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Latitud 11 de Enero de 2015

‘Los Herejes de Oxford’, una guerra santa entre cristianos

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Foto: Shutterstock

Reseña sobre esta novela de intrigas, en donde los personajes buscan la gloria del martirio, del mismo modo que los musulmanes de ahora la buscan en cualquier parte del mundo.

Ramón Molinares Sarmiento*
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Luego de la destrucción de las Torres Gemelas de New York, con cerca de tres mil personas dentro de ellas, al premio Nobel José Saramago le resultó fácil sostener que los crímenes más horrendos han sido ejecutados en nombre de los dioses, seres imaginarios sedientos de sacrificios humanos tanto en la Grecia Antigua como entre los incas y aztecas precolombinos; en el caso particular de las torres, el crimen fue cometido en nombre de Alá, El Más Grande.

A los cristianos de nuestros días, cuyo modo de vida es totalmente opuesto a la Doctrina Cristiana, les parece difícil entender que individuos instruidos, bien educados, como se supone eran los pilotos que estrellaron sus aviones contra las torres, fueran capaces de llegar al suicidio, de entregar la vida en nombre de su religión; no pueden admitir que en la era de la televisión y los celulares haya naciones como Irak, Irán, Afganistán y Palestina, entre otras, dispuestas a declarar Guerra Santa para defender no solo sus creencias sino también su soberanía y sus gobiernos. 

Los pilotos suicidas, nacidos y criados en sociedades sagradas, en las que Dios sigue siendo el centro del universo, ansiaban el martirio en una guerra santa para luego vivir eternamente en el Paraíso, en donde, según los musulmanes, se habla en árabe, la lengua de El Corán, un libro es anterior a la Creación, que participa de la eternidad porque no es una invención de los hombres sino un atributo de Dios, como su cólera o su misericordia.

Incomprensible es para el cristiano de hoy el suicidio de los fieles al Islam, pero la lectura de las 455 páginas de Los Herejes de Oxford, novela de la inglesa S. J. Parris, –seudónimo de Stephanie Merritt–, nos recuerda que, como los que estrellaron los aviones contra las torres de New York, el mayor anhelo de los cristianos que combatían en la guerra santa librada entre papistas y protestantes, entre anglicanos y la Iglesia de Roma, a fines del siglo XVI, era el martirio: “ Mi padre me llevó a Londres para que presenciara la ejecución del jesuita Edmund Campion y sus compañeros, en diciembre de 1581. Los oí gritar en nombre de Dios mientras los verdugos sostenían en alto sus entrañas y después les extirpaban el corazón y lo arrojaban al fuego. No podía soportarlo, doctor Bruno, pero contemplé el rostro de mi padre y vi que estaba extasiado, como si aquel martirio, que sin duda hubiera querido para él, fuera el espectáculo más glorioso que había visto en su vida”.

En Los Herejes de Oxford, narrada en primera persona por Giordano Bruno, que más que un teólogo, un científico y un filósofo parece un James Bond, los dinámicos acontecimientos se desarrollan en el Lincoln College, en cuya atmósfera de Novela Gótica se cometen tres misteriosos crímenes en menos de una semana, desencadenados por la guerra santa entre papistas y antipapistas. Estos guerreros, cada uno por su lado, como si fueran musulmanes, consideran hereje a todo el que no participe de su fe: “Existe una verdad absoluta, y todo lo que quede fuera de ella es simplemente una herejía. Hay una iglesia verdadera… y también hay una blasfema abominación, fundada por un fornicador, gordo y tarado, que era incapaz de mantener el miembro en sus calzas, que en estos momentos está dirigida por una bastarda herética”. Quien hace esta afirmación no es un ayatolá, como podría pensar el lector de periódicos de hoy, sino un cristiano del siglo XVI. También podría pensar el lector que es un musulmán, no un padre jesuita, quien dice: “Matar a aquellos que se oponen a Dios no es un asesinato”. 

Tan deseosos estaban los católicos de entonces de convertirse en mártires que, como para complacerlos, el asesino de dos profesores y un estudiante del Lincoln College monta una escena después de cometer cada uno de los crímenes, en los que los muertos nos recuerdan el martirio de los primeros santos de la Iglesia Cristiana. Luego de matar al profesor James Coverdale, el asesino le dispara flechas en el pecho para que los seguidores de la Iglesia de Roma recuerden la muerte de San Sebastián. Con la muerte del estudiante Ned el asesino decide escenificar el martirio de San Román de Antioquía. Como a este estudiante, los verdugos de San Román lo mutilaron para que no siguiera difundiendo la palabra de Cristo, pero cuando le cortaron las mejillas, él les dio las gracias por abrirle más bocas con las que alabar a Dios. Estas refinadas escenas de barbarie convierten a los aspirantes al martirio en objeto de burlas; son bien distintas, por supuesto, de las montadas por los soldados norteamericanos, probablemente cristianos, que en la guerra “non sancta” de Afganistán orinan  sobre los cadáveres del enemigo musulmán.

