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Latitud 04 de Octubre de 2015

Nereo. Saber ver

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José Antonio Carbonell

Introducción del libro que recopila la obra del fotógrafo Nereo López, un volumen que contiene material inédito del cartagenero y que será lanzado el próximo 7 de octubre, en Cartagena.

En marzo de 1971, en una entrevista concedida a El Tiempo, Nereo decía que trataba de «aportar un poco de técnica y buen gusto a la fotografía. No solo me interesa el documento sino la asociación de la parte artística y el mensaje». Esta frase revela la necesidad que el fotógrafo sentía por ir más allá del encasillamiento con que rutinariamente se le conocía en el país, es decir, como un gran reportero gráfico, como el notable documentalista que había dejado un registro muy poderoso de la vida cotidiana de centenares de personas y trabajadores humildes de muchos rincones del país. Sin embargo, y como lo había señalado la crítica de arte Marta Traba unos años atrás, Nereo imponía un estilo, una clara ambición estética que iba más allá del valor testimonial de sus registros. Y el fotógrafo parecía luchar para que se pudiera ver también esa intención plástica que lo acompañó desde el principio, para que se ensanchara la óptica con que el público y parte de la crítica habían considerado su trabajo.

La vida profesional de Nereo puede clasificarse de forma un poco tosca, en dos grandes períodos, precedidos por uno, breve, de introducción y aprendizaje mientras vivía, a finales de los años cuarenta en Barrancabermeja, el puerto petrolero del río Magdalena, y mientras se afianzaba como profesional de la fotografía en Barranquilla. El primer ciclo se prolongaría desde los años de 1953-54, cuando comienza a publicar sus primeros reportajes gráficos en Cromos y posteriormente en O Cruzeiro Internacional, hasta principios de los años setenta, cuando finaliza su vinculación a estas revistas. En esta etapa gozó de una gran libertad creativa para proponer temas y estilos que le eran aceptados con facilidad. Pero este periplo es paralelo al auge y decadencia del fotorreportaje en el país auspiciado por los principales medios impresos. La llegada y expansión de la televisión y otros sistemas audiovisuales fueron arrinconando y llevando a su práctica extinción al género de la reportería gráfica. Nereo acusó duramente el cambio y trató de sustituirlo con una enérgica participación en el mundo editorial. La actividad desplegada allí estaba también marcada por los encargos específicos para libros y fascículos, por lo que su propio interés se veía muchas veces limitado y dirigido. El segundo período se corresponde con una serie de viajes al exterior tanto a Latinoamérica como a Europa que, comenzando a mediados de los años sesenta, se extiende hasta el presente. Está marcado por el hecho de que el profuso registro fotográfico de esos itinerarios fuera hecho por el puro gusto y sin que mediara ningún compromiso de publicación. También por el placer y osadía de experimentar, probar y pulir un estilo más intimista y una estética personal. En ese tiempo y, especialmente desde los años ochenta, el fotógrafo tuvo que hacer el necesario tránsito tecnológico, primero al color en negativo y transparencias de 35 mm y, luego, a los formatos digitales. Se sabe que hoy, a sus 94 años, sigue en pie de lucha, si bien al ritmo pausado que la edad le impone, pero con su cámara al hombro, en las calles y el subterráneo de la ciudad de Nueva York, donde vive actualmente, profundizando en algunos proyectos en los que se encuentra implicado. Como es lógico suponer, la mayor parte del trabajo de estos últimos treinta y cinco años se encuentra inédito, pues solo se han divulgado algunas imágenes en exposiciones, a públicos restringidos.

Uno de los objetivos de este libro consiste pues en buscar que se amplíe la consideración con que se mira el trabajo de Nereo casi exclusivamente vinculado al campo reporteril, al documento directo y utilitario, y al blanco y negro. Sin abandonar el interés por la condición humana, por la fuerte presencia de la gente, por quienes trabajan duro, a veces mostrado en formas de esclavitud e indignidad, pero también por el esparcimiento colectivo, el jolgorio y la ternura, su obra se halla impregnada de altísimos valores artísticos que fue adquiriendo y refinando a pulso hasta consolidarlo como su propio lenguaje, su marca personal que hoy permite identificarla casi a primera vista. A él se le atribuye ser uno de los cultores del “instante decisivo” cartierbressoniano, pues muchas de sus tomas han congelado maravillosos momentos o gestos irrepetibles, pero la verdad es que para Nereo la fotografía, aun en los momentos más dinámicos y automáticos del oficio, es un ejercicio que implica una conciencia reflexiva y estética previa. «Lo esencial en una foto para ilustrar una noticia es imaginársela antes de disparar», decía. Esto habla de una actitud de permanente vigilia, estudio y depuración.


De Maremágnum Editorial, este es un texto de 350 páginas, con 400 fotografías de Nereo, de las cuales un 60% es inédito.  

