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Latitud 14 de Diciembre de 2014

La triple desaparición de Dora Bruder

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Con un estilo austero, incluso por momentos telegráfico, y una estructura fragmentaria, el reciente premio Nobel francés Patrick Modiano logra con esta conmovedora novela una pequeña obra maestra.

Joaquín Mattos Omar
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El 16 de noviembre de 1959, Truman Capote abrió el New York Times y, en la página 39, leyó una pequeña noticia judicial: “Asesinados rico agricultor y tres miembros de su familia”. Un mes después viajó a Holcomb, Kansas, donde había tenido lugar el múltiple crimen, y, tras cinco años de ardua investigación, dio a conocer el resultado en 360 páginas: A sangre fría.

En 1988, Patrick Modiano abrió un viejo ejemplar del Paris-Soir, con fecha del 31 de diciembre de 1941, y, en la página tres, leyó un breve: “Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris-marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París”. Y, como si ese aviso hubiera sido publicado el mismo día en que él lo leyó y él fuera su directo destinatario, Modiano salió de inmediato en busca de Dora Bruder. En 1997, dio a conocer el resultado de sus pesquisas en apenas 127 páginas: Dora Bruder.

No es la primera vez que estas dos obras se mencionan en una misma nota. Pero creo que (aparte, desde luego, de las disparidades estilísticas y técnicas) nadie ha señalado hasta ahora dos diferencias esenciales entre una y otra: 1) el material de Capote estaba ahí, tan fresco como la sangre del granjero Herbert Clutter y de sus tres familiares, y con todos los testigos y los documentos a su alcance; el material de Modiano, por el contrario, se hallaba sepultado bajo casi 50 años de amnesia –a veces incluso deliberada y metódica–, perdido en ese preciso pero oscuro pasado que constituye un demonio personal del autor: la ocupación nazi de Francia; 2) dado que justamente los testigos y los documentos relacionados con Dora Bruder habían sucumbido, en su gran mayoría, al naufragio de los años y del olvido, Modiano tuvo que echar mano de algo más que simplemente una investigación de campo, con todo lo rigurosa y meticulosa que fuese, como hizo Capote.

En efecto, el autor francés, al emprender el rescate de la memoria de Dora Bruder, se encuentra con el inmenso obstáculo de que los vacíos de información que hay sobre su vida superan con mucho los datos existentes sobre ella; dicho de otra manera: los datos constituyen apenas interrupciones en un vacío general, de modo que no son sólo esporádicos huecos biográficos los que el autor debe llenar, sino que casi toda la biografía constituye un vasto continente hueco, o, como dice él mismo, un “bloque de desconocimiento y silencio” (p. 31, Seix Barral, 2009).

Sin embargo, Modiano sale avante, y con todo éxito, en su propósito de reconstruir la vida de esta inocente niña parisina, perteneciente a una pobre familia judía procedente del antiguo imperio austrohúngaro. ¿De qué estrategia se valió para ello?

He ahí la gran originalidad del reciente premio Nobel: supo potenciar al máximo los recursos de la imaginación y de la ficción. En este libro, la investigación exhaustiva corre por cuenta de estas últimas. Se trata, pues, más que de un trabajo de investigación periodística o historiográfica (si bien su indagación fáctica es paciente y cuidadosa), de un trabajo de investigación ficcional. Es una demostración espléndida de lo que la capacidad de ficción puede hacer por la reconstrucción de la verdad, en este caso concreto, por la reconstrucción de una vida perdida en el olvido de los documentos y de la memoria humana. Si Modiano o sus editores tuvieran la habilidad y el talante de provocador que caracterizaba a Truman Capote, habrían podido, para definir a Dora Bruder, proclamar el nacimiento del testimonio o reportaje de ficción, del mismo modo, pero en sentido contrario, en que Capote habló de “novela de no ficción”.

Este uso de la imaginación para “conseguir que salga a la luz lo que ha sido borrado” (p. 19) es un expediente del cual Modiano tiene plena conciencia, como consta en la página 51 de su novela, en la que, tras declarar su fe en “el don de clarividencia de los novelistas”, se corrige a sí mismo para precisar: “La palabra ‘don’ no es exacta porque sugiere una especie de superioridad; no, eso forma parte del oficio: el esfuerzo de imaginación imprescindible en la profesión, la necesidad de fijar la atención en los pequeños detalles –y eso de manera obsesiva– (…), toda esa tensión, esa gimnasia cerebral pueden sin duda provocar a la larga fugaces intuiciones ‘concernientes a sucesos pasados y futuros’, como dice el diccionario Larousse en la entrada ‘Clarividencia’”.

Tal clarividencia novelística lleva a Modiano (pues el narrador de Dora Bruder es un novelista que, al igual que Modiano, nació en 1945 en el seno de una familia judía italiana de Salónica y es autor de las novelas El lugar de la estrella y Viaje de novios) a trazar de un modo o de otro algunos episodios de la vida de Dora; a tener certidumbres repentinas sobre ciertas peripecias suyas; a sentir, mientras camina por el barrio donde quedaba el internado religioso donde cursaba estudios, “el peso de la tristeza” y la soledad de la niña cuando regresaba de su casa los domingos por la tarde, y, en fin, a tener con plenitud “la sensación de haberla conocido”.

Ahora bien, la tarea de reconstruir con la imaginación los pasos y las huellas de Dora Bruder se la facilita el hecho de haber habitado y recorrido él desde niño los mismos barrios, calles y bulevares por los que transcurrió el periplo vital de la niña, así como el de haber vivido ciertas experiencias comunes a ambos: el internado, una fuga en invierno, el traslado en el coche celular, el padre judío que padeció la misma época que ella, una película que ella debió haber visto y que él vio años después varias veces.

Pero aunque el retrato de Dora Bruder es lo bastante completo como para que la sintamos viva en su exacto destino individual, con su personalidad rebelde e independiente, y nos conmovamos con su trágico final, hay aspectos de su existencia que quedan incógnitos, preguntas que el propio narrador se formula sobre ella y que quedan para siempre sin respuesta, datos ocultos a la fuerza y no por estrategia narrativa de la novela; y entre éstos, hay uno que sobresale e inquieta en particular, y es el relativo a las dos veces que ella se escapa, primero del internado del Sagrado Corazón de María y después de su propia casa, y desaparece por dos períodos en un París asolado por un invierno terrible y por la implacable tormenta nazi.

Sin embargo, esas dos desapariciones, esos dos espacios en blanco de la novela, lejos de representar una debilidad de ésta, terminan convertidos en uno de sus puntos fuertes, justo el que el narrador elige para su final memorable: “Es su secreto. Un modesto y precioso secreto que los verdugos, las ordenanzas, las autoridades llamadas de ocupación, la prisión preventiva, la Historia, el tiempo –todo lo que nos ensucia y destruye– no pudieron robarle”.

Y al llegar a ese final, el lector agradece, emocionado, que el libro que acaba de leer haya logrado salvar a Dora de su tercera (y única lamentable) desaparición: ésa a la que la habían condenado los “centinelas del olvido”, los gendarmes que “elaboran fichas para, a renglón seguido, hacerlas desaparecer definitivamente”.

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