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Latitud 28 de Enero de 2018

La pureza de los monstruos

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El director de cine mexicano Guillermo del Toro.

Alvaro Serje Tuirán

Una mirada a la filmografía del director mexicano Guillermo del Toro y a los monstruos que la habitan.

Guillermo Del Toro siempre le ha sido fiel a sus monstruos. En un mundo donde se espera que todo sea bello, perfecto y sin manchas, asumir lo monstruoso, es un acto casi subversivo. Esta fidelidad, casi una obsesión con los monstruos es, sin duda,  uno de los rasgos característicos de la filmografía de este director mexicano. «Algunos descubren a Jesús, yo descubrí a Frankenstein», llegó a decir alguna vez en una entrevista. «Mis monstruos me han salvado y me han absuelto», agregaría el pasado 7 de enero cuando recibía el premio Globo de Oro a mejor director. Seguramente, volverá a agradecer a sus monstruos en la próxima entrega de los premios Óscar, ya que su más reciente cinta, La forma del agua, cuenta con trece nominaciones, incluyendo mejor director, mejor guion y mejor película.

La forma del agua, estrenada hace unas semanas en Colombia, es el capítulo más reciente en esta obsesión de Del Toro con los monstruos. Esta cinta, una de las favoritas de la crítica en 2017, viene de ganar el prestigioso León de Oro en el Festival de Cine de Venecia, un galardón que pocos cineastas hispanos han tenido el honor de recibir. La forma del agua cuenta la peculiar historia de amor entre una chica muda que siempre pasa desapercibida  y una extraña criatura anfibia atrapada por el gobierno norteamericano. Ella, Elisa, perdió el habla desde muy niña y trabaja como aseadora en una base militar secreta donde este ser, mitad hombre, mitad pez, se encuentra retenido. Este romance improbable es el eje del relato, que se convierte en una conmovedora fábula sobre el respeto a la diferencia y el amor al otro. Una historia de amor, pero más que todo, sobre el amor en tiempos de odio.

Revisar la filmografía de Del Toro es asomarse a una suerte de fauna monstruosa que da cuenta de los sueños y las pesadillas del director. A lo largo de una carrera cinematográfica de más de 25 años, este mexicano nacido en Guadalajara, ha creado centenares de figuras sobrenaturales. Llegó al mundo del cine a través de una pequeña empresa de maquillaje y efectos especiales llamada Necropia, de la cual era dueño y fundador. Esta iniciativa le permitió a Del Toro aprender sobre el oficio cinematográfico y establecer las conexiones necesarias para dar el salto a la dirección. Desde la silla del director dejó de crear monstruos para otros y se concentró en sus propias criaturas. Hoy, el resultado es una inquietante galería sobrenatural que crece con cada película. Hadas, duendes, vampiros, demonios, seres anfibios, con alas, sin ojos o con seis. Monstruos aterradores y aterrorizados, fantasmas vengativos e incomprendidos, seres de todo tipo y de todos los tamaños han hecho parte de su filmografía. Un universo fantástico que desborda la pantalla de cine, ya que además de sus películas, Del Toro escribió una trilogía de novelas de terror; produjo la serie de horror The Strain y la serie infantil Trollhunters. Ha participado en el desarrollo de videojuegos e incluso diseñó la exposición  En casa con los monstruos, una exhibición itinerante compuesta por miles de objetos de su colección que se ha presentado ya en varios museos en Estados Unidos. Además ha logrado una interesante carrera como productor, en la que ha demostrado un ojo privilegiado para detectar el talento de jóvenes directores como Andy Muschietti y J.A. Bayona, con quienes produjo las cintas Mamá (2013) y El orfanato (2007), respectivamente. Luego de trabajar con Del Toro, Muschietti fue a dirigir It  (2016), la cinta de terror más taquillera de toda la historia, y Bayona está a punto de estrenar la segunda parte de Jurassic World, créditos que demuestran la habilidad del mexicano para descubrir y dar forma a otros monstruos detrás del lente.

La versatilidad de Del Toro para explorar diferentes medios y formatos, se hace presente también en su trabajo como director, ya que posee la habilidad de adaptar su narrativa fantástica a todo tipo de proyectos fílmicos, los cuales van desde pequeñas películas independientes en España y México hasta algunos blockbusters veraniegos en el mercado norteamericano. De igual forma, sus protagonistas van desde el viejo vampiro benevolente de Cronos (1997), su primera película, hasta el demonio renegado de Hellboy (2006), uno de sus grandes éxitos de taquilla. El mismo Del Toro parece ser capaz de  adoptar otras formas y cambiar de piel dependiendo del proyecto que dirige, lo que le ha permitido lograr éxitos comerciales con proyectos de alto presupuesto como Blade II (2002) o Pacific Rim (2013) y, unos años después, sorprender a la crítica con La forma del agua, una cinta de apenas 20 millones de dólares, una cifra irrisible para los estándares norteamericanos.

Por supuesto, una filmografía que se mueve entre estos extremos, tiene también altos y bajos. Las espectaculares batallas de Pacific Rim no logran ocultar las falencias del guion y el desarrollo atropellado de algunos personajes. Como es de esperarse, una cinta ‹hollywoodense› sobre la guerra entre robots gigantes y monstruos marinos, se siente muy lejana de la belleza sutil con la que el director retrata lo mágico y lo macabro de las fantasías infantiles como ocurrió con El laberinto del Fauno (2006). En el caso de Mimic (1995), su primera película ‹de estudio›, la inexperiencia del director le pasa factura; años después Del Toro suele mencionar esta cinta como una experiencia de aprendizaje en la que aprendió a defender su visión. En algunas entrevistas, el director comenta, con su peculiar humor negro: «Dos cosas horribles me sucedieron en los noventas: el secuestro de mi padre y trabajar con los Weinsteins. (...) El secuestro tenía más sentido».

Sin embargo, estas variaciones en la obra del mexicano no borran su visión autoral, ya que hay una decisión constante de poner a los monstruos como el alma del relato. A veces como protagonistas, a veces como mentores y, a veces, como antagonistas. Son ellos los que terminan reflejando y representando los conflictos de los humanos. En el cine de Del Toro, las criaturas sobrenaturales sirven como metáforas de nuestra propia humanidad, de aquello monstruoso que no queremos ver o no queremos escuchar, pero también de aquello monstruoso que nos hace reales, verdaderos. «Los monstruos son los santos patronos de nuestras hermosas  imperfecciones», dice Del Toro en su discurso como ganador de los Globos de Oro, «y son ellos, los que nos permiten la posibilidad de fallar y vivir», agrega. Monstruos que enseñan, que absuelven y dan esperanza, monstruos con alma y corazón, monstruos a los que hay que serle fiel, porque no son más que un reflejo de nuestra hermosa e imperfecta humanidad.

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