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Histórico 14 de Septiembre de 2014

La Salsa en Cali: historia de una epidemia delirante

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Ossiel Villada Trejos
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La epidemia del delirio comenzó antes, mucho antes de que a alguien se le ocurriera el disparate luminoso de montar un circo en el que los bailarines volaran, los trapecistas danzaran y el público saltara feliz a la pista para bailar con muñecas de trapo. Fue por allá, en alguna tarde perdida de inicio de los años treinta, cuando nuevas músicas rompieron la monotonía de la muy noble y muy leal Santiago de Cali. Hasta entonces la pequeña aldea había atravesado las arenas del tiempo a lomo de mula. Pero durante las tres primeras décadas del brillante siglo XX la modernidad llamó a la puerta y veintiséis mil almas asentadas en menos de veinte barrios iniciaron un viaje hacia el futuro, de tumbo en tumbo, entre el sobresalto y el asombro.

Las nuevas maravillas aparecían como de la nada, cambiando para siempre el romántico paisaje vallecaucano, plagado de chiminangos, guaduales, yarumos, palmeras, platanares, caña de azúcar, garzas, vacas y campesinos. En 1905 la silueta humeante de un barco a vapor remontó las tranquilas aguas del río Cauca. En 1910 el tranvía inauguró su primer ramal desde el puerto de Juanchito hasta la plaza de mercado de El Calvario. En octubre de ese mismo año los aldeanos presenciaron el milagro de la luz eléctrica. Y en enero de 1915 se volcaron a las calles para recibir al trepidante y hermoso Ferrocarril del Pacífico, que por fin conectaba a Colombia con su natural Pacífico.

Fue en medio de ese revuelo febril cuando en Cali se encendió por primera vez un radio y se coló en la ciudad el enorme caudal de la influencia musical cubana. En 1922 Cuba había sido el cuarto país del mundo en poner al aire una emisora, y ya para la década del treinta era la principal potencia radial de Latinoamérica. Puesto que en Colombia el negocio de la radio comercial apenas despegaba y el espectro electromagnético estaba despejado, la señal de las estaciones cubanas se captaba fácilmente a través de onda corta. Así comenzaron a escucharse en estas tierras las primeras grabaciones de Arsenio Rodríguez, Miguel Matamoros, el Septeto Habanero, la Orquesta Casino de la Playa, el Cuarteto Mayarí, Miguelito Valdés y de todos los artistas que tocaban en directo desde los radioteatros habaneros. Desde  miles de kilómetros de distancia el golpe del tambor africano empezaba a moldear el alma de esta ciudad negra, que asistía a las primeras audiciones de música antillana de su historia.

Según cuentan nuestros mayores, los radios Philips, Telefunken, Philco o Westinghouse se convirtieron en invitados permanentes de las tertulias vespertinas que las familias acomodadas realizaban en los caserones de San Antonio, La Merced o Santa Rosa. Pero también eran protagonistas de los alborotados corrillos que los artesanos, los malandros y las ‘mujeres públicas’ armaban en los recovecos de El Calvario y El Vallano.

De la mano de la radio, el son y el danzón conquistaron un espacio propio junto al pasillo, la guabina y el vals. Por la Voz del Valle, pionera de la radiodifusión desde 1932, ya no solo se oía la oscura letanía de una casa donde “gime el viento en los aleros, desmorónanse las tapias y en sus piedras cabecean, combatidas por el viento, las acacias” 1. También era posible escuchar la pícara invitación que Antonio Machín lanzaba a las muchachas cuando cantaba: “caserita no te acuestes a dormir, sin comerte un cucurucho de maní…”. 2.

Para 1934, cuando Siro, Cueto y Miguel visitaron por primera vez a Cali, el Trío Matamoros ya era un referente musical entre las clases populares. Durante toda la década del cuarenta el pueblo caleño se empeñó en saber “de dónde son los cantantes, con su trova fascinante que me la quiero aprender” 3. Los cantantes, por supuesto, venían de La Habana y de Santiago, tierra soberana, pero también de Puerto Rico. Y todos, sin excepción, habían hecho una escala previa en el estropicio multicolor de Nueva York.

