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Latitud 08 de Junio de 2014

Todavía bailamos la contradanza

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El autor presenta la posibilidad desconocida sobre el nacimiento de algunos bailes del Caribe que tendrían por origen a esta danza europea.

Adlai Stevenson Samper

Por estar al tanto del aporte de los indígenas y los africanos en lo relacionado con los orígenes de nuestro heteróclito pasado perdimos de vista al ofrecido por los europeos. Casi al punto de desconocer sus contribuciones –aunque estas hayan sido por la vía de más perfecta ignominia–, excluyendo con esta actitud reivindicativa elementos que descifran procesos y desarrollos de nuestra cultura.

Ese es el caso de la contradanza, una música y baile de salón surgido en los campos de Inglaterra en los siglos XVI y XVII, específico lugar que le otorgaría el nombre: country, de campo, y dance, de danza. En su periplo recorriendo parte de Europa llegó a Francia, país en donde sería extremadamente popular en la corte de Luis XIV, donde se bailaba en círculos con 2, 4 o más parejas. De allí pasaría en ráfagas de fama a España, importado a las nuevas tierras por los conquistadores, en donde se acomodaría, se reinterpretaría, igual a un sonoro y fantástico camaleón tornando coloridos y formas hasta convertirlo en irreconocible en su presentación original. De allí surgirían, entre otros, en algunos disímiles momentos, la habanera, el danzón y el tango. En Puerto Rico tendría un nombre muy conocido: merengue, y en la República Dominicana, en los prolegómenos de ese mismo aire, tendría un movimiento o sección denominada paseo.

El caso de la contradanza es similar a lo sucedido con el período Barroco en la arquitectura, asimilado en España con el nombre de churrigueresco, una concepción estilística incorporada a los edificios hispanos pletóricos de curvaturas, alardes de formas en un increíble intento de “capturar”, encerrar al espacio, denominado por críticos crípticos como un auténtico “horror vacui” –miedo al vacío–, palpable, aparte de la arquitectura; en la pintura, literatura y en la música; con sus intricadas construcciones percusivas, los llamados de pregunta y respuesta para encerrar probables silencios, y en el uso deliberado de los altos volúmenes sonoros. Lo que en arquitectura es atiborrar el espacio de formas y volutas, en música es el juego con los silencios, incluso negándolo. De ese talante son los tiempos y movimientos del danzón, el porro, el mambo y la cumbia, con su ante compases y repiques súbitos.

Precisamente la contradanza propone claras estructuras danzarias intercaladas por silencios y gritos. Algo así como lo que solía hacer en sus jaranas de mambo Dámaso Pérez Prado, separando funcionalmente los diversos movimientos para darles ímpetu a los bailadores, pues en suma, de eso se trataba, de una constante creación y re-creación de pases y figuras en torno a las propuestas planteadas por la música en un ambiente de salón burgués, otra de las características perennes de la contradanza. Son los gritos entusiastas de bailarines y cantantes en medio del ímpetu avasallador de la música, el galanteo cortesano, las filas apostadas de hombres de un lado y de mujeres por el otro enamorándose, coqueteando alrededor de la música, situación presente en muchas de nuestras danzas nativas colombianas con influencia de la contradanza. Aunque es menester reconocer respecto a la influencia africana que en Rhodesia y en los Bulokis del Congo ocurren procesos similares: las filas y los juegos de rueda tal como lo precisa Curt Sachs en su libro Historia de la danza en el mundo.

Bailando en la colonia
La contradanza se bailó, como es apenas consustancial a sus procesos europeos, en las ciudades de gran densidad y movimiento mercantil donde ejercían mandato las autoridades de la colonia y se encontraban afincados españoles con sus familias. Ello implicaba la existencia de orquestas de música para su interpretación en Bogotá, Popayán, Cartagena y Mompox con una popularidad siempre creciente; asimilada por esclavos y servidumbre que la adaptaron a sus músicas y costumbres, traspasando su vitalidad hasta las fronteras rurales donde definitivamente cambió de nombre asumiendo otros: torbellino, jota, contradanza chocoana, la “queadrille” y el chotis sanandresano, el currulao, la bámbara negra y el sanjuanero; donde existe una sección llamada precisamente “Contradanza”.

Era la música del momento y la sensación para las oleadas de bailadores que se mecían encantados frente a las figuras propuestas por cada uno de los participantes, ocasión espléndida para saltar barreras eróticas agarrando el talle de las damas y rozando en los giros sus cuerpos. Las huestes de la campaña libertadora fueron particularmente propensas a este baile con Bolívar y Santander a la cabeza. Dos contradanzas fueron conocidas en esa época: La Libertadora y La Vencedora. Esta última fue tocada el 7 de agosto de 1819 en la batalla de Boyacá, e incluso tenía el estatus de himno de Colombia antes de que entrara el poético Rafael Núñez con sus estrofas rocambolescas y Orestes Sindici le creara su aire marcial. La Libertadora fue compuesta por el maracaibero Silverio Añez en 1826, en honor a Bolívar.

