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Latitud 21 de Diciembre de 2014

Recuerdos de Navidad

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13 escritores, entre colombianos y extranjeros, evocan las memorias de infancia que trae consigo esta época del año.

John Better / @johnbetetr69
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En el ámbito literario el tema de la Navidad ha sido tocado por autores de distintas nacionalidades y épocas, podríamos mencionar ejemplos como los de los hermanos Grimm, Han Cristian Andersen, Charles Dickens, Oscar Wilde, Truman Capote, Blasco Ibáñez, Ágatha Cristhie y un centenar más de autores. Este servidor recuerda de la Navidad una serie de imágenes que van desde el descuartizamiento de gallinas y patos por parte de mi abuela para las cenas navideñas, hasta el olor a nuevo de juguetes, que si bien no eran los anhelados, eran los que el bondadoso Dios de los niños podía traer hasta mi cama. Esta publicación ha convocado a una serie de insignes artistas, escritores, periodistas de Colombia y Latinoamérica para que cuenten cómo vivieron ellos esta época en los años de infancia. He aquí la selección:

Santiago Roncagliolo


Santiago Roncagliolo recordó el microscopio que recibió en Navidad. 

Yo siempre odié la Navidad. Mis padres eran divorciados y dedicaban las fiestas a pelear por las horas que pasarían con los hijos. Yo veía a todas las familias felices en la tele y me deprimía. Recuerdo que en Lima se celebraba la Navidad con una mezcla de cosas americanas y españolas: nieve, chocolate caliente, renos y otras cosas absurdas considerando que es verano en esa época. Además, eran años de crisis económica y estaban prohibidas las importaciones, así que los regalos eran una porquería. Pero sí recuerdo uno en especial. Un microscopio. Me pasé meses mirando bacterias, azúcares y bichitos y decidí que quería ser científico. Luego alguien me dijo que para eso había que saber química. Y me dediqué a escritor. Yo siempre fui de letras.

Heriberto Fiorillo


El escritor y cineasta Heriberto Fiorillo durante su época de infancia. 

Yo crecí creyendo las historias que me contaban en Navidad, sobre todo las de los regalos que el Niño Dios traía a buena parte de los niños del mundo. Creo que aprendí a leer y a escribir muy pronto, ilusionado por los regalos que recibiría del cielo en respuesta a mi carta. Pero, como mi madre insistió siempre, no resultaba un trabajo fácil para Dios conseguir todos los juguetes. Eso explicaba que uno le pidiera una cosa y Él le trajera otra. La bicicleta que me acostumbré a pedir todos los años se materializaba apenas en una rueda de metal que mi hermana y yo empujábamos con un palito o en la foto brillante de una moderna bicicleta o en la miniatura de una que solíamos parquear junto a mis zapatos. “El niño Dios se confunde”, señalaba mi madre, y yo le creía, hasta una tarde de diciembre, cuando al regresar de un partido de fútbol entré por casualidad al cuarto de mi abuela y descubrí sobre su cama, entre unos trapos que intentaban camuflarla, una de las cuatro patas de la estufa pequeñita que venía por supuesto a reemplazar el juego de cocina grande que mi hermana siempre pedía. No fue sino jalar con lentitud uno de aquellos trapos para que saltara sobre mis ojos la asombrosa, terrible y lamentable evidencia de que ¡nuestros padres eran el Niño Dios! Que ese Niño Dios ponedor de regalos no existía y, bueno, que, si queríamos seguir escribiendo, tendríamos que hacerlo sin Dios.

