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Latitud 28 de Agosto de 2016

Poesía del duelo

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Foto: Shutterstock

En el XVI Parlamento Internacional de Escritores que se clausuró el 27 de agosto en Cartagena, el poeta sucreño José Ramón Mercado recibió el premio Libro de Oro de la literatura colombiana al igual que Guiomar Cuesta y Ramón Illán Bacca . Este ensayo, es

Adalberto Bolaño Sandoval
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Cuando se lee la poesía de José Ramón Mercado en Tratado de soledad, especialmente los textos referidos a las masacres en los municipios de Macayepo, El Salado y Chengue, no hace uno más  que pensar en las frases del poeta alemán Friedrich  Hölderlin: «¿Para qué la poesía en tiempos sombríos?», y la del filósofo alemán Theodor Adorno, cuando declaró: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie». Quizá consideraron que lo inhumano de la guerra y la violencia; la lírica no podría representarlo. 
 
Ello lleva a una pregunta: ¿Cómo describir el terror y el dolor producidos en una sociedad como la colombiana a través del arte? ¿La palabra poética no bastaría? El poeta sucreño José Ramón Mercado (1937) sostiene con severidad: «Los poetas colombianos se volvieron indolentes» frente a la violencia. «Se expresan través de un lenguaje de sombras, de la melancolía», agrega.
 
Sin embargo, algunos poetas, como Fernando Charry Lara, José Manuel Arango, Horacio Benavides, Piedad Bonnett, María Mercedes Carranza y Juan Manuel Roca han revelado una «estética del horror» a través de varios poemas muy conocidos.
 
La tragedia colombiana
En este poemario Tratado de soledad, José Ramón Mercado permite una mirada preocupada acerca del papel de la poesía como espacio de ideas, reflexiones y expresiones del horror sucedido en años recientes en Colombia, como espacio de «repetición trágica». La obra de Mercado tiene un aquí y un ahora, un marco de espacio y tiempo específicos, que tiene ver con la identidad histórica y de lugar del poeta: desde finales de los años 80s, en los departamentos de Córdoba, Sucre, Bolívar, especialmente en la región de Montes de María, los municipios y zonas aledañas de Chengue, Macayepo y El Salado, la violencia campeó entre grupos paramilitares, guerrilleros y el ejército. Entre los años 2000 y 2002 Sucre sufrió el mayor número de enfrentamientos. 
 
Especialmente en cinco poemas titulados La masacre de Chengue, Los caídos de El Salado, Muchacha aldeana, Imprecación por los caídos de los Montes de María y El miedo que sembraron en Macayepos (sic), se revela ese estado de demencia. Se constituyen en una revisión visceral acerca de la poesía como testimonio, como hermenéutica o presentación del lugar de memoria histórica y traumática al incorporarle un componente de «lo que pasó de verdad», pero también «de lo que permanece», en los términos del filósofo francés Paul Ricoeur en su texto La memoria, la historia, el olvido. 
 
Técnica del testimonio
 En el primer poema, Un pueblo de sombras realiza una descripción, una ubicación contextualizada del lugar de la violencia. El panorama oscuro representa el de cualquier pueblo colombiano, de cualquier lugar del mundo donde la violencia arrecie, pero acá es atribuido a uno del Caribe colombiano. Su narración comienza con una metáfora: «Sombras muertas sobre sombras insepultas / Nadie se acuerda de este pueblo de brumas / Sus ojos ciegos sobre la tierra / Descuartizada / Al pie de la carretera negra / Sediento sin esquinas / Parece un pueblo de siglos /Bajo su sombra muerta // Sin raíces».
 
Palabras como «sombra», «desmemoria hacinada y húmeda», «sombras abandonadas», «tierra descuartizada», apelan a un lenguaje de lo negativo, y mucho más cuando irónicamente menciona a que nadie se acuerde de ese pueblo: surge lo contrario: procura la rehistorización, a que el olvido no se cierre con el olvido. El poema contribuye a mostrar en imágenes brillantes la fuerza poética: «Uno sabe que aquí hubo alguna tragedia / Por las voces mutantes por las sombras y las grietas secretas / Por el paisaje conmovido // Por esas sombras muertas indeclinables» (2010, p.  38).
 
En otro poema, La masacre de Chengue, Mercado apela a una técnica narrativa de voces polifónicas: «[…]  Allí estaban todos juntos /  El silencio olía a sangre / Parecían una montaña los muertos arrumados  / ya tú viste una montaña alta de muertos /  Todos los muertos se parecen a los muertos […]». 
 
