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Latitud 31 de Julio de 2016

La Habana, poesía en movimiento

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Foto: Nora Carbonell Muñoz

Nora Carbonell Muñoz

Relato didáctico y cargado de poética, a través de una visita a la capital cubana, de la mano de la creación de invitados y participantes en el XX Festival Internacional de Poesía de La Habana, efectuado en el mes de mayo del presente año.

Un aire de irrealidad
 
A partir de su historia,  las narraciones de sus visitantes y lecturas como Crónica de la ciudad de La Habana,  de Eduardo Galeano, concebía esa capital como una maravillosa congestión de aromas y sonidos caribeños, mojitos y espléndidos cuerpos siempre a punto de un pase de son;  una ciudad que reflejaba la resistencia y la esperanza de un pueblo excepcional. Así, que hace tiempo tenía el nombre «La Habana» escrito en mi cuaderno de itinerarios. Y si mi visita a esa ciudad se efectuaba dentro del marco de un festival de poesía, yo sería una favorita del destino…y llegó la ocasión, después de muchos aplazamientos. 
 
La UNEAC —Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba— me escribió para invitarme al XX Festival Internacional de Poesía en La Habana. En la carta me informaron que se realizaría entre el 22 y 29 de mayo en la sede de la UNEAC en el barrio Vedado; sin dilatar más la decisión, preparé mi equipaje y emprendí el viaje hacia la isla. 
 
Al bajar del avión, en el aeropuerto de sillas y paredes rojas, me enfrenté a una conocida sensación de inconformidad: el mismo calor que hacía en Barranquilla por esos días —a finales de mayo pasado— y tediosas filas hasta para comprar un helado… además, me desesperó la dificultad para la  comunicación. A los tres días, al fin pude conseguir una llamada internacional con una señal más o menos clara, y entonces, advertí a mi familia que volvería a saber de mí,  una vez  regresara a Colombia. Hecha esa precisión para los demás y para mi conciencia habituada a la ininterrumpida conexión actual, me concentré en el Festival y en la poesía de las calles habaneras. 
 
Encontré la poesía de las calles habaneras en la majestuosidad de su construcciones coloniales y neocoloniales, algunas pintadas con los colores del trópico; otras, mustias por la pátina del tiempo y el abandono; en el Centro Histórico de La Habana Vieja, declarado monumento nacional por el Gobierno Cubano  en 1976 y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1982, en el cual los turistas son una romería del asombro, con sus pieles y cabellos de todas las tonalidades: los jóvenes con sus morrales en la espalda y los otros, mayores o con más recursos, alojados en lujosos hoteles. Nimbados todos por un aire de irrealidad.
 
La poesía descontextualizada de los almendrones o autos construidos entre 1920 y 1950, rueda en sus motores poderosos y en  sus carrocerías de níquel y plomo, destartaladas algunas y otras relucientes, como símbolo de la resistencia del pueblo cubano. 
 
En las callecitas del centro, bares, restaurantes, en la Plaza Vieja, la de Las Armas o la de San Francisco; en todas partes, grupos de músicos con sus voces y melodías cadenciosas nos hacen olvidar el calor agobiante y la escasa variedad de platos en los restaurantes populares. Porque si se quiere conocer la verdadera Habana, hay que hospedarse en una casa de familia —autorizada por el Estado para este servicio— y fraternizar con su gente en las calles.
 
La señora en cuya residencia me bajé, me contaba durante los desayunos preparados con afectiva diligencia, que había sido la primera directora de la Casa-museo Lezama Lima y me narraba interesantes anécdotas sobre esa experiencia. Una aseadora de la mansión donde funciona la sede de la UNEAC en La Habana, me relató que aquella casa era de un marqués que enloqueció hasta suicidarse, cuando se la expropiaron. Un anciano, sentado a mi lado en una banca de la Fragua Martiana —sitio que fue una cantera donde José Martí estuvo prisionero—  me dijo con ojos emocionados, que había conocido al Che Guevara y que recibió de sus manos un vaso de leche, en un encuentro revolucionario.   Leyendas, fantasías y realidades,  lo que cuenta la gente nos ofrece una versión distinta, más emocionante que la que leemos en textos bibliográficos o digitales. 
 
