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Latitud 24 de Agosto de 2013

Se llama Museo y se apellida Zenú

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Como un ornitorrinco en el mundo animal, el Museo Zenú de Arte Contemporáneo de Montería –Muzac- es el ente cultural más extraño que ha parido este país. No tiene sede, ni burocracia, ni presupuesto propio, ni deudas, ni compromisos con nadie. Parece no existir desde su mismo nombre: se llama Museo y carece de colección; y se apellida Zenú, y no tiene nada que ver con arqueología; es tan efímero que solo expone cuatro meses al año. Sin embargo -triangulados el número de visitantes, la población circundante y el tiempo de exposición de cada artista-, es el museo más exitoso que actualmente hay en Colombia. Y, lo mejor, no se duerme sobre sus laureles: cada día gana en prestigio y reputación.

Desde su fundación, ha llevado hasta la capital cordobesa obras de más de trescientos artistas en un listado que incluye los nombres más importantes de la plástica, la escultura, la fotografía, la obra gráfica, el paisaje, el video, la instalación y hasta el performance nacional. Un rápido muestreo da una idea al respecto: Alejandro Obregón, Nereo López, Enrique Grau, Jaime Ávila, Fernando Uhía, Débora Arango, Leo Matiz, Álvaro Barrios, Edwin Jimeno, Antonio Caro, Beatriz González, Eduardo Ramírez Villamizar, Fernando Botero, Alberto Baraya, Johana Calle, José Alejandro Restrepo, Luis Caballero, Pierre Daguet, Feliza Burtzyn.

¿Cómo lo ha hecho? Antes que nada, con independencia y continuidad.

Estos son los dos pilares sobre los cuales boceteó un documento el pintor sahagunense Cristo Hoyos Mercado, que luego usó para convencer a un puñado de cordobeses sobre la necesidad y urgencia de llevar arte a una región, en ese momento, carne de paramilitares. La primera reunión, en casa del médico Hernando Patrón, definió la junta directiva que desde entonces ha estado al frente de esta aventura: el arquitecto Mario Giraldo García, como presidente; la psicóloga Laura Rey, rectora del Liceo Montería, como secretaría; el empresario Enrique Salleg Taboada, como tesorero, y como vocales, Marínés Saade Mejía, Ana María y Antonio Sofán Sánchez, Carlos Cubillos Lacharme y el mismo Cristo Hoyos Mercado, quien no solo se encarga de la programación del Muzac sino que además –no hay que restar méritos- es el alma del proyecto.

Convertido en relacionista público a nivel nacional, Hoyos Mercado ha depositado su aval y prestigio para que instituciones como el Museo Nacional, la Tertulia de Cali o los Museos de Arte Moderno de Medellín, Cartagena y Barranquilla prestaran parte de su patrimonio artístico que incluye obras invaluables. Y a la vez, en una función de roedor de biblioteca, ha invertido su tiempo en una ardua y dispendiosa investigación persiguiendo, como perro que olfatea minuciosamente una estela de orines, a los artistas cordobeses del pasado.

Museo antes que galería
Antes que convertirse en la plataforma de lanzamiento de nuevos artistas o en el espacio para acariciar el aplauso mutuo de quienes ya se han hecho a un hueco en el mundillo del arte, los monterianos han entendido la preocupación del Muzac por hurgar en las raíces del arte regional. Es la razón por la que han ensalzado que la única obra de un cordobés hasta el momento expuesta haya sido un justo y reconocido homenaje al artista naif, de más de 80 años, Marcial Alegría, lo cual también llevó a que el Museo Nacional de Colombia incluyera en su colección parte de esta obra.

Como afirma Cristo Hoyos, “La historia del Departamento ameritaba una revisión y había que conocer todo su devenir histórico”. La investigación comenzó con Chalarca, el dibujante de las cartillas de usuarios campesinos que no dejó una obra visible pero fue un excelente artista “con una visión actual que pintaba en los muros de los bares, de los burdeles, en el maizal donde se reunía”; una obra de la cual hizo acopio el investigador Orlando Fals Borda en la documentación que lo llevó a escribir uno de los libros más importantes de sociología cordobesa, Retorno a la tierra.

Y así, siguiendo rastros, Cristo Hoyos se topó luego con el nombre del fotógrafo Justo Triviño, cuyos retratos de 1936 -que muestran el río Sinú atravesado por una gran barca, o el primer acueducto, la iglesia con techo de palma y la Avenida Primera en tiempos cuando Montería no era el pueblo más importante de la Región-, ni siquiera hacen parte de los anales de la fotografía nacional.