Pilar Quintana

Mi mamá y mi papá son separados y me tocaba repartirme. Si pasaba el 24 con mi madre y su familia, entonces el 31 acompañaba a mi papá y la familia de él. Y al otro año era lo contrario. Cuando pasaba la Navidad con mi papá, íbamos a Roldanillo, un pueblo en el norte del Valle donde él nació. Allá vivían mi abuela y mis tías solteras, en una casa con un pasillo que me parecía infinito y un patio enorme con árboles frutales donde muchas veces intenté cavar una piscina. Las navidades en Roldanillo estaban hechas de pólvora. A las doce de la noche, en la calle de enfrente de la casa, estallaban volcanes, voladores y serpientes. A mí me daba pavor y me escondía adentro, en el pasillo de la entrada, detrás de las piernas de mi papá. Olía a fósforos y los ojos se irritaban. En una navidad pedí una bicicleta. Yo todavía no sabía montar, tendría seis años. A la mañana siguiente, cuando me la entregaron, quedé muy decepcionada. Era una bicicleta de mi altura y tenía rueditas de aprendizaje. Yo me había imaginado que la mía sería alta, como las que usaban los grandes, y que montada en ella me vería casi como en un caballo. Mi papá trató de convencerme de que en una de esas bicicletas no alcanzaría los pedales y que las rueditas eran necesarias para aprender. Obviamente tenía razón, pero yo me encapriché en odiarla por un buen rato. Luego la amé. Era una Monark anaranjada. Ahí aprendí a montar.

Ricardo Silva


Ricardo Silva Romero evocó el piano Casio que recibió en su niñez.

Recuerdo una Navidad en la que el Niño Dios nos dejó a mi hermano y a mí los regalos en el corredor del apartamento debajo del único bombillo que estaba encendido en la casa, y fue como un milagro. Siempre celebramos mis papás, mi hermano y yo, y nuestra familia amiga, los Magyaroff. Y hacíamos todo: la novena, los regalos, la comida especial, que era una pata de cerdo, o un pavo, y lo mejor del asunto es que podría decirlo en presente porque aunque la familia haya crecido (y ya haya nietos) seguimos tratando de pasar estos días juntos. Mi regalo favorito de Navidad del Niño Dios es un pianito Casio que tengo en mi oficina. A mi hermano, que es mayor, le trajo un teclado serio. Y a mí ese porque era chiquito, pero yo tuve claro siempre que el mío ¡era mejor!

Piedad Bonett

De mis ya lejanas navidades infantiles, en Amalfi, el pueblo donde nací, lo más nítido que tengo en mi memoria son los días preliminares, de gran expectativa: el anuncio de que el Niño Dios estaba por venir, y mi firme decisión de no dormirme para verlo llegar cruzando el cielo. La elaboración casera de nuestras panderetas. Y lo que verdaderamente adoraba: el paseo a las afueras a recoger musgo. Todavía hoy, en estos tiempos de conciencia ecológica, el olor del musgo y su textura me devuelven a esas emociones inocentes.

Y creo que son los olores, precisamente, lo que más recuerdo de aquellas celebraciones. El del papel encerado que servía para la elaboración del pesebre, que se hacía sobre una gran mesa y que no perdonaba el espejo haciendo las veces de estanque; el de la pólvora: los chorrillos, los conos, los avioncitos; el de las mechas repletas de gasolina que servían para elevar los globos; el de la natilla y los buñuelos todavía haciéndose en la cocina; y el de los juguetes nuevos, que aparecían maravillosamente el 25 a los pies de la cama. Y puedo jurar que todavía recuerdo el olor de esa muñeca de pelo largo y rubio que meses antes había visto, extasiada, en una vitrina.

Pero tal vez lo fundamental de aquellas navidades residía en el misterio: ese que se me escapaba siempre, porque me dormía antes de tiempo, pero que partía de la creencia de que había un niño generoso que nos traía regalos y que venía de allá arriba, de ese cielo en donde se perdían nuestros globos, habitado por ángeles y santos y un Dios castigador que nos miraba.

Andrés Felipe Solano


Volqueta de juguete marca Tonka. 

