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Latitud 30 de Noviembre de 2013

Jorge Marel, poeta por carga genética

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Desde Tolú, donde vive, el autor sucreño cuenta para qué le ha servido Twitter y Facebook. Además, el llamado ‘Poeta del mar’ habla acerca de sus gustos, de sus lecturas y disfraces infantiles.

Blas Piña Salcedo

Un día, el poeta Jorge Marel decidió irse a vivir junto al mar. La razón: las 50 mil mototaxis que a diario recorren las calles de Sincelejo, generando un cambio en el estilo de vida y sometiendo a la gente de esta capital a graves riesgos para su integridad personal. Marel no quiso continuar expuesto a la posibilidad de ser arrollado por una moto o sucumbir ante el estrés que el ruido de los motores, los pitos y la velocidad  le han impuesto a una ciudad que, acostumbrada al cacicazgo politiquero y a la carencia de un adecuado servicio de agua potable, se desenvolvía en el sosiego.

 Hubiera podido establecerse en otro lugar, sin embargo estimó que debía ser coherente con lo que siempre ha amado, con el centro de su poesía: el mar. Le fascinan sus amaneceres y crepúsculos.

En la terraza de uno de los hoteles de Tolú, frente a la inmensidad de esas aguas azules, hablamos en la tarde en que concluyó el Segundo Festival de Poesía y Narrativa en ese balneario. Decidió hacerlo todos los años porque “no puedo estar inactivo, me gusta organizar estos eventos, y aquí en Tolú no había vida cultural de ninguna clase”.

Entonces supe que nació en Sincelejo el 21 de junio del año 1946 en el hogar formado por Arturo Hernández Arrieta y Amira Gómez Támara. Que su padre le estimuló la pasión por la poesía coleccionando suplementos literarios y comprándole libros de reconocidos autores universales, lo que le permitió ir conociendo estilos. También me contó que sus personajes favoritos son el poeta Aurelio Arturo, Charles Chaplin, Cantinflas, El Chavo y Mr. Bean. Que lo que más detesta son el egoísmo, la mediocridad y la hipocresía.

 Al observar que tomaba una gaseosa con cierta dificultad le pregunté qué le sucedía. Entonces me comentó que cuando era niño se cortó con una lata en un pie y le inyectaron antitetánica. No sabían que era alérgico y casi se muere, quedándole un espasmo en la garganta que le impide beber líquidos de manera normal. Solo lo hace a sorbitos porque frecuentemente se le cierra la tráquea y hace crisis de asfixia. “Es algo terrible”, dice. Expresó que le tiene pavor a los espacios donde falta la luz y el aire, y a las alturas.

Con gran nostalgia recordó que en el patio de su casa, sembrado de árboles de mango, ciruelas, peras, limones, naranjas y caimitos jugaba a los vaqueros con los vecinos de su edad. “También a la Vuelta a Colombia con bolitas de cristal. En los juegos de vaqueros yo era siempre El Llanero Solitario. Mi padre me compraba las pistolas con cacha de nácar, y mi madre, que era modista, me hacía las máscaras, los caballitos y el vestido azul del Llanero. Un niño de la casa de al lado hacía de indio Toro. Cuando reñíamos, entonces él se convertía en Roy Rogers y nos retábamos a duelos en las calles polvorientas del barrio”.

 Allí evocó que a los 14 años, cuando estudiaba en el Colegio La Esperanza, de Cartagena, comenzó a escribir versos y que la proximidad de esta institución al mar, el cual veía a diario, y sus primeras ilusiones románticas le llevaron a descubrir la estrecha relación entre el mar y el corazón. Desde entonces escribe por y para ambos.

Ese fue el comienzo de una carrera literaria  que ha llevado a grandes personajes de las letras y el arte a comentar elogiosamente su poesía. Carlos Villalba Bustillo, por ejemplo, dijo: “Jorge Marel se ha consagrado como un gran poeta. Imposible será desconocer que Jorge Marel conquistó un lugar privilegiado en la literatura colombiana, depuración poética y decoro humano”. Por su parte, Meira del Mar escribió: “La de Jorge Marel es verdadera poesía. La cara diferente de lo que puede llamarse poesía marinera. Jorge Marel es uno de los visibles hitos de la poesía colombiana actual”.

Según José Consuegra Higgins, “Marel se vale de un lenguaje preciso y precioso, cuyas imágenes e ideas están en directa relación con su fundamento expresivo”.

