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Latitud 19 de Octubre de 2014

Los extraterrestres del ébola

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Alba Pérez del Río
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Agosto de 1976. El profesor Mabalo Lokela, director de la Mission School en Yambuku, recorre junto con otros seis amigos la región cercana de Mobaye-Bongo, al noroeste del entonces Zaire, hoy República Democrática del Congo. De vuelta a Yambuku, el profesor se detiene y en un puesto de carretera compra carne ahumada de antílope y de mono. Al llegar a su casa, consume la de antílope, según algunas versiones, y no la de mono.

Días más tarde, el profesor Lokela se presenta al hospital de la misión belga de las hermanas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Gravenwezel, en Yambuku. Tiene fiebre y no se encuentra bien. El profesor es tratado como si tuviese paludismo y le inyectan cloroquina. La fiebre remite. Sin embargo, el 1 de septiembre el paciente vuelve a tener fiebre, esta vez de 39,2 grados centígrados, acompañada de vómitos, diarrea, erupciones cutáneas y dolores musculares, abdominales y de garganta. Además, su cuerpo sangra por todas partes. El profesor de 44 años es hospitalizado. El 8 de septiembre, Mabalo Lokela muere.

El profesor es considerado el paciente cero, el punto de partida del virus del ébola.

En días posteriores a la muerte del maestro, en el hospital se presentan muchos pacientes con los síntomas del fallecido. Todos, previamente, han sido atendidos en las consultas externas del centro hospitalario porque necesitaban ser inyectados para recibir diversos tratamientos. Sin embargo, están regresando al hospital con la misma sintomatología que Mabalo Lokela. El personal sanitario se alerta. El número de afectados no deja de crecer. Entonces, se atan cabos: el malestar de esos enfermos tiene que haber salido del propio hospital. ¿Qué tienen en común esos pacientes? Todos han sido inyectados y presentan los mismos síntomas que el director de la Mission School de Yambuku. Así que el virus del fallecido profesor debe haberse transmitido a los demás a través las jeringuillas. En el hospital solo hay unas pocas y no han sido esterilizadas adecuadamente. Únicamente se limpian metiéndolas debajo de un chorro de agua caliente.

El profesor Mabalo Lokela fue inyectado con cloroquina bajo la creencia de que sufría paludismo. Pero ha muerto por algo muy distinto. Un virus extraño ha acabado con su vida muy rápidamente.

A los casos del hospital –contraídos por las agujas infectadas– se suceden muchos otros relacionados ya no con las inoculaciones, sino por el contacto directo con esos primeros contaminados. El virus, pues, no solo se propaga por medio de sangre infectada.

El 30 de septiembre muere una monja belga en Kinshasa, la capital del país. Ese mismo día el hospital de la Misión de las Hermanas del Sagrado Corazón, en Yambuku, es cerrado. Once de las diecisiete personas que conforman su personal sanitario han contraído el virus.

Sangre de la monja belga es enviada a tres laboratorios –americano, británico y belga– para ser examinada. Al hacerlo se dan cuenta de que la morfología del virus se parece a la del Marburg.

El 15 de octubre, otra de las enfermeras de la misión católica de Yambuku, Mayinga N´ Seka, muere a pesar de haber recibido suero obtenido de la sangre de una paciente que viene de sobrevivir al temido virus de Marburg.

Nueve días más tarde, la cifra de los contagiados son ya alarmantes: trescientos dieciocho. De la enfermedad de estos solo se sabe que, al igual que con el Marburg, presentan fiebres hemorrágicas. Porque las fiebres iniciales se transforman luego en hemorragias internas y externas.

Todos los contagiados provienen de poblaciones que se sitúan en un radio de unos 70 kilómetros alrededor de Yambuku.

Gracias a medidas sanitarias simples como no usar las agujas –había solo cinco en el hospital– y el aislamiento de enfermos, el contagio remite.

El 16 de diciembre de 1976 se levanta la situación de urgencia sanitaria en Zaire.

Tres meses más tarde, el equipo de investigadores del Instituto de Medicina Tropical de Anvers (Bélgica), compuesto por Stefaan Pattyn, Wim Jacob, Guido Van Der Groen, Peter Piot y Jacques Courteille, reporta que ha descubierto un virus próximo al Marburg, pero a diferencia de este se visualiza con curiosas partículas virales con filamentos.

