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Latitud 12 de Octubre de 2013

La 55.a Bienal de Venecia, el deseo quimérico del arte actual

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Venecia, la ciudad italiana del Gran Canal, principal arteria acuática que tantas veces pintó el Canaletto, es por estos días el centro principal del mundo artístico. Venecia, La Serenísima, como fue llamada por su poderío y neutralidad en muchas guerras europeas, con una importante historia, vocación marinera y poderío mercantil fundó a finales del siglo XIX la que hoy es la más importante Bienal de Arte Contemporáneo del mundo.

En efecto, la Bienal arriba a su 55.a edición y tiene abiertas sus puertas hasta el mes de noviembre, con más de 4.500 obras firmadas por 158 artistas invitados, sin contar las propuestas artísticas que enviaron 88 países, ni las obras de un programa de unos 40 eventos expositivos colaterales. La muestra es tan grande que se encuentra distribuida por todos los distritos en los que se divide Venecia. Tuve la ansiosa impresión de que es imposible visitar todo detenidamente en pocos días.

La exposición principal es una curaduría del italiano Massimiliano Gioni, crítico y director del New Museum, de Nueva York, que parte de la idea de El Palacio Enciclopédico, un proyecto de diseño que el artista autodidacta italoamericano Marino Auriti presentó el 16 de noviembre de 1955 en la Oficina de Patentes de EEUU. Consistía en un museo imaginario que estaba destinado a albergar todo el conocimiento del mundo y que reuniera a los más grandes descubrimientos de la raza humana, desde la rueda hasta el satélite. Encerrado en su garaje en el centro de Pennsylvania, Auriti trabajó en su idea durante muchos años y construyó una maqueta de un edificio de 136 pisos con setecientos metros de altura, que cubriría unas dieciséis cuadras en Washington D. C.

La quimera de Auriti nunca se realizó, por supuesto, pero el curador Gioni rescata de este caso el sueño del artista, el mismo sueño recurrente de la historia del arte y de la humanidad, que comparte con muchos otros artistas, escritores, científicos y autoproclamados profetas, que han tratado de construir, a menudo de forma inútil, una imagen del mundo que capture su infinita variedad y riqueza.

Por lo anterior, uno percibe que la Bienal es como un museo temporal que muestra el resultado de una investigación sobre las muchas formas en las que se han utilizado infinidad de imágenes para organizar el conocimiento y dar forma a nuestra experiencia del mundo. Es un museo de los oficios, de los artefactos, del bricolaje, de la mixtura y de la apropiación, y es también un espectáculo sobre las obsesiones y sobre el poder transformador de la imaginación.

Sobre este mundo de hipervisibilidad, donde en todo momento somos bombardeados con millares de imágenes, Gioni plantea para la reflexión: ¿Qué espacio queda para las imágenes internas destinadas a nuestros sueños, alucinaciones y visiones, en una era asediada por las imágenes externas?, ¿cuál es el sentido de crear una imagen del mundo cuando el mundo mismo se ha convertido cada vez más a una imagen?

El Palacio Enciclopédico es entonces una inmensa exposición instalada en dos espacios: el Pabellón Central de los Jardines de la Bienal, y el Arsenal, que fue un astillero y base naval del siglo XIII que jugó un papel principal en la construcción del poderío naval veneciano.

La exposición se inaugura en el Pabellón Central con una presentación del Libro Rojo, de Carl Gustav Jung, una colección de visiones y fantasías, un manuscrito ilustrado que el famoso psicólogo trabajó durante más de dieciséis años. El Libro Rojo de Jung marca el inicio de una reflexión sobre las imágenes y los sueños interiores, el cual logré apreciar una y otra vez de manera implícita durante el recorrido a la Bienal.

En las extensas salas del Arsenal, el curador quiso organizar la exposición como una progresión de lo natural a formas artificiales, siguiendo la disposición típica de los gabinetes de los siglos XVI y XVII de curiosidades. La maqueta de Auriti le da la bienvenida al espectador, como una puerta hacia la imaginación y la utopía.

