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Latitud 22 de Enero de 2011

Lo que el fuego se llevó

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En el edificio que llevaba su apellido, y que hace pocos días terminó en llamas, el prohombre Elías Muvdi amasó su legendaria fortuna.Don Elías Muvdi llega a Colombia en 1899, en plena Guerra de los Mil Días, desde Beit-Jala, su ciudad natal en la actual Palestina. Vino en plan de comerciante, siguiéndole los pasos a su hermano Salomón, que andaba por las riberas del río Magdalena entre la zona de El Piñón y Salamina. Sin embargo, por múltiples circunstancias, entre ellas la muerte de su hermano, se ve obligado a establecerse en un local del Mercado de Barranquilla en una pequeña colmena. De allí saltó, ante la prosperidad del negocio, hasta el Callejón de Pica Pica, donde empezaría a consolidar su fortuna adquiriendo insumos en el mercado mundial, que después escasearían a consecuencia de la Primera Guerra Mundial, convirtiéndose, en muchas áreas, en su único proveedor nacional. Ante la pequeñez de los locales por el manejo de tanta mercancía, compró una amplia franja de terreno en la Calle del Comercio para que Luis Gutiérrez De la Hoz construyera, en 1932, una edificación que le sirviera como sede administrativa y bodegas de sus negocios, al que bautizaría con su apellido: edificio Muvdi.

Las noches de la decadencia

Después de las siete de la noche, la esquina de la antigua Cruz Vieja, una pequeña plazoleta venida a menos, donde alguna vez se iniciaría sin ningún bombo fundacional el Sitio de Barranquilla, comienza a ser invadida, como una misteriosa peste, de todo tipo de basuras que se arremolinan caóticas mecidas por la cercana brisa de los caños.

Tras los restos, aparecen en romería los habitantes de la noche armando sus encandilantes cigarrillos en la oscuridad, ese punto de calor cerca de los labios que da valor y angustia, repasando minuciosamente lo que quedó en la calle del ajetreado día comercial. Con frecuencia se forman peleas campales en procura de la disputa de algún hallazgo de cartones u otro botín parecido. Eso fue lo que pasó a las 10 de la noche del pasado lunes 10 de enero del 2011, cuando un indigente del sector le echó candela a una pila de basura arrimada a una de las paredes del edificio Muvdi, alcanzando muy pronto las llamas la altura de los calados, encima de las puertas de metal, sitio propicio por donde ingresarían a los locales comerciales repletos de material inflamable, devorándolo todo a su terrible paso.

El resto es historia. Una conflagración cuya extinción demoró casi 12 horas y que le otorgó al Centro de Barranquilla un olor a chamuscado por sus cuatro costados, mientras una densa columna de humo repartía la mala noticia que uno de los edificios más famosos de la ciudad había quedado reducido a un montón de cenizas, y que, esta vez, su segunda quemada después de los desórdenes del 9 de abril de 1948 tras el crimen de Gaitán, era la definitiva. Solo quedaron jirones de escombros de lo que fue la magnífica sede de un emporio comercial.

 

Días de esplendor

 El edificio en donde Elías Muvdi manejaba sus negocios tenía tres pisos. Ubicado convenientemente cerca a los muelles de la Intendencia Fluvial, desde allí se despachaban mercancías a toda Colombia, y era un verdadero epicentro diario de ajetreos, con el bullicio de los compradores buscando una verdadera miscelánea de los productos que distribuía Muvdi, que también tenía una gran habilidad con el comercio de bienes inmuebles, y es así como desarrolla en la calle del Comercio otros edificios como el Beit Jala, en honor a su ciudad natal.

Edificaciones que para 1946 eran un amplio hito para toda la ciudad, en una de sus zonas más pujantes. En definitiva, todos conocían esta casa comercial que era la indudable reina del comercio en el Centro y el Mercado de Barranquilla.

Allí, en el hoy reducido a escombros edificio Muvdi, el pintor Alejandro Obregón Arjona montaría en 1946, en la azotea del tercer piso, su primer taller en Barranquilla. En ese ámbito, cercano al bullicio de los trabajadores del río Magdalena, caminando por el malecón Rodrigo de Bastidas, colándose por los ventanales el pitido largo –“el bramido de los buques”, diría García Márquez– llamando a bordo, desarrollaría Obregón el montaje de su primera exposición individual inaugurada el 15 de febrero de 1946 en las instalaciones de la Biblioteca Departamental.

El escritor Alfonso Fuenmayor, uno de los cuatro discutidores de Macondo, recrearía con singular precisión las señas particulares y ubicación de este estudio de Obregón en su libro Crónicas, sobre el grupo de Barranquilla: “Para llegar a su estudio se requería cierta vocación de alpinista. Había que subir varios centenares de peldaños que, en una escalera que proporcionaba una cierta noción de la eternidad, se sucedían monótonos, implacables, sin un solo descanso donde echar un respiro, hasta desembocar a una luminosa azotea del que llamábamos edificio Muvdi, situado en la esquina diagonal de lo que fue el viejo Teatro Municipal. (…) Para entrar al estudio de Alejandro Obregón había que atravesar una gran azotea desde la cual, sin más limitaciones que la que impone esa línea en que el cielo y la tierra parecen tocarse, se divisaba un paisaje espléndido y declamatorio”.

Cuando el famoso arquitecto y urbanista suizo Le Corbusier visitó a Barranquilla en 1947, uno de los lugares que le fueron presentados al ilustre visitante en un tour fue el edificio Muvdi para visitar el taller de Alejandro Obregón, que en ese momento –al igual que Le Corbusier– pasaba por el fermento de construir el espacio pictórico a través del prisma de la estética cubista.

Sólo ruinas quedarán

Después del incendio del 9 de abril de 1948, Muvdi decidió acortarle un piso a su edificio, desapareciendo el taller de pintura de Obregón. Diez años después, en 1958, moriría su promotor, así que no tuvo a la larga la desdicha de presenciar la decadencia de sus altivos edificios entre las ventas de guarapos, fritos y el barrial en que se convertía el Mercado y el Centro en la época de invierno.

Para los ingenieros, el dictamen final después del incendio del 10 de enero del 2011 es fulminante: hay que demoler el edificio Muvdi, pues su vieja estructura quedó seriamente averiada. No se salva nada. Ni el recuerdo del antiguo imperio económico. Le sobreviven jirones de varillas y cemento caliente, disputados a dentellazos por esos mismos habitantes de la noche que en medio de una trifulca doméstica incendiaron el último rescoldo visible de una de las más grandes fortunas en la Barranquilla del siglo XX.

Adlai Stevenson Samper

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