EL HERALDO SUSCRÍBETESuscríbete a EL HERALDO
El id es:node/39951
Histórico 01 de Octubre de 2011

El rostro de mi madre

El usuario es:

Compartir:

Capítulo 5

Asomados entre las cabezas adultas en la sala de cine repleta, veíamos las ruedas del carro de Mesala girar a una velocidad hipnótica.

Sus radios, casi invisibles por el movimiento, se unían a un eje circular al que, para mayor angustia de la audiencia, el romano había agregado unas sierras afiladísimas. A escasos metros Juda Ben Hur jalonaba las bridas de sus caballos que, ante la proximidad de una curva cerrada, disminuían su galope frenético. Mesala fustigaba a sus bestias y, en la mitad de la curva, lograba ubicarse al lado del carro de Ben Hur.

La tarde —gritos, polvo, cielo amarillo— se detenía para fijar el instante. Los que en otra época habían sido amigos, casi hermanos, estaban empeñados ahora en una lucha a muerte.

Ya en la recta, la sierra ominosa comenzaba a romper la rueda del carro de Ben Hur. El látigo de Mesala serpenteaba en el aire. Los hombres se confundían en un forcejeo angustioso. Las ruedas se destrozaban mutuamente. Los caballos desbocados, retumbantes, apagaban el murmullo de la muchedumbre. Veíamos los cascos, el polvo que levantaban y, de pronto, el rostro angustiado de Mesala que caía sobre la arena con un gesto en el que había más ira que dolor.

Arrastrados por la brisa de diciembre, hipnotizados también por el vendaval sonoro de la calle Murillo —que parecía tan grande y hoy es tan ridícula, como una camiseta vieja llena de huecos—, emprendíamos el regreso a la casona del Viejo Prado. Luego pasábamos toda una noche pintando, con témperas de colores rotundos, a los soldados romanos de nuestra fantasía hermana.

Aún hoy es lo único que sé pintar con algún encanto, porque los profesores de dibujo, empeñados en sus aberraciones geométricas, se encargaron de arruinar mi promisoria carrera de pintor. Cómo los detesto todavía; quizá por ello sueño con terminar el dibujo de la muchacha, como una venganza inútil, una más entre las tantas que he fraguado en mi vida.

También odio otros recuerdos de mi infancia, aunque a estas alturas de mi vida no estoy muy seguro de que esas imágenes que me causan un profundo malestar en el estómago, e incluso deseos de vomitar, hayan sido reales alguna vez.

A veces creo que yo las he inventado, que esa confusa secuencia de instantáneas fotográficas que he convenido en llamar “mi pasado”, no es más que una creación de mi fantasía. No sé, ya no le apuesto a ninguna certidumbre.

Sé que me gusta recordar a los caballos que dan vueltas por el circo romano; sé que me hace feliz imaginar que Manuel fue mi amigo cuando era un niño y me sentía solo.

Pero también sé que hoy amo escaparme de la oficina, escaparme de Manuel y de los planos para venir aquí, al segundo piso de la Biblioteca Departamental, frente al Parque El Centenario, mirando los campanarios de la Iglesia de San José, para sentarme en una mesa iluminada por la luz de las ventanas heridas a escribir una historia que ya no sé si es mía o inventada. Pero hay otros recuerdos.

Ni buenos ni malos: sólo recuerdos. Ediciones que uno hace con la película de su vida, tomando un fragmento de aquí y otro de allá, pegando esta parte que se vivió a los cuatro años con la otra que se está viviendo a los cuarenta y cuatro. Pedazos, cortes, encajes y, al final, lo que queda es otra cosa, tan diferente de lo que en realidad sucedió como puede serlo una mariposa de una oruga, aunque uno sepa que en esta última ya está presente la futura belleza de aquélla.

Uno de mis primeros recuerdos es el rostro de mi madre, enmarcado por aquella majestuosa cabellera roja, de cuya boca salían estos versos que volverán a mí en el instante de mi muerte: “Cultivo una rosa blanca/ En julio como en enero/ Para el amigo sincero/ Que me da su mano franca/ Y para el cruel que me arranca/ El corazón con que vivo/ Cardo ni oruga cultivo/ Cultivo una rosa blanca”.

Quizá tenía cuatro años cuando me leía este poema cada noche, antes de dormirme. Después me mostraba la portada del libro que decía: Versos sencillos, de José Martí. Claro que yo no sabía leer, pero a fuerza de mostrarme una y otra vez el título y el poema, después de haberlo recitado con la voz más dulce del universo, yo relacioné que esas formas se correspondían con aquellos sonidos y, por encima de todo, con aquel ser maravilloso.

En su mesa de noche siempre había un libro, por lo general novelas de suspenso o clásicos de la literatura universal. Cuando tuve ocho años comenzó también a leérmelos en voz alta, pues aunque a esa edad ya yo sabía leer en un sentido escolar, mamá tenía así la oportunidad de censurar los pasajes que ella llamaba “fuertes”.

Yo me percataba de que había vacíos en su lectura, grandes y misteriosos agujeros negros, pero no sabía cómo llenarlos. Y sólo a los doce años me atreví a leer sus libros en forma subrepticia. Y así me di cuenta que nada más me había perdido de unos cuantos besos, porque en Madame Bovary o Al este del Edén en verdad que no encontraba escenas de sexo, mucho menos en Ágata Cristhie.

Además, prefería que mamá me siguiera leyendo con su bella voz de soprano que me trazaba caminos en el aire por los que yo me fui hasta llegar, treinta y seis años más tarde, a los salones de la Biblioteca Departamental. Porque hoy descubro que mi sueño de los libros tiene que ver sobre todo con esas lecturas edénicas y, más que nada, con mi madre.

—Acompáñame, voy a fumar un cigarrillo— me decía mamá en ciertas ocasiones.

Envuelta en humo como un ídolo secreto, venerada en silencio por aquel niño que ya naufragaba en los océanos de la angustia, ella era mi principio y mi fin. Por otra parte, nunca pude entenderla. No sé quiénes fueron mis padres; no sé quién soy yo. Un dolor, una tristeza, una ausencia, un trueno, un río, una gota de lluvia, una herida abierta cuyo nombre no quiero recordar.

No podía dormir si mamá no se acostaba a mi lado. Yo daba la vuelta y, con sólo girar un poco la cabeza, veía con ojos oblicuos la espesura atenuante de sus cabellos rojos. Pero una noche, al despertarme sobresaltado, encontré que en su lugar había dejado una muñeca. La larga historia de mis decepciones arrancó a girar esa madrugada sin metáforas.

Aunque quizá fue antes, en un tiempo del que ni siquiera tengo memoria. O tal vez todo sea una ficción, hasta mi dolor, y de pronto estos seres que hoy llamo padres y hermanos sean tan irreales como los soldados romanos de las películas de Hollywood. ¿Quién sabe?

Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA