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Latitud 16 de Marzo de 2013

La langosta azul se sube al pentagrama

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Lágrimas de viejos cineístas al volver a vivir la experiencia del mítico cortometraje producido en 1954, realzada por la música de una banda que rompe con todos los moldes fusionando rock, jazz y música ancestral y folclórica, indicaron anoche que este no es cualquier festival de cine. Era imposible hacerlo sin la memoria de Álvaro, el más cimarrón de los discutidores de Macondo que inmortalizó Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. Ambos, Gabo y Álvaro, discutían sobre cine en donde se encontraran, en cualquier esquina de los años cincuenta, porque en aquellos años el cine se superaba a sí mismo con una velocidad insoportable.

Gracias a la buena memoria de los organizadores del Festival Internacional de Cine de Barranquilla, FicBaq, ha comenzado —desde ayer— una semana en Barranquilla en que los arroyos son de cine y hay que enfrentarlos con la sed de los buenos cinéfilos típicos de esta ciudad, nunca hartos de la invención desaforada de los grandes directores ni del inagotable universo que pasa por el ojo de la cámara. El festival marca un momento cenital en el año de Barranquilla, Capital Americana de la Cultura, con elementos novedosos como la participación intensa a través de redes sociales e Internet, con varios de los eventos académicos contando con cubrimiento en línea. La descentralización también es a gran escala, y las comunidades de sectores populares y periféricos podrán admirar las 100 horas de cine original de todas las latitudes geográficas que FicBaq ha convocado en Barranquilla.

Cuando Cepeda se quedaba quieto

Alguien observó en Álvaro Cepeda Samudio –mucho más que un escritor, era un dadaísta con periódico– maneras de camaján; otros se estremecían dizque porque la suya era una voz estentórea de cargador de muelle. Marta Traba, una argentina que escribía sensualmente sobre los cóndores de Alejandro Obregón, se llevó una mala primera impresión del escritor-camaján-dadaísta con periódico, cuando se asomó a La Cueva porque le sugirieron que era el sitio en donde se reunían los intelectuales barranquilleros. Los personajes que vio en aquella tienda de barrio, que mutaba a bistrot intelectual, no le parecieron ni dadá ni nada, sino un puñado de eternos adolescentes del Caribe que acomodaban en cada frase una expresión obscena. Se devolvió a Bogotá y a sus intelectuales más acordes al estereotipo o simplemente clásicos intelectuales bogotanos con preocupaciones gramaticales.

Eso era pasando de los años cincuenta a los sesenta, y en Barranquilla Álvaro Cepeda y Alfonso Fuenmayor, periodista-filósofo que construía notas editoriales para EL HERALDO, el periódico que no era de Cepeda, eran los únicos que leían a William Faulkner. Pero bueno, Álvaro Cepeda tenía periódico porque Julio Mario Santo Domingo, un hombre de negocios que parecía salido de un folletín, creó Diario del Caribe, y lo puso en manos del hombre de voz telúrica. Así tuvo una oficina con aire acondicionado en donde podía poner los pies sobre un escritorio y fumar un habano, entre las desveladas correcciones de las cacofonías y las ingenuidades de los heroicos redactores. Por la relación con Santo Domingo, incursionó como copy de publicidad y creó una maravillosa frase para vender Cerveza Águila (propiedad de su amigo rico). Esa frase, “Águila, sin igual y siempre igual”, la escuchamos varias generaciones de barranquilleros, y nos ponía de buen humor. Para conocer cómo este periodista neorrealista-dadaísta ayudó con su carisma y su contagioso humor a Julio Mario a tomar el control accionario de tres importantes cerveceras de Colombia hay que leer el capítulo correspondiente en el libro Don Julio Mario, de Gerardo Reyes, que no tiene dato que no haya sido comprobado tres veces. El Diario del Caribe era como si fuera de él, porque tomaba todas las decisiones y publicaba cuentos de los nuevos escritores norteamericanos y escribía de cine, el séptimo arte que le permitía quedarse quieto una hora y media. En esa época, el cine colombiano era tan menesteroso, que se trajo a un director de cine mexicano para que dirigiera la primera gran producción de largometraje. Por ahí resultó muy coherente que un periodista-neorrealista-dadaísta se dejara seducir por la sirena del cine e hiciera, en los años sesenta, La langosta azul, digna de proyectarse en tándem con El perro andaluz.

En la película, un espía gringo brega por desaparecer el último vestigio de una contaminación radioactiva en las playas de ¿La Playa? ¿Sabanilla?; una langosta que por la radiación ha perdido su color característico. Es una langosta azul, y un niño juega con ella en las calles arenosas del caserío de pescadores. En esas calles, que son caminos entre las hileras enfrentadas de casas de bahareque y techos pajizos, Quique Scopell, el cameraman de Cepeda, es profundamente neorrealista. Pero no más que su director, ojo. ¿Cuál era el sello del primer neorrealismo italiano? Respuesta: el empleo de actores naturales. El niño de doce años que juega con la langosta radioactiva es el primer actor natural del cine colombiano (bajo este aspecto la película es pionera del cine que harán 25 años después Pacho Bottía y Víctor Gaviria). Ese niño se roba la película, pero porque Cepeda con sus encuadres y ángulos registra la historia que relatan su rostro que armoniza los conflictivos genes del mestizaje, la gramática de su gestualidad infantil y su carismática estampa de Huckleberry de raído atavío. Cuando los grandes pintores Cecilia Porras y Enrique Grau, actores neorrealistas también, reforzados por espontáneos reclutados en la locación y en el vecindario de Cepeda en Barranquilla, escenifican un ritual shamánico para exorcizar el demonio que tiñe los crustáceos de azul, y de paso al espía norteamericano, la película se viste de surrealismo para llegar a un clímax surrealista cuando el niño la ata a la cola de su cometa para un hermoso ascenso por esa playa del fin del mundo. Hacer una película así, en aquellos años en que Latinoamérica era un estudio especializado en insoportables melodramas sobre pobres que hablaban con acento madrileño… Si fue o no un genio, La langosta azul es unaprueba de lo primero: evitó todos los tics del cineasta tercermundista y logró algo que firmarían con gusto Flaherty o Murnau.

Por Ernesto Gómez-Mendoza

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