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Latitud 15 de Enero de 2017

Revisitando a Piglia

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Apartes de un lúcido diálogo literario sostenido en 2014 con Ricardo Piglia, escritor argentino recientemente fallecido.

Iván Bernal Marín
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Seguramente usted ha conocido a alguno de esos señores que hablan con entusiasmo de historia y literatura, citando nombres y escenas como si a todo el mundo le interesara. Así era Jorge Luis Borges, más allá de sus textos, en la cotidianidad que recuerda Ricardo Piglia en un jardín en Cartagena. Y mientras habla, la descripción se va encajando en él mismo sin problema alguno.

Cuando nos encontramos en el lobby del Hotel Santa Clara, un señor de gafas y dientes grandes le estaba pidiendo que le “autobiografiara” El camino de ida, su más reciente novela. Le mostraba una tabla de Excel impresa en una hoja, con los nombres de los escritores invitados al Hay Festival 2014 que aún estaban pendientes de firmarle obras. La bolsa de libros que llevaba en la otra mano se veía pesada. Piglia solo sonreía y parecía despeinarse más, buscando un lugar para apoyarse y firmar. Tuvo que hacerlo en un charco de la fuente. Dijo que temía resbalar, golpearse y morir; aunque reconociera que, así, la “autobiografía” habría cobrado valor verdadero. Habría sido, definitivamente, lo último que escribió.

Nacido el 24 de noviembre de 1941 en Adrogué, provincia de Buenos Aires. Su primera novela fue publicada en 1980, cuando cumplía 39 años. Respiración artificial, considerada una de las obras más representativas de la nueva literatura argentina. Con Plata quemada, en 1997, y Blanco nocturno, que le mereció el premio Rómulo Gallegos en 2011, este profesor emérito de Princeton University consolidó su reconocimiento internacional como creador de laberintos que vuelven protagonistas a los lectores. Según el escritor bogotano Juan Gabriel Vásquez, “redefinió lo que la novela latinoamericana puede hacer”.

P  Decía que no conocía Cartagena, que está contento de estar acá.
R Estoy contento, básicamente, por la diferencia. Siempre los argentinos nos impresionamos, o yo personalmente me impresiono, con el descubrimiento de las grandes tradiciones coloniales. Buenos Aires es una ciudad sin tradición colonial, es mínima.

P  Tiene un aire inglés.
R Sí, europeo, en un sentido muy variado. Hay cosas italianas, francesas, inglesas. Pero a mí eso me hace reflexionar sobre la diversidad de las áreas culturales de América Latina. Nosotros pensamos la unidad de América Latina como un proyecto, una utopía, pero culturalmente tenemos que empezar a pensar la diferencia, a respetarla; lo que es el Caribe, lo que es el Río de la Plata, lo que es la región andina, que tienen tradiciones culturales prehispánicas muy distintas. Creo que vamos hacia esa etapa.

P  Eso se refleja en los escritores, en la obra, ese carácter Caribe o andino.
R  Claro. Creo que si pensamos en Carpentier o García Márquez, en la zona del Caribe; si pensamos en Arguedas, en Rulfo, en Roa Bastos, en la zona donde hay una gran tradición bilingüe prehispánica; y pensamos más allá en Macedonio Fernández, Borges, Cortazar… estamos viendo escritores que son latinoamericanos pero se han hecho cargo de tradiciones propias. La literatura fantástica en Río de la Plata; el llamado realismo mágico, lo real maravilloso, en el Caribe, que los conecta con Faulkner; Faulkner tiene mucho que ver con el Caribe también. New Orleans es una ciudad del Caribe. La gran tradición de las lenguas campesinas, en Arguedas, en Rulfo, en Roa Bastos, que son en general bilingües. Bilingües del quechua, del guaraní. Muy ligados a tradiciones prehispánicas, casi antropólogos. Hay poéticas firmes, distintas. Somos latinoamericanos pero tenemos una diversidad muy admirable, yo diría.

P  Pero ahora todo tiende a la globalización.
R  Resistimos eso.