Aunque Nereo fue un autodidacta contumaz, como la mayoría de fotógrafos de su generación, no dejó por ello de mantener un animado diálogo con artistas e intelectuales contemporáneos. Mantuvo una gran amistad con Leo Matiz y otros fotógrafos colombianos, así como tuvo mucha cercanía con el pintor Alejandro Obregón y los contertulios del bar La Cueva, de Barranquilla, y con escritores que fueron su contraparte literaria de los reportajes o libros que hizo, como Manuel Zapata Olivella, Gonzalo Arango, Germán Vargas, Germán Arciniegas, Eduardo Mendoza Varela y Jaime Paredes Pardo, entre muchos otros. Fue también muy inquieto en buscar información sobre las corrientes y movimientos estéticos prominentes de mediados del siglo XX, tanto del fotoperiodismo mundial que se divulgaba en las grandes revistas como Life, Paris Match o Stern, como de la misma actividad de la fotografía documental en Occidente, que lo marcaron y produjeron influencias decisivas en su estilo y personalidad fotográfica. Llegó a poseer también una biblioteca especializada en fotografía de más de mil volúmenes. Por su contacto temprano con el cine como seleccionador de las películas que se iban a exhibir en los teatros de Barranquilla y Barrancabermeja pudo conocer y admirar el trabajo del gran fotógrafo de cine mexicano Gabriel Figueroa, en cuyos filmes, y más allá de las historias melodramáticas y folcloristas que narraban, pudo reconocer una rigurosa y expresiva estética de fotografía e iluminación y una técnica refinada que trataría de emular. Resaltamos aquí ese aspecto de las conexiones que suscita su obra, que fue prontamente reconocida como portadora de valores artísticos por parte de la crítica y los medios, pero también profundamente asociada a un ambiente cultural y a una época. Quizás por estar provisto de ello, de su poderosa intuición y del constante ejercicio de la actividad fotográfica pudo llegar a afirmar con convicción despojada de toda falsa modestia que había logrado «aprender a ver», a «saber ver». Que era capaz de encontrar la toma, el ángulo, el contenido justo y revelador, ahí donde los demás no veían sino lo rutinario y corriente.

Sin dejar de lado muchos de los íconos de su trabajo, imágenes archiconocidas que hoy hacen parte del patrimonio visual y documental de los colombianos, y que consideramos necesario reiterar, este libro intenta mostrar una porción de su trabajo que se halla más allá de lo que es su catálogo publicado. Nos referimos a fotos que se salen del rango con lo que actualmente se lo define, y que muestra facetas, posiciones y ensayos poco divulgados, pero que la falta de espacio o el ojo inmediatista del editor periodístico posponía o relegaba sin remedio. O simplemente un trabajo que se hizo con fines estrictamente personales, de búsqueda y de afinación visual.

La obra de Nereo es imposible de comprender sin el desplazamiento, la travesía, ya que es una especie de viaje perpetuo. Tampoco sin su contacto con gentes de todo tipo, famosas o humildes de muchas latitudes, a quienes fue reconociendo con su curiosidad genuina, afecto y sentido humano. Desde el comienzo salió a la búsqueda de sus temas, a veces haciendo largos y azarosos recorridos. Nunca esperó que los sucesos ocurrieran a su alrededor sino que fue a su encuentro, como lo obligaba el severo canon del periodismo gráfico. Y el de la fotografía callejera del que se hizo un depurado y cosmopolita artífice. Reportó al país y sus gentes desde todos sus rincones; desde los alejados cayos caribeños de San Andrés hasta el Amazonas, las zonas andinas, el Pacífico, los Llanos, La Guajira en la que se adentró varias veces, y las principales ciudades. Del exterior hizo recorridos amplios por México, Centroamérica y Suramérica, especialmente Brasil, cuando era uno de los fotógrafos predilectos de los editores de O Cruzeiro y fue invitado a cubrir varios temas en ese país. Anduvo por España en varias ocasiones, por Rusia y los países de Europa Oriental que a finales de los años sesenta vivían momentos cruciales y graves conflictos políticos. El registro de esos trayectos es en gran parte desconocido pues, como se mencionó, los hizo sin presiones ni encargos, por lo que muchas imágenes de esas rutas se publican por vez primera en este libro. Esto hace que además de un criterio cronológico que marca las grandes fases de su vida se utilice también para presentar en su obra una descripción geográfica, ya que la vinculación de Nereo con ciertas zonas e itinerarios no puede dejarse de lado.

En 1998, Nereo entregó en custodia a la Biblioteca Nacional de Colombia su archivo de fotos en blanco y negro. Son alrededor de cien mil negativos que la Biblioteca ha venido conservando y digitalizando cuidadosamente –actualmente ya lo ha hecho con cerca de la mitad del enorme conjunto– para poner al servicio de investigadores e interesados en su producción, y a cuyo equipo de trabajo agradecemos la enorme colaboración prestada para esta edición. En su apartamento de Harlem conserva un ingente archivo de lo que podría denominarse su selección personal. Son las fotos que escogió con tacto y sensibilidad como más significativos y que despacha cada que le solicitan colaboración para libros o exposiciones. Es un número indeterminado pero muy vasto de imágenes que se suman a las miles de fotografías en color, transparencias y digitales de sus últimos quince años que guarda también allí. Buena parte de ese material fue revisado durante meses para esta publicación. La pretensión ha sido enriquecer un poco la perspectiva que se tiene de su trabajo, eliminar algunos clichés que la estrechan y dejar que surjan otros matices no tan divulgados de su creación. Sin embargo, se requerirán muchas otras publicaciones, exposiciones e investigaciones juiciosas y especializadas para dar con la base del iceberg formidable que contiene su trabajo incesante de casi siete décadas. Este es, por tanto, un discreto intento editorial para compartir en algo la mirada inquieta, franca, infatigable –atlética casi podríamos decir– de un observador penetrante de vida humana intensa y emotiva. De su lente surge un alto testimonio que proyecta sesenta años de historias públicas y privadas de infinidad de personas y espacios vivos, que hizo visibles con calidez e inspiración.

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