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Latitud 30 de Agosto de 2015

¿Por qué volvemos a la oralidad?

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El autor, experto en programas de lectura de México D.F. e invitado al Festival Internacional de Cuenteros ‘El Caribe cuenta’ 2015, habla sobre el fomento de la lectura a partir de cuentos narrados a viva voz.

Marco Antonio Vázquez
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Volvemos a la oralidad como quien vuelve a la casa de la abuela. Al edén de los rincones oscuros, recámaras, paredes y recodos. Son los viejos platos que aún están en el añoso mueble de la cocina. Son los ruidos y los olores del pasado. Son los personajes afables o terribles que nos regalan su arquetipo y su paradigma. Desde la infancia sabemos que lo malévolo es la silueta de un tío mal encarado, quizá, y que la bondad es, a lo mejor, la delicada voz y buen trato de una tía.

La oralidad de un cuento le otorga al oyente la oportunidad de ir al pasado y arreglarlo, si arreglar significa resimbolizar a nuestro favor. Esto es posible gracias a lo que Andrés Henestrosa ha dicho: «La única posibilidad de paraíso es la infancia», evangelio para quienes nos dedicamos a la oralidad.

Quien desee tomar la profesión de ‘cuentacuentos’ debe integrar en sus preceptos este dicho del genio istmeño. Estas palabras cayeron en mis oídos como la firme comprobación de un atisbo intuitivo que abría mi cabeza con la siguiente pregunta: «¿Por qué los adultos se comportan como niños cuando se les cuenta un cuento?» Y la respuesta es clara: El adulto siempre busca regresar al paraíso de la infancia, a esa etapa en que todo nos era dado a cambio de cierta obediencia. Nos encanta volver al tiempo en que todo era posible y palpable desde la imaginación. Nos sentimos muy a gusto cuando podemos renunciar a las responsabilidades “de adulto”, para meternos en las responsabilidades de niño: jugar e inventar, aun dentro de un espacio de relativa obligación que es la escuela.

Un cuento vivo desde la voz y el gesto es una puerta muy ligera y siempre accesible al paraíso. Así, el cuento es como un parque donde hay columpio y subibaja. ¿Hay alguien aquí a quien no se le antoje subir a estos entrañables artefactos para volver a sentir el vértigo de la niñez?

Volvemos a la oralidad como quien vuelve al primer amor: mariposas en la panza del mundo, esplendor de cielos y manos sudorosas. Es el primer beso, látigo que restalla en el alma y se queda para siempre. Es la amistad sellada con promesas de eternidad. Es el flujo de energía que nos hace levitar. Es la fuerza que detiene el tiempo y cancela realidades. Un cuento narrado nos regresa a la adolescencia. Aunque sabemos que para muchos el primer beso y el primer encuentro piel a piel haya sido una batalla y no un gozo, hay cuentos que rehumedecen aquel mundo pardo de transgresión y orgasmos; de rebeldías y proyectos. Es cuando verdaderamente sentimos que Ulises, Gilgamesh o Don Quijote somos nosotros mismos; cuando sentimos plenamente que podemos reencarnar en el ‘Che’ Guevara, en Salvador Allende o en Jesús el Nazareno. Es el tiempo en que jugamos a ser Don Juan, Casanova o Emma Bovary. Es la época del viaje al mundo en ochenta días, o en ochenta aventones, y la posibilidad de montarnos en un barco y ser el misterioso Capitán Ahab, aunque sea en los canales de Xochimilco. Todos estos personajes son nuestros ‘primeros amores’, nuestras garantías de que lo imaginable es posible.

Los narradores orales participamos activamente en la promoción de la lectura. Casi todos los cuenteros profesionales hemos tenido la experiencia de narrar de viva voz capítulos de El Quijote, secciones de Cien años de soledad, o incluso aventurarnos con El conde de Montecristo. Descubrimos entonces que volvemos a la oralidad porque es una herramienta contigua de los grandes autores. Particularmente, debo declarar que tuve una gran decepción cuando leí por primera vez las aventuras del Ingenioso Hidalgo, porque mi abuelo me había platicado algunos capítulos, según se los habían contado, y él, por sus soberanas pistolas, prefirió decirme que el Quijote era alto, gordo y poderoso, y que su Sancho era flaco y desgarbado. Para mi abuelo, hombre a caballo, sembrador de maíz y comerciante de vigas de encino que él mismo fabricaba, era ilógico que un hombre tan débil pudiera enfrentarse a feroces gigantes, reales o imaginarios. Se los puedo decir con la mano en el fuego: maestros de literatura, aprendan a narrar cuentos y no teman por la fidelidad textual que habríamos de guardarle a los autores, porque cuando contamos algo extraído de los libros no hacemos homenaje al texto que el autor escribió. El homenaje es a la imaginación del escritor, que se conecta con la imaginación del que escucha. Lo que pronuncio y enlazo en el cuento debe servir para activar el universo de la imaginación, que es el más importante patrimonio de cualquier ser humano.
 

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