Meses después, en la revista médica británica The Lancet, los tres laboratorios
–británico, norteamericano y belga– adonde se había remitido la sangre de la monja belga hacen un sorprendente anuncio. Han descubierto un nuevo virus de fiebre hemorrágica, muy peligroso y que produce una alta tasa de mortandad. Al virus le llaman ébola, por el río del mismo nombre que pasa cerca de Yambuku, la población de la que surgió el caso del profesor Mabalo Lokela. El investigador norteamericano Karl Johnson es quien ha sugerido llamarlo ébola, pues bautizarlo con el nombre de Yambuku –como sugerían otros colegas– sería estigmatizar a los habitantes de ese triste y famoso pueblo del que partió la terrible enfermedad. Son detalles narrados por el periodista Marc Gozlan en su blog médico.

De los 318 casos de ébola registrados en Zaire en aquel 1976, solo 38 se salvan de la muerte. Ese mismo año, en Sudán del sur, vecino de Zaire, se presentan 284 contagiados por ébola, de los que mueren 151. Sin embargo, la tasa de mortandad es más baja que en Zaire.

A partir de aquí se descubre que el ébola tiene diferentes variantes. Diferentes cepas. Unas más mortales que otras. Estas son: Zaire, Sudán, Reston, Tai-Forest y Bundibuyo. Reston y Tai-Foresta solo han matado animales.

Hasta el 2012 el virus del ébola se presenta de manera esporádica en diferentes países del África Central: República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Gabón y un caso en Uganda. Todos países próximos. Un total de 1.628 muertes son registradas hasta ese año por la Organización Mundial de la Salud.

En marzo de 2014 se detectan nuevos brotes en otra zona de África. Esta vez el virus se ha colado en África Occidental. Los primeros 49 casos hacen su aparición en Guinea Conakri. En mayo, un primer caso en Sierra Leona. De ahí pasa a Liberia, el país con más casos de contagio y muerte, y a Nigeria, en el que solo se ha reportado un caso. En Liberia la situación es dramática. Ya hay registrados 3.700 huérfanos como consecuencia del virus –por pérdida de uno de los padres o de ambos–, y se espera que hasta este mes de octubre la cifra se duplique. Y más dramático aún es que nadie quiere a esos huérfanos. Familiares y amigos temen que estén infectados y los apartan. Como mucho les acercan algo para comer.

Hace pocos días, la OMS hizo un anuncio alarmante: en noviembre y diciembre se producirán entre 5 mil y 10 mil casos de ébola por semana en África. Hasta la fecha ya son 9 mil los infectados con el virus del Ébola, de los cuales 4.447 han fallecido. La tasa de mortalidad del virus ha ascendido a un 70 por ciento, revela la OMS. También que el ébola ha cogido fuerza en las capitales de los países afectados. Ya no es como hasta el 2013, un virus que afectaba a poblaciones perdidas y casi selváticas de países africanos.

En octubre de 2014, el ébola salta a Europa. Teresa Romero, una auxiliar de enfermería del Hospital Carlos III de Madrid –durante muchos años, centro puntero de enfermedades infecciosas, muy bien habilitado con este fin, y desde hacía unos meses en proceso de desmantelamiento como consecuencia de las nuevas políticas de recortes y privatización del gobierno español–, es diagnosticada como enferma del virus del Ébola. Su contagio proviene de su contacto con uno de los dos misioneros españoles repatriados de África, el sacerdote Manuel García Viejo, quien termina falleciendo víctima de la mortal enfermedad. Ella le atiende un par de veces y se contagia.

Todavía no se ha esclarecido cómo pudo producirse el contagio de esta. Creen que pudo provenir de un descuido de ella. De no haber atendido el protocolo que deben seguir en estos casos. Aunque ella, ya más recuperada del virus, ha afirmado que en todo momento se ciñó al protocolo establecido.

