EL HERALDO SUSCRÍBETESuscríbete a EL HERALDO
El id es:node/132035
Histórico 14 de Septiembre de 2014

El arpón y la pluma

El usuario es:

Alfredo Baldovino Barrios
Compartir:

“Eugenio, doña Laura quiere hablar contigo”
Eugenio Arrieta no vio otra salida que dejar la tienda a cargo de su esposa Omaira y salir a mirar en qué paraba todo, cuando, una mañana del 2003, el mismo administrador del Consorcio Turístico Balsillas de Rincón del Mar, Martín Álvarez, vino a transmitirle nuevamente el mensaje que la escritora Laura Restrepo quería verlo en su cabaña. En las dos ocasiones anteriores, Eugenio había escurrido el bulto diciéndoles a los emisarios que acaso más tarde o mañana cuando estuviera desocupado se presentaría al lugar indicado, pero lo cierto es que ya había tomado una decisión: preferiría pasar por mentiroso y vencer con su negativa la tozudez de la anfitriona, antes que soportar el duro varapalo que, muy seguramente, habría de propinarle ella con motivo de la publicación de su primera novela, Historia de un navegante, que circulaba sin pena ni gloria por las cabañas de los alrededores, y que a esas alturas ya debía haber llegado hasta sus manos.
Pero esta vez lo habían sorprendido sin nada de qué agarrarse, y hacer quedar como un zapato al mismo administrador del consorcio habría sido un gesto de una descortesía inadmisible. Así que Eugenio se encasquetó su boina (porque tiene una afición nerudiana por las boinas) y subió a la cabina de copiloto, tratando de averiguar inútilmente de qué se trataba todo aquello. Pasada la entrada del consorcio, apeñuscado en una parte elevada de los alrededores desde donde podía contemplarse el mar, Martín y Eugenio se apearon del carro, y se anunciaron ante una empleada doméstica que los hizo pasar hasta un quiosco. Laura, por fin, salió enfundada en una bata blanca, extendiéndole a Eugenio una mano amistosa.
—¡Mi querido colega! —dijo la escritora— ¡Hasta que al fin se deja ver!
Ahora sí había escuchado suficiente: ¿Laura Restrepo llamándolo colega a él? Porque, sí, era cierto que acababa de publicar un libro, en una edición que, por cierto, dejaba mucho qué decir, pero en ningún momento se le había pasado por la cabeza (¡válgame Dios!) la ocurrencia de considerarse un escritor. La mayor parte de su vida la había pasado bajo el mar, cogiendo langostas o disparando su arpón al primer pez que le pasara por el frente, y a pesar de que siempre fue un consumado lector de periódicos y de paquitos durante su adolescencia, carecía de una verdadera formación literaria.
Le hubiera gustado decirle a doña Laura que las cosas se habían dado de modo fortuito, casi sin él proponérselo, y que si tuvo la suficiente voluntad para pasar noche tras noche escribiendo a mano en su cuaderno, sobre el refrigerador en que guardaba las gaseosas, aquella historia de naufragios, romance y aventura, después de atender los últimos clientes del día, fue, en parte, por una rifa, y en parte porque no había podido dejar de pensar en la historia desde el momento en que la escuchó, en boca de su propio protagonista, 15 años atrás.

La historia del anciano ermitaño
Todavía recuerda cómo fue. Se disponía a caretear en un arrecife cercano acompañado de otro pescador, lejos de la orilla de la playa, cuando pudo identificar en los coletazos del viento los indicios de un tornado. Remando con fuerza, llegaron a Isla de Palma, una de las tantas islas del Archipiélago de San Bernardo, en el preciso instante en que se desataba el temporal, y sacaron el bote a tierra para ponerlo a salvo de las olas.