En la Gran Manzana, para entonces, ya se había prendido el gran fogón donde se cocinarían las músicas de todos los rincones del Caribe hasta crear ese producto que hoy conocemos con el nombre genérico de Salsa. Aquella cocción se hizo en dos rincones urbanos que conformaron un único barrio de alma latina en Nueva York. El primero surgió entre las calles 97 y 130 y entre la Primera y la Quinta Avenida de Manhattan, con el nombre de Spanish Harlem. El segundo, situado al otro lado del Harlem river, es reconocido como South Bronx.

Ambos eran sitio de residencia o trashumancia obligada para los músicos latinos. No solo por las oportunidades laborales que representaba Nueva York, sino también porque había que estar allí para nutrirse de la poderosa revolución musical que estaba en marcha con el jazz. Fue en Nueva York donde el visionario saxofonista cubano Mario Bauzá construyó los cimientos del latin jazz, y de paso descubrió para el mundo a una leyenda conocida como Ella Fitzgerald. Fue allá donde la naciente industria del disco se consolidó y se expandió hacia el resto de América. Y fue allá, en algún rincón de Nueva York, donde don Pedro Flores descubrió en 1938 a un muchachito boricua, flaco y bigotón, que junto a una orquesta cubana habría de marcar a fuego el alma rumbera de esta Cali delirante.

El muchacho del bigote había sido bautizado en 1916 en Santurce, Puerto Rico, como Daniel Doroteo. La orquesta en mención se había formado a mediados de los años veinte en Matanzas, con el rótulo de Tuna Liberal. Y ambos quedaron grabados para siempre en el corazón y la historia de América Latina con dos nombres que nunca podrán pronunciarse por separado: Daniel Santos y la Sonora Matancera.
Daniel Santos, el Jefe, el hombre que antes de morir ya tenía por derecho propio un pie en el cielo y otro en el infierno, fue el artista que en los años cincuenta armó el gran alboroto de la música antillana en Cali, a punta de guaracha, rumba y bolero.

Secundado por las trompetas desafiantes de la Sonora, el Jefe cantaba: “Lo que es la rumba caballero, la baila Juan, la baila Pedro, la baila el blanco y la baila el negro, la baila el malo y la baila el bueno, la baila el gato y la baila el perro” 4. La letra describe con exactitud fotográfica lo que ocurría en la noche caleña cuando iniciaba la década del cincuenta.
Por su voz socarrona, su carcajada espumosa, su vida tormentosa, su afición al alcohol y las mujeres; por su historia de desarraigo, por el dolor contenido de su canto, Daniel Santos alcanzó dimensión de mito entre los melómanos de esta ciudad. Más que con cualquier otro cantante de la Sonora Matancera, Cali estableció una conexión sensorial con el ‘Inquieto Anacobero’. La barriada popular, que desde inicios de los años cuarenta bullía de negros e indios, mulatos y mestizos, obreros y  desempleados, campesinos y artesanos, putas y delincuentes, barro y esperanza, encontró en las guarachas de Daniel el bálsamo para olvidar las penas. Y en sus boleros, el veneno para renovarlas.

Hasta el punto que en 1953, cuando el Jefe vino por primera vez a Cali, hasta los titulares de la prensa local parecían extraídos de una de sus canciones: “Porque la amante se le fue, se suicidó Manuel Fernández”, informaba el Diario del Pacífico en una de las páginas centrales de la época. Los discos de Daniel Santos con el Cuarteto Flores y la Sonora Matancera, de Dámaso Pérez Prado, del Trío Matamoros, pero también de Pedro Infante, Toña la Negra y Jorge Negrete, entre muchos otros ídolos de la música popular, se conseguían a lo largo de la Calle Once.

Los negros acetatos de 78 revoluciones por minuto, envueltos en papel kraft, atravesaban el océano, desembarcaban en Buenaventura, remontaban la cordillera Occidental apretujados en un vagón del tren y llegaban a Cali en medio de cajas de whisky, gramófonos, telas orientales, medicamentos, ‘menjurjes’ para el pelo, sombreros de lujo y piezas mecánicas para la incipiente industria vallecaucana.


