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Latitud 26 de Enero de 2014

La excelencia educativa, ¿una utopía?

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Foto: Shutterstock

Libardo Barros E.
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Una vez hube aprendido a leer y a escribir, la escuela fue para mí una pérdida de mi valioso tiempo.

William Saroyan

He sido maestro de escuelas estatales durante más de 15 años y 10 en universidades públicas y privadas. Por eso, cuando a mi alrededor escucho gente quejarse de los graves problemas relacionados con nuestro sistema educativo, no dejo de preguntarme: ¿acaso la realidad no demuestra que las demandas colectivas van en contravía de los deseos de la sociedad? ¿Lo que se hace no está en contradicción con lo que se piensa?

La realidad permite corroborar cabalmente tales interrogantes. Basta con escuchar las letras de las canciones que fatigan las emisoras para darse cuenta de ello. Los exponentes de esa música resultan ser prototipos de lo que dichos medios han estereotipado.

Aun así, no han faltado quienes han tenido la entereza de rechazar tales despropósitos. Un ejemplo es la invectiva del cronista Alberto Salcedo contra uno de los cantantes de moda, escrito que ha generado escándalo y agitación en la farándula y en la opinión pública.

Por otro lado, la programación de los canales de televisión se caracteriza por la misma pobreza. Especialistas en chismes u operarios de aparatos de belleza se confunden con oficios de gran prestigio, léase críticos o estilistas; de la misma manera que a quien trasmite un partido de fútbol se le llama ‘narrador’ y a un parapsicólogo, ‘profesor’.

Pero no todo puede estar bien para una sociedad en la que existen expresiones de gran trascendencia como: la captación incontrolada de jóvenes por parte de iglesias o sectas que proliferan en los barrios o la vinculación de cientos de estos a las temidas pandillas, a las ‘barras bravas’ de los equipos de fútbol o a cualquier otra de las manifestaciones de las llamadas ‘tribus urbanas’, en las que deben seguir como borregos las directrices de los líderes de dichos grupos.


Niños en ejercicio de lectoescritura.

Parece una ironía pero es la verdad: para un joven que sabe que ninguna de las ofertas culturales de su barrio puede ofrecerle algo valioso, que influya positivamente en su vida, las únicas alternativas son el billar, los juegos de esquina o los expendios de licores.

Como se sabe, la cifra de estos lugares con respecto al número de bibliotecas o espacios para la cultura es determinante en la construcción del futuro ciudadano. Por lo anterior, y teniendo en cuenta la carencia de una propuesta cultural eficaz y la falta de bibliotecas en los barrios populares, resulta contrario a la realidad el famoso eslogan que se ha escrito por mucho tiempo en las paredes de los centros educativos: Barranquilla, ciudad educadora.

Sin duda, lo que está pasando en esta ciudad y en el resto del país con respecto a la educación, es el resultado de lo que la sociedad hace por sus jóvenes. De lo que se permite en cada uno de los espacios que esta les proporciona. No debe causar extrañeza, por ejemplo, que la cafetería y algunos salones de la universidad pública más importante de  Barranquilla ciertos estudiantes los hayan convertido en un garito donde se juega cartas, dominó y dados.

Por otro lado, en algunos centros educativos profesores  de diferentes tendencias religiosas hacen proselitismo de sus creencias y constriñen a los estudiantes a que acudan a sus iglesias. Hecho que no parece nocivo, pero que contraviene las normas del actual estatuto docente, que prohíbe estas prácticas con el uso de dineros públicos.

Esto es contrario a la razón de ser de una institución pública: espacio para el cuestionamiento y la discusión respetuosa. Un centro de educación superior está llamado a ser la conciencia crítica de un país.

En el sector educativo existen muchas falacias pedagógicas, aceptadas por la mayoría de quienes conforman este gremio como verdades irrefutables cuando en realidad se trata de embelecos. La excelencia educativa es una de ellas, la cual no es otra cosa que otra forma de legitimar la pugna y la rivalidad.

¿Se es excelente en comparación con quién? Otra falacia es la cobertura, la cual hace referencia a que todos los niños en edad escolar deben estar vinculados al sistema educativo.

Esto implica el aumento de plazas docentes; pero no ha sido así. En el artículo 11 del Decreto 3020 de 2002 se obliga a los rectores a tener como mínimo 32 estudiantes en su clase. En consecuencia, el promedio de estudiantes en los colegios de la ciudad es de 35 a 40 por salón y en muchos esta cifra es mayor. En términos metodológicos, esto imposibilita alcanzar los objetivos establecidos en cualquier programa, con lo cual queda al descubierto otra falacia más: la calidad.

Otra gran engaño es la investigación; la cual, vista de cerca, es apenas un simulacro de lo que debería ser. Se habla tanto de modelos, teorías, metodologías, etc., que el profesor de Uniatlántico Hernando Romero ha satirizado este asunto en estos términos: “Lo que se hace es un sancocho pedagógico que solo entiende quien lo presenta, un gran enredo.

Y cuando se presenta un buen trabajo se queda ahí porque nadie le presta atención. Por eso, en esto de la investigación hay tanto fantoche… En Cien años de soledad, los textos de investigación y los PEI (Proyecto Educativo Institucional) de las escuelas y colegios son los mejores ejemplos del realismo mágico”.

