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Latitud 17 de Abril de 2016

Lo mágico convertido en vida diaria

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Juan Carlos Botero*
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A manera de introducción
Desde 1967, cuando Gabriel García Márquez publicó ‘Cien años de soledad’, muchas veces se ha hablado de la importancia de este gran escritor. Sin embargo, con el paso del tiempo, y a pesar de que su fama se ha multiplicado como pocas veces antes en la historia de las letras, a veces parece que el gran público pierde de vista la verdadera dimensión de este autor colosal, su trascendencia y el lugar que de veras ocupa en la historia de la literatura universal.

En otras palabras, con frecuencia se desconoce el auténtico tamaño de su importancia. Y para comprender a fondo en qué consiste esa importancia, aquello que lo separa de los demás novelistas en castellano, tanto vivos como fallecidos, habría que mencionar un sinnúmero de virtudes y aspectos fundamentales, pero ante todo hay que resaltar tres esenciales: el impacto cultural que la obra de García Márquez ha tenido en el mundo, la singularidad histórica que representa este escritor en la tradición de la novela en castellano, y un tercer aspecto que pocas veces se menciona: la riqueza estilística de su producción, tema del cual se ocupa el presente artículo, y que hace parte de una conferencia que dictó el autor en Miami, organizada por Books and Books y ‘Letra Urbana’, en 2015. (JCB)

Uno de los aspectos que quizás resultan más admirables del trabajo de García Márquez es uno que casi nunca se menciona: su riqueza estilística. Este escritor es conocido en todo el mundo, más que nada, por su forma genial de narrar, su famoso estilo denominado “realismo mágico”, aquel recurso literario que resultó tan apropiado para describir la realidad latinoamericana y en donde lo mítico, lo fantástico y lo cotidiano se parecen hilvanar con la maestría de un orfebre. No obstante, y aunque parezca paradójico, lo cierto es que las obras que García Márquez escribió en ese estilo constituyen apenas una fracción de su vasta producción narrativa. Son obras maestras, sin duda, pero son pocas, y no fueron las únicas obras maestras que él escribió. El primer texto que García Márquez redactó bajo el dominio de ese recurso es el relato “Los funerales de la Mamá Grande” (1962). Luego siguieron sus dos novelas cumbres escritas en el mismo estilo inconfundible, pero con grandes diferencias desde el punto de vista de los narradores: Cien años de soledad y El otoño del patriarca. Y entre una novela y la otra, publicó en 1972 su hermoso libro de cuentos La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Pero las cinco obras que García Márquez escribió antes de “Los funerales de la Mamá Grande” (y que incluían su primera obra maestra, El coronel no tiene quien le escriba) fueron redactadas en otro estilo, o, más precisamente, otros estilos.

En efecto, el proceso de formación narrativa de García Márquez comienza en 1947, una tarde precisa después de leer La metamorfosis, de Franz Kafka (y cuya estremecedora lectura no solo permite que el joven colombiano se descubra como escritor, sino que apenas se repone de la conmoción se sienta y redacta su primer cuento, “La tercera resignación”, publicado en ese mismo año). Y durante los siguientes 20 años García Márquez trabaja sin cesar, escribiendo periodismo y literatura a diario, hasta que su larga fase de aprendizaje concluye en 1965, cuando inicia la creación de Cien años de soledad e inaugura lo que posteriormente se conocerá como su etapa de madurez narrativa. En ese largo proceso de formación, García Márquez tuvo tres grandes períodos, claros y delimitados, cada uno dominado por la presencia de un maestro literario que marcó su prosa con hierros al rojo vivo e influyó en sus textos de manera trascendental: Franz Kafka, William Faulkner y Ernest Hemingway. En ese tiempo, y mientras luchaba a muerte con estos formidables precursores, tratando de asimilar sus fecundas e instructivas —pero a la vez peligrosas y agobiantes— influencias en sus propios escritos, procurando evitar su anulación como artista, García Márquez escribió cinco libros de incuestionable calidad, pero redactados en estilos diferentes y con notorias deudas a cada uno de estos inmensos maestros. Me refiero a la colección de sus primeros cuentos, los relatos de corte urbano y onírico, escritos a la sombra de Kafka, y que luego fueron recogidos bajo el título Ojos de perro azul. Luego su primera novela, La hojarasca, cuya deuda con Faulkner ha sido claramente iluminada por la crítica, pues por primera vez aparece el trópico en su obra, el lenguaje barroco y hasta el humor, junto con los muchos otros elementos aprendidos de su maestro del sur, el inolvidable creador del condado de Yoknapatawpha. Y en seguida tres libros estupendos, en donde la prosa garciamarquiana cambia de manera drástica: la exuberancia del lenguaje desaparece y su escritura es sometida al riguroso proceso de síntesis y concisión que le enseñó Hemingway, y en donde surge, por primera vez, el héroe cuyo modelo principal es el viejo Santiago de El viejo y el mar: el anciano humilde y digno, cuyo heroísmo se manifiesta en su honestidad, en su resistencia estoica, en su paciencia, y en la grandeza con que soporta y capotea la adversidad, y que Hemingway resumió en esa breve obra maestra con una frase perfecta: «Un hombre puede ser destruido pero no derrotado». Los textos que García Márquez escribió en ese entonces, bajo la influencia tutelar de Hemingway, incluyen varios cuentos magistrales, como “La siesta del martes” (cuyo primer párrafo, dicho sea de paso, es casi una copia textual del primer párrafo del relato de Hemingway, “A Canary for One), y los libros El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Relato de un naúfrago. En suma, como se puede ver, el estilo de cada uno de estos textos es claramente diferente a lo que después se dio a conocer como realismo mágico.

