguir vendiendo. Pero también es cierto que tienen una historia qué contar, sencilla, nunca traída de los cabellos, que relatan de la mejor manera sin recurrir a monólogos interiores, a adornos literarios, a anécdotas descritas en dos o más planos simultáneos, a narradores omniscientes, en fin, a argumentos que se devuelven en el tiempo, que son técnicas narrativas que sí aparecen en las grandes obras literarias.

Otra virtud de los best-sellers, tal como podríamos comprobar si leyéramos algunos de los que puntearan una lista elaborada con base en los mejores registros de ventas, es la gama de géneros y de subgéneros que abarcan: misterio y terror; aventuras riesgosas; hechos del pasado con protagonismo de personajes históricos auténticos; elementos de fantasía, como la ciencia ficción; episodios que retratan el desarrollo físico, sicológico y social de un individuo; crónicas policíacas; erotismo, que puede ser de amor cortés o de sexualidad explícita, todo adobado con méritos del autor, como buena información, erudición abrumadora y reflexiones juiciosas.

Una gran obra literaria puede llegar a ser un best-seller. Ejemplos de esto son El Quijote, Cien años de soledad, El nombre de la rosa, varias de Balzac, algunas de Dickens. Pero también un best-seller puede convertirse en un clásico, como sucede con El conde de Montecristo o Los tres mosqueteros, de Dumas, o con Drácula, de Sam Stoker. Quizá los avatares de la vida moderna han conducido a la novela literaria a una suerte de crisis, pero no la veo en trance de muerte. Desde luego, sugiero a los autores historias más breves y llanas, puesto que el público de hoy pide concentración y no longitud, reclama fantasías salvadas por el lenguaje y no elucubraciones estéticas, por más arte que las obras de contenidos complejos y formas audaces generen, por más deleite, por más euforia...

Obras clásicas literarias
Cien años de soledad, Gabriel
García Márquez
Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra
Ulises, James Joyce
Doctor Faustus, Thomas Mann
La metamorfosis, Franz Kafka
En busca del tiempo perdido, Marcel Proust
Gargantúa y Pantagruel, François Rabelais
El sonido y la furia, William Faulkner
El lobo estepario, Hermann Hesse
El nombre de la rosa, Umberto Eco
Pedro Páramo, Juan Rulfo
Rayuela, Julio Cortázar
Ana Karenina, León Tolstoi
Madame Bovary, Gustav Flaubert
Lolita, Vladimir Nabokov
Hamlet, William Shakespeare
El extranjero, Albert Camus
Crimen y castigo, Fedor Dostoievski
Cumbres borrascosas, Emily Brontë
El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

Best-sellers
Juan Salvador Gaviota,  Richard Bach
Cincuenta sombras de Grey, E. L. James
Harry Potter y la piedra filosofal, J. K. Rowling
El código Da Vinci, Dan Brown
Millenium, Stieg Larsson
El niño con el pijama de rayas, John Boyne
El invierno en el mundo, Ken Follet
El fin de los escribas, Glenn Cooper
Carrie, Stephen King
El médico, Noah Gordon
El alquimista, Paulo Coelho
Los pilares de la tierra, Ken Follet
La reina de la lluvia, Katherine Schoeles
El capitán Alatriste, Arturo Pérez-Reverte
Theodore Boone, John Grisham
Tiempo prestado, Danielle Steel
Dominación, C. S. Sansom
El cumpleaños secreto, Kate Morton
Coma, Robin Cook
Parque jurásico, Michael Crichton


*Escritor. Autor de las novelas ‘Los ideales vertiginosos’ (Plaza & Janes), finalista del VIII Concurso Nacional de Novela convocado por esa editorial; Y se hizo la noche sobre ti (Tercer Mundo); y ‘Una silueta en la partitura’, mención honorífica unánime en el Concurso Nacional de Novela 2001 del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá. 

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