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Latitud 26 de Abril de 2015

La canción inédita de José Barros para Gabo

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De acuerdo con las partituras originales se titula ‘Así fue la vaina’. El compositor se las dio a un amigo banqueño.

David Britton
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Aún el río Magdalena traía melodías en esa madrugada del 21 de marzo del 2015, la población esperaba la celebración de los cien años de natalicio del hijo más ilustre y popular de El Banco, el maestro José Benito Barros Palomino.

Al viejo puerto llegaban los trabajadores para su reconstrucción, las aves propias de la zona sobrevolaban el crepúsculo banqueño lanzándose en picada hacia las aguas del río, se sumergían y al rato salían con sus picos vacíos; el pescador dejaba su bicicleta en las escalinatas del puerto para preparar su atarraya; el ruido del motor de una embarcación pequeña atravesaba las riberas, el sueño y el alba eran cómplices. El tintero frente a la iglesia comenzaba a vender, el aroma del café me entretuvo por un segundo. Le pregunto al tintero cómo se llama esa melodía que está tarareando, Guayabita madura, de José Benito Barros, responde. Con voz, en tono de secreto, me dice que investigue por la canción Mala mujer. Sonríe y sigue su camino.

Las campanas de la iglesia anuncian la misa con la que se va a recordar al fallecido compositor musical José Benito Barros. El maestro hubiese apagado cien velitas. Quedan más que los recuerdos de la arena, nos queda un arsenal de sus canciones y muchas inéditas. Justamente, encontré la perla: Así fue la vaina, con música y letra del propio José Benito Barros para otro gran talento caribe, Gabriel García Márquez. Un hallazgo inédito que Veruska, la hija de Barros, corroboró como auténtico.

A dos cuadras de la casa cural, bajando la loma, en la esquina está la farmacia de doña Socorro Cárdenas de Carrasquilla, ella estaba detrás del mostrador intentando venderle algunos cigarrillos a un desesperado extranjero que no encontraba un paquete de los de su preferencia. «Subiendo en la próxima esquina encuentra esa marca, si no, vuelva y se lleva estos» –le dice.

En su escritorio tiene una imagen del Divino Niño y una máquina registradora que la acompaña desde el año 1968. De manera amable al verme responde a la pregunta con la que la saludo: «Ya he dicho todo sobre José Barros».

Le insisto: pero me dijeron que usted tiene algo que contar. «Entonces pasemos a la sala, que es más cómoda»– dice y manda a preparar un tinto cerrero.

Lanza una bocanada de humo que se pierde en el aire, sonríe y comienza a decir: «Lo conocí ya mayor, cuando el maestro tenía problemas para caminar, yo le decía con cariño llegó el patuleco. Me acordaba de la canción que él compuso con ese nombre. Era un tipo muy inteligente, buena persona, buen amigo, buen padre. Todas las mañanas se sentaba en la mecedora de la terraza a tararear canciones y anotar. Me acuerdo mucho de Catanguelele, fue una de las últimas o la última, creo que no alcanzó a grabarla.

Era tan sencillo, un poquito cascarrabias, tan normal, él no se elevó por tantas cosas que le dieron y le hicieron. Siempre pendiente a su música y al Festival, lo más grande. Delegó a su hija Veruska –que es igualita al maestro–. El Festival Nacional de Cumbia, a este evento deben darle más la mano, es costoso y el Gobierno debe apoyarlo».

La dueña de la farmacia no para de hablar. Parece que leyera o se supiera la lección de memoria. «José Barros era enamorado, en los ojitos se le veía la picardía, enamoraba con la mirada. Ahora recuerdo la canción Dos palomas blancas. Un día él vio a una mujer muy bonita blanquita, que se agachó, se le vieron los pechos y compuso enseguida esa canción».

La conversación es interrumpida por Galia, familiar de Socorro, quien trae un dulce de mango con galleticas de soda. «Yo tengo varias canciones inéditas del maestro José Barros, las voy a buscar para dárselas a Veruska. Él me las dio un día porque allá en su casa las muchachas de servicio se las botaban cuando hacían el aseo» –asegura mientras me sirve el tinto.

Pero la nostalgia invade la conversación. Ella apaga el cigarrillo. «Yo como banqueña me siento orgullosa de bailar las canciones del maestro. Ese tema Crepúsculo banquero es una poesía muy hermosa. A mí me hubiese gustado que estos homenajes se lo hicieran en vida, después de muerto, ¿cachucha pa’ qué?