Y la poesía se desliza por el malecón: de día, con el mar increíblemente azul, y de noche, con los jóvenes que hacen de esta zona, su lugar de  expansión; allí bailan, cantan, toman sorbos de ron habanero y encuentran la amistad y el amor. Allí, socializan sus sueños o se despiden de ellos. 
 
La poesía de las calles habaneras, muy abundante y eterna para pretender agotarla en las líneas de este texto.  
 
 
Veinte días de poesía con epílogo en la Sierra Maestra
 
Este festival que reúne a un centenar de destacados poetas nacionales e internacionales,  surgió en 1996, con el auspicio del Instituto Cubano del Libro, la Oficina del Historiador de la ciudad, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y el Proyecto Cultural Sur. En su XX versión, a la cual asistí, sesionó en centros culturales y sociales de la capital, escuelas, colegios, universidades, plazas, parques y comunidades, con un prólogo de 20 días de lecturas en todas las provincias cubanas y un epílogo en la Sierra Maestra del 1 al 5 de junio, donde se alió con el Festival Al Sur está la Poesía.
 
«Difícil realizar un evento que pretende llevar la poesía y a los poetas a escenarios que trasciendan los espacios habituales y restablecer el contacto con el hombre común, en las condiciones económicas de Cuba. A pesar de ello el Festival se instala como una posibilidad para operar tanto en el ámbito comunitario, como en privilegiar la relación de los poetas con sus lectores y la creación de foros que respondan a los intereses de creadores de todas partes del mundo para quienes Cuba es referente de la utopía» se lee en Cubapoesía,  blog oficial del Festival.
 
Para esta XX versión, el poeta Alex Pausides, vicepresidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC y coordinador general  del Festival Internacional de Poesía de la Habana, trabajó apoyado por un comité laborioso y entusiasta, conformado por escritores y gestores de expresiva fraternidad, entre ellos: Pierre Bernet, Karel Leyva, Pedro López Cerviño, Jesús Sama, Carmen González, Marlene Alfonso, Surama Zayas, Betsy Rojo, Josué Aguilar y Mercedes Prendes. 
 
Al festival llegaron poetas de todos los puntos cardinales: de Turquía, Siria y Senegal, pasando por España, Italia y Canadá hasta países de Suramérica como Perú, Ecuador, Argentina, México y Colombia. Entre los invitados, nombraré algunos, no por su fama o protagonismo, sino por el eco que me quedó de sus recitales:  la mexicana Claire Joysmith con su libro Silencio de azules, la colombiana Clara Schoenborn con su poesía cuestionadora y Carolina Samudio, argentina radicada en Salgar, Atlántico; el poeta ruso Evgueni Evtushenko del cual sabremos más  adelante; el argentino Jorge Paolantonio —quien habló en La Habana de lo feliz y querido que se sintió en Poemarío, el Festival de Poesía de Barranquilla—;  Roberto Pasquali, italiano —quien además de unos versos sugerentes y universales,  tiene un enorme archivo audio-visual de poetas del mundo, con tesoros como las voces de Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik y la del Che Guevara, recitando poesías— y la iraní Ghazal Zeinab Ghazi, —la joven que se acerca  a la orilla del verso con el mismo amor y desolación de quien labra su propia mortaja—. 
 
Pausides, sereno y caballeroso anfitrión, nació en Manzanillo, Cuba, fue director de El caimán barbudo, importante publicación del movimiento de la poesía de Cuba generado en el contexto de la revolución cubana, en sus primeros años. Autor de más de quince libros, entre ellos: Canción de Orfeo, La extensión de la inocencia, Habitante del Viento y Arte Arcaico, el cual presentó en este festival. Los versos de Alex, habitados por los mitos, atravesados por el animal doméstico de la melancolía, saltan de la semilla de la infancia a la tierra fértil de sus convicciones políticas; como el labrador de un tiempo que sabe finito. 
 
Jamila Medina Ríos, nacida en Holguín, Cuba, es una poeta de verdad, verdad; no construida por aparatos mediáticos ni impelida por sociedades de favores mutuos. Estuvo de paso en el festival sin que pudiera darle el abrazo del reencuentro, pero «encontré» su breve libro: Del corazón de la col y otras mentiras, casi oculto entre muchos otros que  se vendían a precios increíbles durante los días del evento o en las librerías del centro, por la Calle del Obispo. Su poesía experimental, furiosa —con la furia mansa de la estratega— transcurre llena de mundo, de búsqueda y exploración como un joven río que corre para avistar el mar. Otros libros suyos son Primaveras cortadas y Diseminaciones de Carvert Casey. 
 
