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Latitud 03 de Agosto de 2014

Presencia indígena en Barranquilla

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Fragmento de plato de cocción, en cerámica, de la tradición Barranquilla. De la colección del Museo de Antropología de la Universidad del Atlántico.

Adlai Stevenson Samper

En el mismo territorio en que hoy se encuentra Barranquilla estaban asentados desde los tiempos precolombinos diversas poblaciones indígenas. Colindantes a las corrientes de agua, a las vastas ciénagas anegadas por las crecientes del Yuma –actual río Magdalena–, concentrados por gracia de sus destinos en la búsqueda de provisiones en la abundante pesca y en el intercambio de productos.
Que no eran pocos los indígenas deambulando en ese espacio ni tampoco se trataba de pequeños asentamientos lo demuestran los diversos hallazgos arqueológicos en diferentes momentos históricos. El primer informe veraz sobre los orígenes de la ciudad desde tiempos remotos, más allá de la tesis fundacional a la usanza hispánica con curas, espadas y advocaciones celestiales, ocurrió durante la construcción del tranvía de Barranquilla a finales del siglo XIX. Esta empresa de transporte masivo fue promovida por el empresario cubano Francisco Javier Cisneros y su construcción encomendada al ingeniero Antonio Luis Armenta. Durante las excavaciones para instalar las líneas, Armenta encontró un vasto cementerio indígena ubicado entre la calle Obando, por el occidente; la carrera Topacio, por el norte, y la carrera Rosario, por el sur. Bordeando el llamado Caño de Las Compañías, en la zona en donde hoy se encuentra ubicado el Parque Cultural del Caribe, el edificio de la antigua Aduana y gran parte del barrio Abajo. Ese mismo proceso lo señala también el historiador Jonathan Castillo, adscrito al Museo de Antropología de la Universidad del Atlántico: “Las empresas de servicios públicos cuando instalan sus redes subterráneas  encuentran piezas arqueológicas. Eso sucede con cierta regularidad”.

El ingeniero civil Armenta sostiene en un escrito suyo que el espacio de excavación “era un vasto osario de la población prehispánica de aquella región y las riberas comarcanas para el reposo definitivo de sus compatriotas”. Lo que no conocía el acucioso ingeniero era que los indígenas sepultaban a sus muertos cerca o dentro de sus viviendas, lo que hace suponer su hallazgo como la postrera muestra de un poblado cercano al ensueño del mohán de las aguas con su prodigiosa flora y fauna. Un estratégico enclave que permitía contactos con diversas tribus de la zona del bajo Magdalena, paradójico cruce de caminos deliberadamente ignorado por los españoles por la peligrosa entrada al río por Bocas de Ceniza y el fiero carácter de sus habitantes agazapados entre las matas de enea, curtidos de rojo por el achiote en su piel esperando el paso de las naves para cubrirlas con su manto de flechas.

“Camach” o aquí te espero

Gran parte de los indígenas del bajo Magdalena llegaban a ese punto de confluencias. Desembocando en el pueblo denominado Camach, de la etnia Arawac. Precisamente en esta lengua hay una expresión de encuentro denominada “kamash”, que significa “espérame ahí, tárdate ahí”. Para el antropólogo Carlos Consuegra, vinculado al Museo de Antropología de la Universidad del Atlántico: “A nivel arqueológico, el departamento del Atlántico fue bastante habitado por comunidades indígenas. Es por estar ubicado estratégicamente entre el río y el mar. Los caños y las ciénagas fueron espacios poblacionales donde estas comunidades intercambiaban productos, también pescaban y además les permitían la navegación por el río Magdalena dando origen a focos de poblamiento”.

