EL HERALDO SUSCRÍBETESuscríbete a EL HERALDO
El id es:node/136981
Latitud 21 de Febrero de 2016

Los Wiwas y el español como ‘puente’ de comunicación

El usuario es:
Foto: Andrés Granadillo

Esta comunidad indígena, asentada en la Sierra Nevada de Santa Marta, encuentra en la apropiación de la lengua castellana una alternativa para compartir sus usos y costumbres ancestrales.

Éel María Angulo
Compartir:

Los niños wiwa de la vereda El Encanto, en la Sierra Nevada de Santa Marta, se comunican a dos voces. Intercalan palabras en español y en damana, su lengua nativa. Prefieren los taburetes a los pupitres. Van a la escuela sin uniforme. No cargan maletín ni lonchera, solo mochilas. Respetan sus costumbres y encuentran en el español un ‘puente’ de comunicación para compartirlas.

Son más de 300. Se reúnen de lunes a viernes para recibir clases en castellano, lo hacen frente a los paisajes de la zona montañosa litoral más alta del mundo. Viven en malokas a 5.000 metros de altura dentro del bosque tropical.

Su lengua materna, también conocida como la sanká o dimina, pertenece a la familia lingüística chibcha y es apenas una de las 65 habladas por las 87 etnias que habitan en Colombia. Hoy, 21 de febrero, no celebrarán el Día Nacional de las Lenguas Nativas, no es necesario, lo conmemoran a diario con la salvaguarda de la oralidad que los representa.

En este grupo la interpretación del origen de la vida está arraigado a una estrecha conexión con la naturaleza y los elementos que la conforman. Tierra, aire, agua y fuego se entrelazan en una visión de mundo que está basada en la existencia de una especie de vínculo espiritual con la «Madre Tierra». Un enlace ilusorio, descrito como un cordón umbilical no corpóreo, los une hasta la muerte con el territorio en el que nacen.

Cada detalle de esta cultura ancestral esconde un mítico y profundo significado. Desde el nombre de la etnia, que es el resultado de la conjugación de los vocablos “wi” y “wa”, que en español equivalen a los términos “cálido” y “conocimiento espiritual”, hasta las leyendas que orientan la explicación de la existencia y la apropiación del chamanismo como manifestación religiosa.

Todas sus historias las transmiten a través de la oralidad, pues el damana no responde a un patrón de escritura asociado al alfabeto convencional, ni tampoco cuentan con una grafía nativa.

Son conscientes de su riqueza. Se sienten libres. Se pasean descalzos por senderos plagados de bejucos y arroyos que bajan desde los cerros hasta la cuenca del río Guachaca. Estudian en la única institución etno- educativa de El Encanto, la Zalemakú Sertuga.

Los títulos escolares no les roban el sueño. Asumen la educación como un proceso complementario, como un vehículo para que los demás pueblos los entiendan, para proteger sus derechos y preservar el legado de sus tribus.

Hacen parte del programa para grupos étnicos del Ministerio de Educación Nacional, que consiste en la enseñanza del español en los resguardos con lenguas indígenas, como el wiwa, reglamentado por la Ley General de Educación de 1994.

Son bilingües, como más del cincuenta por ciento de los cerca de 14.000 wiwas que, de acuerdo con el Programa de Protección a la Diversidad Etnolingüística del Ministerio de Cultura, están asentados en los distintos pueblos ubicados a lo largo de los 4.000 metros de Sierra que atraviesan los departamentos del Magdalena, La Guajira y el Cesar. Uno de ellos es José Miguel Alberto Simungama, quien dice que hay indígenas que aman el español, porque les facilita el intercambio de saberes.

En esta vereda, que queda a cuatro horas de Kemakumake, la población en la que murieron 11 wiwas a causa de la caída de un rayo en una maloka ceremonial, en octubre de 2014, las únicas estructuras con paredes de ladrillo y techo de zinc son las de los salones del colegio. Son amarillos y afuera tienen pintado el escudo escolar en el que aparece una casa en el aire, encima de las montañas y a un lado del sol.

En esa casa en el aire no vive Ada Luz, como en la historia del compositor vallenato Rafael Escalona, pero sí hay un “letrero bien grande” con nubes blancas. Simungama cuenta que es un símbolo que representa el hogar de los wiwas muertos y que sus espíritus viven junto al astro que ilumina la Sierra.

El fallecido José Gil fue quien fundó el colegio, que el 28 de noviembre de 2002 recibió la resolución de reconocimiento oficial número 901 por parte del Gobierno Nacional. No ven el español como una barrera, ahora es un vínculo, un cordón que los une al resto del país.

La escala de calificación académica es la misma que aplica para los estudiantes de cualquier colegio del país, de 1 a 10. En el único tablero mural de la escuela están colgados los cuadros de honor, en los que figuran los nombres de los mejores estudiantes de cada grado.

Hay un solo curso por grado, todos señalizados con letras de colores dentro de un enorme corral de madera pintada con barniz café. La jornada comienza a las siete de la mañana y termina al mediodía. Cuatro niños corren por la cancha, no tienen permitido hablar con desconocidos. Miran orgullosos el paredón con el listado, pero no confirman si se trata de ellos, solo sonríen.

El líder del único puesto de salud de El Encanto, que queda al lado del colegio, era José María Moscote Gil, una de las autoridades del resguardo que murieron en el siniestro, tras la caída del rayo al que llamaron Nikuma, por su fuerza y poder.

Se rigen por el calendario académico tipo A, sus clases son de febrero a junio y de julio a noviembre, y como la mayoría de los colegios públicos y privados tienen una semana de receso en octubre.

En la escuela hay una cancha y dos arcos de fútbol hechos con troncos. Los niños no tienen pelotas ni carritos. No les hacen falta. Disfrutan de la brisa, del inocente juego con las piedras y de corretear a las gallinas. Cada vez que cae un chaparrón salen a saltar entre los charcos y a recoger las gotas que se escurren por los techos de paja de las chozas en las que viven.

En la construcción de cada maloka de bahareque, caña y barro pueden tardar una semana, con un equipo de trabajo de más de 12 indígenas. La mayoría son tan amplias que tienen capacidad hasta para 50 personas.

Duermen en hamacas y reposan sobre troncos. Los adultos despiertan a las cuatro de la mañana. Las mujeres preparan el desayuno, que generalmente lleva algo de auyama, malanga o plátano.

Siembran todo lo que comen, crían gallinas y preparan sancochos. Cuando están listas las cosechas recogen un poco y la venden en Guachaca. Bajan la carga a pie y una que otra vez sobre el lomo de unos caballos.

En el colegio hay un perro y un gato. No pelean. El ambiente es tan tranquilo y el resguardo tan espacioso que cada uno tiene suficiente terreno para recorrer.

Los niños wiwa de la vereda El Encanto no necesitan colores para pintar el arcoíris, lo ven casi a diario, después de que las nubes dejan de llorar sobre sus cabezas derramando gotas frías que rompen la neblina.

Su lengua es una de las 20 que, según datos del Banco de la República, están en «peligro potencial». Temen que se extinga, como ocurrió con el kamkuamo, también en la Sierra Nevada. Los más pequeños se despiden diciendo «adiós». Aprendieron a hablar a dos voces, a comunicarse en español. 


Hay un solo curso por grado, todos señalizados con letras de colores dentro de un amplio corral de madera.


Los wiwas adultos también aprenden español. Según José Simungama, “porque les facilita el intercambio de saberes”.


En este entorno de la Sierra Nevada están asentados los wiwas de la vereda El Encanto. 

Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA