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Latitud 27 de Abril de 2014

Los cangrejos del vallenato

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Paul Brito
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Tiene un brazo más grueso que el otro. No es que hubiera nacido con una deformidad física o padecido alguna enfermedad, sino que es guacharaquero. Durante sesenta años, su mano izquierda se ha limitado a sostener el instrumento, mientras la otra frota incansablemente el trinche sobre sus arrugas.

Comenzó cuando era niño y vivía en Campo Bello, un pequeño municipio en el departamento de Córdoba. A los 9 años ya había grabado un álbum con Eduardo Campillo y a los 14 hacía parte de los Corraleros de Majagual. Luego trabajó con Alfredo Gutiérrez, Lizandro Meza, Alejo Durán, Aniseto Molina, Emilio Oviedo, pero en especial con el Binomio de Oro, desde 1976 hasta 2011, cuando se retiró por un percance auditivo. Tenía 66 años.

El accidente fue en una tarima del Club Campestre de Maicao. Virgilio Barrera estaba ubicado al lado de uno de los grandes parlantes cuando, por un brusco aumento de volumen, sintió una punzada en el oído izquierdo. Desde entonces no oye prácticamente nada por ese lado y sufre vértigos cuando se expone a sonidos altos. El médico le recomendó que se retirara de las tarimas, pues podía perder también el otro oído. Virgilio le hizo caso y ahora solo toca en parrandas pequeñas en el patio de su casa o en el de sus amigos, o cuando lo llaman para alguna grabación esporádica.

Si hubiera sido el cantante o el acordeonero, posiblemente no le hubiera ocurrido el accidente con el altavoz. Por tratarse del guacharaquero, siempre era ubicado a los lados, donde no estorbara al uno ni al otro. En las portadas de los álbumes le sucedía lo mismo. En casi todas aparece solo el dúo cantante-acordeonero. El mismo nombre de la agrupación, el Binomio de Oro, alude solo a ese protagonismo de dos, cuando se supone que la caja y la guacharaca son igual de importantes en este género musical.

Virgilio parece un cangrejo no solo por la tenaza más grande que la otra, sino porque siempre anda de lado sin llamar la atención ni molestar a nadie. Poca gente sabe quién es; en cambio, todos saben de sobra quién es el acordeonero Israel Romero o el cantante Rafael Orozco. En una telenovela transmitida por un canal nacional e inspirada en la vida de Rafael Orozco, tampoco parecían saber quién es Virgilio Barrera, pues el nombre no lo llevaba el guacharaquero sino el cajero. Nadie protestó, ni siquiera Virgilio.
No es el único homónimo que le ha salido. Un sobrino suyo posee, además, su segundo nombre y su segundo apellido: Virgilio Antonio Barrera Contreras. Para completar, ejecuta también la guacharaca y lo hace también a nivel profesional: fue el último guacharaquero de Diomedes Díaz y tocó también con Farid Ortiz, Iván Villazón, Jorge Oñate y otros más. Aunque de edades y apariencias muy disímiles, casi nadie sabe que son dos personas distintas, pues no hay forma de comprobarlo visualmente o porque nadie se detiene a averiguarlo. No encuentro mejor ilustración sobre el anonimato y la modestia de los guacharaqueros: puede haber dos repetidos y nadie darse cuenta.

El alma de la guacharaca

Estoy viendo un video del Binomio de Oro en una vieja presentación de El Show de las Estrellas. El cantante era Rafael Orozco y el acordeonero, como siempre, Israel Romero. Visten trajes vinotintos brillantes con camisas lilas y corbatas plateadas. Los demás músicos llevan trajes blancos y dorados, las mangas anchas como las de Aladino. Entre ellos distingo a Virgilio Barrera tocando la güira con tanto ahínco que parece estar sufriendo un ataque epiléptico.
De repente, se detiene para decirle algo al bajista y señalar a los coristas, que en ese momento improvisan un movimiento de baile aparatoso arqueando los brazos como bailarinas de ballet. El compañero de Virgilio suelta la carcajada. Virgilio también. Solo entonces retoma el movimiento del trinche sobre la guacharaca. La canción no parece haber sufrido ninguna fractura.

En varias parrandas en las que he estado me he dado cuenta también de que el guacharaquero es quien suele repartir el ron entre sus compañeros, mientras estos siguen tocando. Tampoco recuerdo que la canción hubiera sufrido alguna interrupción.

Sin embargo, Virgilio sostiene que la guacharaca lleva el tiempo de la composición. Al parecer, el instrumento funciona como la línea blanca de una carretera: no necesita ser continua para cumplir el papel de guía. Virgilio compara el sonido de la guacharaca con el de los pájaros cucaracheros, que él llama “sapos” porque, cuando ven una culebra, hacen bulla para avisar a los otros que se acerca una amenaza. Quizá la función de la guacharaca sea esa: abrirles camino a los otros músicos, ir un paso adelante raspando asperezas y filos para que los demás puedan avanzar fácilmente.

