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Latitud 06 de Abril de 2014

Sentido común

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Foto: Shutterstock

Andrés Salcedo
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Colombia está horrorizada. El país del mundo con el mayor número de poetas, abogados y profesionales del cuento y la carreta por kilómetro cuadrado; el que se ufana dizque de hablar el mejor español de cuantos empolló por estos andurriales la lengua de Castilla: el que agregó al nombre de su capital la ridiculez aquella de la Atenas Suramericana; ese país de talante conventual y leguleyo donde toda la vida se ha hablado una lengua naftalinizada llena de cortesanas obsequiosidades acaba de ocupar el último lugar en la llamada Prueba Pisa, que evaluó la capacidad de nuestros jóvenes para resolver asuntos de la vida cotidiana.

Ya antes de esta nueva derrota sabíamos que el desempeño de nuestros estudiantes en áreas como las matemáticas, la ciencia y la técnica era pésimo. Y nos habíamos rajado también en eso que los expertos llaman comprensión lectora, lo que no es ninguna sorpresa en un país que solo lee –y digiere– la crónica roja, con los cadáveres desmembrados, y la crónica rosa, sobre la ostentosa boda del actor con la reina de belleza en la iglesia convertida en decorado de telenovela. Y por supuesto, la crónica del partido del domingo. En Colombia, ni jóvenes ni viejos llegamos a terminar un solo libro por año.

Nos ganaron, nos dejaron regados en estas pruebas, naciones que hace treinta años eran llamadas “paisitos” por los catones de la intelectualidad bogotana, como Singapur o como Corea del Sur, que mientras aquí discutíamos sobre la más correcta colocación del verbo y el predicado en los decretos de ley y en los estatutos del club social, tomaron la drástica decisión de transformar sus economías y democratizar su forma de vida dándole educación al pueblo entero.

En medio de este panorama de persistencia en los más obsoletos y desiguales métodos educativos, aparecieron en nuestra vida el chat, la Instagram, la mensajería instantánea, la Wikipedia y otros focos adictivos similares, que, si bien facilitan el aprendizaje cuando son empleados como herramientas del conocimiento, empobrecen nuestra lengua y la arrastran hasta unos niveles de monosilábica anarquía solo entendible por los iniciados. Nuestros jóvenes, dominados por la simplificación del chat y el mail, olvidaron, quizá para siempre, cómo se escribe con corrección e incluso elegancia. Aunque no son ellos los que se rajan. El fracaso es de esta sociedad, tan inepta y tacaña en el reparto de la mayor riqueza del hombre: la educación.

Paradojas

La vida moderna, con todos sus avances, sería impensable sin el aporte de los norteamericanos. La NASA conquistó la Luna y le abrió nuevos caminos al hombre en el espacio. Fueron científicos de ese país los primeros en constatar, con una precisión de millonésimas de segundo, todo cuanto ocurrió en nuestro planeta después del estallido del Big Bang. Innovadores consorcios de los Estados Unidos como Appel y Google transformaron la vida de miles de millones de seres humanos. Y no hay país en el mundo con un número tan amplio y selecto de universidades y centros de estudio e investigación.

En la otra cara de la moneda está el little man on the Street, que, como comprobó hace poco el periodista televisivo Jay Leno, no tiene la menor idea de cosas tan simples como cuántos lados tiene un triángulo o en qué país está situado el canal de Panamá. Leno les hizo estas preguntas a miles de peatones de grandes y pequeñas ciudades de Estados Unidos y las respuestas que dieron algunos de ellos nos permiten una visión, en cierto modo dramática, de las enormes paradojas de ese país admirable.

Pero tanto o más elocuentes que las respuestas que recibió el periodista son las cifras. El veintiséis por ciento de los norteamericanos no sabe que la Tierra gira alrededor del Sol. Menos de la mitad de la población no ha oído hablar jamás de los orígenes simiescos de los humanos. Treinta y dos millones de norteamericanos no saben leer. Uno de cada cuatro cree que un gigabyte es un insecto que habita en las selvas de la América del Sur y uno de cada diez está convencido de que el HTML, un lenguaje básico de la web, es una enfermedad de transmisión sexual.

El psicólogo norteamericano David Dunning, de la respetadísima Universidad de Cornell, asegura que el nivel de capacidad crítica de muchos norteamericanos es tan precario que no son capaces de distinguir entre un político competente y otro incompetente, y por eso casi siempre eligen al peor. Dunning es el clásico intelectual norteamericano: libre de prejuicios, sincero en sus planteamientos, objetivo. En los últimos años se ha convertido en un crítico certero y desapasionado de su país, lo que confiere un gran peso a sus críticas.

Compensación

Negar la educación a los grupos más débiles y explotados de la población fue la política de las potencias coloniales europeas en África, Asia y Latinoamérica. Hace apenas un par de semanas, los jefes de gobierno de quince naciones del Caribe, que en el pasado fueron colonias de Francia e Inglaterra, decidieron exigir una compensación económica a estos países por los daños irreversibles causados por la esclavitud a la que fueron sometidos.

