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Latitud 09 de Noviembre de 2014

Pedro Romero, el matancero, el prócer

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La Independencia de Colombia no fue obra exclusiva de las élites criollas. Desde el barrio Santa Catalina, de Cartagena, el cubano Pedro Romero fue decisivo en la página libertaria del Once de Noviembre de 1811.

Dolcey Romero Jaramillo*

Sin lugar a equívocos, podemos asegurar que el tema que más ha concitado el interés de nuestra historiografía tradicional ha sido el de la independencia, en donde los héroes, las batallas, los acontecimientos y el poder han sido el centro generador de sus narraciones. Para justificar sus presupuestos temáticos, esta historiografía, tipificada también como “historia de bronce”, tuvo la necesidad de crear unos mitos que apuntalaran sus discursos.

Uno de los tantos mitos fundacionales de nuestra nación, que ha hecho carrera hasta el presente, es la creencia de que la independencia de Colombia fue obra exclusiva de las élites criollas, y que en ella la participación de los sectores populares, y entre ellos los afrodescendientes, se redujo a la de simples objetos pasivos manipulados por las élites. El otro mito al que nos queremos referir es al de la escogencia –dentro del calendario cívico y heroico de la nación– del 20 de Julio de 1810 como fecha para conmemorar la independencia.

Para nadie es un secreto que el 20 de Julio de 1810 no hubo independencia, ni siquiera el 7 de Agosto de 1819. La primera independencia real se dio el 11 de Noviembre de 1811, en Cartagena, y la definitiva, también en esta ciudad, el 24 de junio de 1821; en esta ocasión el héroe fue el afrodescendiente José Padilla. Tanto es así que al contrario de lo que sucedió en Bogotá en la fecha señalada, acá, a partir de 1811, se cambió la autoridad española y se colvieron a crear bandera, escudo y moneda. Y lo más importante, todos estos cambios y rupturas se respaldaron con la Constitución cartagenera de 1812. Lastimosamente, una fecha tan significativa para la identidad costeña se celebra hoy con un reinado nacional de belleza.

El Caribe colombiano, y en especial la provincia de Cartagena, contaba con un valioso acumulado histórico de resistencia y lucha por la libertad desde el siglo XVI, cuando los cimarrones crearon el primer palenque en nuestro país, el de la Matuna, liderado por Benkos Biohó. Además, los afrodescendientes constituían la mayoría de la población; por ello no es extraña la participación de este sector en la independencia de Cartagena.

Ateniéndonos a las consideraciones anteriores, unida a la importancia que habían ido adquiriendo los afrodescendientes, los criollos miembros del Consejo de Cartagena, en el momento de la independencia, debieron solicitar el apoyo de este sector para derrocar al gobernador, sobre todo el de los habitantes del barrio de Getsemaní, donde habitaba la gente del pueblo, entre ellos Pedro Romero. Dado el carácter contestatario de sus habitantes, que en su gran mayoría eran afros, Getsemaní es un barrio emblemático de la Independencia de Cartagena, allí también vivió el general afrocaribeño José Padilla, creador de la Armada Nacional. En efecto, en 1808, Padilla al recobrar la libertad, después de su captura en la batalla de Trafalgar, se estableció en Getsemaní, donde inició una relación sentimental con Anita Romero, hija de Pedro Romero.

En medio de la crisis de gobernabilidad de 1808 debido al derrocamiento de Fernando VII, y amparados por el principio de la soberanía, el cabildo de Cartagena en 1810 rehusó a la autoridad del Consejo de Regencia establecido en Cádiz, en reemplazo del rey. Cuando en 1810 la regencia nombró un nuevo gobernador para Cartagena, el aristócrata y criollo José María García de Toledo, miembro del cabildo, capitalizó el descontento popular y organizó dos unidades de afrodescendientes, para neutralizar, si fuera necesario, al Batallón Fijo, proespañol. Confió la primera, denominada Lanceros Patriotas de Getsemaní, al artesano Pedro Romero. La segunda reunió principalmente a los hombres del barrio de Santo Toribio, lugar de residencia y trabajo de casi todos los artesanos y esclavos.

El detonante que finalmente determinó el apoyo de los afrodescendientes a la élite para derrocar al gobernador español de la provincia cartagenera fue la negativa de las Cortes de Cádiz para que los mulatos, negros, zambos y pardos accedieran a la condición de ciudadanos. Ante esta realidad los dirigentes mulatos y artesanos, como Pedro Romero, empezaron a identificar y a visionar la consecución de la ciudadanía solo con la independencia.

Pedro Romero, el matancero, como se le conocía por su lugar de nacimiento en Cuba, fue un exitoso artesano que ya para 1778 y a la edad de 24 años residía en Cartagena en el barrio de Santa Catalina. “En la década de 1740 fue nombrado maestro forjador en el arsenal de Cartagena, y ya para esta época dirigía su propio taller de fundición en la entrada de Getsemaní, junto con su hermano y sus hijos, numerosos trabajadores y posiblemente algunos esclavos. Su fortuna dependía de los contratos con el ejército español”. Es posible que hubiera estado vinculado a los trabajos de fortificación de la ciudad. De acuerdo con Alfonso Múnera, Pedro Romero, además de ser el máximo dirigente del pueblo cartagenero hasta la Constituyente de 1812, perteneció a esa clase respetable de artesanos mulatos que desde el siglo XVIII se habían propuesto acortar las distancias que los separaban de los criollos. Romero se convenció de que el derecho a la ciudadanía y la igualdad para él y todos los de su clase solo era posible con la independencia; y para conseguirla, aprovechando su influencia y respetabilidad, movilizó a los habitantes de su barrio.