Probando tonadas
El sol cenital acompaña la conversación. Cerca a la plaza Fernando Pisciotti, cuatro cuadras detrás de la iglesia, está al frente de una exposición itinerante sobre la vida del compositor de La piragua. Veo al extranjero de la farmacia intentando encender un cigarrillo mientras aprecia los textos y fotografías en blanco y negro de la exposición.

Al costado de la plaza me encuentro con la señora Martha Consuelo Numa, que dice que muchas veces estuvo sentada con el maestro José Barros y un grupo de amigos frente al viejo puerto tarareando canciones que aún no han sido grabadas.

«Tengo gratos recuerdos, el maestro se sentaba en el parque del Hotel Panorama, a la orilla del río, al lado del muelle, a inspirarse, a contemplar. Muchas de sus canciones fueron inspiradas ahí. Cuando él tenía una canción casi lista nos llamaba para interpretarla con la música que él quería. Algunas veces se perdía el maestro y lo extrañábamos. Cuando aparecía siempre decía:  ‘tengo una nueva canción, va a ser una sorpresa’»

–¿Qué pasó con la canción Mala mujer? –le pregunto.
–Me cuentan mis hermanos y Avelino, mi esposo, que el maestro nunca contestaba. Es hermosa pero tiene un contenido pesado para la gente que tiene penas de amor. Dicen que era tal el grado de carga emotiva, que en las cantinas algunas personas se mataban al oírla. La compuso para finales de los años cincuenta, era una ranchera, dice algo como ‘Mala mujer tú serás hasta que Dios te quite la vida’.

–Hábleme de Crepúsculo banqueño.
–El maestro no pudo grabar como él quería la música de Crepúsculo banqueño. Se queda pensativa, sonríe. Un pedacito de la canción es así: «Crepúsculo banqueño poblado de nostalgias, de recuerdos y de amor/ agonías de los cuentos de princesas que tendieron los abuelos». Se me grabo porque él ponía a repetir una y otra vez el coro. Hay como setecientas canciones hermosas. Nos dejó ese legado.

–Una muestra más de que el maestro José Barros era exigente, comento.
–En uno de los festivales, en pleno concurso de parejas cumbiamberas el maestro manda a parar la música, en el escenario corrige a los bailadores para enseñarles cómo es que realmente se baila la cumbia. El mal genio de él es porque es un festival para que se baile bien la cumbia. Yo pienso que hay que impulsar más la obra del maestro. Aquí hace falta como una escuela para enseñar los ritmos prioritarios de la zona, como la cumbia, para seguir su legado.–Pero también era agradecido.–Sí, fue muy agradecido con Avelino, mi esposo, él le agilizaba las regalías. Él dependía de las regalías de sus composiciones. Un día le dijo “mira lo que te traigo, unas partituras. Es un tesoro que ahora sacamos en su homenaje para entregárselas a Veruska, quien les dijo: ¿Cómo es que ustedes años atrás no me han dicho que tenían esto?

Contactamos a Veruska Barros la autenticidad de la canción inédita del maestro para Gabriel García Márquez: «Mi padre ha dejado un sinnúmero de composiciones que no se han grabado. Amigos de El Banco tienen el privilegio de haber guardado escritos que él les dio en vida, son un tesoro patrimonial para nosotros y forman parte activa de la memoria de su legado. Algunas obras están autenticadas en notaría, registradas en Sayco y otras están escritas con su mismo puño y letra», puntualiza Veruska, quien vive en la población banqueña.

Conversaciones sobre ruedas
Cuando don Avelino Morales Acasio escuchó lo de las partituras donadas por el compositor más prolífico de América, dice:
«Voy a contar la historia de cómo fui amigo del maestro. Tengo muchos recuerdos con el maestro, todos agradables. Cuando nos hicimos amigos íbamos a pasear por El Banco en un jeep azul que yo tenía. Conversamos mucho sobre ruedas.Yo era gerente de un banco de la población, siempre le colaboré para que el pago de sus regalías fuera rápido, para ese tiempo llegaban los cheques de México y Panamá para pagar en dólares. Las leyes colombianas hacían que el proceso de consignación y pago fuera lento. Les decía a las directivas de Bogotá que frente a mí se encontraba el genio de la música colombiana y era muy importante sacar esos pagos lo más rápido posible. Cuenta también que la canción Pesares la escribió «sentado en el muelle de El Banco, tenía nostalgias recordando a un amor perdido o un amor lejano».

