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Latitud 26 de Enero de 2014

No es un libro más sobre la Segunda Guerra Mundial

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Foto: Cortesía

Nir Baram
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Berlín, otoño de 1938

Personas que conocen a otras personas. Todas las historias son lo mismo. Hasta que no exhales el último aliento, el veredicto de tu soledad no será definitivo.

Ves el mundo atestado de gente, así que te sientes tentado a creer que tu soledad se va a esfumar sin el menor esfuerzo. ¿Resulta difícil, acaso? Una persona se acerca a otra, a ambas las ha maravillado El ocaso de los dioses y La última representación de Hauptmann; las dos han comprado todos los volúmenes de Thompson Broken-Heart Solutions (El corazón es la epidemia del siglo xx), de manera que nace una alianza entre ambas. Pero eso no es más que una ilusión muy útil para el Estado, para la sociedad y para el mercado.

Gracias a ella, hasta los solitarios más asociales compran ropa, acciones, coches y se ponen elegantes para ir al baile.
Se encontraba apostado en la ventana y desde allí la vio envuelta en el abrigo de piel que llevaba puesto el día que salió de aquella casa por última vez. No se había marchado por voluntad propia, ya que el mundo exterior no le ofrecía nada. Pero ellos ya no disponían de dinero para seguir teniéndola empleada.

Le dieron la carta de libertad y le regalaron un abrigo blanco de piel que, entre tanto, había adquirido un tono pardo.
Toda despedida es una oportunidad para volver a nacer: quizá suceda algo bueno, puede que surja otro trabajo, o que el caparazón de la soledad se resquebraje.

Se acercaba con sus pasitos cortos –había subido un poco de peso, la señora Stein–, unos pasitos que parecían decir siempre, no miréis, no tengo nada que merezca ser visto. Y la historia le estaba ahora dando la razón: los ultimos acontecimientos que se habían producido en Berlín les habían dado a los judíos como ella más que buenos motivos para buscar el amparo de las sombras.

Sus ojos escudriñaron las partes del cuerpo de ella que quedaban al descubierto: el rostro achatado que las gélidas ráfagas de viento habían enrojecido, el delicado cuello cuyo esplendor chocaba siempre cruelmente en aquel cuerpo chaparro, como la simiente de una belleza que con unas circunstancias de vida distintas hubiera podido germinar.

Su soledad era absoluta, eso saltaba a la vista. Estaba seguro de que excepto por lo que tocaba al tema de las compras del día a día, la señora Stein apenas había hablado con nadie durante los últimos años.

Un coche se detuvo junto a ella. Había dos hombres sentados en los asientos delanteros. Ella no los miró, pero cada movimiento de su cuerpo revelaba que era consciente de la presencia de ellos.

Con un gesto distraído se apartó un rizo gris de la frente mientras seguía avanzando despacio hasta el otro lado de la valla.

Thomas siguió el coche con la mirada hasta que este desapareció entre los demás vehículos de la calle. Al cabo de un instante, la señora Stein volvió a asomar y a él le pareció que había advertido su presencia en la ventana.

¡Cuánto había lamentado su madre que la señora Stein tuviera que irse! Porque la señora Stein era un miembro más de la casa y llenaba los espacios vacíos, como el de la hermana que su madre nunca tuvo, por ejemplo, hasta que se vieron forzados a resignarse a que su madre no tuviera hermana y la despidieron.

Y es que cuando la renta anual que su madre había heredado se vio mermada por la inflación, y su supervivencia empezó a correr verdadero peligro, llegaron a la conclusión de que los lazos de sangre son los lazos de sangre, y con esa convicción se puso fin a todo el asunto.

Se oyó el golpear de unos nudillos en la puerta.

–Hola, Frau Stein —dijo Thomas.

Ella hizo una inclinación de cabeza y la gravedad de su mirada lo forzó a echarse a un lado. Por un instante los ojos de ambos se encontraron: los años no habían aplacado la animosidad que había.

Por un momento se sintió complacido ante el oprobio por el que ella estaba pasando, el que aparecía en la prensa, en las leyes, en los carteles de las calles. De cerca también pudo apreciar su huella: en el rostro de la señora Stein se agitaba una torturada urgencia.

El espíritu, lo mismo que el encorvado cuerpo, estaba a la espera del siguiente golpe. Como quien conoce la casa hasta el último rincón, se apresuró por el oscuro pasillo hasta desaparecer en el dormitorio de su señora.

El se quedó paralizado un instante junto a la puerta de entrada y después corrió tras ella. Aquella mujer tramaba algo, eso era seguro.

Cuando consiguió alcanzarla, a ella ya le había dado tiempo a colgar el abrigo en el armario y a sentarse junto a la cama de su madre.

Los ojos de esta no mostraron asombro alguno cuando la mujer, a la que levaba más de ocho anos sin ver, se inclinó sobre ella y le preguntó si necesitaba algo. Su madre dijo que no.

La señora Stein le preguntó si la estaban cuidando bien y la madre de él  respondió con un sí tan débil que, en realidad, significaba no.

La señora Stein, entonces, le tomó la mano y empezó a susurrar una y otra vez su nombre:  Marlene.

Marlene.Thomas se imaginó a la señora Stein atravesando todo Berlín para ir a visitar a su señora en su ocaso, mientras ahora le explicaba con voz jadeante a su madre:

—Esta mañana me he  encontrado por casualidad a Herr Stukart. Ha vuelto la cara hacia otro lado como si no me hubiera visto. Y yo me he dicho, no pasa nada, ya estoy acostumbrada a ver cómo mis viejos conocidos me saludan con la cabeza y se alejan enseguida, cuando no aparentan no haberme visto. Yo siempre los saludo para mis adentros. Pero Herr Stukart se ha comportado de una manera algo extraña.

Por eso me he parado junto a él y le he preguntado: ¿Señor, hay algo que quiera decirme? No he pronunciado su nombre, porque así siempre podrá decir que no me conoce.

Entonces ha bajado los ojos y me ha susurrado: Frau Heiselberg está muy enferma. Su madre le ha susurrado algo, pero no ha llegado a los oídos de Thomas, que permanece allí de pie junto a la puerta, y la señora Stein ha asentido comprensiva.

La crítica ha dicho

‘Las buenas personas’ está escrita con gran talento, ímpetu e ingenio. En su núcleo late una curiosidad inmensa que es, ante todo, una curiosidad moral. Este libro amplía las fronteras de la literatura joven y abre nuevos horizontes. Thomas y Aleksandra son personajes complejos, con sus contradicciones y su gran profundidad. El trabajo de investigación ha sido arduo y la novela seduce enormemente”.

Amos Oz

El autor

Nir Baram nació en Jerusalén en 1976 en una familia de conocidos políticos. En 2010 ganó el Prime Minister Award de literatura hebrea gracias a ‘Las buenas personas’, la primera novela israelí sobre la Segunda Guerra Mundial, cuyos derechos han sido vendidos a catorce idiomas y cuya publicación supuso un acontecimiento literario en toda Europa.

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