Tengo recuerdos medio sosos de la Navidad, quizás porque los 31 de diciembre eran muy diferentes. La Navidad la pasábamos en Bogotá, con la familia materna, en cambio el Año Nuevo íbamos a tierra caliente donde los familiares de mi padre. Mi hermano y yo nos convertíamos en medio salvajes. Montábamos motocicleta todo el día, andábamos en pantaloneta sin camisa, con los ojos rojos de tanta agua con cloro de las piscinas; en las calles recolectábamos pólvora que no había estallado, bebíamos a escondidas Especial Cooler –un vino espumoso– bien helado. A pesar de eso, recuerdo un par de navidades en la casa donde creció mi madre, que de hecho me sirvió para Los Hermanos Cuervo, mi segunda novela. Puedo ver a todos mis tíos como una pirámide humana tratando de elevar un globo de papel en medio del olor a gasolina y el frío. En ese caserón del barrio Palermo también recuerdo estar tirado sobre un gran tapete contemplando con los párpados pesados una volqueta marca Tonka. Era un artefacto sencillamente precioso. Amarillo-anaranjado, de ruedas grandes, todo en metal. Irrompible. Lo tiré por cañadas, lo llevé a la playa, lo arrastré por calles de asfalto y caminos de piedra, lo estrellé contra muros y nada, no le pasaba nada. Muchos años después, haciendo una entrevista, me acordé de aquella volqueta al ver uno de los enormes vehículos que transportan carbón en el Cerrejón. Mi regalo navideño era una réplica exacta. En mi cabeza sigue siendo el símbolo de lo inmortal, así lo haya perdido en un paseo.

Jorge Franco

Celebraba la Navidad en la infancia como lo sigo haciendo ahora. Toda la familia se reúne en una finca que tenemos en Rionegro (Antioquia), intercambiamos regalos, se come y se bebe un poco, y ya. Antes éramos más animados, tal vez porque también éramos más jóvenes. De los regalos, recuerdo una carpa que me trajo el Niño Jesús, yo se la había pedido con mucho entusiasmo, pero apenas dormí en ella la primera noche, supe que jamás en mi vida volvería a dormir en una carpa.

Pablo Ramos

Papá Noel nació en un conventillo de Dock Sud, frente a la costa de Puerto Piojo. No pijo, piojo, señorita maestra. Papá Noel es un roñoso y un borracho ‘maltratarrenos’. Lo dice su mujer. Yo conozco a la mujer de Papá Noel, y conozco a los renos. Papá Noel es un mentiroso, también. A los chicos nos hace escribir cartas. Pidan lo que quieran, es lo que dicen los padres que dice Papá Noel. Papá Noel, para traerte regalos, exige buena conducta. Lo que Papá Noel trae es siempre aburrido, por lo práctico. Si pediste la Play II te trae un camión de bomberos barato y dos pares de medias. Si pediste un metegol, te trae un yo-yo de madera y una camiseta del Boca Juniors o de San Telmo, de esas super berretas, de shopping boliviano. Lo que seguro te va a traer son medias. Siempre trae medias. Hay que agradecerle igual, dice mi madre, porque al fin y al cabo no tiene obligación de traerte nada. Papá Noel tiene la barba amarillenta de tanto meterla en la sopa de la olla popular. Papá Noel usa pañales Plenitud, porque ya ni retiene. Si encuentro a Papá Noel en la calle se va a acordar de mí. Si encuentro a Papá Noel en la calle, seguro me pide plata. Se corre la bolilla de que Papá Noel era marinero. Yo creo que es un borracho maltratarrenos y amigo de los yanquis. Yo creo que tiene contrato con la Coca Cola. Una vez le pedí una bicicleta. Me había portado bien, había hecho todos los deberes, había sido amable con la maestra. Y lo había hecho pensando en la bicicleta que me iba a ganar de premio. Papá Noel me trajo un muñeco de Meteoro, el más berreta que se puedan imaginar. Ahí me enteré de que hay muchos Papá Noel. Hay Papá Noeles ricos, menos ricos y los hay pobres. Los hay también muy pobres. En este lado del mundo cada tanto cambia todo. Usted lo sabe, señorita maestra. Cambia el clima, los gobiernos, la gente que camina por la calle, las luces de las plazoletas públicas. Todo cambia, pero Papá Noel, sigue siendo el mismo alcahuete de siempre.

J.J. Junieles

Despierto en la noche y esperando. Nací en un pueblo donde se juegan diez loterías al día. En una esquina de la plaza central hay una rueda de la fortuna, que hacen girar mientras alguien lanza dardos en busca del número ganador, los jugadores cruzan los dedos y ruegan a sus santos por la buena suerte. Yo no tenía que rogarle a nadie, tuve la fortuna de tener santos personales bajo techo, mis viejos, que sacrificaron todo para darnos, sobre todo en Navidad, algo parecido a lo que mis hermanos y yo pedíamos al Niño Dios.