Pero por más teorías que uno se forme, no puedo dejar de preguntarme cómo un instrumento áspero, rudimentario, ruidoso, puede producir música. En una canción, Aníbal Velásquez llega a amenazar a una bruja con castigarla a punta de guacharaca. Aunque la emparentemos a la fuerza con un violín por la forma en que se toca apoyando un extremo en el cuello y el otro en la muñeca, es imposible concebirla, por ejemplo, en un concierto de cámara. Hay una parte del violín que se llama literalmente el alma: una pequeña barrita de madera colocada entre las tapas superior e inferior del instrumento. Ese elemento es imposible de concebir en una guacharaca, que es un tallo muerto, disecado, extraído de la palma de corozo y sostenido apenas por una columna de aire: poco más que la cáscara de un hueco. Al igual que a un animal cerril, no se le reconoce alma, acaso la de su anónimo domador. Es casi una extensión de sus uñas o sus huesos, y en esencia emite el mismo ruido primario que produce un hombre hambriento cuando raspa el cucayo de una olla o el que hace un roedor escarbando en un sótano.

Pero también puede ser el ruido de un serrucho venciendo los barrotes de una celda y en ese sentido puede ser un sonido sublime, trascendental.
Le pregunto a Diego Valbuena, un joven violonchelista español que ha desarrollado su carrera en Europa como solista y como integrante de varias orquestas internacionales, qué opina de un instrumento tan áspero como la guacharaca.
–A cualquier objeto se le puede extraer música –explica–. Con cualquier cosa se puede producir un sonido y cualquier sonido puede ser una nota musical. La clave está en combinarlos de forma que aporten algo a la composición. En una pieza musical, un ruido es más bien una mala combinación de sonidos. Por sí solo, un sonido no es un ruido.
Lo que saco en limpio es que un buen guacharaquero es casi un mago: puede producir música con estridencias y chirridos que, escuchados por separado, destemplarían los dientes… O esgrimir su instrumento para conjurar a los malos espíritus, como hace Aníbal Velásquez en la canción La brujita.

La clave está en la muñeca
Virgilio vive en La Esperanza, un sector de Valledupar que queda al lado del barrio Los Músicos. Al igual que en las tarimas y las portadas de los álbumes, Virgilio se mantiene al margen. No es el único guacharaquero que vive en La Esperanza. Cerca de la casa de Virgilio reside también José Carranza, otro referente de la guacharaca y durante muchos años integrante del grupo Los Diablitos.
–Yamil Ríos, un guacharaquero amigo mío, me confiesa que, con 38 años de edad, le cuesta mantener el ritmo de una puya. ¿Les pasa a todos los guacharaqueros?
Virgilio y yo estamos bebiendo cervezas bajo el alero de una tienda. Con el sudor de la botella, dibuja unos círculos sobre la mesa de plástico y responde:
—Lo que pasa es que hay que concentrar la fuerza en la muñeca y no en el brazo o el hombro.
Algunos guacharaqueros profesionales, agrega, hacen trampa imitando el sonido de la guacharaca con la voz. Otros desgastan el instrumento hasta dejarlo casi liso para que sea más fácil frotarlo. Me recuerdan a los toreros cuando comienzan a envejecer y a pedirles a los organizadores de las corridas que les limen los cachos a los toros. Según Yamil, Virgilio es de los pocos que, después de tantos años, sigue tocando con la misma gracia y rapidez de cuando era joven.

–Y eso es como destacar en el fútbol a los 68 años –le comento a Virgilio, pero, en lugar de alardear sobre su talento, contesta:
–Uno cuando está nuevo piensa que no se va a poner viejo. Yo hasta alternaba el trinche con una espátula, pues durante una época me tocó raspar portones.
Estuvo cuatro años combinando los dos empleos. Ya tenía dos hijas y necesitaba el dinero, pues el trabajo de guacharaquero en el conjunto de Emilio Oviedo no le alcanzaba para vivir. A diferencia del acordeonero y el cantante, un guacharaquero puede ganar hasta 10 veces menos que ellos. En ocasiones hasta 20 veces menos que el cantante. Virgilio le encontraba el lado bueno a su oficio paralelo: raspar la pintura vieja de los portones le ayudaba a mantener en forma la muñeca, y viceversa: la guacharaca le ayudaba a mantener un buen pulso para pintar los portones.

La recarga de trabajo le dejó una tendinitis. Para entonces había entrado al Binomio de Oro y ya no necesitaba otro oficio pues, a diferencia de otros cantantes, Rafael Orozco se preocupaba porque los músicos de su agrupación recibieran los mismos beneficios. El mismo Rafael le vendaba la mano para no tener que reemplazarlo, pues decía que el chacachá de Virgilio le daba seguridad. Cuando cerraba los ojos buscando un sentimiento profundo que transmitir a su audiencia, la guacharaca de Virgilio era como un firme pasamanos al bajar por las escaleras de un sótano.

