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Latitud 27 de Agosto de 2017

La identidad y la cultura se bordan en Palestina

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La transformación de un elemento que se ha vuelto fundamental para la reconstrucción de memoria histórica del pueblo palestino

Odette Yidi David*
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A lo largo de los años y durante mis ocho viajes a Palestina nació y creció una profunda fascinación por los bordados tradicionales que veía, tocaba y admiraba en las calles de Cisjordania y Jerusalén. Me recordaban los cojines que decoraban mi casa a miles de kilómetros en el Caribe colombiano, o tal vez a mi madre bordando complejos motivos tomados de un viejo libro en árabe que probablemente una mujer de un campo de refugiados palestinos en Jordania también bordaba. Sin tener un ojo crítico formado profesionalmente en arte o en moda, sentía que los trajes me comunicaban algo, que podía leerlos, y que invitaban a pensarlos no solo desde la estética o desde lo efímero de la moda diaria, sino que se podían hacer diversas lecturas de aquellas prendas desde lo social, histórico y político.

Inicialmente, observaba estos coloridos bordados en punto de cruz con asombro por la perfección de sus puntadas, la riqueza de los diseños, la armonía de la pieza, la cuidadosa selección y combinación de los colores, y la relación tan íntima que parecía guardar cada vestido con la mujer que lo portaba en las antiguas calles de ciudades palestinas como Hebrón o Belén. Los bordados también decoraban caminos de mesa, cuadros, bandejas, chaquetas, bolsos y chales, tanto en hogares dentro de Palestina como en los de su extendida Diáspora. Con el tiempo, fui alimentando la colección de vestidos que mis padres habían empezado a consolidar desde la década de 1980 en sus viajes a Palestina, y que exhibían con orgullo en diversos escenarios de integración de la comunidad colombo-palestina, como por ejemplo, el Club Campestre del Caribe. Luego, en línea con esa poderosa fuerza comunicativa y expresiva que emanaba de los bordados, empecé a estudiarlos con rigurosidad académica para tratar de entender de dónde, cómo y por qué estos bordados se habían convertido en valiosas piezas de identidad nacional que unían a los palestinos desde sus diversas realidades: aquellos de los campos de refugiados en Líbano, Siria y Jordania; los de Cisjordania, Gaza y Jerusalén ocupada; los de dentro de Israel, y los de la diáspora, estimada en seis millones y regada por Europa, Asia, África y América. 

El mundo del bordado palestino con todas sus complejidades pronto se fue revelando ante mis incrédulos ojos; pues a pesar de que el bordado es una técnica universal compartida por millones de personas, pueblos, culturas y territorios, en Palestina el bordado trascendió su lugar de nacimiento y desarrollo, su propósito tradicional, y entabló un diálogo vital con el devenir histórico y las experiencias nacionales del pueblo palestino de las ultimas décadas.

En la Palestina de principio de siglo XX, el arte del bordado tradicional era una práctica social insigne de la mujer palestina campesina y beduina a través de la cual ella podía embellecer su vestido y expresar implícitamente su identidad. Cada vestido era único e irrepetible, y reflejaba los intereses y características propias de su creadora. Cada aldea en Palestina tenía una gramática especial al momento de bordar; los diseños, motivos y colores usados no eran aleatorios sino que respondían a convenciones sociales históricas que pasaban de generación en generación. Por ejemplo, mujeres de regiones famosas por sus viñedos, como la ciudad de Hebrón, bordarían motivos de hojas de uva; mujeres de Yafa, famosa por sus naranjas, bordarían motivos florales y naranjos; mientras que las mujeres del desierto bordarían motivos geométricos ante la escasez de fauna y flora en su entorno.

Hilos azules eran usados por mujeres viudas o sin casar, pues era un color asociado con el duelo, mientras que mujeres casadas utilizaban hilos rojos que evocaban sentimientos de alegría. El vestido estilo túnica, o thoub, era la única forma socialmente aceptada de vestir para la mujer de comunidades no urbanas de Palestina a principio del siglo XX, pues era lo suficientemente modesto y a su vez ofrecía flexibilidad para realizar las labores del campo. Las niñas palestinas aprendían a bordar de sus madres entre los 6 y 8 años, y se esperaba que en su adolescencia empezaran a bordar su ajuar de novia, pues, según la creencia popular, utilizar un vestido hecho por otra mujer traía mala suerte a la prometida. De esta forma, cada mujer exhibía en su vestido y con orgullo su lugar de procedencia, su estatus marital, posición socio-económica, destreza e intereses personales. La relación del bordado con la tierra era incuestionable y esencial: este formaba parte integral del paisaje geográfico y cultural de Palestina.

En 1948 ocurre la gran catástrofe del pueblo palestino: la creación del Estado de Israel supuso una violenta disrupción y reorganización de la vida tradicional de los palestinos con respecto a su tierra histórica. La mitad de la población nativa de Palestina fue expulsada y 531 aldeas fueron destruidas, como también gran parte del legado material cultural palestino. Las formas de expresión artísticas y culturales fueron alteradas; en especial el bordado, que ante la pérdida de su gran inspiración, la tierra palestina, debe adaptarse y reinventarse en nuevos entornos y servir a otros propósitos. Las mujeres campesinas empiezan a bordar desde los campos de refugiados dirigidas por cooperativas que buscan proveerles recursos económicos y preservar la herencia palestina. Los diseños de los vestidos dejan de reflejar la identidad local de cada aldea para expresar unidad y conciencia nacional de Palestina como un todo al que todos desean retornar. Aparecen motivos en los vestidos como banderas palestinas, la palabra Jerusalén o Palestina en árabe, o el Domo de la Roca.

Así, a finales del siglo XX, los bordados se adaptan y reinventan elementos culturales simbólicos que impregnan a las formas de vestir tradicional con un nuevo significado que va de la mano con el discurso nacional en evolución. Los hilos del bordado tradicional palestino, o tatriz en árabe, son entonces esos conectores de la diáspora palestina con la tierra ancestral perdida, con la patria, e inclusive con la noción a veces idílica y romántica de lo que fueran las ciudades y aldeas palestinas antes de 1948.

*Directora Ejecutiva del Instituto de Cultura Árabe de Colombia 
 

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