No hay santos sin sacrificios, mis padres no fueron la excepción, tuvieron que hacer muchos para garantizarnos la supervivencia, sobre todo padecer a un sujeto como yo, que desde pequeño le gustó la calle, hasta el punto que un día mis tías, después de varias horas perdido, cortaron un limón en forma de cruz, me agarraron entre las dos, y mientras lloraba echaron el jugo de los limones en las plantas de mis pies, para curarme la herencia de judío errante.

No recuerdo ningún regalo especial de Navidad, lo que tengo presente es el misterio que rodeaba todo. Si en Cartagena no había chimeneas entonces por dónde se iba a meter Papá Noel, o el Niño Dios, o el que fuera, para dejar los regalos que habíamos pedido. En todo caso, asomarse bajo la cama el 25 de diciembre era una de las cosas más emocionantes que podía sentirse.

Una navidad cualquiera me hice el dormido, y descubrí en la oscuridad a los viejos caminando en puntas de pie, metiendo un paquete bajo la cama. Había descubierto el misterio. El mundo parecía menos mágico al día siguiente, me sentía extraño, culpable sin saber por qué: pero uno sigue andando. El tiempo ha pasado, muchas cosas buenas han llegado a mi vida, pero también he perdido otras, como a mi padre, que murió hace algunos años. Ahora en la Nochebuena intento, otra vez, quedarme despierto. Tal vez así pueda ver de nuevo a mi viejo, por lo menos un instante, ese sería el mejor regalo que quisiera recibir. Sé que después de eso no necesitaré mirar bajo la cama.

Alberto Salcedo Ramos

Hay un montón de fotografías antiguas en las cuales aparezco posando al lado de un arbolito de Navidad. En ellas encuentro al niño que fui y veo ciertas atmósferas que se esfumaron en la realidad, pero que siguen nítidas en la memoria. Para mí la Navidad huele a cera de pisos, porque entonces todos nos poníamos a dejar la casa brillante como una taza de plata. Después de verter cera en las baldosas, nos forrábamos los pies con trapos y nos deslizábamos sobre el piso.

Estábamos haciendo oficio pero no nos dábamos cuenta porque jugábamos como si nos encontráramos en una pista de hielo.

La Navidad en la casa de mis abuelos, allá en Arenal, era un hermoso caos: de repente llegaba una multitud impresionante: tíos, primos, parientes lejanos, esposos de las tías, amigos de los primos, compadres. Nunca he sabido cómo diablos se estiraba la casa para que cupiera tanta gente. Pero todos cabían. Guardo en la memoria la banda sonora de aquellos tiempos: el pito de los buses que llegaban, el picó de la esquina, las canciones navideñas de la Billo’s, la voz de mi tía Fanny recibiendo a sus numerosos ahijados.

La Navidad en mi casa no se parecía a una película basada en los cuentos de los hermanos Grimm, con carrozas, calabazas y doncellas, sino a una película de Fellini, con banquetes pantagruélicos, gritos y conversaciones que no se acababan.

Siempre había pasteles de cerdo y gallina, y siempre había una tropa de niños ruidosos.

Cuando yo era niño la Navidad nos congregaba. Después crecimos y todos nos fuimos al carajo, a hacer nuestras vidas alejados de los otros, y no volvimos a juntarnos como antes. Hoy, para poder juntarnos como en el pasado, no se necesita una navidad sino un entierro, lo cual me parece triste.

Alejandro Modarelli

Navidades transidas. Dando vuelta el cofre de la memoria, me doy cuenta de que no tengo recuerdos felices que contar de las navidades de la infancia. Quizá a causa de las sucesivas muertes de las mujeres protectoras, la abuela, la madre...Yo era un chico extraño, como soy ahora un señor rarísimo. Humor de hembra lastimada, el mío. Puro látigo. De niño tránsfuga en aquel entonces, lente del alma con la cual absorbía el mundo. De los acontecimientos indeseables extraía el krill amargo que después se haría literatura.