La presencia de este pueblo en el espacio urbano de Barranquilla se evidencia en el hecho que los dos primeros nombres de esta ciudad llevan implícito su sello. Primero Sabanitas de Camacho y después Barrancas de Camacho. Allí, según el cronista Domingo Malabet, sucedió el mítico hecho del surgimiento de la actual ciudad tras la salida de un hato de vacas sedientas con sus pastores galaperos tal como lo describe su azarosa expedición: “La mayor parte del ganado que salió de los montes de Galapa tomó rumbo hacia el norte, trasmontó la sierra (la loma en que se encuentra la mayor parte de la ciudad actual) y descendió al lugar llamado las Sabanitas de Camacho”.

Hay toda una trama de caminos que parten desde las serranías de Tubará y Juan de Acosta, hábitat de los mocaná, cruzando por el valle en donde se encuentra Juan Mina, ingresando a la ciudad, que a la larga los asimiló en forma de carreras y calles dentro de su actual trama urbana. Igual hecho sucede con los caminos que parten desde Galapa y el interior del departamento del Atlántico. Todos llegan misteriosamente cerca a ese poblado descubierto accidentalmente por Armenta en su levantamiento del tranvía.

La ciudad indígena

No fueron los únicos vestigios de indígenas en Barranquilla. Las excavaciones de Carlos Angulo en el noroccidente, en el barrio Nuevo Horizonte, muestran a pueblos de economía mixta, algunos de ellos de 2.000 a 5.000 años de antigüedad. Casi nada, como se ve. Como el que encontró por la vía Circunvalar en las cercanías de una estación eléctrica. O el cementerio hallado en 1942 por Eduard Raymond en la actual urbanización Villa Santos, citado en un informe de geología sobre las características generales del terreno en donde se encontraba ubicada la antigua Hacienda Villa Santos. Indica el historiador Cantillo que en el museo de Antropología “hay piezas que hablan de una Barranquilla habitada desde tiempos inmemoriales. En un primer momento, en Malambo, cerca de 3.000 años antes de Cristo. Esas investigaciones las hicieron Carlos Angulo Valdés y Aquiles Escalante”. Incluso hay una tradición cerámica con especial diseño y forma denominada Barranquilla.

A finales de la década del sesenta, el ingeniero químico y músico Alfredo Gómez Zurek escribió acerca de un hallazgo arqueológico cercano a su residencia, en una fábrica de los hermanos Dacarett en la calle 73 con carrera 43, en dónde se encuentra hoy una tienda Olímpica. Casi a la vuelta, en los predios aledaños al Country Club, se encontraron vestigios de un entierro secundario. En la parte alta de Barranquilla, en los barrios La Cumbre, Tabor y Los Alpes durante la excavación de cimientos de edificios en las décadas del 60 al 80 se encontraron restos aborígenes, lo que permite suponer su poblamiento y parada. Otras áreas en que se hallaron restos indígenas fue en los barrios Delicias, Granadillo, Boston, Porvenir, en la Base Naval, El Bosque y en La Playa. Igual en las cercanías de Lagos de Caujaral –nombre indígena–, donde la presencia de lagunas y arroyos –con la consiguiente pesca– en el magnífico estuario del Magdalena lo convertía en un lugar ideal para asentamientos.

Sobrevivencia del legado indígena

Lipaya es un barrio ubicado justo en el cruce de un camino indígena que parte desde Galapa y se une al de Juan Mina. Según el padre Revollo: “Bordea por el norte los terrenos de Las Ceibas, en que se está formando un barrio y es atravesado por la calzada Ujueta. Algunos dicen Lipaya, y siguiendo tal costumbre, se repite este error en el plano de los señores Ujueta, dueños de estas tierras. Alipaya es el nombre de un cacique de que habla la historia de la Provincia de Cartagena”. Más adelante, en otro segmento de su estudio sobre toponimias indígenas, señala a Siape, aunque no se atreve a descifrar la naturaleza de su nombre, ubicando su poblamiento por vecinos –¡otra vez, como la historia de los pastorcitos!–, de Galapa.

Piezas del Museo de Antropología de la Universidad del Atlántico, de la tradición  Barranquilla, en cerámica mocaná y un entierro secundario indígena hallado en la ciudad.

