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Latitud 30 de Octubre de 2016

Nelson Pinedo, de Barranquilla a La Habana

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Foto: Archivo particular

Nelson Pinedo frente al micrófono de Radio Progreso, en La Habana.

Jairo Solano Alonso

La vida del Almirante del Ritmo es además un recuento de la ‘belle époque’ de la música caribeña que permite explicar la relación entre las sonoridades cubanas y las del Caribe colombiano. Crónica de una época.

La trascendencia del cantante barranquillero Nelson Pinedo reside en el hecho de que logró incursionar exitosamente en el exigente medio musical cubano de los años 50, en la fase cenital de la Sonora Matancera, agrupación fundada en 1924 por el legendario Valentín Can y que para la época se daba el lujo de acompañar con su formato de trompetas, piano y percusión a las más rutilantes estrellas del firmamento musical desde que sus directores decidieron brindar su marco instrumental a las voces más representativas de Cuba y Latinoamérica.
 
Cuando Nelson recaló en La Habana, no es que en Cuba no descollaran agrupaciones y cantantes de gran renombre y en el apogeo de su gloria musical. Mencionemos, entre otras, la Orquesta Riverside, con el legendario Tito Gómez; el Conjunto Casino, con Roberto Faz; el de Arsenio Rodríguez, el Ciego Maravilloso, quien con la magia de su tres inventó el tumbao moderno del son. Aún en los 50 se mantenía el prestigio de la orquesta Casino de La Playa, que contribuyó con gran originalidad a la ‘cubanización’ de la jazz band norteamericana y exhibía desde fines de los años 30 el vigor vocal de Miguelito Valdez y el virtuosismo de Anselmo Sacasas, la Orquesta de Bebo Valdez, y la Banda Gigante del gran sonero Benny Moré, en 1953, entre otras.
 
El reto que le esperaba a Nelson era inmenso. En aquel entonces se presentaba una fructífera confluencia de la música cubana y la norteamericana a través del jazz y el swing que se tradujo en resonancias compartidas que se expresaron en el movimiento del feeling, que desde los años 40 había impregnado al bolero y al danzón con una forma distinta de decir las canciones. La radio cubana y el cine norteamericano y mexicano influían en Latinoamérica incorporando a sus películas a intérpretes que la pantalla convirtió en ídolos.
 
Cuando a sus 25 años Nelson Pinedo arriba a La Habana encuentra un repertorio musical nutrido que constituía el espíritu de una época creativa que adelantaba una generación de músicos en todas las esquinas del Caribe de México, Venezuela y Colombia. De ahí los fructíferos intercambios que en su momento entendieron cabalmente los líderes del espectáculo en la Isla.  
 
El cantante barranquillero, sin embargo, tuvo la lucidez de llevar una propuesta nueva, fresca, que revolucionaría, en su momento, el competido proscenio musical cubano: los ritmos del Caribe colombiano, el porro y los aires narrativos de la provincia del Magdalena en sus versiones orquestales, que ya eran conocidos después de la presencia de Lucho Bermúdez en la Isla. Nelson logró que los arreglistas de la Sonora hicieran una fusión afortunada y exitosa que convirtió a los números colombianos en éxitos de gran factura. Los vasos comunicantes de la vida social y cultural en América Latina que actúan en relación con los intercambios económicos hicieron posible la interacción entre la música de las vivaces islas del Caribe y Colombia.  
 
La Sonora con parte de su nómina de ‘pesos pesados’: Leo Marini, Roberto Torres, Yayo El Indio, Rogelio Martínez, Nelson Pinedo y Alberto Beltrán.
 
Por otra parte, la Barranquilla de donde procedía Nelson era hacia los años 30 y 40 una ciudad floreciente en industria y comercio, que contaba con un público conocedor de los ritmos continentales, y que por la radio y el cine había incorporado en su imaginario ídolos del cine y la canción.
 
La Puerta de Oro de Colombia recibía con esplendidez y generosidad a los artistas que la visitaban, lo que impulsaba a algunos barranquilleros talentosos como Nelson Pinedo a soñar con emular a sus visitantes prestigiosos. Era tal el derroche del imaginario que para algunos representaba la única salida para eludir la impronta de la pobreza.  
 