Otro que ha sido incluido en este capítulo es Fernán Falcón Flórez, el primer artista de la región estudiante de arte en la Universidad Nacional por invitación del entonces presidente Eduardo Santos, quien lo descubrió en una finca produciendo la cerámica en la que explayaba todo su talento. Alumno de Alipio Jaramillo, de Sergio Trujillo, de Ignacio Gómez Jaramillo y de toda una corte de grandes maestros, su trabajo fue tan elogiado que incluso participó en salones nacionales de la época. De hecho, su obra ha sido perfectamente conservada por la Biblioteca Nacional a pesar de que hasta ahora su nombre era desconocido por la mayoría de sus paisanos.

Igual que a Falcón, Hoyos también le ha hecho seguimiento a Joaquín Pablo Silgado, participante en la Feria del Centenario donde expuso un organillo. Se trata de un tallador cuyo mecanismo musical fue hecho por él mismo, una pieza que conserva el Museo Nacional de Colombia como símbolo de toda una producción que hicieron muchos artistas no reconocidos. “No se trata de una talla al estilo virreinal o de la Colonia sino de un trabajo importantísimo, cercano a lo que para entonces se hacía en Puerto Rico, República Dominica, Haití y Venezuela”. Al lado de Silgado, datadas en esa misma feria aparecieron también las fotografías de niños iluminados de la cordobesa Amalia R. de Ordóñez, lo cual la convertirían en la mujer más relevante de la primigenia fotografía en el país.

Lo cierto es que estos primeros ocho años de actividades han significado para el Muzac -tan solo- un primer capítulo, el cual no solo ha servido para enfatizar en la misión e interés del museo sino, a la vez, para mostrar con hechos su ruta pedagógica y de recuperación de memoria.

Carencia de arte
Como el resto de nuestra costa Caribe, el Departamento de Córdoba goza de una gran riqueza cultural, latente tanto en su música como en su oralidad. Así como varios municipios –San Pelayo, Ciénaga de Oro, el palenque de Uré- se disputan la maternidad del porro, uno de los ritmos más importantes y ancestrales de la tradición nacional, la región ha sido prolífica en novelistas, poetas y periodistas. Zapata Olivella está a la cabeza de un extenso listado que incluye, por mencionar solo a unos pocos, a Raúl Gómez Jattín, Jorge García Usta, David Sánchez Juliao, Juan Gossaín, José Luis Garcés, Andrés Elías Flórez y el Compae Gollo.

Adicionalmente, de tiempo atrás, la Asociación Cultural El Túnel se ha encargado de nutrir el espíritu intelectual de la región a través de conferencias, recitales poéticos y narrativos, organización de festivales literarios y la publicación de revistas y periódicos. Esto sin contar con el amplio patrimonio artesanal y la laboriosidad de la mayoría de sus pueblos en la elaboración de tejidos trenzados, tembleques, hamacas, sombreros, cerámica y un privilegiado trabajo de filigrana en la utilización del oro que data de los tiempos precolombinos.

Las artes plásticas, en cambio, no han contado con igual suerte (lo que no significa su ausencia total). De alguna manera, existe la materia prima –eso que llaman talento- pero les ha faltado empoderamiento, por lo que Montería incluso carece de una escuela de bellas artes o diseño industrial, o de ventilaciones de modernidad que incluyan teatros y librerías, a pesar de que, tal cual lo dijo el chef británico Kendon Macdonald, “Es posible que los antioqueños sean unos putas para hacer dinero, pero el alma y la sensibilidad de este país late en la Costa”.

¿Acaso ha habido falta de autovaloración y autoconfianza, de tener fe en lo propio? ¿Se han despreocupado los cordobeses por la búsqueda de la identidad propia a partir de su plástica? Es curioso que las sedes de las dos colecciones de arte precolombino zenú más importantes acunen, una en el Museo de la Universidad de Antioquia y la otra en Cartagena. En ellas es dable apreciar –tanto en su trabajo de cerámica como de orfebrería- una de las muestras más exquisitas y refinadas de nuestro pasado precolombino, donde en lugar de armas de hierro o piedra, abundan instrumentos musicales, como ocarinas, lo cual vuelve aún más paradójico el hecho de que una cultura tan gocetas del arte y de la espiritualidad haya convertido la motosierra en símbolo de la violencia actual nacional.