De otro lado, todo lo que el autor escribió después de El otoño del patriarca y de la Cándida Eréndida, lo hizo también en un estilo distinto. Claro: en cada obra de García Márquez predomina su imaginación formidable, la belleza y la musicalidad de su prosa, las frases tan brillantes y el peso terrenal de su pensamiento que siempre han hecho de este creador un verdadero gigante literario. Pero solo en las cuatro piezas mencionadas encontramos aquel estilo genial denominado realismo mágico.

¿En qué consiste este estilo mundialmente famoso? Es una forma de narrar y de describir la vida diaria del continente en donde las propiedades de la realidad están invertidas. Es decir, en donde lo fantástico es descrito con absoluta normalidad, mientras que la normalidad es descrita con dimensiones extraordinarias. Por esa razón, los muertos se pasean por la calle como si eso fuera algo natural, y una muchacha se eleva y desaparece sin dificultad en el cielo del atardecer, y las esteras voladoras son descritas como una miserable sobrecama, y una llovizna de minúsculas flores amarilla cae durante la noche hasta que sofoca a los animales que duermen a la intemperie, mientras que el hielo posee la rareza de un metal precioso, la olla del arroz se mueve sola en la mesa hasta desplomarse al suelo, el olvido adquiere la dimensión de una peste medieval, un imán logra despertar el ánima de las cosas hasta el punto de que los tornillos y los calderos se arrastran por la calle, y tras un balazo un hilo de sangre sale de un cuarto y atraviesa el pueblo hasta llegar a otra casa en donde asusta a la madre del muerto. Es la magia convertida en cotidianidad, en donde lo imposible y la fantasía y lo improbable suceden con completa naturalidad, mientras que lo común y corriente es investido de elementos fabulosas o sobrenaturales.

Eso es lo que diferencia las primeras obras anteriores que señalamos, y también las que se publicaron después de El otoño del patriarca, pues en todas esas no se da lo imposible transformado en natural, lo que resulta definitivo para poder hablar de realismo mágico. Por eso, cuando la crítica norteamericana reseñó El amor en los tiempos del cólera y celebró el realismo mágico de la novela, se equivocó de cabo a rabo. Sin duda, en esa obra también encontramos la belleza de la escritura garciamarquiana y la imaginación desbordante del autor, junto con la estructura acertada y las imágenes conmovedoras, más la gracia, la poesía, el humor y la melodía de la prosa que es tan envolvente y cautivante de principio a fin, pero, ¿acaso ocurre lo imposible, lo inaudito y lo mágico convertido en vida diaria? ¿Hay estelas voladoras, o silenciosas lloviznas de flores que caen del cielo, o muchachas que se elevan por los aires en la luz del crepúsculo, o muertos que aparecen para conversar de asuntos domésticos con los vivos? Quizás el único relumbre de esa característica, como un guiño sutil al final del libro, y es lo que le proporciona una tremenda fuerza a la conclusión de la historia, es cuando el capitán del buque de vapor le pregunta a Florentino Ariza, quien se encuentra por fin feliz en brazos de su amada, Fermina Daza, hasta cuándo podrán navegar por el río Magdalena, en ese “ir y venir del carajo”; entonces Florentino Ariza le responde, ecúanime y sereno, en pleno dominio de su voluntad inquebrantable: “Toda la vida”. No obstante, como ya lo hemos dicho, esta novela tampoco está escrita en el famoso estilo conocido como realismo mágico.