Ya desde entonces en sus vitrolas los barranquilleros contaban con la oferta musical  de los ritmos norteamericanos señalados, pero además disfrutaban tangos argentinos, rancheras y huapangos mexicanos, plenas puertorriqueñas y merengues dominicanos que empezaron a desplazar a los andinos bambucos y pasillos colombianos. La música de la Costa empezaba a desplazarse de la calle a los grandes salones de baile, lo que indujo a algunos compositores como José María Camacho y Cano a llevarlas al acetato, hacia 1928.
 
Desde la segunda mitad de los años 20 la música cubana influyó decisivamente en Barranquilla, gracias a la avanzada radiodifusión cubana que permitía que se escucharan en decenas de receptores locales los programas que se emitían en las emisoras cubanas CMQ, Radio Progreso y Cadena Azul. El 8 de diciembre de 1929 se fundó la primera emisora radial colombiana La Voz de Barranquilla, gracias a Elías Pellet Buitrago, y para esos días los importadores de discos de RCA, Ezequiel Rosado y Emigdio Velasco, introducen acetatos de boleros, guarachas y sones cubanos.
 
Hay que recordar que la vida y triunfos de las estrellas del firmamento artístico de Cuba se conocían en la ciudad por la difusión de sus actuaciones en las páginas de las revistas Carteles y Bohemia, que desde comienzos del siglo XX daban cuenta del movimiento de la cultura y el espectáculo en la Isla, que siempre fue cercana sociológica y lingüísticamente a los habitantes del Caribe colombiano, que escuchaban cotidianamente una música que los barranquilleros y cartageneros hicieron suya y vinculándola a su vida, a sus fiestas y a su baile. 
 
Desde antes de los años 30 se conocía en Barranquilla la música cubana. Con especial delectación se escuchaba al Trío Matamoros de Ciro, Cueto y Miguel, pero también al Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, el Cuarteto Mayarí y otros grupos cubanos. Los Matamoros visitaron la ciudad en 1934 y se anclaron en el alma colectiva de los barranquilleros de entonces. 
 
No obstante, todos los entendidos coinciden en señalar que el hito de la música cubana de la década del 30 fue la presencia en nuestra ciudad de la orquesta Casino de la Playa, entre el 19 y el 26 de agosto de 1939, ofreciendo espectáculos diarios en la ciudad. La orquesta debutó en el teatro Rex, bello escenario que exhibía su arquitectura tipo art déco, y continuó sus presentaciones en las Quintas, San Roque, Caldas y el Club Barranquilla. 
 
El Pollo barranquillero posa con la célebre bailarina Yolanda Montes, Tongolele.
 
Como puede verse, Barranquilla acogía con fervor a las orquestas cubanas, y el pueblo las hacía suyas en las festividades de carnaval y en los numerosos teatros que poseía, por eso era explicable que en los años 40 la ciudad acogiese al Trío Oriental, al Cuarteto Marcano, los Jóvenes del Cayo y la orquesta del catalán Xavier Cugat, que se presentó en el teatro Apolo.
 
Ya en los años 50 el prestigio de la Sonora Matancera era total. Coincidiendo con el debut de Nelson Pinedo en La Habana, visita la ciudad en mayo de 1953 otro de sus ídolos, el cantante puertorriqueño que triunfaba en Cuba y en el Continente: el Inquieto Anacobero, Daniel Santos, quien se presentó en la ciudad en escenarios populares, el 30 de mayo y el 4 de junio de 1953, contratado por Roberto Esper. Daniel representaba el rito caribeño de la guayabera, los zapatos de dos tonos y el sombrero de tartarita, que tenía mucho que ver con Cuba y sus cantantes.
 
Era indudable que lo que sucedía en los años 50 cuando Nelson Pinedo se desplazó a La Habana es la culminación de un proceso que se había iniciado desde finales de los años 20 cuando Barranquilla hace suya la música caribeña representada por Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico.
 
