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Latitud 01 de Febrero de 2015

‘Jubiabá’, de Jorge Amado, 80 años

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En 1935, a los 23 años, el escritor y poeta brasileño, autor también de la célebre novela ‘Doña Flor y sus dos maridos’, centró su narrativa en una obra sobre la esclavitud. En el fondo se ocupaba de la sociedad del rebusque, de los sometidos a la pobreza

César Herrera Palacio*
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«Negros son también
los blancos pobres».
Jorge Amado

El pintor francés Jean-Baptiste Debret llegó al Brasil en 1816 como miembro de un grupo de artistas bonapartistas de su país y muy pronto se interesó por los negros esclavos y los indígenas de aquel país. Empezó a pintar escenas de la calle y temas regionales. No sabemos si su interés era meramente artístico o social. Lo cierto fue que nos dejó una galería de obras realistas que dan cuenta de un momento histórico. Hay una obra (Castigo de un esclavo) en la que un negro inmenso amarrado de manos yace de costado por el suelo. Primero lo hicieron sentar en el piso de barro junto a un lago azul a la entrada de una mansión. Luego le amarraron las manos, pasándolas por encima de sus rodillas, a la altura de las canillas de las piernas. Después, en la coyuntura de sus miembros doblados, le atravesaron un palo a manera de pasador para que no pudiera separar las manos de sus piernas. De modo que quedó vuelto un ovillo. Finalmente, lo tumbaron con el pie y uno de los blancos empezó a azotarlo con un verdugo de cola de pez. Al otro lado del lago, muy cerca, otro negro permanece amarrado a un árbol y también es azotado. Al fondo las montañas litorales. Dos escenas de castigo en una sola obra me parece un énfasis innecesario. Pero es lo que suelen hacer algunos pintores realistas.

Poco más de un siglo después, Jorge Amado escribiría una obra, Jubiabá (1935), en la que existe todavía la esclavitud. A los negros y a los pobres no se les amarran las manos para golpearlos, pero se les impide el progreso mediante la explotación y el arrinconamiento social. Quizá por la juventud de Amado (contaba con 23 años cuando la escribió) se notan afectaciones redundantes que buscan conmover al lector, aclaraciones ingenuas, afirmaciones moralizantes. No obstante estos pecados, ya se intuía en Amado a un escritor comprometido con la situación social del Brasil de su época y un revolucionario estilísticamente.

Jubiabá es la historia de una porción de la humanidad miserable; esa parte de los seres que está sometida a la pobreza, a la falta de oportunidades. No es solo la historia de unos cuantos negros entregados a sus tradiciones, a sus rituales religiosos, a la conservación de su cultura; es la historia de los barrios marginados a unos cuantos kilómetros de los ostentosos centros de las principales ciudades latinoamericanas, pero a miles de kilómetros de distancia de los privilegios con que cuentan unos pocos y que, en el papel constitucional, son las prerrogativas de todos los ciudadanos del mundo moderno.

Jorge Amado narra la vida de un joven huérfano que se levanta en uno de los cerros de la ciudad de Salvador, Bahía. En su infancia tenía la ambición de convertirse en un héroe popular, que al morir se transformaría en estrella con un puesto fijo en el firmamento, excitado por las historias del hampa y del lumpen proletariado que escuchaba en voces de los guapos y de los vagos en los corrillos durante las noches cálidas sentados a la puerta de las chabolas. En medio de la pobreza y de la ignorancia se entrega a deambular por las calles; asiste a los rituales de la macumba y el candomblé y participa de las supersticiones heredadas de sus ancestros africanos.

Su único asidero, la tía Luisa, muere y luego Balduino tiene que salir huyendo de casa de su protector acusado de espiar a Lindinalva mientras la niña se baña. Antonio Balduino mendiga, pelea, ama en el arenal; ve cómo sus amigos se envilecen irremisiblemente y mueren arrojándose al mar o atropellados por los autos en las calles. Luchador de capoeira, guitarrista y compositor de sambas, imbatible en el cuerpo a cuerpo, por un momento parece que el personaje tendrá un destino distinto al de otros habitantes del Cerro do Capa Negro; pero la historia se impone; su vida está marcada por la guapería, los bares, los amoríos pasajeros, la libertad de la calle.