Escena donde interviene un solista en el espectáculo ‘Delirio de Cali’. 

En su primera visita a Cali, Daniel Santos se hospedó en el Hotel Aristi, habló por los micrófonos de Radio R.C.O. y debutó en el Teatro Cervantes, el sábado 13 de junio de 1953. Ese mismo día Colombia entraba en una nueva etapa de su convulsionada historia, con la llegada al poder del general Gustavo Rojas Pinilla. El clima de incertidumbre política, sin embargo, no impidió que el Jefe repitiera su dosis de guarachas y boleros en los teatros San Nicolás y Asturias. En todos ellos el cine alternaba con la música de los artistas de moda en vivo y en directo.

Y es que además de la radio y la música prensada, la floreciente industria del cine fue la otra gran influencia que permitió incubar la epidemia de los bailarines delirantes en Cali. Desde 1931, cuando la vedette Lupe Vélez filmó The Cuban Love Songs, en cuya banda sonora se incluía El manisero, el cine mexicano había seducido a Hollywood y en los años cincuenta ya era el referente principal del séptimo arte en América Latina.

En Cali, como en el resto del continente, las gentes vibraban, suspiraban y sufrían con las comedias y los melodramas mexicanos que el cine promovía “en mágico tecnicolor”. Pero había mucho más que chistes, risas y besos apasionados en el trasfondo de aquellas películas en las que se retrataba la vida cotidiana del ‘vecindario’. El cine mexicano reflejaba y exaltaba el complejo mundo de la barriada latinoamericana, reivindicando a personajes marginales que se abrían paso a trompada limpia contra todas las adversidades, en un continente marcado desde siempre por la inequidad económica, la exclusión social y la pobreza. Era allí, en el fantástico mundo del celuloide, donde el pueblo alcanzaba sus sueños imposibles: el muchacho pobre conquistaba a la joven rica y bien vestida, las prostitutas se rehabilitaban, los malos patrones recibían su merecido castigo, la nobleza vencía a la maldad y los charlatanes se coronaban como reyes de la noche.
No era difícil que la Cali de mitad del siglo XX se viera reflejada en aquellos modelos. Desde  mediados de los cuarenta la violencia política expulsaba de los campos a miles de campesinos, que llegaban a las ciudades colombianas para engrosar los cordones urbanos de miseria. Y en Cali estos inmigrantes campesinos, unidos a la creciente población negra proveniente del litoral Pacífico, conformaron una enorme masa humana dispuesta a ganar un lugar en el territorio y en la historia. Reclamaban vivienda, empleo, comida, servicios públicos y, por supuesto, el derecho a expresar a su manera, sin los fríos convencionalismos de la ciudad aristocrática, la vivencia del dolor y la alegría.

El antropólogo Alejandro Ulloa, considerado el mayor investigador de la influencia de la música antillana sobre Cali, sostiene que fue ese enorme conglomerado lo que le dio cimiento al fenómeno sociocultural de la Salsa en esta ciudad. Ulloa sostiene la tesis de que ese naciente proletariado, que servía como mano de obra para las grandes industrias asentadas en Cali y Yumbo desde 1940, buscaba elementos de cohesión para enfrentar el desafío de progresar. Y a falta de una música autóctona que reflejara la lucha del vivir cotidiano, con sus maravillas y sus angustias, los hombres y mujeres pobres que le daban un nuevo rostro a Cali adoptaron los ritmos antillanos como propios. Quizá la guaracha, la rumba o el mambo no solo encarnaron un modo particular de ver y gozar la vida, sino, ante todo, una manera de desafiar el hambre, el desamparo y la muerte.


Algunos de los bailarines del espectáculo ‘Delirio de Cali’ son Campeones Mundiales de Salsa.