Hacia finales de los años 20 ya Barranquilla había ingresado al elenco de las jazz band. Competían entonces en la ciudad la Jazz Band Barranquilla (1927); la orquesta Nuevo Horizonte, de Francisco Tomás Rodríguez (1929); la Orquesta Sosa (1934) y la orquesta de la recién inaugurada Voz de Barranquilla, HKD; la orquesta de Julio Lastra, de La Voz de la Patria. Así mismo se conocieron la Orquesta Pájaro Azul y Emisora Atlántico Jazz Band (1946), inicialmente dirigida por el italiano Guido Perla y después por el joven trompetista y gran orquestador Pacho Galán. 
 
Todos estos antecedentes confluyeron para que el joven Nelson Pinedo tuviese un background adecuado para intervenir con éxito en las grandes tarimas internacionales y así superar sus condiciones existenciales en Colombia. Con la decisión y seguridad que lo caracterizaron siempre, se enfrentó a un medio musical de alta competencia en el que descollaban figuras de la talla del boricua Daniel Santos, Bienvenido Granda, Miguelito Valdés, Celia Cruz, Mirta Silva, Leo Marini, Bobby Capó y Vicentico Valdés, logrando el triunfo apetecido.
 
Aviso publicado en el diario ‘La Prensa’, que anuncia la primera presentación de Nelson Pinedo con la Sonora Matancera, en Barranquilla. Fue el martes 17 de mayo de 1956, en los teatros La Bamba, Las Delicias y Bolivia.
 
ENTRE EL MAR Y LA MONTAÑA
Por singular paradoja, o coincidencia afortunada, tanto Colombia como Cuba vivían sumergidos en coyunturas comunes de prosperidad y miseria social en las cuales la vida artística representaba una salida para los jóvenes de extracción popular que veían en la fama la única posibilidad de ascenso social que en condiciones normales no podían lograr.
 
Barranquilla, ciudad en la que creció Nelson en los años 40, sin alcanzar la dimensión de La Habana, era aun la altiva urbe que desde las primeras décadas del siglo XX se erigió airosa como la cuna de la modernidad en Colombia y donde despuntó la industria y el comercio originando una belle époque en la que floreció el arte moderno y se universalizó la cultura colombiana aún atada al estrecho horizonte tradicionalista y cerrado de las montañas andinas. En Bogotá, la capital que se preciaba de ser la Atenas Latinoamericana, prevalecían bucólicas tonadas de pasillos y bambucos con total desprecio de las resonancias musicales caribeñas.
 
Para su fortuna, Nelson tenía unos antecedentes adquiridos en una urbe abierta al mundo como Barranquilla y muy cercana, desde la colonia, a las indelebles influencias cubanas. Su ciudad, altiva y progresista, se consideraba aún el primer puerto aéreo, marítimo y fluvial de Colombia y la introductora de pautas de modernidad al interior del país. A tono con esa ciudad abierta al mundo, Pinedo se preparó recibiendo clases de inglés por correspondencia y adquirió una dicción neutra, excepcional en español y en inglés, que lo habilitó para insertarse con fortuna tanto en la canción romántica tradicional hispanoamericana como en los aires norteamericanos en los que el jazz y el swing marcaban la pauta.
 
Por eso Nelson Pinedo, después de ser reconocido en su entorno, decidió brindar su voz a la capital del país a principios de los años 50. Para esa primera aventura recibió el apoyo decidido de Antonio María Peñaloza, y de su mano desfiló con buen suceso por los principales centros nocturnos santafereños. Al fin y al cabo la ciudad que acababa de salir del Bogotazo de 1948 necesitaba un bálsamo que serenara los espíritus luego de ser arrasada por la gigantesca revuelta popular provocada por el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, originando el periodo histórico conocido como la Violencia, y ese lenitivo lo constituyeron la música y el baile.
 
Mientras tanto, Bogotá exhibía una floreciente economía y su poder político era reforzado por el centralismo político y administrativo; a la usanza de México y La Habana, la capital del país configuró una vida nocturna que atrajo músicos de todo el país. No obstante, Barranquilla prosiguió su marcha musical con una gran reserva cultural y en las décadas del 50, 60 y 70 mantuvo su imaginario de urbe moderna y continuó siendo un baluarte para todas las expresiones artísticas, en gran medida reforzadas por la inextinguible fortaleza de su carnaval. 
 

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