Pasábamos las fiestas de diciembre en la iglesia de San Cayetano, de Belgrano, en el barrio de clase media con ciertas pretensiones pitucas. Luego de la Misa de Gallo el párroco Alberto Manuella recibía en su mesa a los fieles más cercanos, entre los que estaba mi familia. Mi padre, mi madrastra, algunos de mis hermanos que no habían hecho del trotskismo su fe y todavía comulgaban.

El padre Manuella desaparecía poco antes de las doce, como una cenicienta calva. Apenas el reloj marcaba la hora del nacimiento divino, reaparecía bajo una peluca afro y colorete en las mejillas. Cachivache que encontraba en su tonto transformismo el chiste macho, exageraba su masculinidad por si a alguien se le ocurriera pensar que era maricón. Imagínense que para mí el único regalo que podía calmar mi sed cabía en una plegaria: Señor, que mañana cuando despierte sea yo mujer. Esa misiva secreta jamás tuvo respuesta. El niño se despertaba niño, aunque dos senitos tristes le nacían dentro, invisibles para el mundo. El único regalo mundano de Navidad que aparece en las ruinas de mi memoria es ‘El estanciero’ (en Colombia sería ‘El hacendado’). Me encantaba comprar con esos billetes de fantasía provincias enteras hasta ganar la partida. Quizá me soñaba reina, quizá compensaba con el éxito en ese juego la derrota de nunca despertarme con dos trenzas y dos moños rosas adornando mi cabeza.

Mauricio Vargas

En mi casa, y como para que desde niños cobráramos conciencia de lo que los padres hacían, cada hijo recibía un paquete del Niño Dios y uno de papá y mamá. Nunca sobraba la plata, más bien escaseaba, pero mis viejos se las arreglaban siempre para darnos esos dos regalos a cada uno de sus tres hijos. Como es obvio, yo creía que en efecto uno lo traía el Niño y el otro, ellos. Recuerdo una noche –creo que era 23 de diciembre–, yo debía de tener unos 5 años. Cuando todos en la casa me creían dormido (yo era el menor y me acostaba con las gallinas), escuché que conversaban y alcancé a captar el inconfundible sonido de la manipulación del papel regalo y el chillido seco de las tijeras (la sensibilidad de un niño en vísperas de Navidad es notable).

“¿Será que a Mau la gusta la bomba?”, preguntó mi mamá. “Seguro, le va a fascinar y pasará horas jugando con ella”. Casi muero de tristeza. Me iban a regalar una bomba, un globo, que era lo mismo que me daban en cada fiesta de cumpleaños de algún primo o amigo, o en una primera comunión. Agobiado por la tristeza, me fui a dormir. No sé cómo pasé las horas siguientes. Supongo que me jugué todas mis esperanzas al regalo del Niño Dios, que sin duda superaría a la triste bomba de mis padres.

Llegó Nochebuena y a los hijos nos mandaron a dormir temprano, con la promesa de que los regalos amanecerían en el árbol al día siguiente. Cuando apenas asomaba el alba, corrí a la sala y encontré, a mi nombre, una caja pequeña “Del Niño Dios para Mau”. Era el fin. Una bomba de mis padres y una caja pequeña del Niño Dios.

Y entonces la descubrí: una caja enorme que no alcanzaba a abarcar con mis brazos extendidos era el regalo de mis viejos. “No puede ser la bomba”, pensé. Para cuando mis hermanos llegaron al salón, nuestros gritos ya habían despertado a mis padres que pronto los siguieron. Cuando abrí la caja, casi rompo a llorar, pero de alegría. Era una bomba… pero de gasolina, con garaje, rampa, lavadero, todo en madera salvo las mangueritas de los dispensadores de combustibles, que eran de plástico negro. Los carros también eran de madera y tenían, a un costado, sobre la rueda derecha trasera, el hueco donde había que insertar la manguera para el tanqueo. Mi papá tuvo razón: pasé horas, durante años, jugando con la bomba… No recuerdo qué venía en la caja pequeña, la del Niño Dios. Pero jamás he olvidado la bomba… 

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