Los poetas invitados al XX Festival de La Habana, participamos en lecturas, laboratorios de escritura, lanzamientos de libros; asistimos a muestras artísticas, recitales en honor a Fidel Castro, visitas a instituciones culturales, presentaciones teatrales, encuentros con la comunidad, desplazamientos a las sedes de la Uneac en Matanzas y Varadero, etc. Por  espacio y decisión, me referiré brevemente a tres eventos que me impactaron de manera particular: la presencia de Evgueni Evtushenko en Cuba, los recitales en el barrio Cayo Hueso y la intervención en proyectos culturales comunitarios.
 
Un joven apasionado de 83 años
 
 
Fue la estrella del festival. No por ser uno de los más importantes poetas rusos, sino por la pasión intemporal activada en sus manos que reforzaban los versos pronunciados en un español claro, con variaciones tonales y explosiones silábicas que atrapaban nuestra atención. 
 
Candidato varias veces al Premio Nobel de Literatura y  súbdito de «Su Majestad La Vida» —según sus propias palabras—,  el poeta llegó al festival, acompañado por Masha, su quinta esposa, treinta años más joven, a la cual dedicó, con la exaltación de un adolescente,  el poema Te amo más que a la naturaleza;  luego, en sus diversos recitales no sólo leyó, sino que habló sobre literatura, cine, Rusia, política, guerra, paz y sobretodo, sobre la vida que ama y la muerte que no teme. 
 
Evtushenko, nació en Siberia, en 1933. De su obra, formada por libros de poemas, novelas, ensayos y guiones cinematográficos, menciono tres poemarios, dejando a los lectores, la inquietud de bucear en su bibliografía: Entre la ciudad si y la ciudad no, No te mueras antes de morir y Manzanas robadas. Éste último fue publicado en Cuba en 2012, en edición especial, auspiciada por el Festival Internacional de Poesía de La Habana. 
 
Admirado entre sus contemporáneos y los jóvenes de la antigua Unión Soviética, sus debates públicos con los intelectuales oficiales de su país y sus ciclos de conferencias en el extranjero, formaron su imagen de poeta polémico y comprometido contra la injusticia y la deshumanización. Su poesía, de profundo contenido social, abarca todos los temas y se pasea muy lozana por el mundo.   
 
Su presencia en el barrio Romerillo de La Habana,  leyendo poemas bajo árboles de la avenida, entre el público y los transeúntes que se detenían para escucharlo, me enfrentaron a la verdad de un Poeta cuya grandeza y humanidad se transmutaron en una obra perdurable y contundente, con nobel o sin él. 
 
Recitales en Cayo Hueso
 
Inicialmente,  Cayo Hueso fue un barrio de tabacaleros y hoy es referente cultural de Centro Habana. Allí,  los poetas del Festival fuimos distribuidos en tres grupos para los recitales: algunos fueron al Callejón de Hamel, en cuyas paredes se encuentra plasmada la pintura afrocubana del muralista Salvador González. Los del segundo grupo, leyeron en la puerta de una residencia donde los vecinos se aglomeraron para escucharlos, bajo la luz mortecina de un farol. Los del tercero, fuimos al Callejón del Poeta, espacio para el desarrollo y expresión del arte literario, llamado así en recuerdo de un poeta alemán, George Wearth, del cual no se encuentra mayor información.
 
En el Callejón del Poeta, hombres y mujeres de piel oscura, asomados a los balcones o sentados en sillas plásticas, escucharon con atención los versos de Evtushenko de Rusia, Roberto Fernández Retamar de Cuba, Marcos Rivadeneira de Ecuador, Antonio Armenteros de Cuba, Jorge Paolantonio de Argentina y los míos. Leímos en dos turnos, con fondo de tambores, ladridos de perros y sombras en la muralla. Fue alucinante, confuso para mis sentidos. Si no tuviera fotos del momento, diría que realmente, no sucedió.
 