Tiritaban de frío debajo de un árbol cuando vieron venir por la orilla del mar, acompañado de su perro, a Salomón Tous, un anciano ermitaño que salía todas las tardes a recoger carey y que se les acercó amistosamente para invitarlos a guarecerse en su rancho. Los pescadores sabían que Tous vivía solo en aquella isla y que todas las semanas viajaba a Cartagena en una lancha a vender los cocos y plátanos que recogía en la isla, pero lo demás era un verdadero misterio. Sin embargo, esa tarde, Eugenio, aprovechando el repentino clima de confianza que reinaba en la cabaña, se atrevió a preguntarle al viejo qué lo había llevado a vivir de aquella manera, sin sospechar que la respuesta daría pie a la historia que Restrepo tenía ahora entre sus manos.

—Le voy a ser sincera —confesó Laura— la novela tiene varias fallas, pero la historia… ¡la historia en sí misma es fascinante! Si lo he mandado a llamar hasta aquí es porque estoy interesada en financiarle el lanzamiento. ¿Qué me dice entonces?
Eugenio rió con dificultad, pues no pensó que la cosa diera para tanto. No iba él a llenarse el pecho diciendo dizque yo esto y yo lo otro, pero tampoco iba a tirárselas de difícil declinando el ofrecimiento de la anfitriona. Sin saber cómo agradecer tantas atenciones, Eugenio regresó al carro con Martín, dichoso de haber capeado el temporal de críticas que estaba presintiendo, y se puso en camino hacia su casa. Apenas habían salido del consorcio cuando soltó la pregunta que  tenía atravesada en la garganta, como una espina de pescado, desde el momento de la despedida:
—Oye, Martín, y después de todo, ¿qué es eso del lanzamiento?

En la casa de Eugenio
A los pocos días los postes y muros de San Onofre, Rincón del Mar  y Verrugas estaban llenos de afiches que anunciaban el lanzamiento de Historia de un navegante. Pero llegado el día previsto, Eugenio fue presa de los nervios y comenzó a beber desde temprano hasta que, cumplida la hora de presentarse ante los asistentes al evento, tomó la decisión de no hacerlo.
—Y otra vez tuvo que venir Martín a buscarme —me cuenta Eugenio en la sala de su casa, una mañana de diciembre de 2013—. Me fui con él y cuando llegamos al lugar, erda compa, eso estaba así de lleno de puros cachacos. A mí me cuesta bastante hablar en público, pero como tenía los traguitos encima no había quien me callara cuando me senté a la mesa y empezaron a hacerme un montón de preguntas. Ese día se me vendieron toditos los libros que había llevado y tuve que mandar a la casa por más.

Hoy no hay luz eléctrica por ningún lado, pero el calor es mínimo. La casa de Eugenio está a cinco minutos de la playa. Las paredes de la sala están pintadas de color kola con leche, y sobre un pedestal de madera, frente a la Virgen del Carmen de yeso que reposa sobre un nicho, puede observarse una vela encendida. Eugenio es un hombre de 57 años, estatura mediana, moreno oscuro, cabeza calva y entrecano bigote de mosca que le da un ligero aire a Oscar De León. Vestido con pantalón corto y suéter oscuro, interrumpe su relato para salir a despacharle una bolsa de arroz a un niño en el cuarto adjunto que funciona como tienda, y a su regreso inclina el contenido de una botella de cerveza en mi vaso.

Para ser franco, el relato de cómo llegó a escribir su primer libro ya lo había escuchado una noche, cinco años atrás, cuando vine por primera vez a Rincón del Mar, un corregimiento de San Onofre, Sucre, cuyo solo nombre hacía palidecer de terror a los visitantes en los tiempos más crudos del paramilitarismo. Recuerdo haber encontrado demasiados elementos fantásticos en su historia, propios de una película del tipo Laguna azul como para que pudiera ser cierta. Aunque, reflexioné, ¿tendría su historia menos mérito por ser falaz? Después de todo, ¿no han dicho los escritores, desde los tiempos de Hesíodo, que el mérito del escritor está en hacer pasar por verdaderas las cosas que son mentira, o que la ‘verdad’ literaria no está en la exactitud con que se toman los hechos sino en la profundidad con que se retratan las pasiones humanas?
—Y así fue, mi hermano, que yo me fui metiendo en el cuento de la escritura —dice Eugenio regresando a su silla—. Después me puse a trabajar en la historia de un muchacho de aquí del pueblo que salió a pescar en su bote y no lo vieron regresar más. Entrevisté a todas las personas que lo habían visto salir el día de la desaparición y al final publiqué mi segunda novela, Destino fatal. —Ahora bebe lo que queda del contenido de su vaso y añade dirigiéndose a su cuñada, que está en el patio junto a su esposa —Disculpa un momento, mi hermanito, ¡Leti, estamos secos!