A la prensa salta la denuncia de los enfermeros españoles que alegan que solo recibieron un apurado curso sobre el protocolo que deben seguir para no contagiarse. Muchos de ellos se niegan a trabajar. Otro tanto hacen los empleados de la limpieza del hospital. Tienen miedo. Voluntarios sanitarios se ofrecen para asistir a Teresa Romero. Llegan las comparaciones con la meca de la sabiduría en el tratamiento de este tipo de enfermedades. “En Estados Unidos no pasaría esto”, “somos unos chapuzas”, es el comentario general.

Sin embargo, dos enfermeras de Dallas (Texas) –Nina Pham y Amber J. Vison–, que trataron al primer paciente con ébola en Estados Unidos, Thomas Eric Duncan, se han contagiado. De los 77 profesionales que asistieron a Duncan –quien, finalmente, falleció el pasado 8 de agosto–, ellas han contraído la enfermedad. Hasta el momento.

En todos los países se toman medidas. En Israel, personal sanitario durante un simulacro de atención a un paciente con ébola en la unidad especial del Centro Médico Sheba, en Tel Aviv. Efe/Kobi Gideon / Gpo/ Handout

A través de la prensa española los ciudadanos se enteran de cómo se contrae el virus: no se contagia por vía aérea, se aclara en primera instancia. Es importante calmar el miedo en la ciudadanía, que empieza a estar presa del miedo y cree que el contagio puede producirse como si se tratase de una gripe. Se explica del contacto directo con los enfermos, sus fluidos, sus heces, como las formas de contagio. El enfermo no te contagia porque estornude, salvo si lo hace frente a tu cara y las partículas entran en tus ojos, por ejemplo. Se explica que, posiblemente –no está confirmado–, el transmisor primero de la enfermedad son los llamados murciélagos de la fruta, y en concreto tres de estos: Hypsignathus monstruos, Epomops franqueti y el Myonycteris torquata. Y que en África estos transmiten el virus al entrar en contacto con animales. Sobre todo monos, antílopes y cerdos.

También se publican interesantes entrevistas con profesionales que son autoridad en el ébola. Como la que dio Peter Piot, uno de los descubridores del ébola, al diario francés Le Point. Según sus declaraciones, los contagios de África se producen por tres motivos fundamentales: 1) el pésimo y pobre servicio de salud con que cuentan –aparte de resaltar que Liberia y Sierra Leona vienen de salir de guerras civiles de años y, por tanto, son países desmantelados–; 2) los propios miedos de los africanos, que esconden a sus familiares enfermos. Tienen miedo de llevarlos a los hospitales pues allí los ponen en cuarentena y, por tanto, no se les permite verlos. Por eso muchos esconden la enfermedad de sus seres queridos: tienen miedo de que se los “quiten” y de que se los “devuelvan” muertos; 3) por los ritos funerarios. Los africanos antes de enterrar a sus muertos, lavan sus cuerpos directamente con las manos, sin guantes. De ahí que en julio de este año, 11 países del África Occidental realizaran una cumbre urgente en Accra (Ghana) para acordar medidas de lucha contra el temible ébola. Y una de las más relevantes fue apoyarse en sus líderes locales y religiosos, con el objetivo de que sean ellos los que transmitan a sus conciudadanos la necesidad de apartarse de ciertos miedos y rituales que vehiculizan la propagación de la enfermedad. Pues los africanos desconfían mucho de lo que les dicen sus políticos y los hombres blancos. Los políticos, porque la mayoría son corruptos y los traicionan de continuo, y los blancos, porque muchos de los que los atienden son hombres de raza blanca, misioneros o médicos y personal sanitario de las diferentes ONG (Organizaciones no Gubernamentales) que prestan su ayuda en ese desfavorecido continente.

Hace unos días, el director para los Centros de Control y Prevención de enfermedades norteamericanas, Thomas Frieden, advirtió que el virus del Ébola podría convertirse en el nuevo sida. Su centro, conjuntamente con la USAID (Agencia de USA para el desarrollo Internacional), la Oficina de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca, otras agencias estadounidenses y el gobierno de Suecia, han abierto una convocatoria internacional para el diseño del  traje anticontaminación (NBQ) más eficaz contra el contagio del ébola. Al que lo logre, tras el visto bueno de los centros antes enunciados, le darán una suma nada despreciable: un millón de dólares. Imagino que con royalties, teniendo en cuenta lo que ello va a representar.


