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Latitud 06 de Abril de 2014

Todo lo que toca lo vuelve música

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Foto: Juan Carlos Rueda Gómez

Juan Carlos Rueda Gómez @juankyeru - natubarajr@gmail.com
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Acaba de lanzar un disco denominado Banda de hojitas de San Pelayo, que incluye temas emblemáticos como María Varilla, Fandango viejo pelayero, El barrilete, Gavilán garrapatero, La seca y Rueda de baile, este último de su autoría.

Lo que llama la atención es que Arlington Lee Pardo Plaza, además de ejecutar todos los instrumentos, con excepción del bajo, interpreta con hojitas de laurel todos los vientos, pero logra lo que otros no alcanzan: imitar y armonizar los sonidos de las trompetas, trombones, bombardinos y clarinetes de las bandas tradicionales del Caribe. Esa es una faena emocionante y grata como las que ha protagonizado en otros escenarios, por ejemplo, en Barranquilla, frente a la Orquesta Sinfónica de Colombia, acompañado con su gaita cromática para actuar como solista por el nacimiento del Ministerio de Cultura, en la década de los noventa. Este último episodio le trajo más alegrías, con esa misma gaita que él reinventó, y que hace más de veinte años el investigador William Fortich le pidió prestada para que el maestro Francisco Pacho Zumaqué la utilizara en la grabación de su famosa Macumbia.

Marcado por Baudelaire

Cuando Arlington Lee Pardo Plaza tenía doce años de edad tuvo la oportunidad de leer en un viejo libro sin portada y con muchas hojas arrancadas un poema que lo marcaría para siempre y se convertiría en su hoja de ruta: “Embriáguense”, del autor francés Charles Baudelaire, llamado el gran poeta maldito, que muchos dicen influyó también de manera profunda en Raúl Gómez Jattin, nuestro gran vate cereteano, quien tuvo una vida marcada por el desarraigo y la autodestrucción:

“Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: esta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:

¡Es hora de embriagarse!

Para no ser los esclavos martirizados del tiempo,¡embriáguense, embriáguense sin cesar!

De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca”.

Arlington ha seguido en gran medida las directrices que le trazó Baudelaire desde esas líneas; ha vivido embriagado…de poesía, de música, de folclor y de virtud para sembrar semillas de humanismo en todos los seres que toca. Surge aquí la pregunta:

¿Por qué dos hombres que nacen a tan corta distancia
–entre Cereté, donde nació Raúl, y San Pelayo, donde lo hizo Arlington, hay escasos nueve kilómetros– son permeados de tan distinta manera por esa especie de orden que dio el escritor francés en su texto magistral?

Pardo Plaza no es abstemio, de hecho le encanta el buen vino, el ron, el whisky y una que otra cerveza de vez en cuando, pero nunca llegará a cometer excesos que lo lleven a un desenlace fatal. Prefiere imbuirse en la sonoridad de la gaita, los tambores y la ocarina para embriagarse con el sabor del Caribe.


Arlington Pardo es director fundador de la Banda Folclórica Distrital de Barranquilla, con la que ha estado en Francia, España, Portugal y gran parte de las ciudades de Colombia.

Niñez musical en San Pelayo. Las tradicionales fiestas patronales en honor a San Juan de Pelayo, que se celebran cada 26 de junio, siempre han sido grandiosas en este municipio cordobés, a orillas del río Sinú. A mediados de la década de los setenta, mientras los adultos se deleitaban consumiendo cantidades de licor y saciando su morbo primitivo con cada cornada de los jugados y aviesos toros a los osados manteros que arriesgaban su vida para obtener un premio de algún ganadero, so pena de dejar sus tripas en las astas de uno de esos cuadrúpedos furiosos, los niños se asomaban por debajo de los palcos para copiar ese modelo de diversión primitiva e infracultural y después replicarlo a escala.

