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Histórico 14 de Septiembre de 2014

Una carta a Sergio Urrego

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John Better
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Búmeran que no volvió, libre soy.

Ely Guerra
Sergio, te escribo como si te hablara al oído, como si por accidente me hubiese cruzado con tus ojos negros ese 4 de agosto pasado mientras caminabas por los pasillos de aquel centro comercial y tarareabas en tu cabeza una oscura canción de Pink Floyd. Sí, te hablo con esa sensación de haberte conocido antes, porque en cierta forma ya te conocía, porque he visto esa misma mirada tuya en un lugar por mí ya transitado: mi propia adolescencia.

El colegio puede ser un lugar brutal para los chicos como nosotros. Y no hablo solo de sexualidades, hablo de lo peligroso que resulta hacerle saber al resto de la gente la forma en que percibimos el mundo y cómo lo interpretamos. El solo hecho de expresarnos en las aulas nos hace ganar el rótulo de raros o incomprendidos.

Hay mil formas de matar un ruiseñor, pero existe una más efectiva que la espina que atraviese su frágil corazón, y esa fue la que detuvo tu vuelo, la que te quebró las alas que no pudiste desplegar en tu caída: la censura de una sociedad hipócrita que siempre estará presta a juzgar, que siempre procurará poner zancadillas a todo ballet libertario, a toda cosa libre que se balancee en el viento, y tú, Sergio, representabas una clara amenaza a esos supuestos valores rancios que pretenden inculcar a cucharadas de catequesis ciertas instituciones estudiantiles de este miserable país. Algunos te tildan hoy de cobarde, otros te proclaman héroe; otros, santo. Tu fotografía está en todos los diarios, en todas las redes sociales, tu mirada de niño rebelde provoca suspiros y malos pensamientos. Hay quienes hacen de tu drama su causa, te vuelven bandera, consigna de una lucha. Dime, ¿qué piensas de todo esto? Pero qué estoy diciendo, si estás muerto y, según tus convicciones ideológicas, ya nada piensas, ni opinas, ni sientes. Tus últimas palabras están escritas en un par de cartas dejadas a tu familia, y en tu muro de Facebook, en donde le gritaste al mismísimo mundo que ese 4 de agosto Sergio Urrego se despedía de él sin ningún remordimiento.

Sergio, al igual que tú, estudié mi bachillerato en un colegio de clase media donde los prejuicios pululaban como moscas sobre una pila de excrementos. Te hablo de hace más de dos décadas, y para que te miraran raro solo se necesitaba que pertenecieras a una alterna doctrina religiosa, escucharas lo que el resto del estudiantado pensaba era música rara, ser hijo de una madre soltera, ser gay, gordo o negro, por mencionar algunos ejemplos. Fueron años difíciles, era llamado por el cuerpo de profesores como el alumno “especial” o el “joven problema”, como se refería a mí la prefecta de disciplina. Las idas a psicoorientación eran constantes, le endilgaban la culpa de mi homosexualidad a mi madre y su supuesta mimada crianza. Me sentía encerrado, agredido, fui víctima de burlas, de agresiones físicas, insinuaciones sexuales de algunos compañeros, pero aun así permanecí en pie. Tuve fuerzas para aguantar, porque sabía que años después toda esa rabia y esa desesperación la iba a volcar en mi pasión por la escritura. Tú, Sergio, tomaste otra vía, y por lo que veo, mi niño, las cosas no han cambiado mucho desde mi lejana época de bachiller. El mundo a veces es cruel, y se ensaña con sus criaturas más pequeñas, pero a veces es bueno y te da la oportunidad de refugiarte, de nacer. De una forma llegamos al mundo, Sergio, dando alaridos, todavía con un pedazo de útero en nuestras bocas, y aunque interrumpimos el llanto, no dejaremos nunca de derramar lágrimas cada vez que uno de los nuestros sea perseguido, atado, obligado a revelar el secreto que nos une. De esta forma, en este pedazo de cielo, desnudos y atravesando en hordas el desierto, nosotros, los llamados a renacer, hoy recibimos gustosos la lluvia de fuego que se gesta en el horizonte. 

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