Las raíces del corozo
Cuando aún no era fácil conseguir la güira dominicana, mucho más gruesa que la guacharaca, con abrazadera y protuberancias redondas como los de un rayador de cocina, Virgilio probaba con otras y hasta inventaba nuevas. Buscando una que se asimilara mejor a los discos de acetato, grabó al comienzo con una larga y gruesa de guadua, pero el material era blando y se hundía. Para no ser opacado en tarima por el sonido amplificado de otros instrumentos, se ingenió una más gruesa a partir de un totumo alargado, pero tenía el mismo problema de la de guadua. Lo mismo ocurrió con el bangaño de la calabaza. Ninguna alcanzaba la dureza y resistencia de la original.

La primera vez que Virgilio grabó con una metálica fue en 1990. Rafael Orozco le pidió que la usara para acompañar una canción con aires de merengue dominicano: De fiesta con el Binomio. A Virgilio le tocaba meter un trapo en el interior del instrumento para que el sonido no fuera tan brillante. Luego siguió grabando con su guacharaca de corozo, pero dos años después de morir Rafael Orozco, Israel Romero le exigió grabar con la de aluminio, como lo venían haciendo ya todas las agrupaciones vallenatas.
El barranquillero Jaime López, el músico que se hizo famoso como personaje de la canción La cachucha bacana y que era el guacharaquero de Aníbal Velásquez, fue el primero en grabar con una guacharaca de metal. Corría el año 1960. Se le había dañado su guacharaca y no había llevado una de repuesto. De pronto se le apareció, en una visión salvadora, un tipo vendiendo café en un termo metálico. Jaime se fijó en la superficie corrugada, le compró todo el tinto al vendedor y le alquiló el recipiente. Después siguió tocando con el termo en los conciertos, pues notó que el sonido metálico se defendía mejor en las presentaciones grandes.

Le refiero a Virgilio esta historia que leí en alguna página de internet y me ayuda a completarla. El difunto Jaime era un tipo alto y robusto que siempre se sintió ridículo tocando la delgada guacharaca de corozo. “Parecía un elefante tocando una flauta”, se burla. Era natural que se amañara con una más proporcional a sus dimensiones corporales.
–La güira se hace respetar más en concierto –concede Virgilio–, pero a mí me sigue gustando más la de corozo. Su sonido es más natural y no tengo que meterle trapos para amansarlo. Además, primo –enfatiza con su inagotable modestia–, el rasca-rasca de la guacharaca no debería escucharse más que el galillo del cantante.
A mi amigo Yamil Ríos también le gusta más la de corozo. Esa preferencia por la guacharaca tradicional tiene que ver quizá con el origen humilde de casi todos los guacharaqueros.

–El primer guacharaquero que conocí –me contó Yamil– era empleado doméstico. Tocaba en el conjunto de mi tío Alí Yubran y trabajaba en la casa del acordeonero. Terminó trabajando en mi casa y yo le pedí que me enseñara a tocar en las pausas que le daban los quehaceres del hogar.
Virgilio respalda la teoría sobre el origen humilde de los guacharaqueros, afirmando que los mejores vienen del campo. Seguramente porque tienen la muñeca y el buen tino de un machetero, y la fuerza y resistencia de un cortador de caña. Aferrado todavía al tallo de una planta, el guacharaquero siente que sigue siendo fiel a sus raíces campesinas. Al principio ni siquiera se usaba el trinche de metal sino una costilla de res. La familia de Virgilio poseía una finca llamada San Gerónimo, a pocas leguas de Campo Bello. Sembraban arroz, yuca, maíz y ñame, y por temporadas a Virgilio le tocaba cultivar hombro a hombro con los mozos de la finca.

La preferencia por la guacharaca también puede provenir de otros lazos con la tierra y ciertas raíces ancestrales. La palma de corozo de teta o ‘palma de uva de lata’, como también se le conoce, crece solo en la franja del Caribe que va de Nicaragua hasta Colombia. Todos los nativos de la Costa hemos crecido chupando la sangre de su fruta y paladeando hasta el cansancio su dura semilla. La primera guacharaca nació en la Sierra Nevada de Santa Marta, fruto de nuestros hermanos mayores: los indios taironas. El nombre proviene de un pájaro que canta de forma estrepitosa y que vive solo en la costa norte colombiana, Venezuela, y Trinidad y Tobago. Al contrario del acordeón, que proviene de Europa, y de la caja, que llegó de África, la guacharaca nació en el corazón mismo del Caribe colombiano, en la cuna de todos los afluentes que riegan la zona.