Arlington Pardo era quien lideraba el grupo de unos veinte infantes que, luego de terminadas las corralejas, se divertían a sus anchas haciendo su propia fiesta, una especie de ‘corralejita’, con lo que tenían a la mano, aprovechando que los patios de las casas, que conformaban un solo espacio, muy amplio, ya que no era de usanza la cerca separadora entre casa y casa.

“Recogíamos recortes de madera de las construcciones, palos y troncos que dejaba el río Sinú en los playones y con eso hacíamos una minicorraleja con palcos y todo, recuerda. Unos se disfrazaban de toros, otros de toreros o banderilleros y recreábamos todo lo que habíamos visto en la plaza. Pero a mí lo que me gustaba era organizar y dirigir ‘La bandita’. Con tapas de olla, peroles y tanques vacíos hacíamos los instrumentos, y los sonidos de las trompetas, bombardinos, clarinetes y trombones los imitábamos con la boca”.

Eso lo hicieron durante varios años, pero cada vez le iban incorporando instrumentos que, aunque rústicos, se asemejaban más a los reales. Fue cuando Arlington fabricó su primera gaita, usando el cilindro vacío de un lapicero, al que le hizo seis perforaciones, y la cabeza la armó con el relleno de una batería, arriesgándose a un envenenamiento.

Poco tiempo después, Pardo organizó la Banda Infantil de Hojitas de San Pelayo; sonaba tan bien, que su tía Felipa Plaza se dio a la tarea de buscar patrocinadores para mostrarla como un orgullo pelayero. Fue tan exitosa su gestión que llevó a estos niños, encabezados por Arlington, a recorrer varias ciudades, llegando incluso a Bogotá, donde se presentaron en varios programas de televisión, entre ellos Animalandia, que presentaba Fernando González Pacheco, y Galaxia Musical.

MÚSICO PRECOZ. Una de las situaciones que más impactaron a Arlington en su infancia fue la diversidad de manifestaciones musicales autóctonas que anegaban a su pueblo, como las riadas del Sinú, cuyas aguas se desbordan cada invierno inundando las fértiles tierras que atraviesa. Además de las bandas de viento, llegaban los gaiteros, los ejecutantes de ocarina y arco sonoro, los cañamilleros, las cantadoras de bullerengue, la zafra mortuoria, los septetos palenqueros y los conjuntos típicos de acordeón. Todo ello, sumado a los discos de artistas cubanos que su padre, el odontólogo samario Jaime Pardo Bornachera, y los elepés de famosas bigbands que ocasionalmente llevaba el profesor Fernando Aguilar, más su inquietud como precoz lutier, se fue convirtiendo en un gran guiso sonoro en su sangre, su cerebro y piel, llevándolo muy temprano a codearse con grandes figuras del folclor, en certámenes como el Festival Nacional de la Gaita, en Ovejas, Sucre; el Festival de la Cumbiamba, en Cereté; Festival de la Algarroba y la Gaita Corta, en Galeras, Sucre, y Festival de la Cultura, en Sahagún, Córdoba, entre otros.

En Barranquilla se formó y se quedó. A los dieciséis años, una vez terminado el bachillerato, Pardo Plaza siente que su departamento y la sabana en general le quedan chiquitos. Lo mueve la necesidad de transmitirle al mundo la herencia musical que lo ha nutrido y ya se le sale por cada poro. Ese legado recibido de su abuelo materno, Fernando Plaza Noble, ejecutante de la tuba, padre de su progenitora, Neyla Rosa Plaza, y parientes cercanos como Primo Paternina y Joselito Lugo, el Tragaplaza, gran trompetista.

Llega a Barranquilla a estudiar licenciatura en música en Bellas Artes, acompañado de su hermano Rori Pardo, clarinetista. Arlington se graduó en 1993 con tesis laureada sobresaliente, titulada “Sistematización de la gaita como instrumento musical para la enseñanza en la facultad de Bellas Artes”, lo que permitió incorporar este adminículo sonoro aborigen, mirado de soslayo por los músicos académicos, al pénsum universitario como instrumento de afinación universal, dándole la fortaleza que le faltaba para armonizarse con todos los componentes de una sinfónica.