La técnica que utiliza Mercado es el realce testimonial mediante posibles personajes que, ficcionalizándolos a través de sus palabras directas, acoge la voz de los que no tienen voz. El testimonio ficcionalizado se configura, así, como una voz viva, como una evidencia de la Historia, una memoria: geografía, memoria y tiempo cruzados de imaginación, haciendo que estos poemas adquieran la consistencia de un relato verdadero. De este modo, para el poeta la experiencia vicaria no existe: los actores cuentan su experiencia; las víctimas hablan desde su dolor. Cuentan un pasado que permanece o retorna, que invade el presente y amenaza con bloquear el futuro.
 Como han repetido historiadores y sociólogos, el testimonio se asume como «una estructura de transición» que se mueve «entre la memoria y la historia», del «estuve allí», pero también de memoria del duelo, en la que se identifica el sujeto con el objeto perdido, guardándolo dentro de sí mismo y que, en este caso el poeta, se niega a enterrarlo y le da rienda suelta. 
 
“Escribir sobre la barbarie no solo conlleva traducir el mal, sino reelaborarlo, darle dimensión humana, convertirlo en una poesía que logra un ejercicio terapéutico, de sanación a un padecimiento colectivo”.
 
Memoria traumática
El hablante lírico lo señala así en Canción de la tregua iracunda: «Los muertos me empujan cada noche sus recuerdos / Sus episodios hacinados de impunidad / Los laberintos de sus sueños caídos / Los muertos vulnerados en su tierra / Sus vísceras dispersas sus pellejos colgantes».
 
Esta poesía busca ser apelativa, la que llama la atención, la que exalta, se cubre de ira, de catarsis dolorosa y que puede denominarse, adaptativamente, como poesía ejemplar. Al exponer, al empujar los recuerdos, mostrar la impunidad o la vulneración de la vida y, con ella, los derechos humanos, los pasos invisibles o evidentes del miedo, la poesía de Mercado representa así la memoria ejemplar, que plantea Tzvetan Todorov en Los abusos de la memoria, referida a aquella que se extrae de la memoria pública (un hecho violento, por ejemplo) y se abre a la generalización y a la analogía, sacándose de esta una lección de ello, de manera que el pasado se constituye en el principio de acción para el presente. 
 
Desde el plano de la justicia, la poesía de Mercado se observa como un trabajo de memoria, concepto que utiliza el filósofo y antropólogo francés Paul Ricoeur para designar al sentimiento por los que no están «pero que estuvieron».  Para el poeta constituye también un deber, al desempeñarse como voz de los otros. La poesía implica retornar a la memoria dolorosa; leer y retrotraer lo descrito implica reconfigurar, expiar, liberar mediante una doble catarsis: en el escritor y en el lector. En el lector se encuentra la respuesta, en ese ejercicio de reconfiguración a que alude Ricoeur: en la narración dolorosa del poeta el tiempo pasado se vuelve humano, se revivifica. Además, representa en el caso de Mercado, una memoria traumática, encaminada a que la memoria del dolor de las víctimas no se olvide pues «el pasado no es la historia pasada y superada. Continúa vivo en el nivel experiencial y atormenta o posee al yo o la comunidad», según ha expresado el historiador francés Frank LaCapra. Se identifica, al mismo tiempo, como una memoria cultural e histórica, un relato en el que el hablante declara: «Sufro vergüenza cotidiana por los inocentes caídos».
 
La poesía de José Ramón Mercado implica, entonces, un movimiento, una expresión con sentido moral y ético: una hermenéutica del deber, una poesía del trabajo, en el mejor sentido ético, que revela el rescate del posible «limbo interpretativo» (según palabras de Beatriz Sarlo) en que se pudieran quedar los hechos que lo produjeron. Por ello, escribir sobre la barbarie no solo conlleva traducir el mal, sino reelaborarlo, darle dimensión humana, dramatizarlo contra el olvido, convertirlo en una poesía de la memoria que logra un ejercicio terapéutico, de sanación a un padecimiento colectivo. 
 
De todo ello ha resultado una declaración del poeta con relación a cómo se escuchan sus recitales: «Me han pedido que repita las lecturas, pues las personas se identifican con estos poemas que revelan ese sufrimiento y esa desventura». Esa representación significa una «repetición trágica»  de la poesía mirada como representación de la piedad por el otro, expuesta mediante una «sabiduría trágica», en la que la exposición lírica supera el marco de la literatura, favoreciendo otra mirada, intensa y profunda, más allá de la barbarie y los tiempos sombríos. 
 
*Docente de la Universidad del Atlántico. Investigador grupo Ceilika de Uniatlántico - Investigador Grupo Comunicación y Región U. Autónoma del Caribe.

 

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