Luego de ser excomulgado, de huir de la Inquisición de Italia, su país, y de establecerse por un tiempo en Francia, Bruno llega a Oxford, en donde cree que podría encontrar un libro perdido de Hermes Trimegisto, “que Ficino no quiso traducir porque no deseaba ser responsable de las consecuencias que ello pudiera acarrear a la cristiandad”. Quizá Ficino no hizo la traducción porque Trimegisto, que anunció el advenimiento del cristianismo, practicaba la magia, perseguida por la Inquisición. En la Hermética,  escritos de Trimegisto, se describe el arte de atrapar las almas de los demonios  en estatuas, con la ayuda de hierbas, piedras preciosas y aromas, de tal modo que la estatua pudiera hablar y profetizar. Bruno sospecha que Sofía, personaje que por amor  se pasa al bando católico, utiliza los hechizos de Trimegisto para conquistar a Gabriel Norris, un jesuita disfrazado de plebeyo rico, de tahúr y protestante, infiltrado en el Lincoln College. Dicen que este jesuita era tan soberbio, que tomó como seudónimo el nombre de un arcángel,


San Sebastián, lienzo 2.55 x 140 cms. Andrea Mantegna, 1980. Museo del Louvre, Paris.

En un debate celebrado en esta institución, Bruno defiende las ideas de Copérnico, que contradicen pasajes bíblicos como el que señala que el Sol se detuvo para favorecer a los israelitas; sostiene que el Sol es simplemente una estrella, que son múltiples los sistemas solares y que el universo es infinito, lo cual escandaliza tanto a los católicos como a los protestantes ingleses.

Los herejes de Oxford es una vertiginosa novela de intrigas, de espías, de misterios que uno tras otro va esclareciendo el narrador; de jesuitas franceses, italianos y españoles que llegan a Inglaterra en busca de la gloria del martirio, del mismo modo que los musulmanes de ahora la buscan en Estados Unidos o en cualquier otra parte del mundo; novela en la que todos los ingleses y extranjeros de paso son sospechosos de estar colaborando con el Papa. Esta situación, que parece haberse repetido en el Gobierno anterior de Colombia, en la que cualquier ciudadano era sospechoso de estar colaborando con la guerrilla, prueba que lo que se da una vez entre los hombres, se repite después hasta lo infinito en cualquier parte.

El refinamiento del espionaje  adelantado por protestantes y católicos en la obra, nos hace pensar en el practicado por rusos y norteamericano durante la Guerra Fría e incluso en el ejercido por farianos y paramilitares colombianos que laboran en las oficinas públicas, como sucedió en las del DAS, disfrazados de gente decente. 

Las ideologías, tanto religiosas como políticas, llevan a los hombres a ejecutar los mismos actos de barbarie. No es en una dictadura del proletariado, como la de Stalin, ni en una de derecha, como la de Pinochet o la de Videla, sino en el seno de la discordia entre papistas y antipapas, en la que se habla de atrocidades que sugieren que el mundo, las ideologías, no hacen más que dar vueltas en redondo: “Aquella gente, en la que yo me encontraba, creía sinceramente que se hallaba en presencia de un sagrado misterio, y me dije que lo creían con una pureza de fe que un hombre como Walsingham nunca llegaría a entender”. Tampoco el lector de periódicos de Colombia puede entender la pureza de fe del guerrillero Alfonso Cano,  un bogotano enceguecido por una ideología que ya está distante de las causas que le dieron origen; un hombre de clase media alta que unas veces comió carne sin sal como cualquier primitivo, y otras se alimentó con raíces de la selva amazónica; un combatiente que anhelaba el martirio, como si estuviera en una guerra santa; en fin, un suicida que lo dio todo en defensa de su religión, entendida ésta como la consagración a una actividad que no se guía por la razón, que es lo que les está ocurriendo a los dirigentes de las Farc.

Modificar la escena del crimen es una de las formas que con frecuencia vuelve, de manera que no me parece descabellado preguntarnos: ¿montaron una escena los que mataron al casi ciego Alfonso Cano, como lo hizo el asesino de Oxford con los mártires del cristianismo? Es muy probable que sí, pero no lo convirtieron en un Mártir de la Revolución, como hicieron  del Che Guevara los bolivianos, porque las Farc no encarnan la fe colectiva que demanda el martirio, tan fervorosa ella en los años sesentas del siglo pasado.

Insensato nos parece el suicidio de los combatientes de las Farc; no así el de los musulmanes, que viven en una cerrada sociedad sagrada, son consecuentes con sus creencias y luchan, no contra ideologías, no contra compatriotas, sino contra poderoso ejércitos extranjeros movidos por la codicia del petróleo y la simple voluntad de dominio, que no les dejan alternativa distinta a la del suicidio.

A pesar de la ceguera de la guerra santa entre cristianos, hay en Los Herejes de Oxford tiempo para la reflexión: “Según parece, incluso mi padre busca ceñirse la corona del martirio. ¿Qué clase de religión es esa que hace que un hombre prefiera la muerte a la vida, doctor Bruno?- se pregunta el  asesino del Lincoln College.

S.J. Parris describe con lucidez y erudición un episodio oscuro del cristianismo, pero no podemos olvidar que en sus albores, las enseñanzas de esta doctrina, como la que declara “ama a tu prójimo como a ti mismo”, detuvieron la barbarie de los césares que divertían al pueblo haciendo que los gladiadores se mataran en los circos de Roma.

Los actos de barbarie del cristianismo son cosas del pasado. Occidente ha progresado en su relación con las ideologías religiosas, de las que se distancia cada día más. Es curioso, ahora, cuando la incredulidad ha crecido entre los europeos, son menos las guerras entre ellos.

Con razón dice Saramago que cuando los hombres dejen de creer en los dioses comenzaran a amarse más entre si.

*Escritor tomasino. Autor de novelas como: Un hombre destinado a mentir y Exiliados en Lille.

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