Al margen también de las cuentas

Cuando Virgilio llegó a Valledupar en los años sesenta, el turco Pavajeau, famoso por sus parrandas, invitó a Virgilio, Aniseto Molina y Abraham Rivera a un festín que había en su casa, donde Colacho Mendoza, Adán Montero y Rodolfo Castilla, entonces el grupo más popular de Valledupar, estaría tocando.

El turco le dijo a Virgilio y sus compañeros que no necesitaban llevar sus instrumentos, pues los otros músicos se los podían prestar. En efecto, Colacho Mendoza le extendió el acordeón a Aniseto, Rodolfo le cedió la caja a Abraham y, cuando le llegó el turno a Adán Montero, este miró a Virgilio con desconfianza y le dijo:
–¿Y tú por qué no traes puesta tu guacharaca?
Virgilio había escuchado que Adán la usaba hasta de herramienta en su otro trabajo, la albañilería.
El turco Pavajeau intercedió por Virgilio, pero Adán siguió porfiado:

–Yo no presto mi guacharaca. ¡Primero presto a mi mujé!
La austeridad de los guacharaqueros se nota también en el mantenimiento que le hacen a su instrumento. Virgilio lo engrasa con aceite de cocina y betún de zapato. Le unta, además, sudor porque, según él, le ayuda a mantener el color y la dureza a la madera.
–Qué curioso –repongo–, porque el sudor es lo primero que daña los acordeones, según me contó el mismo Ovidio Granados.
–Recuerda que la guacharaca es un palo y no tiene partes metálicas –arguye Virgilio con paciencia, mira hacia el techo y comienza a referirme una especie de cuento–. En el patio de mi casa hay un árbol de mango; cada día le echo la sanguaza de la carne y vieras cómo lo tengo de bonito. A las matas del jardín las riego con agua de sal y agua de arroz, y cada vez están más lindas. ¿No voy a poder regar mi guacharaca con mi propio sudor?

El instrumento es tan natural y se da tan silvestre en la Costa que seguramente es el más barato del mundo. Mientras el acordeón más económico cuesta 800.000 pesos, la guacharaca más cara vale 15 mil. “Y eso, cuando te ven cara de marrano –acota Virgilio–, porque por lo general se consigue a 10 mil”.
Rallando ese pedazo de palo, Virgilio ha viajado por todo el mundo: Rusia, Europa, África, Canadá, Estados Unidos, Latinoamérica. Con él cumplió un sueño que músicos de instrumentos más sofisticados han deseado toda la vida: en 1987 tocó en el Madison Square Garden de Nueva York. Le pregunto si esa fue su noche más importante con la guacharaca y me dice que se acuerda más de una de 1966. Tocaba con Aniseto Molina en una casa del barrio El Carmen y, fiel a su costumbre de mantenerse en los costados, se había arrimado mucho a una ventana que daba a la calle, cuando sintió de repente que le frotaban las costillas. Miró de reojo sin dejar de tocar y distinguió a varias muchachas del barrio que se reían con picardía. Una de ellas era Alicia, su futura esposa, que en vez de reírse lo miraba con timidez y admiración.

Otras noches que no olvida ni siquiera fueron en medio de una presentación sino en mitad de la noche, cuando sus hijas Rosmery y Yarelis se despertaban llorando, y él las volvía a dormir frotando suavemente su instrumento.
Pero cuando más se refleja la humildad de los guacharaqueros, o cuando esa humildad entona el significado de escasez y emite algunas notas tristes, es al final de su carrera. El cantante y el acordeonero del grupo terminan ubicándolos definitivamente al margen, ya no solo de la foto ni de la tarima sino también de los ingresos del grupo.
Por fortuna, Virgilio logró ahorrar en sus años laborales y comprar una segunda casa y una camioneta, pero hace unos años decidió venderlas para poder pagarles los estudios universitarios a sus dos nietos huérfanos de padre. Uno de ellos, Rafael, hoy es médico y apoya económicamente a sus abuelos. Si no fuera por eso, hoy estarían en una situación precaria.
–A pesar de haber estado con los mejores –afirma Virgilio–, muchos guacharaqueros hoy están en la ruina. El Zurdito Jesualdo Ustáriz, por ejemplo, que estuvo ‘veintipico’ de años con Diomedes, hoy no tiene nada y anda por ahí rebuscándose en lo que sea.

El mismo Virgilio, cuando lo llamé por primera vez, estaba en Villanueva detrás de Israel Romero, que estaba de paso en su pueblo natal. Pero él prefiere no profundizar en el tema económico pues, al margen de todo, dice, Israel ha sido su amigo por muchos años. En lugar de eso, prefiere seguir raspando su guacharaca, como un pájaro cucarachero que emite su ruido característico para espantar a las culebras.

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