Es que Arlington venía trabajando en ese proyecto desde 1982, cuando tocaba con Los gaiteros de San Pelayo, y en los ratos libres que le dejaba el colegio se dedicaba a investigar y a ejercer artesanalmente la labor de lutier, movido por la frustración que le producía no poder tocar con la gaita los temas del cancionero universal como El manicero, Reloj, Una flor para mascar, etc., ya que el instrumento hecho con carrizo no tiene un estándar de sonido ni afinación. Comenzó haciendo gaitas con tubos de PVC, pero los descartó por su sonido opaco y decidió recurrir al aluminio y al bronce, pero el primero se impuso por su bajo costo y fácil consecución. “Hasta hoy he fabricado unos ocho mil instrumentos de ese tipo, a pesar de la falta de apoyo del Estado y de las trabas burocráticas de la mayoría de entidades a las que he tocado sus puertas para masificar mi trabajo”, dice Pardo Plaza con un dejo de tristeza.

La Banda Folclórica Distrital. En 2003, después de haber sido becario del Sistema Nacional de Coros y Orquestas Sinfónicas de Venezuela, dirigido por el maestro José Antonio Abreu; de haber hecho una especialización en Pedagogía del folclor, en la Universidad Santo Tomás, de Bogotá; una maestría y un doctorado en Pedagogía y educación musical, en la Universidad de Extremadura, en Cáceres, España, decide, en compañía de su eterno escudero y soporte humano, Alfonso Caro, presentar el proyecto de creación de la Banda Folclórica Distrital de Barranquilla, una inquietud que nació en 1988 y fue fortalecida por un equipo conformado por Eduardo Valencia, músico; Livingston Crawford, investigador, y Beatriz Herrera, educadora, entre otros.

Harold Salazar, director del Instituto Distrital de Cultura, y el alcalde de la época, Humberto Caiaffa, apoyaron la idea y le dieron vía libre. Apenas tuvieron un mes para preparar el concierto de su debut, denominado Cantata del carnaval, un montaje lírico folclórico de la autoría de Arlington, en honor a los compositores del Caribe colombiano. Hoy día, la banda es insignia de nuestra ciudad y ha llevado su música a Francia, Portugal, España, Venezuela y a la mayoría de capitales colombianas, amén de muchos festivales de poblaciones intermedias.

Obsesionado por la ocarina. Desde niño, Pardo Plaza sintió una irresistible atracción por la ocarina, instrumento precolombino presente en casi todas las culturas aborígenes de América, casi siempre con formas zoomorfas de saurios, quelonios, batracios, peces y especialmente aves, como la ocarina patico, que en los pueblos del Sinú se les obsequia a los niños como simple juguete que ellos usan como silbato. En 1998 inició una investigación para la recuperación de este instrumento como parte esencial del legado cultural zenú, demostrando que, más que un silbato, es perfecto para la ejecución de cualquier obra musical.

Lo demuestra fehacientemente en la grabación de veinte canciones, la mayoría de su autoría, pero también se atrevió a interpretar obras tan conocidas y complejas como Hey Jude, de Los Beatles; Love Story, de Eric Segal; Chiquitita, del Grupo Abba, y Reloj, de Roberto Cantoral. Es una producción llena de sonidos tiernos, sublimes, profundos, conmovedores, casi místicos, con una fuerte carga espiritual que transportan al oyente a un plano de relajación y placidez.

Gracias al legado poético de Baudelaire, pero especialmente por el acervo folclórico de sus antepasados sinuanos, Arlington Lee Pardo Plaza vive embriagado de música, folclor y sabor, para gloria de la cultura musical colombiana.

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