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Histórico 02 de Julio de 2011

Las últimas horas de ‘Gina Capello’

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“Siga tocando que allí hay gente”. Eso fue lo que me dijeron dos vecinas del barrio Las Nieves al preguntarles si había alguien en aquella casa donde vivió Jaime Enrique Peña, más conocido en el mundo gay como Gina Capello, quien muriera hace un mes al inyectarse silicona líquida en su cuerpo.

¿Y quiénes viven ahora en ese lugar?, pregunté. “Unas maricas”, se adelantó una de las mujeres, mientras la otra le corregía algo apenada: “estilistas, Carmen, son estilistas”. Volví a la puerta de aquella casa, cuya fachada estaba pintada a dos colores, la mitad blanca y la otra mitad de un salmón chillón.

Las ventanas carecían de vidrios y estaban aseguradas con gruesas láminas de tríplex. Bajo el sol ardiente seguí tocando la puerta insistentemente. Un hombre en bicicleta pasa y al verme parado allí se detiene y exclama: “Muerta Gina se acabó la peluquería”. Su nombre es Francisco, pero le dicen Pacho, y trabaja como panadero.

–Yo era cliente de Gina, ella era una persona seria, muy buena gente, a veces me fiaba el corte de pelo. Dicho esto, Pacho se retira buscando algo de sombra.

Toco una vez más la puerta, una de esas puertas metálicas con rectángulos de vidrio en su centro, pero al igual que las ventanas carente de ellos, esta luce un largo cartón en donde falta el vidrio.

–¿Quién es? –dice una voz afectada al otro lado de la puerta.

Soy un periodista de EL HERALDO, y preciso hablar sobre Gina.

Por dentro, la peluquería es un amplio salón pintado con ese tono rosa radiactivo de los algodones de azúcar, que como capullos lisérgicos se venden en los circos, las ferias y algunos barrios barranquilleros. El mobiliario se reduce a algunos muebles desvencijados, un lavacabezas sostenido por un trípode de hierro, tres espejos amorfos pegados en la pared central, una silla giratoria y algunas fotos de Gina Capello, donde se le ve vestida a la usanza de los años ochenta. Normalmente en las peluquerías flota un aroma a tónicos, shampoo y detergentes; en esta, por el contrario, un aroma a rancia humedad aletea en el aire.

–Mi nombre es Fergie, yo era la mejor ‘amiga’ de Gina.

Fergie es un chico de 30 años, de piel amarillenta, tiene un leve estrabismo que no le permite sostener la mirada por más de diez segundos, también tiene un artesanal tatuaje con el escudo del Junior en su brazo izquierdo. Va de un lugar a otro del salón como una torpe mariposa. Pasa la escoba, limpia con un periódico los espejos, y esparce un ambientador de fuerte olor a canela. Pacho entra a la peluquería y acomoda su bicicleta junto a una de las paredes.

–Voy a motilarme, a ver si me dejas como Gina. De lo contrario no vuelvo más.

Fergie lo hace seguir hasta la silla giratoria, le coloca una túnica plástica alrededor del cuello, y empieza su trabajo, al tiempo que narra los sucesos que le costaron la vida a su entrañable amiga travesti.

1 de junio de 2011, horas de la tarde.

Gina Capello tiene 44 años, llegó hace casi treinta a Barranquilla procedente de Los Palmitos, Sucre. Junto a su madre y sus hermanos se instalaron en el antiguo barrio Las Nieves; allí transcurrió su niñez con total normalidad.

De adolescente, cuando entonces era solamente Jaime Enrique Peña, un muchacho como todos los otros, según quienes le conocieron, nadie en su familia se imaginaba sus secretas inclinaciones. “Era tan feo entonces”, recordaría La Tuli, un amigo de esos años, al entrevistarle a propósito de su muerte repentina. El tímido chico de provincia se convirtió de la noche a la mañana en Gina Capello, y con esta transformación vino el distanciamiento del grupo familiar, que desde entonces lo vería como un completo extraño.

“Hay algo que no me cuadra de este cuerpo”, dice Gina Capello frente al espejo de su peluquería. Lleva un hilo dental que revela un trasero descomunal, que ni el mismísimo Aguaslimpias podría reproducir. Lo que no le cuadraba a Gina era la desproporción entre sus glúteos y sus piernas, el efecto que daba su figura intervenida por la silicona era como el de una enorme calabaza sostenida por dos enclenques varitas de bambú. “Niña, ve por los cuerpos adonde ya tú sabes”, le diría Gina a Fergie. Cuando Gina decía “ve por los cuerpos”, se refería a ir a comprar 4 litros de silicona líquida, para inyectarlo en sus muslos y así poder emparejar su extraña fisonomía.