P  ¿Cree que se podría hablar de una voz latinoamericana?
P Yo creo que, como dices bien, hay una tendencia a uniformar las voces, digamos. A construir una especie de lengua mundial, un castellano un poco neutro, con unas problemáticas narrativas y anecdóticas muy ligados a imaginarios que circulan. Pero me parece que solamente se puede escribir lo universal desde un lugar. Cómo se localiza eso, es la cuestión. Cómo se localizan esas tradiciones, que todos compartimos, que va desde Internet hasta los retos sociales. Me parece que el gran desafío es que nosotros mantengamos un espacio en el cual eso se localiza y toma su forma. Nosotros los escritores actuales estamos en diálogo con escritores norteamericanos, alemanes, italianos. Son amigos nuestros, estamos escribiendo lo mismo, pero cada uno de nosotros tiene su área. Creo que es muy importante eso, no perder la personalidad.

P ¿Cómo se refleja en su trabajo en particular?
R Bueno, acabo de escribir una novela que sucede en los Estados Unidos, donde yo pasé 15 años. Pero me parece una novela muy argentina, si tuviera que definirla. Sucede en Estados Unidos y ya lo verás, si la lees, se llama el camino de ida. Te doy eso como ejemplo. Es una novela sucede en Estados Unidos, pero yo la vivo como una novela que solamente un argentino podría haber escrito, porque es una manera de ver Estados Unidos que tiene que ver con mi propio pasado, con mi propia vida. A eso me refiero cuando digo, nosotros escribimos en sincro con la literatura mundial, cosa que antes quizá no sucedía. Cuando escribían Asturias, Rómulo Gallegos, ellos estaban más aislados. Mientras nosotros sí estamos más en sincro con escrituras mundiales muy fluidas, pero mantenemos esa marca, que es una marca que no es color local, ni es una identidad externa, es cierta manera de ver el mundo, yo creo.

P ¿Dice, sin embargo, que la interlocución global pone en riesgo el valor de la diferencia?
R Hay una marca lingüística en el Caribe, una lengua muy española en García Márquez y Carpentier. Lo que hay es la idea de un universo complejísimo que no se puede narrar con los parámetros europeos, y se remite a los cronistas españoles para construir esos universos, que se llamó lo real maravilloso. Luego, en el Río de la Plata tenemos un invento que hizo Borges, que no hay en otro lado, que es la literatura fantástica. Él la llama así pero es una cosa muy rara, muy nueva, una literatura conceptual más bien. Silvina Ocampo, Macedonio Fernández, que es el padre de todo eso. Porque hay esa diferencia. Todos esos escritores están ligados a Faulkner, a unas grandes tradiciones narrativas, pero le ponen a eso una marca propia. Yo llamaba eso una localización de las tradiciones internacionales. No tiene nada que ver con el color local. Los escritores actuales estamos en relaciones con otros escritores del mundo. Soy amigo de Peter Handke, soy amigo de Pynchon. Pero cada uno tiene su propio espacio. Hoy tenemos es que evitar una tendencia, que el mercado unifica demasiado. Muchos escritores tratan de escribir novelas internacionales, con lenguajes más o menos neutros.

P  Mencionó que es amigo de Thomas Pynchon, quien se mantiene muy al margen de los medios, de todo, dedicado a su obra. Muy diferente a como se ven los escritores acá.
R Creo que ellos tienen una ventaja, Salinger, Pynchon, Cormac McCarthy. Que en Estados Unidos hay un gran mercado literario, entonces los libros circulan muy bien. Nosotros, en cambio, yo digo en broma: viajamos los escritores porque no viajan los libros. Vos me conoces a mí pero te va a costar más encontrar mis libros. Alguien me decía no están los libros de García Márquez en Colombia. Cuesta mucho encontrar los libros de Vila Matas en Buenos Aires, pero todo el mundo lo conoce a él. Entonces, a veces estamos más presentes para contrarrestar una política de las grandes corporaciones editoriales, que aíslan los mercados. Balcanizan los mercados.

