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Latitud 27 de Julio de 2014

Paragüita, la marimonda en el computador

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Andrés Salcedo
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¡Cómo!, ¿Paragüita escritor?

La noticia me la dio por teléfono Álvaro Suescún. Colgué y unos minutos más tarde estaba timbrando en su apartamento. No podía creerlo. La gracia, la chispa o, como lo dice el propio Paragüita en su pintoresca jerga currambera, el “bembé”, es algo para disfrutar por el oído, música de pretil, parlamento de esquina, oralidad pura y dura.

Álvaro me sacó de dudas. Collageditores, una editorial bogotana, ha decidido lanzar –en algunos casos relanzar– a varios escritores de Barranquilla. Hace poco publicaron La segunda vida del negro Adán, de Julio Olaciregui, y ya tienen en imprenta la segunda edición de Disfrázate como quieras, un clásico de Ramón Illán Bacca; Vergonzoso amor y otros relatos, de Ramón Molinares; Canción de amor para despertar a un yonki, de Joaquín Mattos Omar; El proletario de los dioses, de Paul Brito; El delfín en tus ojos, de Iveth Noriega, y Sudor de la tierra, de Álvaro Suescún. Y la próxima semana entra a talleres Crónicas del Barrio Abajo, de César Morales, Paragüita, con bellas ilustraciones del dibujante Iván Berrío. La edición la supervisa el propio Álvaro Suescún.

p  ¿Cómo surgió este proyecto, Álvaro?
r  Todo empezó hace unos diez años. Por esos días, Paragüita quería que yo le escribiera un libreto que le sirviera de guía para un montaje escénico sobre el carnaval y me citó en su casa para hablarme del proyecto. Él me dio las ideas y yo escribí el libreto y se lo dejé para que lo viera. Cuando volví a su casa un par de días después lo había enriquecido de tal manera que me dejó asombrado. Prácticamente lo había ‘traducido’ a su lenguaje coloquial y le había agregado mucho humor. Ahí mismo le aconsejé que siguiera escribiendo.

p  ¿Cómo fue la génesis del libro?
r  Bueno, él empezó a mandarme unos textos muy divertidos sobre la Barranquilla de su juventud y sobre diferentes personajes del Barrio Abajo. Hablaba del Jardín Águila y de sus experiencias en los bailaderos de La Ceiba, escribía sobre temas musicales y, por supuesto, me mandaba unas suculentas crónicas del carnaval, que es el eje de su vida. Yo las leía, las pulía y se las devolvía. Y él seguía mandándomelas por correo, a razón de una por mes. Y así durante casi un año. Entonces me dije, y le dije, hey, aquí hay un libro, Paragüita. El proyecto de editarlo durmió el sueño de los justos como diez años, pero ahora, por fin, llegó el momento de darlo a la luz.


El libro de Paragüita lleva ilustraciones del artista Iván Darío Berrío Toscano.

p  ¿Qué es lo que más te impresiona del Paragüita contador de historias?
r  Sin duda su manera de contarlas, sin agüeros y sin respetar pinta. Él se ha inventado un idioma propio, incorporándole la cadencia y los modismos del barranquillero. Ese barranquillerismo suyo, tan exacerbado, puede que sea una consecuencia del hecho de ser, como yo, nacido aquí pero hijo de cachacos. Una reafirmación de la identidad. A mí me pasa algo parecido.

p  ¿En dónde crees que reside la magia del Barrio Abajo?
r  En su gente. Gente que vino de otros lugares y que al llegar a ese sitio tan tradicional de la ciudad multiplicó sus afectos y acentuó su calidez en el trato con sus semejantes, sellando de esta forma y para siempre su cercanía con el modo de ser barranquillero. Una identidad que fue elaborada parsimoniosamente y tejida como una urdimbre por sus habitantes. ¿Te has dado cuenta de que los barranquilleros nos llamamos ‘cuadro’, para señalar hermandad, amistad, complicidad? Ese término, que no se usa en ninguna otra parte del país, nos llegó de los palenqueros del Barrio Abajo. En su lengua, ellos empleaban la palabra “kuagro”, que tiene el mismo significado. Luego, esa palabra se extendió por toda la ciudad. En el Barrio Abajo se mantiene viva la identidad del ‘cuadro’. Eso es parte de la magia.

Un idioma recién inventado

Yo también, debo decir, quedé sorprendido y a la vez fascinado con los relatos de Paragüita Morales, cuyos borradores me entregó Álvaro para que los leyera. Se trata de evocaciones nostálgicas escritas en un lenguaje fresco y burlesco que, no obstante serme tan familiar, por haber sido yo mismo un asiduo visitante de las esquinas de mi barrio, tolerado, más que aceptado por la aristocracia orillera de San Roque, mis maestros, entendiéndome con ellos en el mismo idioma de Paragüita, al verlo sobre el papel, negro sobre blanco, me parece un idioma recién inventado. Un idioma irreverente e ingenioso con una música interior cercana a la del gíria y el zutaqui de los brasileros.

La propia presentación del autor nos obliga a bajar la guardia al comenzar la lectura: “Mi nombre es Paragüita pero me dicen César Augusto Morales. Nacido en las entrañas del Barrio Abajo, calle Medellín entre Olaya Herrera y Aduana, hijo de padres cachacos: Cruz Elena Mejía, de Segovia, Antioquia, y Jorge Morales, de Toro, Valle. Soy el propio y auténtico mamador de gallo. Me encanta el vacile, sin faltar al respeto. Sé hasta dónde puede llegar la mamadera de gallo, sin ofender a la víctima, y me encanta cultivar la amistad. De vez en cuando escribo cositas bacanas”.