El escritor brasileño pinta (como lo hiciera Debret cien años atrás) la sociedad del rebusque, pero también la población negra explotada en las tabacaleras, tratada todavía como esclava; nos deja cuadros del vagabundeo, de la sobrevivencia en los ríos y en el mar y en los circos de pacotilla; en todos los rostros se adivina la desesperanza y la derrota.

Los negros, llenos de enfermedades y desilusiones tienen en el hechicero Jubiabá durante la macumba y el candomblé una esperanza de salud y felicidad: se apegan a sus yerbas, a sus rezos y sus hechizos con aguardiente y amuletos.

La desgracia no es solo para los pobres. Jorge Amado, al mejor estilo de los melodramas mexicanos, narra la caída de una familia distinguida cuyo jefe (el comendador que acogió a Antonio Balduino cuando murió su tía) se arruina y muere en un burdel, y Lindinalva es despreciada por el abogado que se iba a casar con ella, pero le deja sembrado un hijo. La linda niña blanca y pecosa termina en un burdel barato donde una de las putas no se cansa de repetir que «una puta es casi como un muerto»; en este pasaje la novela tiene un tono peripatético. La caída en picada de Lindinalva no se muestra como algunos buenos pasajes de la mala vida de Balduino; como la historia de Arminda, una niña de doce años que pone a tres hombres a luchar entre el deseo y la muerte; como el suicidio de Viriato, el enano que es velado en estado de descomposición juntando dos mesas en el bar del puerto La linterna de los ahogados; como el de Giuseppe, el empresario del circo que se arroja borracho desde el trampolín. La tragedia de Lindinalva se cuenta en dos o tres páginas en una pobre síntesis como para justificar un futuro encuentro en el que Balduino podrá disfrutar de la venganza por el desprecio de la blanca que después de jugar con el niño negro le cogió miedo. Antonio Balduino la encuentra moribunda en un antro de prostitución. Se reconcilian, ella muere y él se encarga de su hijo.

Por primera vez, Balduino se ve obligado a conseguir un empleo como estibador en el puerto; participa de la huelga por los derechos de los trabajadores y se convierte en uno de los líderes del sindicato. En este apartado se reivindica a los negros como una fuerza (con ayuda de los blancos pobres) y Antonio Balduino conoce la revolución: piensa en secuestrar y golpear a los patronos como mecanismo de presión. Los empresarios tratan de disolver la huelga, primero comprando al abogado (coincidencia: el novio de Lindinalva y padre del niño del que ahora está encargado Balduino), después contratando esquiroles y, finalmente, a pistoletazo limpio. Los huelguistas no se dejan amilanar porque son más, porque la mayoría son negros y ahora tienen conciencia (Balduino se extraña de que Jubiabá, que todo lo sabe, no le hubiera hablado de la huelga, de este modo de lucha) y, sobre todo, tienen las manos libres y el poder de las palabras. Tienen paralizada la ciudad: no hay energía eléctrica, no hay tranvías ni estibadores en el puerto, ni quien reparta los panes. Los sindicalistas triunfan y Antonio Balduino descubre la luz, conoce el poder de las minorías unidas que poco a poco hacen las mayorías. En el triunfo de aquella huelga en Salvador de Bahía, de alguna manera, se inició un proceso sindical que terminaría con uno de aquellos activistas en la Presidencia de la república: uno de los hombres más recordados por los cariocas, y se inició una revolución que llevaría también la primera mujer a la Presidencia del gigante de América del Sur.

Hay en el cielo del Brasil una estrella a la que se le canta un romance:

«Esta es la historia de Antonio Balduino,
negro valiente y peleón,
vagabundo y pendenciero
pero de buen corazón.
Un tenorio verdadero
de las mulatas terror
pero cuando hubo la huelga
fue estupendo luchador
y murió de mala muerte
pues lo hirieron a traición».

*Sobre el Autor
Escritor y docente. Director de la revista ‘Mascaluna’ y coordinador del taller de escritores de la Casa Museo Otraparte, de Envigado. Autor de ‘Las trompetas del capitán’, biografía de Antonio Roldán Betancur, gobernador de Antioquia asesinado con un carro bomba en 1989. https://sites.google.com/site/revistamascaluna/Home

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