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Histórico 07 de Septiembre de 2014

El hombre que volvió el porro poesía

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Redacción

El mismo obsesivo interés que Julio Cortázar llegó a sentir por Charlie Bird Parker, el genial saxofonista negro que llenó de estremecedores soplidos poéticos el be bop, lo tuve yo, prácticamente durante toda mi juventud, por Rafael Campo Miranda, de cuyas canciones más representativas memoricé sus letras, como si fueran mantras. La mayoría de mis amigos de esa época eran músicos y yo mismo incursioné como modesto compositor de canciones y jingles comerciales. Pero Campo Miranda era mi norte inalcanzable. Como Cortázar cuando escogió a Charlie Parker como personaje de uno de sus cuentos más conocidos, yo podía decir del compositor soledeño que, aún sin haberlo visto nunca, conocía cada paso que había dado en la vida y la historia de cada una de sus canciones.

El Rafael Campo Miranda que mi mente había construido encaja, pieza por pieza, con el hombre casi centenario que ahora tengo enfrente, con la guitarra en bandolera y esos ojos despiertos donde hay sedimentos de viejas emociones: amores gloriosos, romances truncos, lances con la vida, con los sueños y las quimeras, lejanos estupores de la juventud. Un rostro amistoso que refleja una sensibilidad y un talento que jamás envejecieron y también una cierta velada tristeza.

Va a cumplir 97 años pero no lo revelan esa voz firme que habla con cierta elocuencia arcaica, como un personaje de Marcel Proust, ni las manos ágiles que revolotean en el armario repleto de libros prolijamente clasificados o se hunden en los cajones de un añoso escritorio, en busca de un dato que él cree que puede serme útil. Manos de artista, que parecen extrañar todo el tiempo la guitarra. Manos de amante que aún conservan la tersura, el calor y el temblor de una piel de mujer.

La música llegó a su vida cuando ya había descubierto, como el niño que desarma un juguete, la música que llevan por dentro las palabras. Le pareció entonces que combinando ambas, música y palabras, lograría la forma más abrumadora de expresar sentimientos. Así, mientras otros músicos se ocupaban tan solo de las notas, de cómo contrapuntear en el piano la frase de un saxofón o de qué manera la percusión debe subordinarse a las trompetas, o viceversa, él quiso que coincidieran, en una misma partitura, las notas y las palabras, que al fin y al cabo son símbolos de un mismo lenguaje: el idioma del corazón.

Después de un viaje de estudio por las sabanas del viejo Bolívar y de su encuentro con el porro, Campo Miranda pensó que este era el ritmo que mejor se prestaba para poner en práctica su concepción integral de la música. De vuelta en Barranquilla puso manos a la obra y compuso uno de los porros más bellos de todos los tiempos, tanto por su música como por su letra: Playa.

Corrían los primeros años de la década de los cuarenta y Barranquilla había alcanzado un importante desarrollo cultural, sobre todo en la música, gracias a la presencia de destacados maestros, todavía recordados, como Pedro Biava, Guido Perla, Calixto González y José Mazzilli, entre otros. Ese viraje de la ciudad hacia la música culta dificultaba aún más el éxito de una canción de corte popular.

–Cuando compuse Playa tenía 21 años y la cabeza llena de sueños. Le llevé la melodía a los grandes maestros de la época: Biava, De la Hoz, Barranco –que, por cierto, era el padre biológico de Nelson Pinedo– pero todos me tiraron la puerta en las narices con el argumento de que ellos no se ocupaban de esa clase de música. Sufrí una gran decepción. Pero seguí tocando puertas, con el guion y los versos de Playa bajo el brazo. Cuando hablaba con otros compositores, todos me decían oye Rafa, ¿pero para qué le pusiste letra al porro?, tú estás loco, el porro no lleva letra. Y yo les respondía que mi meta era poetizar el porro. Había también amigos que me aconsejaban que me dedicara a otra cosa porque los músicos se morían de hambre. Pero yo insistía. Hasta que un día me encontré con Pacho Galán y le hablé de mi canción. Ayúdame, Pacho, le pedí. Y él me dijo, bueno, sílbamela, para ver qué se puede hacer. Así lo hice y Pacho quedó impresionado. Oye, pero este tema es bellísimo, me dijo. Entonces le hizo el arreglo y se lo entregó a Eliécer Velasco, que era el representante aquí de los discos Odeón de Argentina.