Y todo ello se reflejó en el matrimonio entre música cubana y cine mexicano. El ambiente cabaretero de los años cincuenta quedó plasmado en todas las películas de la época. En El ángel caído, un filme de 1948, Daniel Santos y la Sonora Matancera aparecen en el imponente marco de un club nocturno interpretando El tíbiri tábara. El baile, por supuesto, era protagonista de aquel cine. Con las guarachas de la Sonora y el mambo de Pérez Prado, la pantalla grande convirtió en leyendas a bailarines como Adalberto Martínez Resortes, Germán Valdéz Tin Tan, la Tongolele, Ninón Sevilla y María Antonieta Pons, entre otros. Y sentado allí, en la oscuridad cómplice del cine, el bailarín caleño encontró las pautas iniciales para concebir el endiablado baile que hoy lo identifica ante el mundo.

Ni la explosión de siete camiones con dinamita el 7 de agosto de 1956, que según los periódicos de la época dejó un cráter de siete metros de profundidad, sesenta de diámetro y más de mil muertos, opacó la explosión musical antillana que se vivió en Cali desde mediados del siglo XX. La guaracha, el mambo, el bolero, el chachachá y el danzón, junto al tango, la milonga y el fox, fluían a borbotones aquí y allá. Y la rumba transformó a su amaño el paisaje urbano, poblándolo de templos de adoración del baile. En 1958, en el séptimo piso del Edificio Ávila, abrió sus puertas un establecimiento que después se trastearía a la Carrera Octava, donde permaneció como ícono de la rumba hasta 1986: Séptimo Cielo. Entre los sesenta y los setenta también florecieron en ese mismo sector sitios como El Infierno y La Flauta. En Juanchito, Agapito comenzaba a escribir su página de oro en la historia de la rumba caleña. Y en La Zona –como se llamaba popularmente al enorme espacio creado por decreto en los años treinta para alojar la prostitución y el desenfreno nocturno– brillaban bailaderos como El Tíbiri-Tábara, El Avispero y El Copacabana. Todos desaparecieron en los sesenta cuando La Zona fue abolida, también por decreto.

Durante años aquí y allá, entre solares y bares, los melómanos caleños fueron construyendo las monstruosas e impensables colecciones de discos de acetato que hoy hacen de Cali el gran museo de la memoria salsera en el mundo.

Cali ya era un destino obligado para los grandes músicos del Caribe. Por aquí pasaron, entre otros, Miguelito Valdés, Noro Morales, Los Compadres, el Trío La Rosa, Xavier Cugat, Machito y sus Afrocubans, alternando con las orquestas sabrosas de Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Tito Cortés o los Hermanos Ospino.

El 12 de febrero de 1955 la ciudad recibió por primera vez a la guarachera de Cuba, Celia Cruz, acompañada por la legendaria Sonora Matancera. El Teatro San Nicolás, donde se realizó el show central, por poco se derrumba. Una boleta para ver en vivo a la estrella de la Burundanga costaba dos pesos. Según censo de la Oficina de Planeación de la época, Cali tenía ya 393.365 habitantes, y más de 300 barrios ilegales, entre ellos 157 invasiones. Y según registran los avisos del periódico El País, los hombres fumaban Pielroja, las damas tomaban Kol-canA, los señores se afeitaban en la Barbería Europea y las muchachas querían tener ‘Sonrisa Pepsodent’.

Iniciando los años 60 desembarcó en la ciudad el virus de la pachanga, que se había gestado en las entrañas de South Bronx. Joe Quijano, los hermanos Palmieri, Pacheco, Barreto, Randy Carlos, Tito Rodríguez y Tito Puente se convierten en los nuevos reyes del zaperoco latino. Pero de la noche a la mañana –nadie sabe cuándo ni dónde, y la verdad, no importa– un disparate extraordinario pisó el acelerador de la rumba. El bailador, ese que cada noche escribía sobre la pista un credo, reclamaba velocidad. Y para obtenerla decidió que los discos de 33 revoluciones se podían poner a girar en 45. Semejante locura no solo le cambió el sonido al boogaloo, sino que además ayudó a construir las leyendas de Amparo Arrebato, Jimmy Bugalú, Watusi y María, Antonio Catacolí, Hilda y Benigno, Félix Veintemillas, Dennis Ocampo, Aydé España y muchas otras estrellas del baile popular.