La vida junto al mar
Eugenio, en realidad, nació en San Onofre el 14 de noviembre de 1957, pero a la edad de 11 años se trasladó con sus padres y sus 9 hermanos a Rincón del Mar. Eran todavía los días prósperos del pueblo, recuerda, cuando bastaba soltarle las amarras al bote para que toda suerte de peces acudieran en desbandada a enredarse en los trasmallos, los caracoles desbordaban los sargazos, y el bastimento y el arroz se multiplicaban a la buena de Dios en las tierras cultivables del pueblo, y aquella remota población no figuraba aún en la cartografía de los violentos.

A los 15 años se fue a vivir con unos tíos a Fundación, donde tuvo un breve, pero grato paso por el boxeo amateur, que se vio obligado a abandonar por problemas de salud, tal como lo relata en su último libro, y a su regreso al corregimiento aprendió a coger langostas en el mar hasta a 15 metros de profundidad, provisto apenas de un esnórquel, unas aletas y un arpón. Después, vinieron el auge de la dinamita y los barcos “vikingos” que barrían con todo lo que encontraban a su paso, la pesca se puso mala, y Eugenio, con una hija y esposa a cuestas, resolvió retirarse de la pesca para instalar una pequeña tienda en su casa. Sin embargo, aún continúa con las aletas puestas tratando de ver en el fondo de sí mismo o en los sargazos de historias que ocurren a su alrededor, cuántas de ellas merecen ser llevadas hasta la superficie, en las páginas de un libro.

—Mi tercer libro fue La virgen del icaco —continúa—. Doña Laura organizó un concurso de cuentos entre la gente de la zona y me dijo que me encargara yo de recibir todas las historias. No recuerdo por qué razón el concurso terminó suspendiéndose, pero yo leí una historia que me dejó impactado. Se trataba de una muchacha a la que le robaron en la clínica de San Onofre uno de los gemelos que había alumbrado —ahora sus ojos se han llenado de lágrimas. Se las seca con la mano y añade sonriendo—. Perdona, mi hermano. ¿Ya se te acabó la que tenías en el vaso?
    
El pueblo de las grandes contradicciones
Cuando a Hemingway le preguntaron si la relación con otros escritores tenía alguna importancia desde el punto de vista de la motivación literaria,  su respuesta fue que sí. Pero en el caso de Eugenio (y fue lo que más me llamó la atención de su historia cuando un amigo que estuvo en Rincón del Mar me habló de cómo los niños se sentaban en las esquinas a leer sus libros) ocurrió algo distinto.

Rincón del Mar es un corregimiento con una población aproximada de 3.500 habitantes, en su mayoría afrodescendientes, que funcionó durante más de una década, junto a San Onofre y Verrugas, como teatro de operaciones del sanguinario paramilitar Rodrigo Mercado Pelufo, alias Cadena. Apenas sí hay un colegio que no cubre todos los grados, conseguir una conexión a Internet es poco menos que un desafío, el agua potable es de pésima calidad, y el acceso a los grandes periódicos nacionales está restringido, porque el pueblo, aislado por la misma naturaleza, yace al final de una trocha pedregosa que parte desde San Onofre y desemboca en un caserío arrinconado por el mar.