El curador Massimiliano Gioni direcciona el concepto de Palacio Enciclopédico a múltiples perspectivas, con una fuerte presencia de la noción de archivo o catálogo infinito de signos. Son muchas las obras que se estructuran bajo esta idea y se componen de la compilación de una gran cantidad de imágenes ordenadas y dispuestas de diferentes maneras. Por ello encontramos libros hechos a mano, colecciones, taxonomías, catalogaciones de estampas y verdaderos archivos de la fantasía.

En esta área encontramos la obra Franz Kafka, Diarios II, del colombiano José Antonio Suárez, que se compone de una larga vitrina a dos caras donde se exhiben 366 dibujos numerados y con fecha de realización. El artista dibujó uno cada día durante un año bisiesto, mientras se leía varios textos del autor de La Metamorfosis. Lo que había leído e imaginado al final del día lo transformaba en un dibujo en una libretica de apuntes, utilizando diferentes técnicas y estilos formales.

Suárez fue seleccionado directamente por el curador Gioni, porque este conoció los dibujos del antioqueño cuando expuso parte de su obra, el año pasado, en el Drawing Center, de Nueva York.

Asimismo, Gioni le apostó a la disolución de los límites de lo artístico y a las operaciones interdisciplinarias. Especialmente, en la falta de distinción entre el artista profesional y el creador que opera por fuera del sistema. Definitivamente, tuve que detenerme ante una serie de extraños y fascinantes objetos, instalaciones, telas, collages y tejidos de Arthur Bispo do Rosário, un anónimo artista brasileño que estuvo por más de 50 años confinado en un hospital siquiátrico en la Colonia Juliano Moreira, en Río de Janeiro.

Desde una óptica alternativa, su sitio de reclusión le sirvió como refugio del mundo alienado y le proporcionó la tranquilidad para producir esa estática y delirante obra. Si antes fue un rechazado de la sociedad, hoy es sinónimo de genio y de orgullo para los brasileños, hasta el punto que se ha creado el Museo de Arte Contemporáneo Bispo do Rosário, que atesora una colección de 806 obras del otrora indeseable y chiflado personaje.

La realización de otro latinoamericano nos llena de emoción. La obra se titula Venecia, Venecia, y es del chileno Alfredo Jaar, que cuestiona el modelo de organización de la misma Bienal al presentar una gran maqueta de los edificios y jardines donde se desarrolla el evento, que emerge de una alberca de cuatro metros que se sumerge en las aguas verdes de Venecia cada tres minutos. Con esta propuesta, Jaar crea una gran polémica porque al hundir los pabellones (y volver a aparecer cual fantasmas) se cumple su intención de llamar poéticamente la atención a los organizadores para que replanteen el modelo obsoleto de representaciones nacionales de la Bienal de Venecia.

En el centro del Arsenal encuentro un proyecto de Cindy Sherman, el cual me llama poderosamente la atención porque se presenta como una curaduría dentro de la curaduría; un espectáculo dentro del espectáculo, compuesto por más de doscientas obras de más de treinta artistas, lo que se percibe como un museo imaginario de su propia invención. Fuertes contrastes de ideologías y épocas, pensamiento político y culturas, pero también de formas y estilos artísticos que se encuentran y contraponen. Para la muestra: poner en el mismo espacio y nivel una escultura etnográfica de Jimmie Durham, un inmenso ‘juguete’ de Paul McCarthy y un desnudo femenino hiperrealista de John DeAndrea es una verdadera provocación.

Desacelero el paso para ver dos propuestas sustentadas en la multiplicidad de la imagen. La primera, del dúo suizo Fischli & Weiss, que comprende 150 esculturas en arcilla sin cocer que compilan una serie de interpretaciones de conceptos históricos e imaginarios, como una celebración de la incomprensible variedad y profusión de hechos banales que existen en nuestro mundo.

La otra, titulada Venecianos, del polaco Pawuel Althamer. Son 90 esculturas de hierro, resina acrílica y polietileno de personajes tamaño natural en diversas actitudes. El artista previamente tomó moldes de rostros y manos de muchos venecianos, los que ahora se pueden identificar. Además, y le imprime un aliento casi humano a la enorme instalación por las actitudes y expresiones detenidas en el tiempo.

Extraordinarias las pinturas expresionistas de María Lassnig, austriaca que por más de 60 años ha pintado una auténtica enciclopedia del cuerpo a través de sus obras. Sus autorretratos alucinantes revelan descarnadamente los estados tumultuosos de su psiquis.