El Caribe se viste
de contradanza
En Cuba la contradanza daría origen al danzón, aire de donde surgirían el danzón de nuevo ritmo, el cha cha cha y el mambo tocado por orquesta de violines, flauta, piano y ritmos. En otras palabras, el formato de charanga. Incluso, un baile colectivo muy popular, la rueda de casino, pertenece a una parte del ritual primigenio de la contradanza. Toda una mezcla dentro de la cultura cubana de las tradiciones congos africanas con la liturgia cortesana europea que se difundió ampliamente por todo el Caribe.

El arrase e impacto de la contradanza fue a través de todo el Caribe. Las cuadrillas de Guadalupe, Martinica y Santa Lucía. La danza y contradanza dentro del merengue en República Dominicana. En Haití con el compass, asimilado en Colombia en versiones de Joe Arroyo, la danza en Puerto Rico y por todo el Caribe y, por supuesto, en Colombia y en Venezuela, donde adquirió plena preeminencia en el sector costero del estado Zulia y en la ciudad de Maracaibo, donde tuvo amplio desarrollo. Su más emblemática contradanza se denomina La Reina, compuesta en 1898 con el nombre original  de Los aires de Milagro, pero ante su belleza formal, fue rebautizada como La Reina –de las contradanzas–. Esta tradición marabina musical todavía existe en grupos que ejecutan y bailan este aire.

Precisamente la melodía y armonía de La Reina es muy similar a muchas tonadas del llamado vallenato colombiano. Con la misma estructura binaria de 2 x 4, llevando a la presunción, dado el carácter urbano que tenía la capital zuliana a finales del siglo XIX frente al exiguo desarrollo de Valledupar, que bien pudo ser influida culturalmente por esta ciudad venezolana dada su cercanía geográfica, la presencia del llamado Camino de Jerusalén o del contrabando, que partía desde La Guajira siguiendo el curso del río Cesar hasta la Depresión Momposina y la incomunicación de Valledupar con otras ciudades del Caribe colombiano. Como lo diría un canto vallenato de Escalona aludiendo a todo este proceso descrito: “Tengo un chevrolito que compré para ir a Maracaibo a negociá”.

Lo cierto es que dentro de los aires del vallenato se encuentran secciones del universo de la contradanza: el merengue y el paseo. Tampoco podría parecer casual la aseveración que hiciera alguna vez Rafael Escalona en el sentido que los grupos, orquestas o combos que más se acercaban a una probable orquestación del vallenato más allá de su formato de caja, guacharaca y acordeón, fueran los de Nelson Henríquez, Pastor López y Los Blanco, todos oriundos precisamente de Maracaibo.

Bien puede rastrearse la leyenda de la contradanza en algunos pases de la danza de Las Farotas (minué y contradanza), que en ningún caso son indios de alguna tribu ni mucho menos estaban en plan de venganza, sino de enamoramientos hacia la rara y desconocida masculinidad de los españoles. En los galanteos de hilera de hombres a la de mujeres en la cumbia, haciendo ruedas y solicitando sus fervores y favores de amor y en el movimiento inicial de algunos porros sospechosamente parecidos a danzones mexicanos y cubanos. Nada de raro si tienen de común inspirador a la contradanza, ni que Acerina y su Danzonera, un grupo de Veracruz interpretara porros danzoneros de Lucho Bermúdez, que también anduvo entre estas dos aguas creando danzones y danzonetes.

Lo más importante de la contradanza fue que rompió la separación ‘moral’ de los sexos, que por vez primera en el baile podían regodearse, enamorarse, tocarse por largas horas, en un ambiente lúdico de camaradería. Por allí le abrió paso a las intimidades del bolero, y fue tan fuerte su influjo que hasta los africanos lo adoptaron en sus bailes y música, con la diversidad de movimientos que surgieron a su interior, revolucionando el panorama sonoro del Caribe de una forma tan radical que aún hoy no se alcanza a entender cómo surgió tanta espontánea sandunga.

Para el director, músico y arreglista Daniel Moncada, la contradanza sigue con absoluta vigencia pero en perfecto “camuflaje”. Dice que “las músicas nuestras son sus bisnietas, llevan en sí su gen, aunque no nos demos cuenta. En sus giros armónicos, melódicos y rítmicos, tal como acontece con el porro, la cumbia y el vallenato” e indica que los galanteos que implican los bailes de estas músicas provienen de la contradanza. Remata con una advertencia sobre la carencia de estudios musicales y culturales profundos en el país, específicamente en el rol pionero de la contradanza. El investigador y profesor de música de Bellas Artes Álvaro Bermejo sostiene, por su parte, que en la actualidad la contradanza, con su nombre y características, se encuentra en el Pacífico colombiano “pues en la chirimía se toca contradanza”.

Lo cierto es que quitarse el sombrero, inclinarse ceremoniosamente hacia las damas, el ajetreo de largos pollerines cortesanos, los gritos entusiastas, las secciones ‘cortadas’ por silencios para darle respiros y cambios al bailador –tipo mambo, merecumbé, porro– son apenas una parte visible de un iceberg mucho más complejo y provisto de curiosas aristas que ofrecen noticias de nuestra genealogía cultural a través de la contradanza.

Son los mismos gritos entusiastas desde hace tres largos siglos para que las damas y sus galantes caballeros ejercieran su ritual de baile en los salones cortesanos y que alguno, con voz tesonera de líder, gritara a los cuatro vientos: “¡A la contradanza!”

Todavía la seguimos bailando.

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