En suma, si bien, por un lado, Rincón del Mar puede por su entorno (poblado por numerosas islas a través de cuyas aguas verde esmeralda pueden verse los bancos de peces mientras se viaja en una lancha) potenciar la escritura de quien ya cuenta con un bagaje de lecturas, por el otro, el mero hecho de escribir, más que una excentricidad, es un acto herético en un medio que condena a los habitantes a los botes de pesca o a los cuartos de servicio de la gente pudiente de la ciudad.
—¿Cómo fue que te decidiste finalmente a escribir la historia del anciano Tous, después de tantos años de espera? —le pregunto.
—La idea mía ni siquiera era terminar el libro —reconoce—. Escribí como cuatro páginas en el cuaderno y después lo dejé por allí, porque no sabía cómo continuar. Un día mi mujer cogió el cuaderno para anotar los números de una rifa que pensaba hacer. Salió a la calle y se lo dejó a una muchacha de por aquí cerca, mientras se iba a conversar con otra amiga. Cuando volvió, la muchacha le dijo a mi mujer: “Oye, ¿pero quién escribió esta historia?”. “Eugenio —dijo Omaira—. ¿Pero no piensa seguir?”. “¡Cómo que no piensa seguir! —dijo la muchacha—. No, señor. Tiene que continuar. Dile que no me puede dejar intrigada”. Así pasaron las cosas, mi hermanito. Terminé mi primer libro solamente para que esa muchacha lo leyera.

Eugenio según sus lectores
Y luego vino lo de Laura y 9 libros más escritos en el curso de los 10 años siguientes, que Eugenio vende a precio de huevo en los colegios de bachillerato de los pueblos circunvecinos (Pajonal, San Onofre, Verrugas, María la Baja, etc.), o a los administradores de los consorcios turísticos para que lo pongan de obsequio a los visitantes en las mesitas de noche de las cabañas. Cuando todo sale según lo esperado, de una inversión aproximada de 3 o 4 millones de pesos, puede obtener hasta el doble de ganancia, entendiendo que todos los libros de la tirada no se venden de un día para otro.

Aunque la verdadera ganancia, dice Eugenio, es el afecto de la gente, el respeto que se ha ganado entre los jóvenes que atestan los paraninfos de los colegios departamentales a los que es invitado ocasionalmente, para preguntarle por tal parte del libro, o tomarse una foto a su lado al final de la sesión. Porque, Eugenio, (que no tiene computador y sigue escribiendo por las noches, sobre el refrigerador, en un cuaderno escolar) es, sin lugar a dudas, según la profesora de la Institución Educativa Rincón del Mar Isabel Díaz Contreras, el principal referente literario de los jóvenes del pueblo, un autor que ha llegado a ser más leído que el mismo García Márquez, y que es utilizado como evidencia etnoeducativa dentro del programa que el colegio viene llevando a cabo. Elaine Fuentas Jocón, 18 años y estudiante de la Institución educativa Santa Clara de San Onofre, alaba la claridad con la que están escritos los libros y la singularidad de las tramas. Isabela Contreras, 15 años, también estudiante de último grado de bachillerato del colegio Las Carmelitas, de San Onofre, dice que el principal mérito de los libros de Eugenio es que, una vez se ponen los ojos en la primera página, no se puede parar sino hasta el final. Las dos chicas, junto a otros lectores mayores, ven con buenos ojos el hecho de que Eugenio retrate en su obra los paisajes de los alrededores.

¿Todo se reduce a eso?, me pregunto esa misma noche en el cuarto de la cabaña que alquilo frente a la playa. ¿Pueden sus libros generar algún tipo de conexión con lectores ajenos a la región, o son textos localistas sin ningún mérito literario? ¿Hay que mirar a Eugenio como un simple promotor de lectura, alguien por cuyos libros, escritos en un lenguaje sencillo, aunque no exento de barroquismos, los niños y adultos de la región podían ver bajo una nueva luz el mar que todos conocían, engancharse en la lectura, al fin de cuentas, para después pasar a los autores de la literatura universal, o había elementos de otro tipo que sustentaban el valor de su narrativa?


Eugenio dedica al autor de este artículo una de sus publicaciones. 