También percibí grandes contrastes en esta Bienal de Venecia que se agudizan si llegamos a comparar los delirantes e incontables álbumes de collages de Shinro Ohtake con la gélida geometría de Channa Horwitz o con la minimalista instalación de Walter De María. Llama la atención también la gran diversidad e ingenio en la utilización y tratamiento de los dibujos, muchos dibujos y en todas las técnicas, collages, instalaciones, videos, pinturas, fotografías en HD, objetos, esculturas y pocas performances.

Más adelante, en el Pabellón de América Latina del Instituto Ítalo-Latinoamericano (IILA) se puede ver la obra del colombiano François Bucher. Un video que muestra un milenario parque de esculturas, que data de unos 10.000 años de antigüedad, descubierto en la década del 50 por el criptólogo y antropólogo peruano Daniel Ruzo en la meseta de Marcahuasi, en Perú. Los grandes bloques de roca natural esculpidos con una técnica peculiar evidencian formas antropomorfas y zoomorfas solo cuando los rayos del sol los iluminan, en horas y estaciones específicas del año.

También en la muestra de artistas latinoamericanos curada por Alfonso Hug se destaca la instalación de especias Campo de color, de la boliviana Sonia Falcone. Esta artista cubre el suelo con cientos de vasijas de arcilla llenas de pimienta, curry, canela, mostaza, achiote, tomillo, y otras especias, en una variedad de texturas y colores que atrae inevitablemente la mirada y sensibiliza fuertemente el olfato del visitante.

Fuera de la exposición central están las muestras de los pabellones nacionales. Una de las exposiciones más interesantes es la de Cuba, instalada en el Museo Arqueológico de la Plaza de San Marcos y que lleva por título La perversión de lo clásico: anarquía de los relatos. Lo que hasta hace pocos años era un imposible artístico hoy todavía sorprende, ver cómo en las mismas salas se configura un diálogo excepcional entre las instalaciones contemporáneas de los artistas cubanos y siete invitados internacionales, entre ellos Hermann Nitsch, con las esculturas clásicas de la Roma antigua. Una verdadera colisión estética y artística, un salto conceptual de 2.000 años cohabitando en el mismo espacio expositivo. Se me antoja que el busto de Julio César mira alucinado, sin atinar a comprender, unas pequeñas pantallas de video encerradas en jaulas de palma que relatan aspectos cruciales de la cultura cubana.

Desde muchos lugares se observa en la isla de San Giorgio una inmensa escultura de once metros de altura del cuestionado artista británico Marc Quinn. La pieza es una réplica inflable de una obra creada en honor de la pintora contemporánea Alison Lapper, quien nació sin brazos y con las piernas inutilizadas –una enfermedad llamada focomelia– y permitió ser representada por Quinn desnuda y embarazada. La obra fue instalada en la plaza de la iglesia de San Giorgio Maggiore y no ha sido muy del gusto del patriarca ni de los jerarcas de la Iglesia católica, que este año por primera vez tiene un pabellón para exhibir arte.

La presencia de los artistas chinos es notoria con Wang Qingsong y sus patéticas fotografías y con Ai Weiwei, el que podría considerarse el más mediático de todos los participantes, que cuestiona cambios culturales con la densa instalación de sillas Bang, tradicionales de China.

Al final, resaltamos que, a diferencia de otras versiones, en esta el curador no invitó a muchos artistas célebres. Se exponen obras muy conocidas de varios maestros consagrados, pero fechadas en el siglo pasado (Nauman, Serra, Gober). Esto nos ubica frente a un gran número de obras de nuevos maestros con tendencias y formas nuevas de hacer arte o por lo menos distintas a las ya reconocidas.

Por este y por otros aspectos que he tocado, la 55.a Bienal de Venecia vale la pena ser vista y ser cavilada, aunque sabemos que ella muestra solo una parte de lo que se está haciendo en el mundo del arte. Nos pone en perspectiva para seguir reflexionando y vislumbrando los nuevos caminos que traza el arte contemporáneo.

Por Néstor Martínez Celis
*Artista visual y profesor investigador de la Universidad del Atlántico.

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