Otro caso de sobrevivencia de un nombre indígena transmutado es el del barrio Mequejo. En realidad se trata del cacique Menchiquejo, al cual, por esos avatares de las lenguas y sus adaptaciones, se españolizó el nombre asimilándolo a un problema de quejadera. Más abajo, dentro de los cuerpos de agua del Magdalena denominados caños, se encuentra el de la Auyama. Revollo sostiene que también se le dice uyama, proveniente en su origen del idioma indígena cumanagota.

El poblamiento de la actual Barranquilla en la colonia española obedece a causas intrínsecas de su legislación territorial. Ese particular paradigma lo señala el antropólogo Carlos Consuegra: “En la época de la conquista hay políticas de fundación y refundación de pueblos. Eso fue a principios del siglo 16 y comienzos del 17. Las autoridades españolas tenían la necesidad de reorganizar todas estas comunidades en pueblos de indios. Es el caso de Galapa, Malambo y Usiacurí; pero Barranquilla no aparece como pueblo de indios sino de libres, porque la población indígena fue reubicada en otros espacios. Se le llamó pueblo de libres porque había indígenas, zambos, mulatos, negros, españoles”.

En donde se encuentra con absoluta transparencia la tradición indígena sobre Barranquilla es en los campos de la culinaria y la música. En efecto, la modesta lisa, salada y colocada al sol para largos períodos tras su ausencia del río, sirvió de especial preparación para el arroz cuyo acompañante, costumbre ya perdida, eran rodajas de papaya verde hervidas en sal y cuya incorporación se remonta a principios del siglo XX, cuando una plaga de langostas arrasó con las despensas alimenticias de la costa Caribe. También es indicativo de la presencia alimentaria aborigen el bollo de yuca, la sopa de frijol, las chichas, el sancocho de guandú con carne salada, la yuca cocinada como bastimento en múltiples platos; el maíz y los envueltos en hojas con sus diversos nombres: pasteles, hayacas y tamales.

La otra gran fortaleza que sobrevive de la cultura indígena en Barranquilla es el aire musical de la cumbia, materia prima musical del carnaval y uno de cuyos epicentros es el área metropolitana de la ciudad, incluyendo a los municipios de Galapa, Malambo y Soledad. Igual se puede argumentar su linaje aborigen en el paso ceremonioso, tranquilo, de sus bailadores. Es pertinente aclarar, para los que polemizan sobre los orígenes afros de este aire musical, que en las poblaciones de origen cimarrón africano la cumbia no existe; como sí hay bullerengue, chalupa, pajarito. La cumbia, por supuesto, tiene importantes elementos afros, pero parte de su esencia musical ritual y su baile tienen un marcado carácter indígena, y eso se puede comprobar en pueblos con este legado étnico como ocurre en El Banco, Magdalena, en el país del Pocabuy.

El himno de Barranquilla, con letra de Amira de la Rosa, muestra la particular perspectiva histórica con que se miraba el pasado indígena de la ciudad cuando fue creado en 1942, pues solo menciona una sola vez su presencia casi de comparsa de una supuesta epopeya en sus etapas de consolidación urbana, a la manera de un estorbo necesario que debería ser superado por la magna obra de la conquista: “Sin caballos de guerra y sin hazaña/ sin el indio tambor interrumpir/ bajo el Cuarto Felipe, Rey de España/ Pedro Vásquez ordena tu vivir”.

El indio prosigue con sus tambores, flautas, cerámicas, caminos y comidas en las tradiciones culturales de las antiguas lomas de Camach. Allí en donde antaño volaban pájaros cantores de variados colores y las ciénagas se desbordaban de peces y caracoles. Aquí, ahora, con el paisaje pletórico de cemento y las aguas escurridas de resequedad.
Un legado de los ancestros indígenas que nos recuerda que nunca se han ido de este espacio, que siempre, de una manera u otra, siguen estando presentes. 

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