Nadar contra la corriente
Fue Hernando Téllez Valderrama quien dijo que el trabajo literario era tanto más valorado cuanto más difíciles eran las circunstancias que se sorteaban entre el momento de la concepción de la obra y su misma culminación. Esto no significa forzosamente que Cien años de soledad es más valioso que En busca del tiempo perdido solo porque, mientras el primero de los autores provenía de un estrato popular, el segundo lo era de la aristocracia, sino que al valor de la obra en sí del Nobel colombiano se le abona, extraliterariamente, la obstinación por salir adelante, la demostración práctica (como lección de vida, si se quiere) de que la holgura de recursos no es siempre un requisito necesario para escribir buenos libros.

Por otro lado, también es verdad que una obra literaria no se puede evaluar en función del esfuerzo que le ha costado al autor, pero una cosa sí es cierta: no es lo mismo leer y escribir con la obsecuente pregunta de tu chofer sobre la hora en que puede pasar a recogerte a la salida de la biblioteca, que plantarte frente a la hoja en blanco, entre latas de sardinas, bolsas de chitos y toneles de manteca, en un entorno donde ni siquiera puedes conversar con alguien sobre literatura, para tratar de cebar en el papel el toro cerrero del texto en formación.

Con este atenuante presente, me di a la tarea de leer dos novelas cortas y dos libros  de cuentos de Eugenio, antes de ordenar mis notas de campo, para hacerme una idea clara de su trabajo. Tres de los cuatro textos adolecían de lo mismo: pecaban de anecdóticos y en ocasiones prometían tempestades y se quedaban en simple llovizna. Pero otra cosa ocurría en Asesino silencioso, una novela-relato en la que un tiburón va asesinando a los personajes secundarios de la historia, hasta que un grupo de pescadores se reúne para darle muerte.

Hay cierta solemnidad en algunos pasajes, cierta adjetivación homérica (“… el mar plateado carecía de olas, el majestuoso sol declinaba sobre nubes grises (…) la noche con su manto negro pronto lo cubriría todo…”), y una ligera precipitación en el final que le resta efecto al desenlace, pero, en términos generales, uno devora sus 106 páginas con el corazón en la boca y la sensación de que el libro, con un buen editor, hubiera podido convertirse en un éxito de ventas en la ciudad. Un producto mucho más cualificado que el que sale anualmente de las imprentas nacionales, difundidos a las volandas con el propósito expreso de añadir un falso logro a la hoja de vida del autor. Una prueba más de que tampoco en narrativa, según aquella tesis defendida por Jorge Zalamea sobre la universalidad de la poesía, existen pueblos subdesarrollados.

La despedida
Faltando pocas horas para emprender mi viaje de regreso a la ciudad, Eugenio me invita a comer pescado en un quiosco a la orilla de la playa.
—Yo sé que no soy un gran escritor como los que hay en la ciudad —dice Eugenio después de llevarse una cucharada de sopa a la boca—, pero me gusta lo que hago y cómo lo hago. Me gusta que la gente me entienda y que pueda contarles a los demás, como la gente con la que tú hablaste, de qué se trata la historia. ¿Sabes cuál el pescado que estás comiendo?
—No.
—Se llama medregal y es el pez más fino de la familia de las cojinúas. Es como el pargo. Hay muchas clases de pargos, pero el más rico es el pargo pluma. Es difícil de coger, y cuando un pescador logra echarlo al bote, en vez de vendérselo a alguien, prefiere llevárselo para su casa y comérselo con su familia.

   La mesera ha traído un par de cervezas hasta nuestra mesa y Eugenio le quita la tapa a un lapicero para ponerle una dedicatoria al libro que me ha regalado.
—Cuéntame una cosa —digo—. Si el anciano Tous terminó viviendo solo en la historia que me contaste, ¿cómo es que tú muestras al personaje de la novela, reencontrándose con la mujer, en el desenlace de la historia?
  Eugenio levanta la mirada del libro, lo desliza hasta el sitio de la mesa que me corresponde, y replica:
—Es que mis libros siempre tienen que tener un final feliz. Si no, ¿qué sentido tendría  escribir entonces? Bastante ha tenido la gente como para venir uno a arruinarles el día. ¿Y qué, pedimos las otras dos?
 

Mensaje enviado Satisfactoriamente!
REPORTAR UN ERROR O SUGERENCIA