Influencias
Jorge Marel, cuyo nombre de pila es Jorge Hernández Gómez, y quien se define como un hombre serio de principios irrenunciables, está convencido de que el talento para escribir poesía tiene su arraigo en una extraordinaria carga genética; aunque no precisa a ninguno de sus antepasados, confiesa que es pariente, por el lado materno, de Héctor Rojas Herazo, Adolfo Martá y de Jorge Gómez Jattin.

Ese talento fue fortalecido con compañías escolares como las de Juan Gossaín, el profesor Bustillo, con quienes compartió aulas en Cartagena. A esto se agrega que cuando él era niño, su padre tenía una librería. “Era mi lugar favorito, además del patio de mi casa. Allí comencé a leer toda clase de libros y revistas, especialmente las cubanas Carteles y Bohemia, en las cuales me enteraba de todo lo relativo a la Sierra y a la Revolución Cubana. También leía la revista Life, que traía hermosas fotografías, algunas de las cuales conservo aún”.
Marel sigue alimentando cada día su vocación de poeta con la lectura, especialmente de poesía, narrativa, ensayo y filosofía. También lee libros de arte. Conoce toda la historia de la pintura, desde sus orígenes hasta nuestros días. Afirma que le gusta el cine y en especial las películas románticas, dramáticas y de vaqueros.

Ser un buen poeta fue la motivación que lo llevó a vivir en Bogotá, en donde tuvo la oportunidad de compartir y aprender de los grandes, como Aurelio Arturo, Fernando Charry Lara, Rogelio Echavarría, Andrés Holguín y Eduardo Carranza. Y con otros de su generación como Jaime García Maffla, Juan Manuel Roca, Guillermo Martínez González, Armando Orozco Tovar, Carlos Emilio Rincón Zapa, Maruja Vieira, Geovanny Quessep y José Luis Díaz-Granados.

En la capital cursó algunos semestres de Sociología en la Javeriana, pero cerraron la facultad cuando mataron a Camilo Torres, y comenzó a estudiar Derecho en el Externado de Colombia. “Allí también estudiaba Gómez Jattin, con quien almorzaba frecuentemente en el Cream de la 32. En esa época él hacía teatro y nunca hablaba de que escribía poemas ni nada de eso”.

En esos años ya Marel había empezado a publicar poemas en el suplemento literario de El Siglo y en algunas revistas literarias.

“Los años en Bogotá  –afirma– fueron los más felices de mi vida. Me gustó su vida cultural. Además,  iba a cine hasta dos y tres veces al día, casi siempre con Giovanni Quessep, quien vivía pensionado en mi casa y con quien caminaba largamente por la famosa carrera séptima, donde caminaba también frecuentemente con Aurelio Arturo. De esos paseos urbanos conservo varias fotografías como verdaderos tesoros”.

En Bogotá publicó su primer libro de poemas, Palabra en el tiempo, en el año 1976. A este le siguieron 19 libros más, y sus poemas han sido incluidos en numerosas antologías de poesía colombiana. Sus producciones han sido traducidas al inglés, indi, bengalí, ruso y francés.

Las redes sociales como medio para sus eventos
“Ahora trabajo mucho en las redes sociales –afirma– especialmente Twitter y Facebook, en las cuales he creado centenares de grupos de poesía, arte, literatura, filosofía y opinión, al igual que varias páginas de las mismas temáticas. Tengo también un blog. Con esta herramienta de Facebook, gracias a mis numerosas amistades literarias en todo el país, he podido organizar y coordinar desde mi propia casa muchos eventos culturales, como los Jueves Culturales de Tolú, evento mensual –el último jueves de cada mes– al igual que el Primer y Segundo Festival Internacional de Poesía y Narrativa en Santiago de Tolú, años 2012 y 2013”.

Extasiado con la brisa del mar que parece rendirles un homenaje a los recuerdos confiesa con especial ternura que sus primeras lecturas fueron El Llanero solitario, Roy Rogers, Red Ryder, Hopalong Cassidy y Gene Autry. “Con estos vaqueros –dice Marel– aprendí que la gente armada puede hacer justicia sin necesidad de matar a nadie. Ellos le volaban con un disparo el revólver de las manos a los delincuentes y asunto arreglado. Era una lección de justicia sin crueldad. Ahora  todo el mundo puede quitarle la vida a todo el mundo y no pasa nada. ¡Qué terrible todo esto!”

Cuando el sol comenzaba a formar su fiesta de despedida en el horizonte, Jorge dice que tiene muchos malquerientes que hablan mal de él diciendo que es un buscapleitos “simplemente porque no trago entero ni me dejo ultrajar de nadie”. Pero sostiene que procura no pensar en ellos porque “un minuto de pensamiento que ellos me roben es negarle al mundo un poema”.

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