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Latitud 05 de Abril de 2015

Lo que hoy parece obvio

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Foto: Cortesía: Museo de la Independencia Casa del Florero.

La conmemoración de los 250 años del natalicio de Antonio Nariño es la oportunidad para preguntarnos con él sobre problemas históricos fundamentales que, lejos de estar anclados en un lejano irrecuperable, siguen constituyendo hoy por hoy el presente

Alexánder Chaparro Silva*
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Hoy en día, en el marco de nuestra política estatizada, puede parecer una obviedad afirmar que todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos, sin distinciones de raza, género, orientación sexual, origen social, nacionalidad o de cualquier otra condición. También puede parecer una obviedad afirmar que, en razón de nuestra común humanidad, tenemos derecho a la libertad de opinión y de expresión; a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; a que se presuma nuestra inocencia mientras no se pruebe nuestra culpabilidad; y a no ser sometidos a esclavitud o a tratos crueles o degradantes.

Sin embargo, eso que nos parece hoy una obviedad, tiene una historia y al mismo tiempo es historia. Una historia que pierde sus orígenes siglos atrás y que quizá para el mundo occidental encuentra en la Independencia de los Estados Unidos y en la Revolución francesa sus antecedentes más significativos y perdurables –legados actualizados en 1948 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos–. Para el caso colombiano, la traducción e impresión clandestina de los Derechos del hombre y del ciudadano por parte de Antonio Nariño, en diciembre de 1793, implicó el comienzo de un incierto y difícil proceso que aún no termina, el del reconocimiento, sin distinción alguna de la dignidad, de la igualdad y de la libertad humanas.

Cuando Nariño publicó la Declaración francesa en la entonces Santafé de Bogotá, antes que ambientar o preparar la Independencia del país de la Corona española, como han querido ver cientos de comentaristas patrióticos, buscaba reformular el orden de cosas vigente, repensar el «pacto colonial» para hacer efectivos ciertos cambios considerados como fundamentales en aspectos sensibles como el lugar de los americanos en la Monarquía hispánica y la emergencia y la garantía de un nuevo lenguaje de derechos y de libertades –exigencia, esta última, quizá más radical que aquella de la Independencia, y que en la actualidad se encuentra incompleta–.


Óleo de Enrique Grau/Casa de Nariño, Bogotá

Han pasado más de 200 años desde que Nariño llevó a cabo aquel gesto audaz y trazó, junto con otros hombres y otras mujeres, los derroteros de la democracia representativa y los cimientos del Estado de derecho entre nosotros. Ocurrieron la Independencia de la Corona española; la república con su lenguaje de derechos, de separación y equilibrio de poderes y de la transparencia de la justicia; y el pacto social actualizado por la Constitución de 1991. No obstante, en el marco de los nuevos horizontes de paz que rayan en el país, debemos rehacer nuestro bagaje de ideas y de prácticas sobre la democracia y enriquecer el lenguaje de los derechos y también de las responsabilidades, como lo hizo el mismo Nariño a lo largo de su vida pública.

Precisamente, la conmemoración de los 250 años de su natalicio se ofrece como una oportunidad sin igual para poner entre paréntesis nuestras certezas presentes, y volver sobre el mismo Nariño, para preguntarnos con él sobre problemas históricos fundamentales que, lejos de estar anclados en un pasado lejano e irrecuperable, siguen constituyendo hoy por hoy la agenda de nuestro agitado presente.

La preocupación de Nariño por dotar de significado y sentido la noción de ciudadanía ya desde los estertores del orden colonial, por citar solo un ejemplo, puede servir, no solo para entender cómo aquel fue esencialmente un hacedor de ciudadanías en un sentido muy cercano a nuestra sensibilidad contemporánea, sino que también nos permite establecer un diálogo con nuestro presente, desde el cual indagamos, ora optimistas, ora escépticos, la capacidad de esta misma noción para englobar las diferentes subjetividades políticas actuales.

Así pues, es necesario volver sobre su obra para redescubrir allí un conjunto de recursos útiles y pertinentes para renovar nuestra propia imaginación política. Es necesario volver sobre su vida para entender cómo aquel abandonó comodidades y privilegios para forjar un ideal de libertad para todos nosotros y para sí mismo y cómo, al igual que esa multitud de pequeños grandes héroes anónimos contemporáneos, se empeñó por construir un conjunto de valiosos recursos y de nuevas perspectivas para intervenir la realidad y poder construir, así, un mundo común. 

*Historiador Universidad Nacional e investigador de la Biblioteca Nacional de Colombia

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