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Latitud 30 de Marzo de 2014

Israel y Palestina: ¿hacia la paz o más de lo mismo?

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Marcos Peckel
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El 29 de noviembre de 2012, la Asamblea General de la ONU adoptó por 138 votos a favor, 9 en contra, 41 abstenciones y 5 ausencias la Resolución 67/19 por medio de la cual se admite a Palestina como “Estado no miembro”, confiriéndole un estatus similar al del Vaticano. Israel y Estados Unidos, entre otros países, se opusieron a la resolución por cuanto argumentan que el Estado palestino debe ser el resultado de negociaciones directas con Israel.

La resolución fue resultado de la solicitud presentada por el presidente palestino Mahmud Abbas para elevar el estatus que detentaba la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de “observador” al de “Estado no miembro”, después del fracaso en 2011 de su campaña para que Palestina fuera admitida como Estado Miembro de pleno derecho de la ONU, que no contó con el respaldo mínimo de 9 miembros del Consejo de Seguridad, sin siquiera llegar a votación.

Más allá de la discusión académica y jurídica sobre si Palestina es o no un Estado –ver Jure Vidmar “Does General Assembly Resolution 67/19 have any implications for the legal status of Palestine?”, www.ejiltalk.org– y que definitivamente Palestina no cumple con los criterios establecidos en 1932 por la “Convención de Montevideo, Deberes y Derechos de los estados”, que determinan si un ente político puede ser considerado como un Estado, porque tiene dos gobiernos: Hamas en Gaza y Fatah en Cisjordania, los efectos de la resolución son esencialmente políticos.

Palestina obtuvo un triunfo diplomático en la ONU con su admisión como Estado no miembro, pero aún es largo el camino para constituirse en un Estado libre e independiente, miembro pleno de Naciones Unidas.

Desde hace décadas la solución de dos Estados para dos pueblos es ampliamente aceptada por la comunidad internacional como la más justa y viable al conflicto palestino-israelí. Ha recibido un decidido apoyo de organismos internacionales; el Consejo de Seguridad la acogió en sus resoluciones 1397 y 1515. La Liga Árabe en su asamblea en Beirut en 2002, la revalidó en Riad en 2006 y otra vez más en su reciente reunión en Qatar en 2013. La Organización de la Conferencia Islámica la adoptó en su cumbre en Teherán en 2002, el cuarteto Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y las Naciones Unidas en su Hoja de Ruta. La gran mayoría de Estados del mundo reconocen tanto a Israel como a Palestina. 

Los temas de la negociación siguen siendo los mismos desde que se firmaron los acuerdos de Oslo en 1993: fronteras, Jerusalem, terrorismo,  reconocimiento, asentamientos, seguridad y refugiados. Cada uno de estos temas muy complejo en sí mismo, además dentro de un cascarón externo de un conflicto que más allá de su carácter territorial parte de narrativas opuestas, lo que hace que encontrar una solución implique compromisos que tocan con la identidad y la historia de ambos pueblos. Los intentos de lograr un acuerdo definitivo desde Oslo 1993, Camp David 2000 y Annapolis 2008 fracasaron.      

En junio pasado, a instancias una vez más de Estados Unidos, se inició otra ronda de negociaciones aprovechando lo que entonces era un ambiente geopolítico aparentemente favorable, fundamentado sobre los siguientes hechos:

• La revalidación por arte de la Liga Árabe de la iniciativa de paz admitiendo el principio de “intercambio territorial” –territorial swap–.

• La guerra civil en Siria que ha trasformado la geopolítica regional alineando los intereses de Israel con los de países árabes sunitas: las monarquías del golfo, Egipto y Jordania.

• La sensación generalizada que esta es la “última oportunidad” de lograr un acuerdo negociado.

• El interés real que está mostrando la administración Obama en solucionar el conflicto a través de la diplomacia y las negociaciones.

• Un Medio Oriente convulsionado por los acontecimientos de la llamada ‘Primavera Árabe’.

• El acuerdo interino entre Irán y el p5+1 respecto al programa nuclear que podría darle impulso a la diplomacia regional.

La fecha estipulada para conclusión de las negociaciones, 29 de abril de 2014, se acerca y no se sabe aún si se logrará el ‘acuerdo marco’ que tan afanosamente busca Kerry, si fracasará una vez más el proceso o si habrá un alargue en las negociaciones, las cuales parecieran estar empantanadas por, entre otros, los siguientes puntos:

• La exigencia de Israel de ser reconocido como el Estado Nación del Pueblo Judío.

•  Las medidas de seguridad que garanticen que una vez Israel se retire de Cisjordania, no se convierta ese territorio en otro Gaza desde donde se lancen cohetes a la población de Israel. Desde Cisjordania se puede fácilmente impactar el Aeropuerto Internacional y los centros de mayor concentración poblacional del Estado Judío.

• Algunos inoportunos anuncios por parte del gobierno de Israel de ampliación de asentamientos en Cisjordania, los cuales hasta ahora se han quedado solo en anuncios.

• El deterioro de la situación en Gaza que causó la última ronda de ataques con cohetes contra Israel.

• Las dudas sobre le legitimidad del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, de firmar un acuerdo que pueda cumplir y mantener en el tiempo.

Adicionalmente el favorable entorno internacional de hace un año se ha deteriorado por la inacción de la comunidad internacional en Siria, los acontecimientos en Ucrania, que podrían llevar a que las partes no sientan la premura de lograr un acuerdo ante las mayores tensiones entre las potencias, y un orden internacional más “anárquico”, y la reciente e innecesaria declaración de la Liga Árabe oponiéndose a aceptar a Israel como el Estado Judío, lo que podría servirle a Abbas para abandonar la mesa.

De llegarse a un acuerdo de paz en la presente ronda de negociaciones, a pesar de la incertidumbre y pesimismo generalizados, sería además de un triunfo que tanto necesita la diplomacia de Obama, un largo proceso que tardará años en su implementación, enfrentará numeroso obstáculos y podría en cualquier momento descarrilarse. Requerirá para su supervivencia de un firme involucramiento a largo plazo de factores externos: Estados Unidos, la Unión Europea y países árabes. Finalmente, para que un posible acuerdo tenga éxito habrá que asegurar por parte del liderazgo palestino que  Hamas, que no reconoce a Israel, no logre sabotearlo como ha hecho en el pasado.

Por el contrario, de no lograrse acuerdo alguno, Palestina, aprovechando el estatus de Estado no miembro de la ONU, tomaría un camino alterno a la negociación directa, acudiendo a los estrados internacionales: Naciones Unidas, cortes internacionales, organismos regionales y otros para obtener sanciones y condenas a Israel, buscando de esta manera aislar al Estado Judío en la comunidad Internacional. Podría adicionalmente movilizar a su población en una “tercera Intifada” contra la “ocupación”. Ambas estrategias anteriores son de alto riesgo y de incierto resultado.

Un estado palestino soberano con fronteras y territorio definidos e instituciones estatales sólidas y reconocidas habrá únicamente cuando se llegue a un acuerdo con Israel. No antes. Si las actuales negociaciones fracasan habrá que esperar una generación y hacer otro intento. No hay otro camino.

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