Una canción que saliera al mercado en uno de aquellos discos de 78 revoluciones en donde se oía chirriar la aguja al caer sobre las estrías, como el que escuchaba en París Oliveira, otro inolvidable personaje de Cortázar, garantizaba el prestigio de un compositor. En esa época, la radio imponía gustos, criterios, tendencias, no solo en la música. Pero en el caso de Playa, todo hacía pensar en un nuevo fracaso de Campo Miranda. Habían pasado varios meses desde el momento en que Velasco le anunció que iba a enviar el tema a Buenos Aires y no había vuelto a tener noticias de él. Llegó a pensar que tal vez los argentinos habían engavetado aquella partitura, aquel parto inconcluso y se habían olvidado de su autor.

–Un día, cuando ya había perdido toda esperanza, me encuentro con un amigo en el Centro y después de saludarme me dice, oye Rafa, acabo de venir de Bogotá y oí allá una canción que está pegando duro en las emisoras, imagínate que yo entré a un almacén de música y pedí que me mostraran el disco y cómo te parece que ahí, en el sello, estaba tu nombre. Te felicito, hermano, qué canción tan linda. Yo salté de la emoción. No podía creerlo. Mi música había sido grabada en Argentina y había entrado a Colombia por Bogotá y no por Barranquilla, que era por donde entraba todo al país. El mundo se había puesto al revés.

Lo interrumpo para decirle que el verso que más me gusta de ese tema es aquel en que describe a las mujeres de nuestra tierra: “Todas sus mujeres son hermosas, querendonas y graciosas que se mueren por querer amar”. Una frase que a lo mejor, a lo peor, un gramático quisquilloso rechazaría, pero cuyo encanto poético radica en la extraña musicalidad que produce la conjunción, al final del verso, de los tres verbos, dos de ellos en infinitivo.

En casi toda la discografía de Campo Miranda encontramos la huella de un gran amor. Se lo comento y le recuerdo la historia que dio origen a su canción más conocida, Lamento náufrago. Las noches luminosas de Puerto Colombia. Sus encuentros con una mujer llamada Adriana en el Esperia. La posesión de aquel cuerpo moreno y esbelto que se le entregó ansioso sobre la arena de la playa. Y después, la huida de ella. Su dolorosa carta de despedida en la que le reitera su amor pero le confiesa que pertenece a otro hombre, que la está esperando en otro lugar del mundo.

Le pido que me cuente otra historia de amor, igualmente trunca: su romance con Nubia, la mexicana, inspiradora de otro de sus temas clásicos: Nube viajera.

–En la canción, Nubia quedó convertida en Nube. Ella había llegado a Barranquilla como representante de una firma de cosméticos. Vivía en el edificio OK, que en aquel tiempo era uno de los más emblemáticos de la ciudad. Tocaba el piano, cosa que me sedujo inmediatamente. Nos enamoramos durante la sesión solemne de una escuela de comercio donde yo dictaba clases y ella era invitada. Fue amor a primera vista. Era mayor que yo y tenía una gran cultura musical. Los dos éramos solteros y yo la visitaba en su apartamento, donde tocaba para mí los valses de Strauss y operetas de Franz Lehár, música obligada de la gente culta de aquel tiempo. Hasta que llegó el momento en que debía regresar a su país. Me rogó que me fuera con ella, me aseguró que en México yo tendría un excelente futuro como compositor. Pero en ese momento yo era el único sustento de mi madre. El día de su partida lloramos juntos en el aeropuerto. Le prometí que iría en su búsqueda, cosa que nunca se dio.