Carlos Paz, uno de los maestros que aún dicta cátedra sobre el baile clásico de la Salsa caleña en Delirio, recuerda que la cita de los ‘duros’ era en el balneario Estambul, los días lunes. Fue allá donde Carlos tuvo la oportunidad de recibir su bautizo de fuego: el legendario Jimmy Bugalú, al observar la velocidad endiablada de sus pies, lo llamó ‘el Resortes colombiano’. Y así se quedó para la vida eterna del baile, amén. Pero el bailarín caleño, que ya había creado centenares de pasos por fuera del tiempo tradicional del baile en clave, no daba concesiones. Cuando Richie Ray y Bobby Cruz vinieron por primera vez a Cali, en diciembre de 1968, debieron correr para crear nuevos arreglos orquestales y acelerar las canciones que ya tenían grabadas. No había otra salida. Subirse a la tarima y cantar en un tiempo lento era exponerse a la ira de bailarines y bailadores. Richie y Bobby lo entendieron bien. La noche del 26 de diciembre, cuando debutaron, más de siete mil almas se apretujaban en los 3.500 metros cuadrados de la Caseta Panamericana. El sonido bestial de aquella banda, con la jauría de sus trompetas y la tristeza infinita del piano de Chopin en ritmo de clave, desató en Cali un huracán salsero que solo amainó por allá, a inicios de los ochenta, cuando la Salsa brava se esfumó y dio paso a la ‘Salsa monga’.

Aquella fue una noche de leyenda que terminó inmortalizada en la literatura por la pluma de Andrés Caicedo. Pero Ricardito el miserable, personaje que narra aquel concierto en las páginas de ¡Que viva la música!, estaba equivocado. La historia de la rumba caleña no se partió en dos la noche en que Bobby Cruz gritó “Agúzate que te están velando”. Casi cuatro décadas atrás el tambor africano ya le había marcado un misterioso camino a Cali. Y estaba escrito que todavía en el siglo XXI los habitantes de esta ciudad, con el corazón perdido por la incontrolable epidemia del Delirio de la Salsa, seguirían celebrando el milagro de la vida bajo la carpa de un extraño circo donde hasta las muñecas de trapo bailan.

1. Las acacias: tradicional pasillo interpretado por el dueto de música colombiana Silva y Villalba.
2. El manisero: famosa canción cubana compuesta por Moisés Simón e interpretada por Antonio Machín.
3. Son de la loma: letra del músico y compositor cubano Miguel Matamoros.
4. Lo que es la rumba caballero: averiguar el nombre y autor.

Bibliografía:
Historia de Cali en el Siglo 20 – Sociedad, economía, cultura y espacio.
Édgar Vásquez Benítez. Universidad del Valle, 2001.

La Salsa en Cali. Alejandro Ulloa Sanmiguel. Editorial Universidad del Valle, 1992.

La Salsa en discusión – música popular e historia cultural.
Alejandro Ulloa Sanmiguel. Editorial Universidad del Valle, 2009.

Sueños de Región. Marino Santacruz. Corporación Universitaria Autónoma de Occidente, 1999.

El Libro de la Feria de Cali. Casa Editorial El Tiempo, 2002.

Tertulias del Cali Viejo, segundo libro Cámara de Comercio de Cali – Centro de Estudios Históricos y Sociales de Santiago de Cali, 1998.

Archivo histórico, Centro de Consulta Diario El País, Cali.

Archivo Diario del Pacífico. Colección privada Centro de Consulta del Diario El País de Cali.

Archivo periódico Relator. Colección privada Centro de Consulta del Diario El País de Cali.

Revista Huellas No. 62 de la Universidad del Norte. Artículo La música cubana en Barranquilla, por Rafael Bassi Labarrera.

Multimedia Cali Cultura Salsera: El Mulataje Musical entre el Barrio y la Ciudad Global. Universidad del Valle, Escuela de Comunicación Social.

¡Caliente! – Una historia del Jazz Latino. Luc Delannoy. Fondo de Cultura Económica, 2001.


 

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