«El maestro una tarde me regala, para enaltecer la amistad, unas partituras. Me dice: ‘Aquí te hago este regalo, cuídalo’. Son dos distinciones que el maestro me hizo. Una es la partitura de Compae Chipuco, creada por Chema Gómez, y hay una que se llama Eres mi canción, donde él sueña componiéndole a una mujer y termina diciendo eres mi canción, como si la hubiese escrito en un sueño. Hay otra que se llama Así fue la vaina, en ritmo de paseo, dedicada al nobel de Literatura Gabriel García Márquez» –asegura Avelino Morales– «es una composición muy bonita porque habla de que en un pueblo humilde, Macondo, sale un genio. 
Para Avelino estos dos grandes maestros del Caribe tienen muchas cosas en común, más allá que su amistad.

Me dice:  –Creo poéticamente que el maestro José Barros fue un hombre telúrico, de la tierra y la geografía nuestra. Ahí tenemos La piragua paseando por la ciénaga de Zapatosa y por el río Cesar; El pescador lanzando su atarraya en la playa blanca, frente al muelle; El vaquero cantando la vaquería e indicando la actividad principal de la época; cantándole a la tanga, al yuyo, al guere guere, todos esos animales que conviven en la zona, y veo que esa inspiración que brota de la geografía nuestra la vemos en Macondo. La importancia de Gabriel García Márquez es que toma de Aracataca todas esas vivencias que vivió de niño y las lleva a la literatura, hace de eso un tema universal a partir de una población pequeña, hace mágico lo que no era mágico, lo que era normal. Hay una coincidencia entre la literatura garciamarquiana y las canciones de José Barros. El Caribe de Colombia tendrá algún día que analizar esas coincidencias y llevarla a otro lenguaje como el cine, pero sí es importante tener estas analogías y similitudes entre dos genios, uno de la canción –gran compositor de América– y el otro premio Nobel de la Literatura.

«El maestro me decía ‘Yo pongo a hablar al yuyo y a cantar a un gallo tuerto’ –se reía a carcajada limpia, ‘Esto no tiene explicación’ –me afirmaba».

He pasado un día conociendo anécdotas de primera mano. Decidí sentarme en una banca de la plaza de la catedral mientras me recogían para ir al concierto homenaje del maestro. Contemplé un cielo con pinceladas anaranjadas anunciando el atardecer, el campanario anunciaba la misa vespertina sin el olor a tinto de esa mañana. Espero una luna que derrame su haz de luz sobre las aguas del Magdalena, río que conoció al niño, que cantó y tarareó las composiciones musicales del maestro José Benito Barros Palomino, aquel que se llevó sus recuerdos y amores donde el pato yuyo volvió a sumergirse y su pico nuevamente lo sacó vacío, allí donde el foráneo tiró una colilla de cigarro en su caudal. ¡Caramba, así fue la vaina!


Fragmento de la partitura de la canción ‘Así fue la vaina’. Archivo de la familia Morales Numa. Reproducción, David Britton.

'ASÍ FUE LA VAINA'
Autor: José Benito Barros Palomino

“Por allá en la extranjería sucedió, quién lo creyera
ese nieto de Juan Día que Gustavo conocía
recibió su premio grande con liqui liqui qué verraquera

Y llevó con mucho tino amarilla flor de aroma
elegante, guapo y fino y rodeado de pingüinos

Gabito el aracateño parecía una paloma
cuando esto sucedía y es ahora que me percato 
Escalona discutía con el rey y con Sofía los problemas delicados que está sufriendo su vallenato
Pero todo fue bonito por lo grande y por lo grato / Escalona muy galante y un poquito echao pa’ lante
enseñaba a la realeza a bailar su vallenato
y dicen que Aracataca no le cabe ni un palito pues al menos se destaca si lo tiene apretadito
y canta como matraca por el triunfo de Gabito compa’e José así fue la vaina.

La vaina con verraquera y dicen que Aracataca no le cabe ni un palito/ pues al menos se destaca si lo tiene apretadito
y canta como matraca por el triunfo de Gabito compae José así fue la vaina la vaina con verraquera».

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