Es evidente que estamos ante uno de los nuestros, el sabio vacilador de la tribu. En lo que cuenta Paragüita, en cómo lo cuenta, está la esencia de lo que somos y de lo que hemos sido. La niñez callejera que nos marcó, el paraíso perdido de esa infancia, las aceras tumefactas que fueron nuestra primera barricada contra el mundo, el naufragio que nos retuvo en esas esquinas que él describe con lengua risueña, salerosa, salsosa. Aunque Paragüita habla todo el tiempo del Barrio Abajo, también podría estar hablando de San Roque, mi barrio. Y de Rebolo. Y de Las Nieves. Y de cada confín de esta tierra sagrada que es de nadie y es de todos.

El libro está ordenado por capítulos. Dedica uno a sus panas de la cuadra. El Picúa, que dominaba la bola de trapo como si fuera una extensión de sus huesudas canillas; el Ferre, que le enseñó las primeras y las últimas letras del vacile; Vitico Moré, El Pirela, Nacho Vega y el Negrito Rada, con los que se iba al Jardín Águila a brillar la hebilla, pero ninguno de ellos bailaba como Pepe Calvo, al que dejaban solo en la pista cuando sonaba Almendra, el tema de Los Alegres All Stars, y empezaba el solo de bajo del Kako y el retemblar de los cueros: Placutucuplacuplá.

Paragüita habla de los locos y de los rateros del barrio. De los apetecidos “bollos” de la cuadra y de los detestados “bollones” que se creían “juanlavé” en los bailes de carnaval. Regresa a la vida a personajes que hace mucho yacen bajo tierra y enciende otra vez la rumba en ese estrecho callejón por el que nunca acaba de pasar, ni despierto ni dormido, con su olor a fritanga, a sudor y a brillantina y al perfume barato con que empapaban sus pañuelos las peladas.

O revive ese otro callejón que llevaba al reino de “las Bandidas”, como las llama, las muchachas alegres o tristes, según la noche, de los antros eróticos donde los muchachos, alegres o tristes, saciaban su hambre de hembra o de donde se devolvían sin saciarla a la esquina de siempre.

Paragüita vive ahora en el barrio Modelo, donde, gracias a una pensión de Telecom, lleva una vida desahogada. Dice que le da tristeza el presente del Barrio Abajo, que, según él, ha sufrido una insoportable decadencia. “Mucho vicio, hermano, ha llegado mucha gente barro”, dice, y es la única vez que percibo tristeza en su rostro.

Su oficina ahora es el computador. Desde esa pantalla atiende todos los compromisos que le plantea la organización de su famosa comparsa: citaciones para los ensayos, viajes, logística en general. En contra de lo que muchos piensan, Paragüita es un hombre sano y respetuoso. Bebe moderadamente y nunca ha tomado drogas. Dice, con voz de prefecto de disciplina, que el carnaval “no es una mamadera de ron”.

p  Paragüita, –le digo, para empezar la charla– aparte de los consejos que te dio Álvaro Suescún, ¿qué otras motivaciones tuviste para escribir el libro?
r  Vea, cuadro, le soy sincero. Yo nunca pensé en un libro. Para mí escribir sobre las vainas que vi y viví en mi barrio, evocar a mis amigos, vecinos, padres, hijos, infancia, pubertad, juventud, escribir sobre esas cosas era más bien como un hobby. Lo que yo hacía era poner sobre el papel todo lo lúdico que nos ofrecía a los muchachos del barrio una época sin internet: el trompo, la bolita de uñita, la chequita. Y después, la rumba y el bembé. Pero a Álvaro se le metió que esta vaina y que era un libro. Él es el culpable.

p  ¿Cómo seleccionaste a los personajes y las situaciones que describes?
r  No tuve que seleccionar nada. Ahí no hay nada inventado. Ahí están las personas que rieron, lloraron y pelearon conmigo, mis vecinos, incluso los que metían vareta, cosa que yo nunca hice. Mis padres me prohibían andar con ellos pero yo les decía que no podía apartarme de ellos porque eran mis amigos, habían crecido conmigo. En mi cuadra, que es la más larga del Barrio Abajo, estaban todos los estratos sociales. Navieros y fritangueras. Quintas lujosas y casitas de paja. Unos y otros están en el libro. Y están también las tiendas, que eran el reino del chisme. Y las casas de las Bandidas, donde tuvimos los primeros encuentros sexuales y conocimos el Benzetazil. Cuando no me acordaba de un nombre o de un hecho, llamaba a mi llave el Ferre y le preguntaba.


“En el libro no hay nada inventado. Ahí están las personas que rieron, lloraron y pelearon conmigo”, dice el director de la comparsa Las Marimondas del Barrio Abajo.

p  Oye, ¿quién te bautizó ‘Paragüita’?
r  A mí toda la vida me llamaron el Chiqui, pero ya mayor, a la Loca Carmen, un personaje del barrio, se le metió el agite que yo era su marido y le había quitado el hijo. “Devuélveme el pelao”, me gritaba por la calle. Yo le seguía la corriente. Hasta que un día se ‘solló’ y me correteó con un paraguas viejo que tenía más varillas que tela y me pegó con él. Mis amigos vieron la escena y desde ese día quedé convertido en ‘Paragüita’.

p  Hey, loco, ¿qué es el Barrio Abajo para ti?
r  Bueno, te puedo hablar del barrio y de la gente que vivía allá en mi época. Ya hoy todo eso se ha perdido. Era un lugar lúdico y fiestero donde hasta los santandereanos tiraban pase. El lugar donde me cortaron el ombligo y la coleta. Mi gran amor.

Y su libro, agrego yo acá, será, para él, sin duda, la mejor manera de recuperar lo amado y lo perdido.

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