Quizá por todo aquel antecedente indígena, desde su fundación el Muzac ha gozado del reconocimiento de un amplio público cada vez más sediento de curiosidad y conocimiento, y ha ganado respeto por una minuciosa gestión que incluye haber instalado -sobre una verde zona donde por muchos años se irguió “magnánima” una pirámide de fusiles y cascos-, la única obra escultórica de Carlos Rojas en la costa Caribe.

Todo comenzó hace casi una década, cuando se apareció en el camino Liliana González, directora de la Red Nacional de Museos. Fue ella quien invitó al artista Cristo Hoyos a una conferencia dictada por una curadora española sobre la existencia de museos en su país convertidos en elefantes blancos. “Luego de escuchar esa charla pensé que un museo puede ajustarse a su contexto y a otras instancias”, afirma Hoyos. Esto dio nacimiento a un museo singular y creativo que busca eliminar todas aquellas anclas que, en general, le pesan a los museos, volviéndolos incapaces de adelantar dinámicas propias.

Luego de construir los pilares de independencia y continuidad (el primero, evitando ser apéndice de entes gubernamentales o privados; lo segunda, institucionalizando la presentación de cuatro grandes eventos al año) y de componer la junta directiva que desde entonces se ha volcado, trabajando ad honorem, para sacarlo adelante, se adelantó una encuesta que buscó conocer la opinión popular sobre lo que se quería que fuera el Muzac.

¿Un museo construido partiendo de una mirada democrática en una región caracterizada por la politiquería? Otra arista atípica que se suma a la lista que incluye su inauguración con la exposición de la obra abstracta de Carlos Rojas en lugar de ocuparse de una temática figurativa o paisajística, lo cual quizás habría logrado un mayor acercamiento ciudadano. Aun así, la muestra –que venía de organizarla desde el Museo de Arte Bolivariano ese emblema de la cultura samaria llamado Zarita Abello- gozó de amplio éxito.

Para ello, la Junta Directiva del Muzac logró en préstamo de la alcaldía un auditorio ubicado en la Ronda del Sinú, valiéndose además de la obligación propia tanto de alcaldías como de gobernaciones para formular, propiciar e incentivar el arte y la cultura. A cambio del espacio, se estableció la entrada gratuita para todo el público.

Vale decir que contar con sede propia es una bendición, pero no tenerla también. Prueba de ello es que, tras el cierre desde hace más de un año del auditorio inicial, el Muzac ha podido mudarse a otros espacios.

Labor de hormigas
El montaje de cada exposición cuesta entre cuarenta y cincuenta millones de pesos, lo cual ha llevado a una minuciosa gestión que incluye la búsqueda de sillas, copas, montajistas, espacio, transporte, seguro, embalaje, seguridad, medios de comunicación, impresos, invitaciones, pendones, hospedaje y alimentación de artistas y curadores, arriendo por un mes del espacio que se necesite y demás blablabla.

En fin. Por fortuna, la acogida y generosidad de la empresa privada no han faltado. Además de la alcaldía, el Ministerio de Cultura desde su Programa de Concertación y el Banco de la República, pasando por Cerro Matoso y El Meridiano de Córdoba, hasta llegar a un listado de unos cien Amigos del Museo que cada año realiza una donación de cincuenta mil pesos (a todos ellos se les certifica su aporte, lo cual les permite una reducción en los impuestos), Muzac se ha convertido en uno de los espacios de apropiación popular de arte más importantes del país, al punto de que varios artistas nacionales han ofrecido su obra para la consolidación de una colección, las cuales, hasta el momento, han debido rechazarse por la carencia –precisamente- de una sede propia.

Es posible que con el éxito y el paso del tiempo, como cualquier vanguardismo, el Muzac termine institucionalizado. Mientras ello ocurre, ojalá su esquema sea motivo de reflexión, y hasta de copia en muchos otros pueblos y ciudades. Colombia no puede seguir invirtiendo solo en orden público. Cada vez se vuelve más urgente y necesaria la implementación de una vasta política social en educación y cultura. Finalmente, se trata de un público virgen que sabe apreciar que el país es mucho más que guerra y violencia, encontrando en el arte el semillero del discurso de identidad nacional para el logro de la paz que tanto anhelamos.

Por Alonso Sánchez Baute
@sanchezbaute

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