Por ello, el 11 de Noviembre de 1811, el momposino Gabriel de Piñeres y el matancero Pedro Romero, después de reunir y congregar a los hombres de clase baja y a los artesanos frente  a la iglesia de Getsemaní, ingresaron a la ciudad, forzaron la puerta del arsenal y se apoderaron de él. Armados de machetes, lanzas, revólver y dagas se tomaron el salón donde estaba reunida la Junta Suprema de la ciudad, donde además de exigir la igualdad de derechos para todas las clases de ciudadanos y que en las milicias de pardos los oficiales fueran pardos, presionaron y forzaron a los miembros de dicha junta, quienes –en contra de su voluntad y ante la actitud decidida de Pedro Romero y sus lanceros– no tuvieron otra salida sino la de declarar la independencia de Cartagena.

En el Acta de Independencia que se firmó quedó claramente señalado que la negativa de España a otorgar una representación igual había obligado a la provincia a declarar la independencia. Más allá del enfrentamiento entre las élites de Cartagena, la independencia tuvo un ingrediente más fuerte: el enfrentamiento entre la élite criolla y las personas negras y mulatas artesanas que aspiraban a la igualdad.
Para que no quedaran dudas de la ruptura con la monarquía española y del ambiente republicano que vivía la ciudad, se citó a una asamblea constituyente cuyo resultado fue la Constitución del Estado de Cartagena de Indias de 1812. Debido a la ley electoral aprobada en diciembre de 1810 que estableció que todos los hombres cabeza de familia, sin distingo de raza, podían participar en las elecciones, Pedro Romero fue elegido a la convención que elaboró la citada Constitución. Y no obstante de que de los 36 constituyente solo Romero era mulato, su elección fue significativa porque ponía en evidencia el poder adquirido por los afrodescendientes. Por eso no es casual que esta Constitución, aunque dejó intacta la esclavización, fuera la primera en nuestro país en prohibir el comercio de esclavos y en crear un fondo de manumisión para su liberación gradual.


En la Plaza de la Trinidad, de Cartagena, estatua de Pedro Romero empuñando  el brazo. Foto: Javier García.

El prestigio y la ascendencia social adquirida por los afrodescendientes les permitió a Romero en 1815 hacer parte del Estado Mayor de Guerra, como también de la Cámara de Representantes de la provincia. Su hijo Mauricio Romero, a quien su padre, en 1810, le había solicitado a la Corona dispensa para que estudiara Filosofía y Teología a pesar de su condición de mulato, fue nombrado en 1812 miembro de la Comisión de Salud Pública. Su hija Anita Romero, después de separarse de su esposo, el general Montilla, terminó viviendo con Padilla (recordemos que Montilla fue enemigo y rival de Padilla, a tal punto que sus intrigas fueron determinantes para que Bolívar ordenara el fusilamiento del Almirante). Su hija María Teodora estaba casada con el abogado blanco y líder de la independencia Ignacio Muñoz. Además de Pedro Romero hubo otros afrodescendientes sobresalientes en esta primera independencia de Cartagena, tales como Cecilio Rojas, Pedro Medrano y Remigio Márquez.

En 1815, con la reconquista o sitio de Cartagena liderado por Pablo Morillo, el proyecto cartagenero independentista se truncó. De acuerdo con Múnera, los líderes criollos que lograron sobrevivir la reconquista, como García Toledo, Ayos, del Castillo y Rada y Ribón fueron fusilados. “Muchos de ellos, conocidos hoy como mártires de la patria, adoptaron posiciones indignas”. Los líderes mulatos no corrieron mejor suerte. Los que lograron escapar se refugiaron en Haití y Jamaica. Pedro Romero murió en Haití, de hambre, y de Pedro Medrano nunca más se supo algo.

Los sucesos acaecidos en la primera independencia de Cartagena muestran la importancia e influencia que tuvieron los afrodescendientes durante este periodo, lo cual se tradujo en la capacidad que ostentaron para tomar decisiones en congruencia con sus propios intereses y proyectos. Tanto es así que, como lo señalamos anteriormente, la Constitución de Cartagena de 1812 reconoció por primera vez el derecho de todos los hombres a participar sin ninguna limitación racial en la vida política del recién creado Estado cartagenero. No obstante a lo anterior, como lo asegura Aline Helg, en esta coyuntura no emergió ninguna conciencia racial que unificara a las poblaciones libres y esclavas de ascendencia africana pura o parcial.

Para concluir, debemos precisar que Pedro Romero, al igual que Benkos, Padilla, Robles, Obeso, Crespo, Barros y Montegro, entre otros, siguen, producto de la invisibilización, en el anonimato y ostracismo tanto historiográfico como en el imaginario colectivo, y sobre todo en nuestro sistema educativo. Tanto es así que en Cartagena se ensalsa y rinde tributo a los zapatos viejos de un poema, a los alcatraces, a una india que no lo fue, a unos caballos mitológicos, a Heredia, conquistador y depredador de indígenas calamaríes, pero nunca a los afrodescendientes.

*Profesor de la Universidad del Atlántico y de la Universidad Simón Bolívar, en Barranquilla.

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