El procedimiento se llevaría a cabo en una de las habitaciones de su casa, un estrecho y oscuro cuarto apenas alumbrado por una luz amarillenta. A los pocos minutos Fergie dispone los implementos: catéteres, los frascos de silicona, jeringuillas de ganado, mertiolate y rollos de algodón. Haciendo una pequeña incisión debajo de su glúteo derecho, el catéter es instalado, seguido se enrosca la jeringa por donde el espeso líquido será introducido.

–Empecemos, –dice Gina.

2

–Fergie, ¿usted se ha inyectado silicona alguna vez?
-Si –dice sin ningún reparo.
-¿Y es doloroso?
-No, se siente como si te abrieran la carne, como si uno fuera una muñeca que están rellenando, normal, agrega, y sigue cortando el pelo del antiguo cliente de Gina.

Junio 2, 9 a.m.

Cuando Gina despertó, sintió que su boca estaba reseca, el rosa fuerte de las paredes del cuarto le provocó unas náuseas insoportables.

Lo primero que hizo al levantarse fue llamar por teléfono a su amigo Fergie y decirle que se sentía mal, que se viniera lo más pronto a la peluquería porque presentía que algo había salido mal durante la intervención practicada el día anterior.

Su amigo la encontró acostada, pálida como una hoja de papel, y con la visión borrosa. Machi, ¿es usted?, le preguntaría al verlo entrar a su cuarto. De inmediato Fergie decide que lo mejor sería llevarla al Hospital de Barranquilla, pero Gina se niega rotundamente, justo allí, meses antes, había muerto su gran a miga La Sair, y le parecía una señal de mal augurio ir hasta ese lugar.

La opción más sensata fue trasladarla a un sitio cercano: la clínica Simón Bolívar. En emergencias Gina fue recibida, la acostaron en una camilla y ahí estuvo por hora y media sin ningún tipo de atención médica, según declaraciones de Fergie.

–Ella tenía escalofríos, me pidió que le trajera una sábana para arroparse. Fui de regreso a la casa por una, y cuando regresé la encontré en peor estado, estaba rígida, yo la llamaba, ¡Gina, Gina!, pero ella nada, no respondía.

Según el médico Rafael Trespalacios, de la clínica Simón Bolívar, el paciente presentaba esta rigidez debido a la dextrosa y los medicamentos suministrados para el vómito. En la historia clínica de Gina Capello podía leerse la siguiente nota: “El paciente refiere que quiere irse para tratar su enfermedad en casa, se le explican las posibles consecuencias”.

–Mi amiga no podía ni hablar casi, la silicona ya se le estaba regando por el cuerpo, seguir en esa clínica significaba que la dejaran morir, así que me la llevé para el Cari, comenta Fergie mientras con un cepillo sacude el cuello de Pacho, a quien ya ha terminado de motilar.

Junio 4

El 3 de junio, Gina Capello permaneció estable en la unidad de cuidados intensivos del Cari. El 4, en horas de la mañana, la silicona inoculada en su cuerpo empezó a obstruir sus vías respiratorias, el milagroso líquido del que están hechos los sueños de los travestis en el Tercer Mundo se esparcía lento, como un río viscoso que la ahogaba sin remedio.

Dos paros cardiacos y un derrame cerebral acabaron con su vida. Gina es una víctima más de lo que ya se considera un problema de salud pública. Entre las sustancias utilizadas en estas prácticas están: el aceite de cocina, aceites cosméticos como la silicona capilar y el aceite mano de res, un producto destinado para el crecimiento del cabello.

En países como Argentina, la osadía llega al punto de utilizar aceites pesados, como el de avión, para estos fines. Un estudio reciente demostró que la silicona industrial y cualquiera de sus derivados pueden provocar inflamaciones o mudar de lugar en el organismo, lo que genera deformidades y hasta mutilación en las zonas afectadas.

–¿Se volvería a inyectar silicona?, pregunto a Fergie.

Luego de dudar por largos segundos, se mira al espejo del local y coloca las manos en su trasero, medio litrico no me caería mal, puntualiza.

Por John Better

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