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Latitud 26 de Febrero de 2017

“La cultura es un blindaje contra la descomposición social”: Darío Moreu

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La Carnavalada de Ay Macondo, la fiesta de la imaginación que inaugura un nuevo capítulo en 2017.

Óscar López Lobo
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«El espíritu festivo sana al espíritu del hombre para que sea menos violento y se reconozca a sí mismo en esa diversidad. Es en esa diversidad que nos podemos encontrar para disfrutarnos, y el Carnaval de Barranquilla es eso», afirma Darío Moreu, la cabeza de melena alborotada y ojos que parecieran siempre estar sospechando, cubiertos por unos lentes rojos que acompañan una voz con frescura juvenil que no ha perdido su vigor ni nitidez.

Cabeza del grupo teatral Ay Macondo y creador de La Carnavalada, ese espacio que durante 16 años rescató la tradicional manera de expresarse y vivirse el carnaval como era en su génesis: en la calle, en el barrio; delirando con disfraces, bailes y personajes surgidos de una imaginación sin fronteras. Forma de fiesta a la que lastimosamente la esquematización del carnaval, su privatización y el crecimiento de la ciudad ha terminado por marginar el goce de compartir entre vecinos.

La Carnavalada fue, en el corazón del barrio Bellavista, colindante con Santa Ana y El Prado, entre otros, la fiel estampa de cómo la disciplina del teatro aglutina y demuestra la necesidad en la ciudad de rescatar la esencia carnavalera en la calle.

Con obras teatrales de grupos provenientes no solo de la ciudad y la región, sino del país y el extranjero, Darío Moreu junto con Mábel Pizarro y un equipo de gladiadores construyeron año tras año el mejor espacio abierto, gratuito y libertario donde las artes escénicas renovaban sus lazos con las danzas tradicionales de la fiesta Patrimonio oral e inmaterial de la humanidad ante una multitud que durante los cuatro días de carnaval gozaban de una programación diversa, incluyente, apta para niños, jóvenes y adultos.

De la censura a la creación

Entre 1994 y 1999, Darío Moreu y su grupo de actores habían ganado cinco congos de oro con diferentes personajes individuales y colectivos. De ese coctel donde la imaginación y la disciplina teatral se entrelazan, surgió, traído de la antigüedad, un ‘Sátiro Alado’: un diablo en zancos con patas de cabra, alas, todo rojo y desafiante que acompañado de 25 personajes más se mofaba de la «cultura fálica barranquillera».

«Ya en el 2000 culminábamos un ciclo, siempre estábamos en ese proceso de cambio. Al año siguiente salimos con el Sátiro a la Batalla de Flores. Cuando iba llegando al palco del presidente, nojoda, se me ocurre una travesura: este ‘man’ nos jode la vida todo el año y yo tengo la oportunidad del desquite en unos segundos, y al acercarme, pensando que lo iba a saludar, se inclinó y me sacudí el falo, pero fuerte», relata Moreu.

Las cámaras y los flashes cambiaron de foco y apuntaron hacia el Sátiro. Darío recuerda que el gesto del entonces presidente conservador fue alegre. «No noté que se hubiese ofendido. Luego vino la censura, pero por orden del comandante de la Policía encargado de la seguridad del presidente, como me enteré después», afirma.

Al día siguiente, domingo de carnaval, el Sátiro regresó para desfilar. Pero un policía le advirtió que lo iban a detener y que una tanqueta lo estaba esperando. «Al verme, se me vinieron encima. Yo les dije que no me podían tocar, que respetaran porque estábamos participando en el carnaval», cuenta Moreu.

Cuatro horas después y a punto de que finalizara la transmisión por televisión del desfile, le fue permitida la entrada con su corte de personajes míticos, pero sin el falo de 70 centímetros, que fue incautado por una patrulla de motorizados, que se lo entregarían al finalizar el recorrido. El atropello y la censura motivarían a la tropa de Moreu a cerrar ese ciclo y experimentar con una obra de teatro basada en un personaje de Gabo, La cándida Eréndira durante los cuatro días festivos en igual número de barrios.

La Carnavalada

Cuando Joselito moría, la obra fue presentada en Barrio Abajo frente a la Casa del Carnaval, «de un lado la clase alta de la ciudad, y del otro, el pueblo, nos acogieron la obra y ahí nos dimos cuenta de que podíamos darle vida, como ocurrió al año siguiente, a La Carnavalada, ya que la gente sí estaba dispuesta a presenciar una obra de teatro», dice Darío.

Con una programación completa que se iniciaba desde tempranas horas de la tarde, el teatro y la oralidad se abrían paso para que pequeños y grandes –integrantes de un público que podía llegar a los cuatro mil asistentes por día, quienes presenciaban las actuaciones de clowns, mimos y distintos personajes mágicos– fueran guiados por las risas y el asombro hasta que la caída del alba les abría paso a marimondas, congos, diablos, cumbiamberos y una larga lista de actores del carnaval que se hacían presentes con sus coreografías ante los vecinos del barrio y turistas de aquí y allá.

La evolución

16 años rescatando el carnaval de barrio, con ruedas de fandango en los que hasta Totó La Momposina deslumbró a sus asistentes con su mágico canto; Petrona Martínez, con su bullerengue universal, y presentaciones de los Gaiteros de San Jacinto, al igual que el Sexteto Tabalá, ratificaron con su ambiente lleno de paz, tranquilidad y goce pleno que La Carnavalada es un oasis en el que el pasado y el presente se unen hacia un futuro carnestoléndico que realmente fue y seguirá siendo incluyente y memorable.

«Se creció, ya dejó de ser una quinceañera. El Parque Cultural Museo del Caribe era un espacio que llevábamos visionando desde hace unos tres años, pero el amor al barrio y el cariño de la gente no nos dejaba dar el siguiente paso», confirma Darío con evidente tono de nostalgia, pero emocionado y ansioso por la nueva experiencia.

Entre las razones que motivaron el cambio de sede, además de la dificultad de disfrutar las obras por la asistencia desbordada, se cuenta la continua queja de un grupo minoritario de vecinos que desde mitad del año anterior presentaron derechos de petición para que La Carnavalada se mudara.

Pero también situaciones que ocurrían en los alrededores, como personas haciendo necesidades fisiológicas en jardines vecinos, pese a la presencia de baños públicos, que fueron siempre tratadas por el grupo en un intento de no generar conflictos. Asimismo, la necesidad de invitar a diferentes negocios cercanos que económicamente se beneficiaban del evento para que contribuyeran con algún aporte a la fiesta, un esfuerzo dispendioso cada año, y la vigencia del polémico Código de Policía que limita el uso del espacio público para el divertimiento carnavalero fueron factores que sumaron para bajar el telón en el barrio Bellavista y abrirlo en el nuevo escenario del Parque Cultural del Caribe. 

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