Un abogado inglés, Martyn Day, representa a los demandantes, que aspiran a una compensación económica basados en los perjuicios causados por los abusos y maltratos físicos y psicológicos a los que fueron sometidos hace doscientos años, además de habérseles negado el mínimo derecho a la educación, lo que consideran la verdadera causa del evidente atraso que sufren sus países. En el acta final de la resolución se refieren también a la persecución que se ejerció contra los rastafaris, muchos de los cuales fueron enviados de regreso a la vieja madre patria africana.

Europa, dicen, tiene la obligación moral y política de arreglar, por la vía legal, los daños que causaron a millones de seres humanos. En la resolución se incluye una clara amenaza de apelar a los más altos tribunales internacionales, en el caso de que las dos antiguas potencias coloniales se nieguen a pagarles la indemnización exigida.


Gobiernos de quince naciones del Caribe que fueron colonias de Francia e Inglaterra están exigiendo compensación económica por los daños que le causó la esclavitud a la población sometida. 

La buena noticia

Colombia está envejeciendo. Para el año 2050 se dice que dos de cada diez colombianos tendrán más de sesenta y cinco años, lo que, como temen muchos, generará mayores costos a la seguridad social, de por sí precaria y de mala calidad. Hasta ahí la mala noticia. La buena es que cada vez hay menos personas que se entreguen voluntariamente al acto, para muchos terrible, de envejecer.

“Envejece el que quiere”, me dice con una sonrisa Clarita, una vecina con la que me encuentro algunas mañanas en el malecón de Puerto Colombia, y, a sus 82 años, recorre trotando, de ida y vuelta, el kilómetro y medio que tiene ese hermoso paseo marino. Hace poco me confesó que mandó al diablo el televisor plasma que le regaló uno de sus nietos porque no quiere pasarse el tiempo “encogida en una butaca, viendo pasar la vida de los otros frente a esa caja boba”.

En contra de lo que muchos piensan, los hombres y mujeres mayores de 85 años han alcanzado, en gran parte gracias a la medicina moderna y a un medio ambiente más favorable, unos niveles de actividad y productividad tanto física como intelectual que asombran a los demógrafos, que ya se refieren a estos longevos plenos de energía y voluntad de servicio como representantes de “la cuarta edad”.

Lo primero que exigen Clarita y sus coetáneos es no volver a ser tratados como “los ancianitos” o, más tiernamente, como “los abuelitos”, como se refieren a ellos algunos periodistas. Además de permanecer activos en el oficio que aprendieron de jóvenes, muchos de ellos desarrollan una increíble sed de nuevos conocimientos y se matriculan en todo tipo de cursos y talleres que les permitan seguir siendo útiles a la sociedad. También los hay que después de los ochenta inician el estudio de una nueva profesión.

Entonces, nunca más volverás a sentarte frente a un televisor, le digo a Clarita para picarle la lengua. “Quizás vuelva a verla cuando me empiecen a fallar las piernas”, me dice llena de orgullo y autosuficiencia, me da un golpecito en el hombro y se aleja trotando por el malecón.

A la carga

El periodista alemán Günter Wallraff es el creador de un tipo de periodismo que hoy tiene infinidad de adeptos en todo el mundo. En los años setenta, se tiñó el rostro y el cabello y se hizo pasar por un obrero turco que hablaba el alemán con tarzanescos monosílabos, para comprobar el trato discriminatorio que estos inmigrantes recibían por parte de la población alemana.

Wallraff tiene hoy setenta y un años y una buena cantidad de seguidores entre los periodistas jóvenes de su país. Recientemente dejó la prensa escrita y se pasó a la televisión. Su primer trabajo en este medio lo hizo acompañado de una de sus alumnas, que se disfrazó de mucama y logró ser contratada en un hotel cinco estrellas. La muchacha sacó a la luz el mal trato que muchos hoteles de lujo dan a sus empleados.

A propósito, otra joven, Sophie Calle, también se camufló como mucama de un hotel, pero lo hizo para meter las narices en las maletas de los viajeros, cuyo contenido fotografió. Con esas imágenes, la artista francesa acaba de abrir en la ciudad de Baden-Baden una exposición que tituló Room Service. Para algunos, este tipo de arte es, por lo menos, cuestionable. Lo mismo dicen de las cosas que han hecho famoso al ruso Piotr Pawlenski, el hombre que el año pasado se clavó los testículos con un clavo de diez centímetros de largo para teñir con su sangre el suelo de la Plaza Roja de Moscú y tuvo que ser auxiliado por una ambulancia.

También los artistas urbanos más populares, que sin duda son los grafiteros, reciben juicios encontrados. Para unos, sus obras embellecen los muros de las ciudades. Otros dicen que lo que hacen es ensuciarlos. Lo cierto es que muchos se juegan la vida por ese fugaz momento de gloria que alcanzan cuando logran completar una obra.

Todavía tenemos fresco en el recuerdo los casos del barranquillero Israel Hernández, muerto por un policía en Miami, y de Diego Felipe Becerra, muerto igualmente por las balas de la policía en Bogotá.  En el arte de los grafiteros está implícita, muchas veces la clandestinidad. Saben que los persiguen. Aceptan que sus obras son tan efímeras como el contenido de los periódicos. Pero asumen el riesgo como la parte esencial de su arte. “Lo que más me gusta es sentir en la lengua el sabor de la laca que disparo con mi spray mientras los policías me persiguen”, admitió el grafitero suizo Harald Naegeli, uno de los verdaderamente grandes del oficio.

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