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Latitud 21 de Mayo de 2011

La ficción de una afición

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La obra Escrito en la grama, antología de relatos colombianos sobre fútbol, de la editorial Caza de Libros, es el resultado de la profunda investigación realizada por los escritores Óscar Perdomo Gamboa, Premio Jorge Isaac de novela con Hacia la aurora, autor de ¿Cómo perdió sus vidas el gato?, y Hernando Urriago Benítez, ganador del premio Poesía Ministerio de Cultura, autor de Esplendor de la ceniza y Caligrafías de asombro, quienes durante dos años indagaron en el universo de la literatura colombiana buscando relatos que hablaran sobre el fútbol.

A continuación, apartes del capítulo ‘La ficción de una ficción’ incluida en esta obra:

El gol más memorable del fútbol colombiano nunca entró. Fue en el estadio El Campín, hace 20 años. Una de las fechas del torneo de 1989 encontró a Santa Fe y Pereira jugando un partido tan frío como el silencio de la tribuna, hasta que el equipo local se acercó tímidamente a las 16 con 50 del contrario con un balón pateado sin fe por el delantero argentino Héctor Ramón ‘El Rambo’ Sosa. El público se animó, pero pronto regresó a la gradería ante el grito habitual de ‘sentémonos, sentémonos’. Uno de los defensores matecañas recuperó ese balón de trámite que apenas llegó a las 5 con 50. Y de pronto el juez central Manuel Castro pitó el primer gol de Santa Fe. La tribuna espabiló y negó rotundamente la anotación, pero ya era tarde. El pitazo de un árbitro es sentencia, rito final, asunto concluido: Manuel Castro señaló el centro del campo y ‘El Rambo’ Sosa celebró, tímidamente, como corresponde a quien anota un gol. Gol ‘fantasma’ que representa, a fin de cuentas, una de las tantas incursiones del reino de la ficción en las canchas colombianas.

Pero en los anales del fútbol colombiano, 1989 figura no sólo como el año de ese gol inaudito sino como el único que tuvo como campeón a un equipo ‘fantasma’. El 15 de noviembre había sido asesinado en Medellín el árbitro Álvaro Ortega, luego de un partido en el que jugaron -como era habitual en las canchas colombianas- tres equipos: Deportivo Independiente Medellín (DIM), América de Cali y los carteles del narcoterrorismo. Ortega, que había sido juez de línea de Jesús ‘Chucho’ Díaz en ese encuentro, sugirió la anulación de un gol anotado en fuera de lugar por los locales, que a la postre perdieron 3-2 con América, y esa decisión le garantizó la sepultura. Fuera de la cancha competían los carteles de Cali y Medellín. Días después del homicidio, el torneo nacional fue suspendido y 1989 figuró como el año en que el fútbol colombiano se quedó con un ‘fantasma’ como campeón absoluto. Dos goles, uno que nunca entró y otro que por anulado definió el campeonato de 1989, marcaron para siempre la piel del fútbol colombiano. Pero cinco años después vendría otro más, el auto-gol de Andrés Escobar de Colombia a favor de Estados Unidos en la Copa Mundo de 1994, recibido como una laceración por todo el país, pero aún más recordado como herida que no cierra luego de que el jugador fuera asesinado el 2 de julio de ese año. 12 balazos entraron a su cuerpo como si cada ráfaga representara el número de jugadores colombianos que actuaron en ese partido más el técnico, Francisco Maturana, que había sido amenazado de muerte. De esto hace ya 15 años, cifra redonda a lo largo de la cual la pelota ha rodado millones de veces por una cancha infinita en la cual los goles generalmente hacen vivir emociones pero también matar las ilusiones de árbitros, jugadores e hinchas, quienes sumados a la prensa deportiva suelen arropar a los primeros con un manto divino o demoníaco, olvidándose de la dimensión humana que los caracteriza. Porque así como los dioses no escriben literatura tampoco juegan fútbol ni mucho menos hacen goles.

Así ha sido escrita la historia, con trazos fantasmales y, a veces, con los pies. ‘Dios es redondo’, afirma Juan Villoro sin recordar que ese mito no se ha molestado en cuidar nuestra rezandera patria.

Los dioses tampoco han asumido la responsabilidad de redactar letras que perpetúen nuestra existencia. Y si la memoria nacional se diluye entre la repetición y el marasmo, ¿qué se podrá decir de los relatos menores que suceden entre guayos y balones? Las letras colombianas, como las de cualquier país, han ido paralelas a las injusticias sociales. Inevitablemente, la violencia y el narcotráfico se apoderaron durante décadas de nuestra literatura, junto a los infatigables y no siempre reconocidos genios de la poesía. Entre las matanzas de liberales y conservadores, los pueblos sorprendidos por el hielo y las oleadas de dólares y polvo blanco, poco tiempo hubo para recordar la alegría de anotar un gol, la tristeza ante la derrota del equipo, la mirada del niño que busca un héroe entre once asalariados.

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