Cayo Hueso en Cuba, donde la religión, la santería, la pintura, la percusión, el baile, la poesía se concentra en callejuelas que son el epicentro de la cultura afrocubana de la ciudad.  
Proyectos con la comunidad
 
Proyectos con la comunidad 
 
 
La Fiesta de las Artes en la Comunidad, Poesía en Movimiento y el Museo Kcho en Romerillo son tres de los proyectos a los que tuvimos la fortuna de asomarnos.
 
El primero, la Fiesta de las Artes en la Comunidad está enmarcado en un programa llamado Imagen Tres,  auspiciado por la Uneac y dirigido por el artista plástico Cecilio Avilés, que se desarrolla en varias localidades de la isla, y en la capital se desarrolla bajo los laureles del Paseo del Prado. Todos los sábados, allí se reúnen los artistas para promocionar su obra y ofrecer manifestaciones teatrales, de pintura, baile y poesía. Los pintores trabajan a la vista del público quien no se resiste a invertir en algún pequeño lienzo, en una vasija pintada o una escultura hecha con reciclaje. Los artesanos ofrecen sus manualidades, apetecidas por los turistas que aprovechan la oportunidad de comprar algo económico y original. 
 
Pero el proyecto no se queda en la exposición y venta de obras, los artistas ofrecen talleres a niños y jóvenes de manera gratuita y organizan tertulias para dar espacio al debate y la reflexión. El eje central es la posición del artista en su entorno social o comunitario. «Allí se analiza la sinceridad y el enfrentamiento a los tabúes, la impaciencia y sus motivos en la creación, las obras honestas y comercialización burda, las realidades financiaras para la creación del arte en la Plástica. Además se presentan libros, discos y otros productos culturales» leí en una página que menciona el proyecto. 
 
En medio de esta celebración cultural, el sábado 28 de mayo pasado, con los artesanos y artistas apostados a lo largo del Paseo del Prado, intercambiamos poemas por tejidos, libros por pinturas y sonrisas por abrazos.
 
Otro proyecto patrocinado por la Uneac es el llamado Poesía en Movimiento y se lleva a cabo, una vez al mes dentro de la sede de esta organización, en el barrio Vedado, como ya había escrito. «Este barrio se llama así, porque estaba vedado para los cazadores porque era un bosque frondoso…» me dijo una amable señora, mientras pasaba la escoba por un corredor de la sede. En el patio Hurón Azul, una vez al mes,  se dan cita: trovadores populares, cantantes profesionales, grupos de teatro y performance, poetas y narradores, y el público saborea un té con panela, mientras disfruta la dicha del arte.
 
Y finalizo este itinerario, sintetizando lo que vi y aprendí en el Museo Orgánico Romerillo (MOR) —orgánico, en su acepción de «armonía y orden en el concepto»— , cuyo fundador y director es el artista plástico Alexis Leyva Machado, conocido como Kcho.
 
Inspirado en la idea de integrar el arte a la vida de las personas para lograr cambios socio-culturales profundos; el MOR funciona en Romerillo, barrio marginal y depreciado urbanísticamente. Este proyecto establece un diálogo directo de la población con el arte: las pinturas y esculturas lucen en los muros y casas del barrio, en el mercado popular, en las paradas de las guaguas y en donde se pose la mirada: además, los espectadores participan activamente en los eventos del museo. Dentro de él, conviven obras de cubanos como Rita Longa, Amelia Peláez, Raúl Martínez, Servando Cabrera, Mariano Rodríguez, Ever Fonseca, Ernesto Rancaño, Antonia Eiriz, con las de artistas internacionales, en una simbiosis de estilos, épocas e ideologías. Allí vi, dentro de una vitrina iridiscente, los grabados que hizo Wilfredo Lam sobre el relato El último viaje del buque fantasma de García Márquez. 
 
Una vez terminado el Festival, me tomé un tiempo para clarificar las emociones y sensaciones que me dejó esta visita a La Habana, Cuba; y poder escribir este relato. Erradiqué el recuerdo de la sombra decadente de algunas de sus maltrechas edificaciones, mi sensación de ahogamiento por el rebusque desaforado de algunos naturales y cualquier otro inconveniente. Finalmente, sobre esa penumbra y ese desafuero,  brillaron el coraje de su historia, la calidez de su pueblo  y la autenticidad de su cultura. No podía ser de otra manera.

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