Acciones preventivas en una escuela de Abuja, Nigeria.

Los trajes EPI (Equipo de Protección Individual Completo), a los que la OMS les ha dado su visto bueno, deben servir para cubrir toda la superficie corporal del que los utilice. El kit completo debe ser impermeable a los fluidos corporales. Tanto el vestido, como guantes, máscaras, gafas y botas.

En la actualidad, no existe un traje ideado exclusivamente para el ébola. El más empleado por las diferentes organizaciones humanitarias y médicos que atienden la enfermedad es el Tychen C, de la casa DuPont –también utilizado para tratar otras fiebres hemorrágicas africanas–, que estos días ha tenido que multiplicar su producción porque la OMS ha dicho que se necesitan más de 3 millones de estos trajes para hacer frente a la epidemia. Su coste por pieza para las ONG es de unos 82 euros. En Amazon, para el que quiera, se encuentran varios modelos (de acuerdo con el nivel de protección) cuyos precios oscilan entre los 10 y los 200 euros.

Entonces, si ya existen, ¿por qué la convocatoria internacional para el diseño de uno nuevo?
Los trajes actuales son muy incómodos, lo que impide a los sanitarios moverse con facilidad. Además, no se pueden usar por más de hora y media, porque al estar tan resguardados contra los fluidos, el material con el que se hacen produce un calor sofocante. Y hay más y muy importante. Para colocárselos bien, como marca el protocolo, un sanitario tarda casi 45 minutos y, para quitárselo, más tiempo aún. Es más, para quitárselo lo tiene que hacer en pareja. Debe haber otro enfrente del que se lo está quitando que supervise que lo haga correctamente. El que ha estado tratando a un infectado de ébola, trae adherido en su vestido el virus, y un error, como el que se cree que han tenido las sanitarias afectadas tanto en España como en Estados Unidos, puede ser letal. Puede hacer que se contagien con la enfermedad.

Según las declaraciones recientes de Peter Piot, uno de los descubridores del ébola, los estudios que se han realizado hasta la fecha sobre el virus han sido realizados por laboratorios militares de Estados Unidos y Reino Unido “dentro de un marco de prevención contra el terrorismo”. También, y según ha trascendido, el Zmapp, un suero que hasta ahora solo había sido probado en monos, y que en vista de la epidemia ha sido inoculado en siete personas –dos de estas murieron– con el fin de salvar sus vidas, también había sido elaborado con dinero de las fuerzas armadas norteamericanas. El suero se agotó y no estará disponible hasta dentro de varios meses, según se ha sabido.


El Gobierno británico envió el 17 de octubre a 750 soldados, además de un barco hospital y tres helicópteros, para ayudar a combatir el brote de ébola en Sierra Leona. El buque ‘RFA Argus’ está equipado y contiene incluso una unidad de cuidados intensivos.

La ferocidad inusitada con que el ébola ha sorprendido tristemente al mundo en este 2014 no deja de ser también un importante aviso y una demoledora metáfora de vida. Al parecer, y de acuerdo con las informaciones que han sido desveladas estos días, al maléfico virus se le esperaba en forma de guerra bacteriológica. Se le esperaba como un arma empleada por terroristas para devastar y hacer daño. Nunca como un arma de la pobreza para hacer sentir que está malherida y que requiere de atención médica. Que necesita de centros de expertos que la estudien para erradicarla. De cumbres donde se discuta cómo ayudar a los países pauperizados en los que todavía sigue muriendo gente porque no hay jeringuillas desechables para sus enfermos. Que no necesita de seres vestidos con escafandras especiales que vengan a atenderlos como si fuesen extraterrestres a los que es mejor no tocar porque te infectan.

Ahora hay carrerillas por aquí y por allí para tratar de encontrar una vacuna contra esa enfermedad que se creía solo de africanos. De repente, nos sentimos vulnerables frente a esa enfermedad que creíamos muy lejos. Solo basta con que el aparatoso vestido que han diseñado para impedir el paso del mal deje de funcionar para que ya lo tengas encima y se lo transmitas a los que te rodean. Y es que la pobreza, señores, nos hace vulnerables a todos.

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