Esto me hace recordar una reunión de maestros con el decano de Humanidades en una de las universidades privadas donde trabajé hasta hace pocos años. Uno de los convidados trajo a colación que nuestro deber como educadores era formar estudiantes críticos. Tras un tenso silencio, un directivo agregó sobresaltado: “¡Ni soñarlo, porque si estos estudiantes llegasen a ser críticos, como se pretende, muchos de nosotros no fuéramos sus profesores!”.

Para algunos centros de enseñanza privados, la palabra “estudiante” parece haber sido cambiada por otra más efectiva: “cliente”; en consecuencia, al joven en formación se le trata con engañosa consideración. Y se le imparte una educación que no se corresponde con la realidad del país, como si fuera a vivir en otro contexto.

Pese al empeño de algunos maestros en el desarrollo cotidiano de sus cátedras, sus esfuerzos son anulados por la realidad. Esto lo experimento cada vez que inicio los cursos de Apreciación literaria, Antropología cultural o Animación y Promoción de la Lectoescritura.

Al insistirles a los estudiantes que mencionen cinco nombres de jugadores de equipos extranjeros, sin ninguna dificultad nombran los del Real Madrid, el Barcelona, el Boca, el Manchester, etc; pero al pedirles que mencionen los nombres de cinco poetas costeños, casi todos se quedan callados. Son pocos los que han leído algo de Amira de la Rosa o Meira Delmar, y la gran mayoría no tiene la menor idea de la existencia de Luis Carlos López, Héctor Rojas Herazo, Giovanni Quessep, Raúl Gómez Jattin, Rómulo Bustos, entre muchos otros.

No creo que no hayan oído mencionar estos nombres en sus clases regulares de literatura. No. Es simplemente que desconocen la importancia de la poesía y, en general, de todo lo culturalmente valioso de su entorno. No es que tengan la cabeza vacía, sino que la información que poseen es irrelevante en contextos de un nivel cultural por encima del que proponen los ídolos de juventudes.


El cuentero Iván Torres, en una clase de arte con profesores del Distrito, demostrando que otro tipo de educación sí es posible.

Y lo que expresan estos ídolos de juventudes reproduce la misma pobreza conceptual de sus seguidores. Alienados por el entorno, se muestran indiferentes a los cambios políticos, sociales y económicos del país. Escudan su mediocridad con el débil argumento de que lo suyo es cantar, jugar, bailar, según sea el caso.

Si de esa realidad se alimenta la educación, entonces, ¿a quién le va a importar saber algo distinto si eso no le será necesario o útil para la vida?

En este sentido, no caben términos medios. No podemos construir una sociedad de hombres libres con premisas alienantes y despersonalizadoras. Ni podremos tener ciudadanos cultos cuando lo que se estimula es la búsqueda del placer en las cosas que la misma sociedad rechaza.

La inmediata consecuencia son los bajos indicadores educativos con respecto a otros países del mundo, tal como lo demuestran las pruebas Pisa, en cuyo Resumen ejecutivo (Icfes, diciembre de 2013), se indica que entre 65 países ocupamos el puesto 64, superando por muy poco a Perú.

De conformidad con lo dicho, no cabe otro discurso en el marco de la educación en el cual sea posible una reflexión sobre el sujeto frente a los problemas del aprendizaje vistos desde una óptica que trascienda la psicología tradicional y las didácticas institucionalizadas.

Porque la univocidad y la exclusión de otros saberes han ido limitando el discurso de la educación; por eso, la mejor manera de recuperarlo es aceptar sus límites.

En la búsqueda de respuestas fuera del entorno académico he asistido a encuentros con personas que tienen una visión más realista de la educación.

En ellas he escuchado a maestros, artistas y profesionales de diversas ramas proponiendo otro abordaje del asunto y exponiendo razones que consideran a la educación escolarizada como una actividad reaccionaria y excluyente, próxima a desaparecer.

Uno de los grandes problemas de los maestros consiste en que la institución les pide respuestas. Ser proactivos frente a un problema muy complejo.

Por eso en ninguna escuela se puede hablar de un tema de mucha trascendencia como el inconsciente. En una actividad masificada como la enseñanza resulta difícil entender que cada sujeto tiene sus ritmos y sus tiempos. Por lo tanto, hay especialistas que desde esa perspectiva han propuesto que así como hay una dieta para cada persona, debería existir un currículo para cada estudiante.

Por diversas razones, las dificultades que acarrea la existencia están un poco más allá de la falta de información de un sujeto. En consecuencia, ningún sistema educativo garantiza nada distinto a lo que cada uno puede encontrar en él.

Ni los posibles logros que cada sociedad establece como ideales, ya que la realidad en la que se mueve es mucho más contundente. Y llevando esto a términos psicoanalíticos, observamos que la demanda educativa de la sociedad no tiene nada que ver con el deseo real de quienes la conforman.

Recurriendo a un concepto de Freud podríamos afirmar que una de las tareas de la educación pudiera ser la de incitar a vencer el principio de placer y sustituirlo por el principio de realidad. Como  lo hemos constatado, esto es algo que parece interesarle poco a la sociedad.

*Especialista en Antropología cultural.

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