P  Se le referencia como gran lector, historiador, con opiniones sobre cómo se ha movido la literatura. Ya hizo una parodia de la pregunta, ¿pero qué está leyendo ahora?
R Antes que eso, te diría que en América Latina los escritores hacemos muchas cosas. En Estados Unidos un escritor publica una primera novela y sigue siendo novelista sin hacer otra cosa, ¿qué más necesita? Yo, como muchos, he hecho periodismo, he hecho antologías, he hecho traducciones, he hecho guiones de cine, he enseñado, he dado clases. Cómo se gana la vida un escritor, es una pregunta tan importante como qué está leyendo. Borges es un ejemplo. Hoy parece un aerolito, pero Borges hizo todo lo que hacemos todos. Dio clase, hizo antologías, dirigió colecciones, hizo traducciones. Es decir que en América Latina los escritores hacemos muchas más cosas que el modelo flaubertiano. Y eso es también el aura nuestra. Yo me he ganado la vida leyendo, para decirlo de manera concreta. Es decir, que me pagaron más por lo que leo que por lo que escribo. Porque como lector hice colecciones, fui traductor, dicté clases. Hay una combinación que tiene que ver mucho con las condiciones materiales.
Leer pensando en la utilidad.

El escritor lee así. Es una lectura propia la del escritor. Un escritor no lee como un crítico. Hay una frase de Faulkner que me gusta mucho. “Escribí El ruido y la furia y aprendí a leer”. Escribir te cambia el modo de leer.

P Uno o dos libros que hayan cambiado su vida.
R Para mí ha sido muy importante la lectura del primer libro de cuentos de Hemingway, In our time (En nuestro tiempo). Yo me acuerdo que me empecé a leer ese libro y lo leí en un día, iba cambiando la luz mientras lo leía. Lo recuerdo ya influido por Hemingway, porque él trabaja mucho con ese movimiento. Después cambió. Pero a mí me ha servido Hemingway para resistir a Borges. In our time y Hemingway me sirvieron para resistir a Borges, porque era muy difícil. Debe ser acá como con García Márquez. Porque es la idea máxima si uno es colombiano. Cómo me las arreglo para no repetir esas escrituras que son, como se dice, tan fáciles de plagiar.

P  Para salirse un poco de la sombra.
R Yo no lo pensaba así, tenía 18 años, pero era un poco eso. Hemingway, que escribe con pocas palabras, con textos muy extraordinarios, y muy discretos narrativamente, me servía para resistir la prosa de Borges, que parece que la única manera de escribir es la de él. Ese libro me marcó, en pocas palabras, tratando de ser muy elíptico, muy alusivo. Entonces, los libros que te marcan son libros que tienen que ver con tu proyecto, aunque por el momento no lo tengas claro todavía.

P ¿Cómo ve la literatura latinoamericana hoy?
R Está muy bien. Hemos tenido una pérdida gravísima, que fue la muerte de José Emilio Pacheco, que era un extraordinario escritor, tal vez el mejor que teníamos. Un escritor secreto, un poeta increíble, un ensayista extraordinario, un gran traductor. Un narrador fantástico, un profesor muy bueno. Esos son los escritores latinoamericanos que me interesan. Escritores que no juegan a ser inocentes, iletrados. Hay muy buenos escritores que vienen de eso, pero me interesan más los escritores que trabajan con tradiciones culturales firmes, como puede ser el caso de José Emilio Pacheco. Puede ser el caso de Fernando Vallejo, que ha leído muy bien a Berger. Es difícil escribir esas cosas si no se ha leído a Thomas Berger antes. Entonces, me interesan esos escritores que se las arreglan con las tradiciones y las localizan.

P ¿Qué consejo le da los escritores jóvenes en el sentido de la lectura?
R Que aprendan otra lengua. Que se tomen el trabajo de aprender otra lengua, el alemán, el inglés. Lean en otra lengua. Hay que leer el 80% en la lengua natal en la que uno escribe, pero hay que tener la ventana abierta hacia otras literaturas. Es trabajoso, pero me interesa más que un joven escritor se tome el trabajo un año de aprender una lengua, aunque sea para leerla, y no hablarla, a que vaya a un taller literario. Si encontrara un joven de 18 años, y me dijeran qué tengo que hacer, le dijera lee mucho y aprende inglés o francés. Y después, uno mismo aprende, con los errores propios. También es muy importante que los escritores de una generación que todavía no publicó, tengan amigos que tampoco publicaron, y que sea una bandita, que se leen los textos. Porque después uno se queda solo. A veces hay que ir a los talleres para conocer jóvenes que están como uno, porque uno aprende mucho de los contemporáneos. Parezco un viejo que da consejos, es lo peor.

Iván Bernal Marín: periodista y productor audiovisual. Editor jefe de EL HERALDO.
 

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