–Veo que has sido un hombre de muchos y grandes amores.
–Pero solo mientras estuve soltero. Mi vida cambió cuando conocí a Socorro Vives Trespalacios, la que sería mi esposa y madre de mis tres hijos, pianista también.
–Por fin había llegado a tu vida la que te puso el tatequieto…
–Imagínate que un día, cuando ya éramos novios, íbamos pasando por el Teatro Apolo y, en un radio lejano, sonaba mi canción Entre palmeras. A ella le encantó y yo le mentí, le dije que la había compuesto para ella. Pero si todavía no me conocías, me dijo. Es que ya te presentía, le dije para salir del apuro. Después, ya casados, me conseguí unas semillas y rodeé de palmeras nuestra casa, para estar a tono con la letra de la que habíamos convertido en “nuestra” canción. Pero un día un amigo imprudente me dijo delante de ella, oye, qué lindo el tema ese de las palmeras, que le dedicaste a la mona aquella de Puerto Colombia. Al día siguiente, Socorro, rabiosa, arrancó todas las palmeras que yo había sembrado.
p  ¿Cuál es la historia del tema ‘Uno para todos’, que fue muy popular en su momento?
r  Es la única canción mía que tiene un cariz político, incluso hubo un momento en que estuvo a punto de ser prohibida. La hice como homenaje de un soledeño a Barranquilla, que ha sido tan generosa conmigo. Ese tema esconde una crítica a cierta clase política corrupta, culpable del deterioro de la ciudad, que en ese momento tenía unos servicios públicos que eran un desastre. La canción se puso de moda en Miami y los gringos la bailaban sin tener la menor idea de lo que decía la letra.
p  Rafa, ¿tenían razón los amigos que te aconsejaron dejar la música porque te ibas a morir de hambre?
r  Bueno, al principio parecía que el tiempo les iba a dar la razón. Lo que me daba Sayco por los derechos de autor era, como decimos aquí, una pichurria. Hasta que compuse Pájaro amarillo. Esa canción me cambió la vida. Todavía lo poco que tengo, este apartamento, por ejemplo, se lo debo a ese tema. Resulta que a unos gringos de la Paramount que estaban filmando una película entre Cartagena y Manizales les gustó la canción y quisieron incluirla en la banda sonora. Vinieron a Barranquilla a hablar conmigo y se hospedaron en el Hotel del Prado. Eso pasó en 1945, y el gerente de Sayco, hombre de negocios al fin y al cabo, me dijo que les pidiera cuatrocientos mil pesos por los derechos. Una suma que a mí, que por cierto, andaba en una mala situación económica, me pareció monstruosa. Total, que me dieron un cheque por trescientos mil y me garantizaron las regalías. Con esa plata me compré una finca en Caracolí y una camioneta. Mi casa, la finca, la camioneta, todo lo pinté de amarillo. Hasta le compré ropa de ese color a mi mujer.
p  ¿Cuál es la historia detrás del ‘Pájaro amarillo’?
r  El tema se me ocurrió en los Llanos, cerca de Villavicencio, escondido en un matorral, espiando a una pareja de enamorados que estaban sentados a orillas de un riachuelo. En el momento en que se dieron un beso, un toche alzó el vuelo, lo que, en mi imaginación significaba que el pobre pájaro había sentido celos. Aunque tal vez el celoso era yo.
Y Rafael Campo Miranda, este muchacho de 97 años y joven corazón, suelta una carcajada, tan estrepitosa como el vuelo de aquel pájaro, que tanto se le parece. 

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Lleno de agradecimiento por el Premio a la Vida y Obra que le otorgó el año pasado la Alcaldía, Rafael Campo Miranda, admirador de la actual alcaldesa, compuso ‘Mi homenaje a Barranquilla’, un tema que será estrenado con motivo de los próximos Juegos Centroamericanos y del Caribe. El arreglo y dirección orquestal del tema estuvo a cargo de Hugo Molinares y fue grabado en la voz de Farid Char.

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