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Latitud 19 de Febrero de 2017

La naturaleza en pánico

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Del éxito como especie al riesgo de extinción masiva, notas para pensar nuestro rol en este planeta.

Luis Felipe Zapata
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Qué hermosa es la naturaleza y su proceso de evolución. Miríadas de especies presentes en diversos nichos, viviendo y luchando por la supervivencia. Mamíferos protegiendo a sus crías, miles de insectos laboriosos y activos. Aves cruzando en silencio el espacio en forma mágica cual alfombra persa voladora. Pájaros de hermosísimos colores, miles de peces de todos los colores moviéndose en forma arisca y brusca, con elegancia oceánica. Formidables felinos y veloces gacelas. En las montañas, en los polos, en el mar, en los bosques, en las selvas e incluso en los desiertos encontramos siempre diversidad de especies. 
 
Cada especie se ha formado a partir de numerosos y lentos cambios a lo largo del tiempo sin la intervención de ninguna fuerza externa. Cada especie es un logro misterioso de la selección natural. Unas especies dando origen a otras, estableciéndose así un parentesco evolutivo universal. Todos venimos de la naturaleza y luchamos para adaptarnos a los cambios que se presentan en ella. Unas son presas, otros depredadores y todas coevolucionan juntas. Así ha sido la vida en la tierra desde hace unos 3.000 millones de años cuando aparecieron las primeras formas de vida en los mares de entonces. La atmósfera se llenó de oxígeno y la vida se esparció en el planeta.
 
De pronto, aparece y evoluciona rápidamente una nueva especie. Es un extraño primate africano. No tiene pelo corporal, camina en dos patas, posee un enorme y complejo cerebro para el tamaño de su cuerpo. Se aparea en cualquier época del año. Utiliza sus manos y su cerebro para elaborar novedades en la naturaleza: filosas piedras que utiliza para conseguir alimento y para eliminar a miembros de su propia especie. No es fuerte, no es veloz, no tiene colmillos ni garras, tiene que unirse a otros miembros de su especie para poder resistir el combate por la vida. No se queda únicamente con lo que ya le viene dado sino que aprende, aprende de sus experiencias.
 
Y con el tiempo, esta novísima especie se expande, cual éxodo bíblico, desde las calurosas sabanas africanas hacia todos los continentes que se formaron a partir del continente inicial pangeano. En esta emigración para siempre, al afrontar diversos entornos, esta nueva especie desarrolla nuevas habilidades y genera nuevos recursos. Olvida su origen y se vuelve contra el mundo natural del cual emergió. Se percibe superior y genera creencias que lo llevan a considerarse una especie elegida, no se sabe por cuáles dioses porque no hay dioses en la naturaleza. Todos los dioses son una invención de esta especie para calmar las angustias que le producen sus propios actos. En 1859, Darwin lo desenmascara y le dice lo que es: solo una especie más como cualquier otra emergida en el proceso evolutivo por selección natural.
 
En los últimos 500 años, esta especie engreída y egocéntrica, en aras de su exclusivo bienestar desarrolla un brutal sistema de depredación planetaria: la sexta extinción, apoyada principalmente en la sobrepoblación humana, el cambio climático, la sobreexplotación de los recursos, la destrucción de los ecosistemas y la acción directa sobre las otras especies. La amenaza se cierne sobre los 10 o 12 millones de especies que se piensa existen en el planeta. La naturaleza vive así un momento de pánico, un momento de terror.
 
Si las extinciones anteriores se producían por sucesos externos a las especies y generaban vacíos ecológicos que permitían la aparición de nuevas formas de vida, la actual es dirigida por la acción de esta especie recién aparecida que está extinguiendo especies, cual enorme meteorito venido del espacio, sin dar pie a la aparición de otras nuevas. Dado que los cambios climáticos generadores de extinción en el pasado eran lentos, permitían que las especies de adaptaran a las nuevas condiciones o que emigraran. Pero por la velocidad del cambio introducida en la naturaleza por el hombre, las especies no pueden adaptarse y se extinguen. 
El 97.1 % de los estudios sobre cambio climático considera las acciones del hombre como responsables de esta catástrofe (Isi Web of Science, 2012).
 
Pero la naturaleza responde con violencia en medio de su pánico. Los polos se derriten, los océanos aumentan su volumen y los ríos sus caudales, los huracanes aumentan su fuerza destructora, como implorando con furia a los hombres que frenen su ímpetu destructivo. Hasta ahora, el dolor de la naturaleza no encuentra eco en esta especie, así que el combate persistirá. Mientras el hombre necesita de la naturaleza para sobrevivir, a esta le importan poco los humanos, dado que no requiere de su acción y participación para la generación de la maravillosa biodiversidad que desde siempre ha existido en el planeta. ¿Quién perderá? 

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