De la misma manera, este tipo de eco o de resonancia de aquella técnica narrativa no solo ocurre en El amor en los tiempos del cólera. En otros libros siguientes de García Márquez (y que comprenden varias obras maestras) también se distinguen algunas pinceladas de ese célebre estilo anterior, pero no pasan de ser más que eso: pequeños guiños, atisbos y reminiscencias, mientras que la estructura general de cada una de estas piezas está levantada sobre una forma de narración claramente distinta. Por ejemplo, en Crónica de una muerte anunciada el narrador nos dice que a su madre le parece muy bien que Bayardo San Román se case con Ángela Vicario, pero que ella se niega a saludar al padre del novio porque aquel hombre “ordenó dispararle por la espalda a Gerineldo Márquez”, uno de los célebres personajes de Cien años de soledad, el compañero de armas del coronel Aureliano Buendía. Igualmente encontramos otro trazo de realismo mágico en una escena anterior: cuando el narrador nos advierte que Santiago Nasar jamás dejaba sus armas cargadas en la casa desde aquella vez que la sirvienta sacudió la almohada para quitarle la funda y la pistola se disparó por accidente al chocar contra el suelo, entonces el balazo desbarató un armario, atravesó la pared y “convirtió en polvo de yeso a un santo de tamaño natural en el altar mayor de la iglesia, al otro extremo de la plaza”. Una imagen, por supuesto, que nos recuerda el misterioso pistoletazo que le causa la muerte a José Arcadio Buendía en Cien años de soledad, cuando el hilo de sangre, como vimos, pasa por debajo de la puerta del dormitorio y emprende un recorrido tortuoso hasta atravesar el pueblo y llegar a la cocina en donde Úrsula está a punto de partir 36 huevos para el pan, y entonces exclama: “¡Ave María Purísima!” No obstante, la verdad es que todos los títulos que García Márquez ha publicado después de El otoño del patriarca, y que incluyen obras tan prodigiosas como Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, El general en su laberinto, Noticia de un secuestro, Vivir para contarla, Doce cuentos peregrinos, Del amor y otros demonios y Memorias de mis putas tristes, más tantos volúmenes de sus artículos de prensa, todos están redactados en un estilo que no se puede definir como realismo mágico.

Lo cual es admirable. Porque luego de aquel genial aporte literario, el brillante recurso que el cubano Alejo Carpentier nombró, por primera vez en 1949, “lo real maravilloso” (en el prólogo de su espléndida novela El reino de este mundo), habría sido perfectamente válido que García Márquez siguiera escribiendo sus demás obras en ese mismo estilo, como Balzac que no alteró la forma de narrar sus novelas, y tampoco lo hizo William Faulkner. Pero García Márquez prefirió dejar atrás esa manera de escribir, y él mismo se encargó de cerrar la puerta después de haber fabricado esa técnica extraordinaria. Lo cual significa que, cuando se analiza la totalidad de la admirable producción de nuestro Premio Nobel, y se cuenta el número de títulos y la diversidad de estilos con que los escribió, eso refleja una creatividad y una riqueza estilística que no se había visto antes en un novelista en castellano.

En suma, en medio de la arrolladora avalancha de estupendos escritores que produjo el español durante los siglos XIX y XX, sin duda García Márquez es el más leído, el más estudiado y el más traducido de todos. Por supuesto, muchos otros han escrito novelas deslumbrantes en español, pero casi ninguno desde Cervantes ha escrito tantas, pues la obra total de García Márquez es abrumadora, tanto en calidad como en número de páginas. Se trata de un cuerpo de títulos asombroso, un legado de peso pesado y un conjunto de publicaciones robusto y rebosante de sustancia. Mejor dicho, pocos autores en nuestra lengua han creado una obra novelística que sospechamos más perdurable (con la posible excepción de Juan Rulfo) y a la vez tan vasta y extensa. Pero, sobre todo, como ya lo hemos señalado, muy pocos novelistas en nuestra lengua han ostentado un mayor alcance universal o han ejercido una influencia cultural, a nivel mundial, que se pueda comparar con justicia a la de Gabriel García Márquez. En fin, para resumirlo en términos caseros, son muy contados los novelistas en castellano, después del autor de Don Quijote, que han escrito tantos y tan buenos libros como este famoso hijo del telegrafista de Aracataca.  


Gabriel García Márquez, en Bogotá, donde trabajó como reportero en el periódico ‘El Espectador’, en 1953.

SOBRE EL AUTOR

*Bogota (1961). Premio Juan Rulfo (1986) y Concurso Latinoamericano Versión XIX de Cuento, de Puebla, México. Autor de nueve libros, entre ellos ‘El arte de Fernando Botero’, ‘Las ventanas y las voces’, ‘La sentencia’, ‘El arrecife’ y ‘Las semillas del tiempo’.

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