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Latitud 21 de Junio de 2015

La gesta del sionismo

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Foto: Shutterstock

El 14 de mayo se cumplieron 67 años de la Independencia de Israel, donde el sionismo no es una secta, ni un grupo marginal, ni es racista, sino una ideología con la que se identifica la inmensa mayoría de los judíos del mundo.

Marcos Peckel
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Todo comenzó en una tarde otoñal en 1897 en la ciudad suiza de Basilea, donde convino el primer congreso sionista, que congregó a representantes de comunidades judías de todo el mundo. El término sionista hace alusión al monte Sion, una pequeña colina a la afueras de Jerusalem que con el tiempo se convirtió en sinónimo de «tierra de Israel». Teodoro Herzl, un periodista judío residente en Viena, quien había cubierto el caso Dreyfus y había sido testigo de la masiva explosión de antisemitismo que este había generado, –«muerte a los judíos»   vociferaban las turbas parisinas, en la misma capital de la igualdad, fraternidad y libertad–,  se convirtió en el adalid del sionismo, causa que buscaba la autodeterminación nacional del pueblo judío en su patria histórica, la Tierra de Israel.

El proyecto sionista era a todas luces descabellado: crear un Estado judío en la tierra ancestral, revivir la lengua hebrea tras dos mil años de desuso, fomentar la emigración de judíos a una región sin fuentes económicas y obtener apoyo diplomático a la idea. Frente a estos complejos desafíos, el movimiento sionista, una de las primeras ONG del planeta, fue muy exitoso.

Miles de judíos emigraron de países europeos en los que por razones económicas o persecución física ya no era viable su permanencia, especialmente de Rusia y Polonia, y comenzaron a construir los cimientos de una economía agrícola inicialmente, industrial en una fase posterior. La lengua hebrea fue revivida y se convirtió en el vernáculo de la población judía.

Sin embargo, el mayor éxito del movimiento sionista fue obtener el apoyo diplomático al derecho del pueblo judío a su autodeterminación nacional en su Estado propio, consignado en el texto del mandato británico en Palestina, otorgado a Inglaterra por la Liga de las Naciones, organismo que encaraba la legitimidad internacional surgida tras la Primera Guerra Mundial.

Es durante los años del mandato británico, 1920-1948, que surge el conflicto entre judíos y árabes-palestinos, y los pocos intentos que se hicieron para lograr una convivencia pacífica no prosperaron, máxime cuando los mismos ingleses fomentaban el conflicto. Y el liderazgo palestino, siempre dividido, nunca logró consolidar un proyecto nacional realista y coherente, situación que perdura hasta el día de hoy.

Israel, el Estado-Nación del pueblo judío, declara su independencia el 14 de mayo de 1948, con base en la resolución 181 de la Asamblea General de Naciones Unidas, que establecía la partición de Palestina en dos Estados, uno para los judíos y otro para los árabes-palestinos. La guerra que al nuevo Estado le declararon los países árabes, eventualmente derrotados, impidió la creación del Estado árabe-palestino, lo que hasta el sol de hoy, y a pesar de múltiples procesos de paz y negociaciones, no se ha logrado. Esa misma guerra que Israel no buscó dio origen al problema de los refugiados palestinos.

Contrario a lo que pregonan algunos, el sionismo no es una secta, ni un grupo marginal, ni es racista, sino una ideología con la que se identifica la inmensa mayoría de los judíos del mundo.  Sionismo no es negar los derechos nacionales del pueblo palestino; por el contrario, la mayoría de las organizaciones sionistas apoyan el derecho de los palestinos a su propio Estado.   El sionismo tampoco es un movimiento monolítico: incluye en su seno diversas tendencias, desde la izquierda comunista hasta la derecha radical, desde los más religiosos hasta los más laicos.

En sus 67 años de existencia Israel ha absorbido a millones de emigrantes de más de 100 países, incluyendo las grandes olas migratorias de judíos provenientes de Marruecos, Irak, Yemen, Ex Unión Soviética y los judíos negros de Etiopía.


Teodoro Herzl, periodista judío que lideró el movimiento sionista.

Tres universidades israelíes se ubican entre las 100 mejores del mundo. El país ha ganado doce premios Nobel, ocho en ciencias; está a la vanguardia global de la innovación en áreas como telecomunicaciones, agricultura, medioambiente, energías alternativas, agua, desarrollo médico y farmacéutico y el país se sitúa entre los primeros veinte del Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas. Israel es una democracia vibrante, incluyente, participativa y ejemplar en una región donde la democracia es un lujo.

Inventos que cambiaron nuestras vidas como el wifi, la mensajería instantánea, microprocesadores y la USB surgieron en laboratorios de este pequeño país de 20 mil kilómetros cuadrados que además tiene una reconocida industria militar y ha desarrollado grandes plantas de desalinización para potabilizar el agua de mar en una  zona de escasos recursos hídricos.

Cabe destacar las crecientes relaciones que Israel mantiene con los grandes países de Asia: China, Japón, Corea del Sur, India y Vietnam, además de sus aliados tradicionales de Europa y las Américas, y tras sobrevivir guerras convencionales con sus vecinos árabes, Israel mantiene estratégicos acuerdos de paz con Egipto y Jordania. Israel es miembro de la OCDE y fundador del Banco Asiático de Inversión e Infraestructura, promovido recientemente por China.

Sin embargo, Israel, como cualquier país, enfrenta falencias y desafíos. Una sociedad fracturada entre religiosos y laicos, una desigualdad social que condujo a gigantescas protestas en el verano de 2011 y una minoría árabe, 20% de la población, que a pesar de gozar de todos los derechos como ciudadanos, tiene camino por recorrer, especialmente en su participación en las instituciones y dignidades del Estado. Israel enfrenta la constante amenaza de guerras no convencionales por parte de actores no estatales como Hezbollah y Hamas, apoyados por Irán, país que ha reiterado su objetivo de eliminar al Estado Judío.

La asignatura pendiente de Israel es lograr la paz con el pueblo palestino. Los palestinos tienen derecho a su dignidad, independencia y a su Estado propio en Cisjordania y Gaza. Lamentablemente las perspectivas de un acuerdo de paz son minúsculas, por la irreconciliable división palestina entre Hamas y Fatah, el terrorismo de organizaciones palestinas que ha obligado a Israel a tomar medidas, como la construcción del muro, que afectan negativamente a la población civil palestina, la complejidad de los temas de la negociación y la vorágine en que se ha convertido la región tras el estallido de la “primavera” árabe con sus nefastas consecuencias. En momentos que los intereses de los mayores países árabes coinciden con los de Israel, un acuerdo con los palestinos significaría la definitiva inserción el Estado Judío en la región.

Sobre el autor
Profesor Relaciones Internacionales
Universidad Externado de Colombia
Columnista Asuntos Internacionales

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